Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 45
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Capítulo 45

EN EL QUINTO PINO

F rank se despejó más rápido de lo que era anatómicamente posible.

Tenía los pies firmemente plantados en el suelo, de pie sobre el cadáver de Danielle.

En el tiempo que le había llevado incorporarse, Annabelle había corrido la misma suerte.

Y ahora ambas mujeres yacían allí, congeladas en una instantánea de confusión, dolor y euforia.

El triple impacto de cualquier chute de droga.

Durante el proceso de la muerte, sus cuerpos se habían vuelto rígidos; Frank no estaba seguro de si se debía a la copiosa cantidad de drogas en su organismo o a que sus limitados conocimientos sobre el fallecimiento de personas le indicaban que el rigor mortis podría estar haciendo acto de presencia.

En cualquier caso, sabía que aquello significaba una sola cosa.

—Estamos jodidos.

Caleb balbuceaba incoherentemente. Frank lo ignoró. Necesitaba pensar. Ordenar sus ideas. Trazar un plan para salir de aquel aprieto. Aprieto era quedarse corto. Era una puta pesadilla absoluta. Un desastre. Una catástrofe total. Y solo podían hacer una cosa.

Caleb alargó la mano hacia el cuello de Annabelle, presionando con el dedo sobre su piel, intentando encontrar el pulso.

—¿Qué haces? —ladró Frank. Su voz pareció ahogar el sonido de los bajos que provenía del club.

—Compruebo si están vivas —respondió Caleb con timidez, retirando la mano.

—¡Claro que no están vivas! ¡Míralas! No van a volver de esta. Están muertas, tío. ¡Y ni se te ocurra volver a tocarlas! —Frank señaló a Caleb y, al mantener el dedo en el aire, notó que le temblaba de forma incontrolada—. Limpia sus cuerpos.

—¿Qué?

—Coge una toallita húmeda, una bayeta, un trozo de papel, lo que sea; me importa un carajo, y ponte a limpiar sus cuerpos. No puede quedar nada de nuestro ADN en ellas. Has visto programas de crímenes, ¿verdad?

—¿Qué vamos a hacer, Frank? —preguntó Caleb. El color se le había escapado del rostro, y por un momento Frank se preguntó si él también se estaba muriendo, pero luego se dio cuenta de que harían falta un par de dosis más de la pura para matar a alguien de su tamaño.

—Harás lo que yo te diga —le soltó Frank.

—Me refiero a... a ellas . —Caleb señaló con un gesto tímido los dos cadáveres.

—Tendremos que deshacernos de ellas.

—¿Nosotros? ¿Y alguno de los chavales? ¿No podemos pedirle a uno de ellos que lo haga?

Frank negó con la cabeza—. Todavía no estamos a ese nivel. ¿Qué pasa si abren la boca? No podemos permitir que eso ocurra. Tenemos que ser nosotros.

Frank se puso una mano en la cadera y se pasó la otra por el pelo, frotándose el sudor—. Tengo que hacer una llamada.

Sacó su móvil y se dirigió hacia la puerta en la esquina de la sala que daba a una zona de fumadores.

Era pequeña, angosta y húmeda, no más grande que una celda de prisión.

Hierbas altas y maleza crecían por las grietas de las baldosas y las esquinas de los muros, intercaladas con montañas de cigarrillos desechados que ahora albergaban grandes colonias de hormigas.

El estado de la zona de fumadores, sin embargo, era la menor de sus preocupaciones.

La llamada conectó.

—¿Diga?

—Soy Frank.

Se hizo una pausa mientras el nombre se registraba en la mente del interlocutor.

—¿Seguro que quieres usarlo ahora, Frank? En el pasado has logrado arreglar las cosas por tu cuenta.

Frank miró hacia el cielo, a la luna que empezaba a liberarse de las nubes—. Sí. Sí, estoy seguro. Esto es peor que todas las anteriores.

—Eso dijiste la última vez.

—¡Sé lo que dije! Solo... ayuda. Necesito ayuda.

—¿Cuál es el cargamento?

—Dos mujeres. Veintitantos años.

—Tamaño. Peso. Dimensiones corporales. Necesito algo más de información que esa, Frank.

—Vale... esto...

—Vamos, Frank. Necesito saber esas cosas. ¿Cuánto miden?

—¡No lo sé! —gritó él—. No llevo una puta cinta métrica encima.

—Más vale que encuentres una solución o no podré hacer nada.

Frank suspiró pesadamente por el teléfono.

Se dio la vuelta, cruzó la puerta y volvió a irrumpir en la sala.

Mientras tanto, Caleb estaba ocupado frotando los brazos de Annabelle con un trapo húmedo que había encontrado detrás de la barra, empapando el sofá con agua y jabón.

Frank lo ignoró y observó los cuerpos de ambas chicas.

—Yo... esto... —balbuceó, intentando recordar qué altura tenían cuando estaban de pie—. Una de ellas... una mide uno setenta y cinco. La otra era... era un poco más baja, quizá uno sesenta y ocho o uno setenta.

Hubo una pausa.

—Vale. No es lo ideal, pero puedo trabajar con ello —dijo la voz en su oído.

—Nada de esto es ideal.

—¿Recuerdas dónde está el punto de encuentro?

—¿Ha cambiado?

—No.

—Entonces sí. ¿Cuánto tardas?

—Una hora.

Frank consultó su reloj. Eran las 1:30 de la madrugada. Una hora. Sesenta minutos. Tres mil seiscientos segundos. Eso era manejable.

—Bien. Nos vemos allí.

—Los retrasos cuestan dinero, recuérdalo —dijo la voz como regalo de despedida.

Frank colgó y se guardó el móvil en el bolsillo.

—¿Has terminado? —le gritó a Caleb.

Su amigo dejó de hacer lo que estaba haciendo bruscamente y miró a Frank, con la expresión de un ciervo deslumbrado por unos faros.

—¿Has terminado? ¿Están limpias? —repitió Frank.

—Creo que sí.

—¿Y los vasos? ¿Sus bebidas? ¿Qué has hecho con ellos? —Frank respondió a su propia pregunta; bajó la mirada a la mesa y vio los dos vasos manchados de carmín. Los cogió, corrió hacia el fregadero y empezó a lavarlos con frenesí hasta que quedaron impecables.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Caleb a su espalda.

Frank terminó de secarse las manos con una toalla y la lanzó sobre la barra—. Busca algo para envolverlas. Cualquier cosa que podamos usar para transportarlas hasta el maletero del coche. Tengo que echar a los chavales.

Dejando a Caleb con la tarea, Frank se dirigió hacia la puerta. Allí se detuvo y esperó, recobrando la compostura, respirando hondo, dejando que toda la tensión y el estrés desaparecieran de su rostro; con éxito, esperaba. Luego abrió la puerta y se adentró en el club.

Había gente bailando, a la mayoría de los cuales había pagado para estar allí y a otros no los reconocía, mientras que el resto de sus hombres estaban detrás de la barra sirviendo copas.

En el centro de la sala, rodeado por una pista de baile, estaba el DJ, un aficionado al que Frank había pagado una cantidad obscena de dinero para que viniera a pinchar una sesión corta de un par de horas.

Más de cien personas, borrachas perdidas, absolutamente ajenas a lo que ocurría a su alrededor.

Ahora era su trabajo echarlos a todos.

Se lanzó hacia la cabina del DJ, le arrebató el micrófono de la mano al tipo y dijo:—¡Venga! Todo el mundo fuera. Fuera. Se acabó. Es hora de⁠—.

El DJ le quitó el micrófono a Frank y continuó lanzando la música pesada y monótona a través de los altavoces.

—¿Qué te crees que... —comenzó Frank, pero estaba demasiado furioso para terminar la frase.

Agarró al DJ por los hombros y lo apartó de los platos de un tirón.

El hombre cayó por un pequeño escalón hacia la pista de baile y aterrizó sobre su hombro.

Frank encontró el interruptor de apagado y cortó la música, llenando inmediatamente el club de un silencio que pronto se evaporó por los sonidos de quejas y descontento que venían de los clientes.

—Todo el mundo fuera —dijo, buscando a tientas el micrófono en el escenario, jadeando.

Nadie reaccionó. Todos se limitaron a quedarse allí, mirándolo boquiabiertos como si acabara de desnudarse ante ellos.

—Tíos, largaos de aquí de una puta vez. Se acabó.

Seguían sin moverse. Ridículo. Necesitaba algo que los hiciera actuar y, en su estado provocado por las drogas, lo encontró.

—¡Cretinos, salid de aquí! ¡La policía está de camino! ¡La bofia! ¡Los federales! ¡Los maderos! Alguien les ha dado el chivatazo de lo de la droga aquí dentro. Traen perros.

Eso pareció funcionar. De golpe, todos los presentes salieron disparados como corredores al inicio de una carrera, y en cuestión de segundos la pista de baile se despejó.

Ninguno de ellos quería que lo pillaran con las drogas que él les había ofrecido como muestra de agradecimiento a su llegada.

Ninguno quería pasar la noche en una celda de detención que apestaba a orina.

Frank exhaló un suspiro de alivio, corrió a la zona VIP y encontró a Caleb en mitad de la tarea de enrollar a Annabelle en un visillo, una pieza fina de tela blanca con un estampado de filigrana.

—Madre mía —dijo, asombrado por lo que veía.

—¿Tienes alguna sugerencia mejor? —Caleb estaba sin aliento, y las gotas de sudor empezaban a resbalarle por el tabique de la nariz. Al ver que Frank no respondía, continuó—: ¿Quieres sacar una puta foto o algo? No te quedes ahí pasmado. Échame una mano.

Frank lo hizo, y tras unos minutos intentando enrollar a ambas mujeres en la tela, desistieron y en su lugar decidieron arrastrar los cuerpos fuera del club hasta el maletero del Audi A5 de Frank, que estaba aparcado.

Los cuerpos de las mujeres eran peso muerto, inamovibles, y se sentían casi el doble de pesados que cuando estaban vivas.

Flexionando las rodillas, Frank se puso a un lado y Caleb al otro y, a la de tres, cargaron el cuerpo de Danielle en el maletero. Annabelle la acompañó poco después.

—Coge la cortina. Tápaselas con ella —ordenó Frank.

Cuando Caleb regresó, Frank metió primera y salió derrapando a la calle.

Condujeron durante la siguiente hora hacia un polígono industrial en Kent, cruzando el puente Queen Elizabeth II, pagando el peaje y dirigiéndose hacia el parque comercial Bluewater con el río Támesis a su izquierda.

Eran las tres menos cuarto de la mañana cuando llegaron al lugar. Quince minutos tarde.

Entraron en el aparcamiento de un almacén abandonado y se encontraron a un hombre esperándolos. Llevaba una chaqueta de cuero negra y una gorra de béisbol negra. Bajo la tenue luz, su rostro carecía de rasgos distintivos.

—¿Seguro que es él? —preguntó Caleb.

—¿Quién coño iba a ser si no? —respondió Frank con sarcasmo.

A estas alturas, el efecto de las drogas se había pasado por completo y se sentía totalmente sobrio.

Apagó el motor y salió del coche.

—Llegas tarde —dijo el contacto.

—Más vale tarde que nunca. Frank cerró la puerta tras de sí y caminó sobre la grava suelta, deteniéndose junto al hombre. Entonces el contacto se desplazó hacia la puerta del pasajero de su propio coche.

—¿Quieres que subamos? —preguntó Frank, confundido.

—No. Esto es por el dinero. Los cuerpos van en el maletero. Vosotros os vais a casa.

Joder. El dinero. Lo visualizó allí mismo, metido en una caja de zapatos bajo uno de los cojines del sofá.

—Yo... esto...

—El precio es el doble. Dos cuerpos equivalen a dos pagos.

—Yo... nosotros... —Frank tragó saliva con dificultad. Le costaba mirar al hombre a los ojos—. ¿Tú... aceptarías un pagaré?

—No.

—¿Transferencia bancaria?

—Eres todavía más estúpido de lo que pensaba.

—Escucha, yo... puedo conseguirte el dinero, no hay problema con eso. ¡Tengo de sobra! Es solo que no lo llevo encima... aquí.

El hombre no dijo nada. Cerró la puerta de un portazo. Rodeó la parte delantera de su coche, arrancó el motor y se alejó antes de que Frank y Caleb pudieran asimilar lo que estaba pasando.

—¿Y qué cojones se supone que vamos a hacer ahora, Frank? —preguntó Caleb.

Frank observó los alrededores, calculando la mejor salida posible a aquella situación.

Por un breve instante, incluso consideró la posibilidad de conducir de vuelta hasta el club, pero era ridículo.

Tampoco había otro contacto que pudiera ayudarlos.

Así que eso significaba que dependían de sí mismos.

Dos camellos hasta arriba de coca, sin experiencia en deshacerse de cadáveres, atrapados en el quinto pino.

Joder.

Mirara hacia donde mirara, estaba rodeado de muros de oscuridad, interrumpidos y moteados por luces rojas y blancas muy a lo lejos. Sin embargo, justo frente a él, a poco más de cien metros, había un cono de luz blanca que brillaba mientras ondeaba sobre la superficie del Támesis.