Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 44
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Capítulo 44

OPERACIÓN FALLIDA

E l potente ritmo que llegaba desde la pista de baile pulsaba en el cuerpo de Frank Graham.

Las luces intermitentes y el olor a hielo seco en el aire, combinados con las sustancias relajantes de la marihuana que en ese momento flotaba por su torrente sanguíneo, creaban un efecto nocivo y lo desorientaban.

Era poco después de medianoche y el club llevaba abierto una hora.

Y seguía sin haber rastro de Danielle. Empezaba a pensar que no aparecería.

Que iba a dejarlo en evidencia, a humillarlo delante de todos sus colegas.

O quizá era la paranoia inducida por la hierba la que hablaba, y ella solo estaba jugando con él llegando tarde con elegancia.

Bueno, ni una cosa ni la otra le hacían gracia. Había montado todo un espectáculo para ella esta noche, pidiendo un par de favores a los chicos para que le ayudaran con los preparativos y para convencerla de que The Rossiters era un local a pleno rendimiento digno de su presencia.

—¿Estás bien, Frank? —preguntó Caleb, repantingándose en el sofá de la zona VIP, con una mano apoyada sobre el respaldo y la otra sosteniendo un porro—. Pareces nervioso.

Frank caminaba de un lado a otro y se frotaba la nariz. —Necesito otra raya.

—Tómatelo con calma, hermano. Si te pasas, estarás demasiado jodido para cuando llegue Danielle.

—Mejor. Estoy mejor cuando voy puesto. Aguanto más.

Caleb chasqueó la lengua. —¿Crees que va a soltar la mercancía así de fácil?

Frank dejó de caminar y se puso las manos en las caderas. Unas gotas de sudor empezaron a resbalar por su frente con una frecuencia que coincidía con los latidos de su corazón. —Voy a asegurarme de que lo haga. —Rodeó la mesa que había en el centro de la estancia—. Ahora dame la bolsa.

Caleb sacó una fina bolsa de plástico con cocaína. Era del mismo tamaño que una bolsa de patatas fritas y estaba llena más o menos hasta la mitad. El resto de los chicos se habían pasado de avariciosos esa noche.

Frank le arrebató la bolsa, metió el dedo índice en ella y sacó una montaña de nieve blanca sobre la uña.

El ligero aroma a fresa, un truco que le había copiado al producto de Henry, le llegó a la nariz.

Era celestial y hacía que se le erizara el vello de los brazos.

Esta noche utilizaba material puro, a excepción de la esencia, y esta era la última bolsa.

Una cosa era colocarse con tu propio género, pero cuando el género estaba plagado de sabe Dios qué más, él solo estaba dispuesto a tomar lo que le generaba confianza, lo que no contenía veneno.

Tras volcar el polvo sobre la mesa de cristal, sacó una tarjeta de crédito del bolsillo y empezó a picar la sustancia en rayas finas.

Al terminar, se tapó un orificio nasal y aspiró.

Fuerte. El polvo le picó y le raspó la nariz en su camino hacia el cerebro.

Se le formó una bola de flemas en la boca y se la tragó en el momento en que una energía pura y eufórica consumió su cuerpo.

—¡Joder! —Lanzó un puñetazo al aire y se limpió la nariz con la otra mano.

—¿Bueno?

—Increíble, hostia. Los colombianos de verdad saben lo que hacen. Ahora limpia esta mesa.

Caleb gruñó, se arrastró hasta el borde del sofá y limpió los restos de cocaína con la manga.

Frank volvió a caminar por la sala. Sintiéndose bien.

Vivo. Invencible. Como si nadie pudiera tocarlo.

Como si pudiera conquistar el mundo y destruir a todo aquel que se le opusiera.

Como Henry Matheson. Ricky Bricks. Donny Valentino.

Todos esos gilipollas que le habían dicho que no valía nada. Algún día se lo demostraría a todos.

A la izquierda del reservado VIP estaba su propio bar.

Había quedado allí de la etapa del anterior propietario y se utilizaba principalmente para reuniones de negocios y relaciones sociales, mientras que el resto del club se dejaba hecho un desastre.

Docenas de botellas de alcohol de diferentes colores reposaban en una hilera ordenada contra la pared y, sobre su cabeza, las copas de vino colgaban bocabajo del estante superior.

Cogió una copa y rodeó la barra. Mientras estaba frente a las bebidas, sopesando qué tomar, la puerta se abrió de golpe a su espalda.

El ruido procedente de la pista de baile inundó rápidamente la sala.

—Frank —llamó una voz. Era uno de los chicos.

—¿Qué? —dijo Frank dándose la vuelta a medias.

—Ya está aquí.

—Perfecto. Que pase.

La puerta se cerró y amortiguó la música.

Le pareció como si llevara puestos unos cascos gigantes con cancelación de ruido.

Para cuando la puerta se abrió de nuevo, no estaba más cerca de decidir qué beber.

En cuanto oyó que la música inundaba la sala, giró sobre sus talones y extendió ambos brazos.

—¡Danielle, ya estás aquí! —exclamó, radiante ante la mujer que acababa de entrar—. ¡Y has traído a una amiga también!

Frank rodeó la barra y flotó hacia ella. Sentía los pies como si se movieran de forma independiente al resto de su cuerpo. Cuando llegó a Danielle, la abrazó. Un fuerte aroma a perfume asaltó sus sentidos y estimuló los restos de cocaína.

—Esta es Annabelle —dijo Danielle, señalando a su amiga.

—Encantado de conocerte. —Frank le besó el dorso de la mano y señaló a Caleb—. Este es mi amigo, Caleb, el gordo de mierda que claramente ha perdido todos sus modales, no es que tuviera muchos para empezar.

Las chicas rieron con torpeza y Frank se tomó un momento para observarlas y admirarlas a ambas.

Danielle se veía exactamente como la recordaba de la noche anterior.

El cabello largo y oscuro recogido en una coleta con un coletero plateado en lo alto de la cabeza.

El grueso delineador negro y el rímel acentuando la oscuridad de sus ojos.

El vestido negro ceñido que era un intento de mostrar una elegancia que no terminaba de conseguir.

La marca de la ropa interior bajo el trasero. A Frank le fascinaba todo aquello.

—Estás muy guapa esta noche —dijo, intentando ganar algunos puntos.

—¿Solo esta noche? ¿La otra noche no?

Ay, Danielle, qué provocadora.

—Todas las noches —dijo él con un guiño—. ¿Os puedo poner algo de beber?

Frank se dirigió a la barra sin esperar respuesta. Cogió dos servilletas del lateral y las puso sobre la superficie; luego sacó dos copas de debajo de la barra y las colocó sobre las servilletas.

—¿Has trabajado alguna vez detrás de una barra? —preguntó Danielle, dejando su bolso de mano sobre el mostrador.

—¿Se nota?

—Parece que sabes cómo moverte por aquí.

—Sé cómo moverme por muchos sitios.

Frank les dio la espalda y se quedó frente a la fila de botellas.

—¿Qué os apetece? —preguntó—. ¿Vodka con pepitas de oro?

Una sonrisa se dibujó en la cara de ella. —¿Te acuerdas?

—Sé escuchar —respondió él con otro guiño.

—En ese caso, he cambiado de opinión. ¿Qué me recomiendas?

—Interesante pregunta. Mi favorito es el bourbon Jim Beam. Es suave. Dulce. —Se volvió hacia ella y la miró de arriba abajo—. Como a mí me gusta.

—Suena a mi tipo de diversión.

Danielle lo miró coqueteando mientras él servía cuatro copas de bourbon. Cogió un cubo de hielo y colocó delicadamente un cubito en cada vaso. Cada uno hizo un satisfactorio chasquido metálico.

—Salud —dijo Frank, alzando la copa—. Por los buenos momentos y la buena compañía.

Las chicas y Caleb repitieron el brindis.

—¿Pasamos al sofá? Estaremos más cómodos.

—Guía tú.

Frank hizo un gesto a las chicas para que se sentaran, y se colocaron a ambos lados de Caleb, con Danielle a la derecha y Annabelle a la izquierda.

Frank se sentó junto a Danielle, le pasó el brazo por encima y le apretó la piel suave y cálida de los hombros.

De repente, la sangre le subió al pene. O bien la cocaína le estaba afectando o le entusiasmaba de verdad estar con ella.

En cualquier caso, el resultado era el mismo.

—¿Nos ponemos manos a la obra? —preguntó, apoyando la copa sobre su rodilla.

—Si acabamos de llegar.

—No hay descanso para los malvados. —Frank metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsa de cocaína más pequeña, sellada y con la insignia de la calavera impresa.

Danielle se la arrebató e inspeccionó el envoltorio.

—Es nuestro producto. Va a ser el mejor del mercado —dijo él con entusiasmo.

—¿Qué lo hace diferente?

—Todo.

—¿Cómo?

—Me refiero a que, literalmente, todo. Hay un poco de todo ahí dentro. Coca. Mandy. Speed. Va a iluminar la vida de la gente.

—¿Me tomas el pelo?

—Ojalá. Lo hemos cortado tanto que vendemos la mitad por el doble de precio. La gente se va a volver loca por esto. Cobrar un dineral por una minucia que querrán probar una y otra vez... y otra vez.

Danielle siguió examinando el envoltorio. Pasó los dedos por el borde de la bolsa y frunció los labios. Frank se inclinó hacia delante y puso una mano en la espalda de ella y la otra en su rodilla.

—¿Quieres probar?

—¿Qué pasó con eso de no colocarte con tu propio género?

—Yo digo que a la mierda. Solo hay una forma de saber si es bueno. ¿Acaso el inventor de McVitie’s levantó su imperio sin haber probado ni una sola galleta? No lo creo. Tienes que probarlo tú misma; si no, ¿cómo vas a saber si es lo bastante bueno para el gran público?

La coca estaba hablando por él en gran medida. Se le había olvidado por completo guardar el secreto de los ingredientes.

—O sea, que ya lo has probado, ¿no? —preguntó ella.

—He tomado un poco esta mañana —mintió él—. Sigo de juerga.

Danielle miró a Annabelle buscando apoyo antes de responder. —Un poquito —dijo—. No demasiado.

—Marchando.

Frank le quitó la bolsa, vertió el equivalente a una uña de sustancia sobre la mesa y dividió el montón a la mitad. Tras formar dos rayas, le entregó a Danielle un billete enrollado. Ella le dio las gracias, se inclinó hacia delante e inhaló.

Gimió en cuanto las sustancias químicas reaccionaron al instante en su cerebro. Echó la cabeza hacia atrás y se hundió profundamente en los cojines, con los ojos en blanco. El color desapareció de su rostro y sus pecas parecían gotas de sangre seca sobre la superficie de un baño.

—Oh... Dios... mío... —dijo, paralizada. Su cuerpo se quedó inmóvil, incapacitado por un momento. A su lado, Annabelle se inclinó y esnifó la droga. Ella también tuvo la misma reacción.

—Bueno, ¿eh? —preguntó Frank. De momento, todo iba bien. Sistemas listos. La Operación Poner Hasta las Trancas a Danielle Matheson era un éxito. Pero aún quedaba mucho camino por delante.

—In... cre... íble.

—Es todo lo que necesitas. Tienes para las próximas horas. Créeme.

Danielle parpadeó y volvió a mirarlo. Tenía las pupilas como platos y hilos de sangre roja las recorrían de un lado a otro. —¿Pasamos al segundo asunto de...?—

Se detuvo de repente cuando su cuerpo tuvo una arcada y luego convulsionó como un gusano.

—¿Danielle?

Sus ojos se pusieron en blanco, su piel se volvió aún más pálida mientras sus brazos caían a los costados, y empezó a temblar de forma incontrolable, como si estuviera poseída. Entonces empezó a echar espuma por la boca.

—¡Danielle! —Frank la sacudió, pero no sirvió de nada.

En cuestión de segundos, Danielle Matheson estaba muerta.