Capítulo 43
EL PRIMER PASO HACIA LA REDENCIÓN
J ake sintió la puerta principal pesada en sus manos, como si cargara con el lastre de sus responsabilidades.
En cuanto puso un pie en la casa, el olor de la cena le golpeó de lleno.
Curry verde tailandés de pollo. Casero. La versión propia de Elizabeth.
Uno de sus platos favoritos. Hacía mucho tiempo que no sentía el picante chisporrotear y bailar en sus labios.
Solo el aroma le hizo recordar la primera vez que lo había probado.
El tiempo no había sido muy distinto al de hoy.
Normal. Ni lluvia, ni sol. Ni calor, ni frío.
Simplemente... británico. Habían ido al parque a dar un paseo, estrenando las botas de agua nuevas que habían comprado para pasar más tiempo los fines de semana conociendo el paisaje de los alrededores.
Y luego habían regresado a su nueva casa, como la pequeña familia feliz que eran.
Por aquel entonces, su relación estaba aún en pañales y hasta ese momento habían sobrevivido con unas pocas comidas básicas, familiarizándose con la cocina.
Pero aquel día, Elizabeth decidió que iba a arriesgarse y preparar un curry.
Nada especial, nada emocionante. Pero había sido uno de los currys más sabrosos que Jake había probado en su vida.
Y ahora se había convertido en un capricho excepcional cada vez que ella lo preparaba.
Se preguntó qué habría hecho esta vez para merecérselo.
—Buenas noches —dijo cuando ella apareció en el umbral de la puerta. Le dio un beso en la mejilla y dejó su bolsa en el suelo, al fondo de la cocina.
—Espero que tengas hambre —le dijo ella mientras removía la olla de arroz hirviendo, volcando accidentalmente un poco por el borde y provocando que unas columnas de vapor le subieran a la cara.
—No te lo imaginas. Podía olerlo desde el coche.
—No me mientas —respondió ella.
Mal asunto. ¿A qué venía eso? Al principio pensó que estaba bromeando, pero luego notó que su tono de voz había bajado, y hubo algo en la forma en que pronunció esas palabras que sugería que aquello era solo el principio.
—¿Cómo ha ido el día? —preguntó él, intentando ocultar la preocupación en su voz.
—Bien.
Él se desplazó al otro lado de la cocina, manteniendo la isla central entre ambos por si ella empezaba a arremeter.
Ellie estaba sentada en su trona, sujetando con aire protector un biberón de zumo en la mano.
Jake le acarició el pelo, le recolocó una pinza que se le había soltado y le dio un pellizquito en las mejillas.
Ella levantó la vista hacia él con los ojos desorbitados por el desconcierto.
En ese instante, a él le pareció que lo miraba de la misma forma que miraría a un extraño.
Ojos grandes y desmesurados llenos de curiosidad. Jake sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué habéis hecho hoy? —preguntó, volviendo a centrar su atención en Elizabeth, obligándose a apartar de su mente la reacción de Ellie.
Elizabeth lo ignoró. Continuó preparando la cena.
—¿Liz?
Sin dejar de darle la espalda, ella dejó la cuchara sobre la encimera. —¿Cuándo pensabas decírmelo, Jake?
Él se detuvo, vacilante. Se le quedó el cuerpo frío. ¿Qué sabía ella?
—Vas a tener que ponerme al día, Liz. No sé de qué me hablas.
Seguía sin desarrollar el arte de la telepatía, por mucho que ella quisiera que lo hiciera.
Elizabeth dejó de cocinar y se dirigió a zancadas hacia el salón, apartando la puerta de un empujón tan violento que esta golpeó contra la pared contigua.
Regresó unos segundos después. En las manos sostenía un sobre marrón.
Jake no necesitó ver lo que había escrito en él porque ya lo sabía.
Todos eran iguales, todos llevaban la misma inscripción como si fuera una marca de orgullo.
Le agradecemos...
Ella le dio la vuelta al paquete y sacó un fajo de billetes. El olor a dinero de curso legal flotó en el aire, ganándole al del curry la batalla por sus fosas nasales.
—¿De dónde has sacado todo esto, Jake?
Mierda. Debía de haber otro paquete. Piensa, piensa, piensa .
—De algunos compañeros de la oficina —le dijo—. Gastándome bromas. Se creen muy graciosos.
—¿Dejando un par de miles de libras en el felpudo?
Jake se mordió el labio.
—No me vengas con chorradas, Jake. Dime qué está pasando.
Él se movió lentamente por la cocina hacia ella. Primero, para tantear su reacción; segundo, para coger el dinero y destruirlo.
—De verdad, no es nada por lo que tengas que preocuparte. Si lo fuera, te lo diría.
¿Lo haría? Hasta ahora, no le parecía que fuera a ser así.
—No puedes protegernos todo el tiempo, Jake.
Nadie te obliga. Se supone que somos un equipo, y necesito que seas sincero conmigo y me digas de dónde ha salido esto.
No me creo ni por un segundo que sea de los tíos del trabajo.
Ninguno te conoce lo suficiente; ni harían una cosa tan insensible.
¿Y por qué iban a dejarlo en la puerta? Si de verdad se preocuparan por ti, y fueran realmente tus amigos , sabrían cuánto dolor y sufrimiento ha causado todo ese asunto.
Tenía razón. Por supuesto que la tenía. No sabía cómo se las apañaba, pero ella siempre era capaz de calarlo.
O él era un mentiroso pésimo o ella había nacido con un sexto sentido para detectar las mentiras.
O existía la tercera opción, una que, hasta ahora, había olvidado.
Que, fuera lo que fuese, por pequeño o insignificante que fuera, las mujeres siempre acababan descubriendo la verdad.
La tercera opción parecía la más probable.
—Te doy una última oportunidad para que me cuentes qué está pasando o, de lo contrario, puedes cenar solo y me llevaré a las niñas a casa de mi madre. Tres... Dos...
Jake levantó las manos en señal de rendición. Ya no podía mentirle más. Esto se había prolongado demasiado.
—Está bien, está bien. Lo siento, Liz. Es que...
—Bajó la cabeza, ordenando sus pensamientos.
Le sudaban las palmas de las manos y sentía los labios pesados por las palabras de verdad que estaba a punto de pronunciar—.
Hay algunas cosas que tengo que decirte.
Pero te prometo que, bajo ningún concepto, permitiré que tú o las niñas sufran daño alguno.
Tienes mi palabra. Haré todo lo que sea necesario para protegeros.
El primer paso hacia la redención empezaba por la sinceridad.