Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 42
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Capítulo 42

YONQUI

Condiciones perfectas para que el negocio creciera.

Lewis esperaba en su lugar habitual, en el callejón bajo el bloque de pisos norte.

El pasaje apenas estaba iluminado y aprovechaba la oscuridad envolvente en su beneficio.

Llevaba la capucha puesta y las manos en los bolsillos.

En la mano izquierda sentía una bolsita de la cocaína de Frank y, en la derecha, la pequeña navaja automática que Rykard le había dado el otro día.

Vender el material de Frank Graham en territorio de Henry era un juego peligroso, uno cuyo resultado ya conocía.

Muerte. Por apuñalamiento. A golpes. Despedazado.

Quemado. A tiros. Había muchas formas de matar a un hombre, y Lewis había sido testigo de unas cuantas.

Pero lo consideraba necesario. Rykard, durante los años que había pasado criándose en la urbanización, había estado ahí para él.

Rykard había sido quien le había enseñado las reglas de la calle, las trampas, los peligros de los que debía cuidarse, cómo defenderse si alguna vez lo necesitaba.

Incluso había sido él quien le había aconsejado sobre cómo obtener la puntuación más alta en la Tabla de Clasificación.

Rykard había sido una figura paterna distinta.

Alguien a quien le confiaba su vida; alguien con quien podía hablar de cosas que su padre nunca entendería.

Y la traición de Henry a Rykard era una traición a Lewis.

Apoyó un pie en la pared y se recostó contra ella. Miró la hora en el móvil. 23:43.

Su comprador llegaba tarde.

No le gustaba que la gente llegara tarde.

Rykard se lo había enseñado. Se lo había inculcado .

Era perjudicial para la imagen que dabas.

Si empezabas a llegar tarde a cada cita, parecías inferior, alguien que no era digno del producto.

Siempre había más clientes en la cadena de montaje esperando su turno.

Lewis recorrió la agenda de su teléfono hasta encontrar el número del comprador.

Pero justo cuando estaba a punto de llamar, el comprador apareció.

Tenía el pelo corto, casi calvo. Vestía una sudadera de chándal ancha que le colgaba de un hombro y unos pantalones de chándal que se le habían escurrido por el muslo izquierdo.

Parecía débil, enclenque, y caminaba cojeando.

Tenía la barba descuidada, sucia y cubierta de migas y grasa.

Se le caían los dientes, y los cinco que le quedaban estaban tan oscuros como el callejón.

Desde luego, no era el ejemplo a seguir de cómo vivir la vida.

—¿Qué horas son estas? —preguntó Lewis, permaneciendo totalmente inmóvil.

—Lo... lo... siento, Lew. Lo siento, yo...

—¿Tienes el dinero que me debes? El otro día tuve que responder por ti, tío. Me debes una muy gorda.

—Lo... lo... lo tengo. Lo tengo. Tal como dijiste, Lew.

El comprador tenía un caso grave de nerviosismo. Se frotaba los brazos con fervor y se envolvía en su sudadera; luego metió la mano en el bolsillo y sacó un mazo de billetes.

—¿Está todo? No quiero tener que ponerme a contarlo como la última vez.

—No... no... está todo... está todo ahí. Lo prometo. Tal como dijiste, Lew.

Lewis le arrebató el dinero al cliente y se lo guardó en el bolsillo.

Miró a ambos lados del paso subterráneo y examinó la zona, asegurándose de que nadie más estuviera vigilando, esperando el momento oportuno para atacar y detenerlos.

Se había enterado de lo que le había pasado a Reece y le aterraba que le ocurriera lo mismo.

—¿Qué tienes para mí? —preguntó el yonqui con una voz que ahora denotaba excitación.

—Algo un poco diferente —respondió Lewis, esforzándose por reprimir la sonrisa que asomaba a su rostro.

—¿El qué?

Lewis nunca había visto a nadie a quien se le iluminaran tanto los ojos.

—Ha llegado algo nuevo al mercado. Alto secreto. De momento, que no se entere nadie, ¿vale? Y si te gusta, que estoy seguro de que así será, te quiero aquí mañana al mediodía. Debería ser tiempo más que suficiente para que estés deseando más. Mucho más. ¿Podrás hacerlo?

Lewis sacó la bolsita de droga de su bolsillo y la mantuvo bajo la nariz del yonqui. —Esta invita la casa. Pero si te gusta, el precio es un poco más alto de lo habitual.

—No. No. Más alto no puedo. Me ha costado mucho reunir este dinero, tal como me pediste, Lew.

—El subidón vale el precio, colega. Créeme. ¿Tenemos un trato?

Al ver la droga gratis, los ojos del yonqui se abrieron aún más, y el blanco se volvió fosforescente.

—Trato hecho. —Le arrebató la bolsita a Lewis, la apretó en el puño, la olió y luego salió disparado por el callejón como un muerto de hambre de dibujos animados.

Ahora todo lo que Lewis tenía que hacer era confiar en el producto de Frank y esperar que su cliente regresara.