Capítulo 35
REGRESO A LA OFICINA
L o primero que Jake notó del hombre que llevaba el pasamontañas negro fue el tatuaje de su cuello.
Era la misma águila, el mismo pez que había visto en el individuo de la urbanización la otra noche.
Y no había nada que pudiera hacer para atraparlo.
En cuestión de segundos, los seis individuos que habían salido de la joyería habían desaparecido, alejándose a toda velocidad en sus Range Rover sin matricular.
—¡Jake! —gritó Elizabeth detrás de él. Sujetaba a Maisie contra una cadera y el cochecito de Ellie con la otra mano—. Jake, ven aquí ahora mismo .
A regañadientes, se acercó a ellas, girando la cabeza a izquierda y derecha, escaneando cualquier otro signo de peligro.
—¿Estáis bien? —preguntó.
A lo lejos sonaron sirenas que se acercaban más a cada segundo.
—Por poco —dijo Elizabeth.
Jake se agachó para atender a sus hijas. Les acarició el pelo, las mejillas, su piel suave, y las abrazó.
—Me alegro de que estéis bien —dijo, mirando a Maisie a los ojos—. Eres muy valiente.
—¿Por qué vas hacia hombre malo, papi? —preguntó Maisie. Su inocencia resultaba entrañable, pero eso no hacía que fuera más fácil mentirle.
—Porque papi es tonto. Es un hombre muy bobo —dijo Elizabeth con sinceridad, su tono cargado de desdén.
Jake no se atrevió a mirarla. Por la entonación de su voz, sabía que le daría una bofetada si lo hacía, y que no lo había hecho ya por el bien de Maisie.
—Eso es —añadió Jake—. Papi es un poco idiota a veces.
Pero solo lo hacía para asegurarse de que estuvierais a salvo.
Si vuelve a pasar algo parecido, quiero que me prometas que estarás tranquila, que serás sensata y que seguirás todas las instrucciones que te den, ¿vale?
No seas tonta como papi. Solo a papi se le permite ser tonto porque es mayor.
No podía creer que acabara de tener que decirle eso a su hija de tres años.
—Creo que deberíamos largarnos de aquí —murmuró Elizabeth.
Poniéndose en pie, Jake respondió: —No puedo. Tengo que ocuparme de esto.
—Jake...
—Solo será un momento.
—Eres un peligro para mi vida, Jake Tanner —dijo Elizabeth—. Estaremos en la cafetería donde hemos desayunado.
—Creo que esto podría obligarme a volver al tra—
—No, no lo hará —le interrumpió ella, lanzándole una de sus miradas de «ni se te ocurra pensarlo, joder»—. Tenemos planes. Te estaremos esperando en la cafetería. Asegúrate de no tardar mucho.
Jake no pudo evitar sonreír con sorna. Su disposición a plantarle cara era encomiable.
La respetaba más cada día. Él era un caso difícil, era consciente de ello, pero eran gajes del oficio.
Y la amaba infinitamente por aguantarle.
No se la merecía, ¿qué hombre lo hacía? Todos los hombres eran unos capullos pero, aun siendo así, había algo en el fondo de su mente que le decía que, hiciera lo que hiciera, ella seguiría amándole.
Y eso, de forma bastante egoísta e ignorante, le hacía preguntarse cuánto podía llegar a permitirse.
Por el sonido de las sirenas que se acercaban rápidamente, parecía que habían movilizado a todo el equipo de respuesta de emergencias de Stratford. Unos minutos demasiado tarde.
Se despidió de sus hijas con un beso, les dijo que se reuniría con ellas en la cafetería en breve y se dirigió hacia la joyería.
Con cautela, pasó por encima de los cristales, manteniendo el cuerpo agachado y los músculos de las piernas y los brazos tensos, por si alguien salía y lo atacaba.
A su izquierda, al otro lado de la carretera, había empezado a formarse otra multitud, y la gente de la capa más externa se acercaba a la tienda.
—Atrás —les gritó Jake—. Quédense donde están. La policía está en camino.
La preservación de la vida prevalecía sobre cualquier otro procedimiento. No había cantidad de pruebas que pudiera compensar una pérdida innecesaria de vidas. Su trabajo era proteger, ¿y cómo podía hacerlo si estaba más preocupado por contaminar y destruir pruebas?
Jake se detuvo frente a la entrada de la tienda, bajó la vista hacia sus pies y notó gotas de un líquido carmesí que adornaban los fragmentos rotos de cristal como piezas de una vidriera. Había huellas rojas donde el líquido había sido pisoteado por toda la tienda y hacia la calle.
Levantó la vista y vio a dos mujeres de pie dentro de la tienda contra la pared del fondo, acurrucadas la una contra la otra. Estaban encogidas de miedo con las manos sobre la boca, mirando fijamente algo en el suelo. Jake entró y siguió su mirada, entonces se quedó helado ante lo que vio.
Apenas pudo distinguir el logotipo de la empresa en la blusa de la mujer entre la flor de sangre que se filtraba rápidamente de su cuerpo. Mientras Jake se acercaba a ella, sintió que una mano le agarraba el hombro y lo tiraba al suelo. Tropezó y cayó sobre los cristales.
—¡Arriba! —gritó una voz por encima de él.
Cegado por la luz del sol que entraba por la puerta, Jake entornó los ojos hacia arriba y se encontró con el cañón de una carabina SIG MCX 556.
El hombre que portaba el arma llevaba un chaleco antipinchazos y vestía equipo de protección negro.
Lucía un casco negro en la cabeza y su número de identificación se mostraba con orgullo en su pecho izquierdo.
Sin previo aviso, el hombre agarró a Jake por el hombro, volvió a ponerlo en pie, lo sacó de la tienda y lo empujó hacia la acera.
—¡Por favor, retroceda! —le gritó el oficial armado a Jake mientras este se alejaba tambaleante.
Jake abrió la boca para hablar, pero otro hombre le interrumpió. De estatura y complexión similar a la de Jake, vestido con traje y un costoso reloj Hublot, le resultaba extrañamente familiar, como si tuviera uno de esos rostros que reconoces pero no recuerdas de qué.
—Disculpe, señor —dijo el hombre—. No puede estar aquí. Por favor, retroceda.
—Pero yo—
—Es por su propia seguridad —insistió el hombre—. La situación está bajo control. Uno de mis colegas está estableciendo un perímetro en este momento. Le ruego que se sitúe detrás de la cinta.
Jake buscó en la vestimenta del hombre algún signo de identificación.
No había ninguno. Era un oficial de policía, de eso no cabía duda, pero Jake no sabía quién o qué era.
Normalmente, en casos de robos a mano armada, el primer equipo de respuesta de emergencia, y el departamento posterior en el que recaía el caso, era el SO11, comúnmente conocido como el Flying Squad.
Eran un grupo de oficiales armados, uniformados y de paisano encargados de encontrar a los grupos responsables de robos a mano armada por toda la ciudad.
Jake había tenido una pequeña experiencia de cómo era la vida en esa parte del cuerpo después de que él y unos cuantos oficiales armados hubieran sido responsables de detener a The Crimsons, los mayores criminales profesionales organizados del país, a bordo de un crucero mientras se disponían a evacuar el país. Así que sabía cómo operaban.
Y aquello, sin duda, no era así.
Jake era un testigo clave de un robo a mano armada y poseía una letanía de pruebas. Deberían haberle interrogado, examinado, tomado sus datos, y sin embargo el detective parecía decidido a dejarle marchar como si no hubiera pasado nada.
—Por favor, señor, retírese y permanezca detrás de la línea. Esta es una escena del crimen activa.
Jake siguió observando al hombre. Había algo en él que no le gustaba, algo en lo que no confiaba.
—Señor —continuó el hombre—, no quiero tener que pedírselo otra vez.
—Cierto, perdón —dijo Jake, parpadeando para volver a la realidad—. Simplemente me quitaré de en medio.
Jake no sabía qué le estaba pasando. Su mente y su cuerpo trabajaban en piloto automático.
Debería haberse identificado, haberle dicho al hombre quién era, pero al final lo dejó pasar y decidió alejarse y observar el desarrollo de la situación desde la periferia.
Solo esperaba tener una buena razón para hacerlo.
El oficial de paisano extendió su brazo derecho en la dirección que quería que Jake tomara. Al hacerlo, su manga se subió por el brazo y reveló un tatuaje. La imagen de un escorpión. A primera vista, Jake no lo reconoció por lo que era; su mente simplemente lo descartó.
—Por favor —continuó el hombre—. Detrás de la línea que mi colega acaba de establecer.
Sin decir nada, sumido en un aturdimiento extraño, Jake se alejó de la escena del crimen, se agachó bajo la cinta blanca y regresó a la cafetería.
—¿Todo bien? —preguntó Elizabeth cuando él volvió a su asiento unos minutos más tarde.
—No. No lo creo —dijo él, mirando fijamente la mesa pero sin ser consciente de nada de lo que le rodeaba.
—¿Qué pasa?
—Creo que está pasando otra vez.
—¿El qué, Jake? ¿Qué?
Levantó la vista y se encontró con los ojos de Elizabeth. —Lo siento, Liz. Tengo que volver a la oficina.