Capítulo 34
JOYERÍA ROYAL HALLMARK
A la mañana siguiente, tras haber dormido apenas unas horas, Jake y su familia estaban sentados en uno de sus refugios favoritos: Alinka’s.
Situado al final de la calle de Bow Green, tanto él como el equipo lo frecuentaban para sus escapadas cafeteras de media mañana.
A veces, si no tenían mucho lío, lo cual era una rareza, se aventuraban a desayunar o a almorzar, a veces a tomar un brunch, y Jake se daba el gusto de pedir su famoso bagel de beicon, huevo, queso y tortita de patata.
Era un manjar delicioso, y era todavía mejor ahora que podía compartir la experiencia con su familia.
—¿Qué crees que debería pedir? —preguntó Elizabeth, sosteniendo la carta.
Como no le convenció el bagel que él le sugirió, Jake dijo—: Para ti, recomendaría los huevos revueltos con tostadas y aguacate.
De fondo, el barullo de la cafetería bullía mientras los más rezagados entraban, pedían su café y se ponían en camino hacia sus destinos.
Jake bostezó profundamente en un intento de reabastecer su cerebro con un oxígeno que parecía más vital ahora que nunca.
Elizabeth le frunció el ceño con una mirada que decía «te está bien empleado».
Y así era. Después de su reunión con Henry, que seguía rondándole en la nuca como un mal olor, no había vuelto a casa hasta altas horas de la madrugada, y después el sueño le había sido esquivo.
No podía dejar de pensar en Henry, Henry y Henry.
En cómo había amenazado con destruir la carrera de Jake.
En cómo mantenía a Jake a raya, confiado en su propia invulnerabilidad.
En cómo había mencionado a su familia. Jake se había planteado quedarse en casa en su día libre y cancelar sus planes, pero luego se dio cuenta de que eso era precisamente lo que Henry quería.
Para cuando finalmente lo comprendió y se fue a dormir, el sol ya asomaba por el horizonte y las niñas empezaban a revolverse en sus camas, exigiendo atención inmediata.
—Creo que pediré el desayuno inglés completo —dijo Elizabeth al cabo de un rato—. ¿Qué vas a querer tú, Maisie? —preguntó, enumerando las posibles opciones.
La hija de Jake estaba sentada junto a él, mientras Elizabeth tenía el lujo de encargarse de Ellie en el cochecito.
Cuanto más las miraba, más se daba cuenta de que eran casi idénticas en muchos aspectos, y cada vez más parecidas a él y a Elizabeth en otros.
Maisie guardaba muchos parecidos con Elizabeth —los ojos, la nariz, la boca—, mientras que Ellie se parecía a Jake: el color del pelo, la mandíbula y sus ojos oscuros.
No había ninguna duda sobre su paternidad, desde luego.
—Huevos revueltos y baguez —dijo Maisie, con la ebullición y el entusiasmo de una niña que experimenta cosas nuevas.
—No sé si tienen baguetes, Maisie. ¿Qué tal si los tomas con un poco de pan normal?
—Quiero baguez.
Jake miró a Elizabeth.
—Las estás malcriando, de verdad.
—Van a tener gustos caros como su madre. ¿A que sí, Mais?
—¡Sí!
—Estás reclutando un ejército de chicas para luchar contra mí, ¿verdad? —le preguntó Jake a Elizabeth.
Ella soltó una carcajada y su sonrisa le iluminó el rostro. Era la primera vez que Jake la veía feliz en todo el día, y esperaba que no fuera la última.
Tras algunas discusiones y desacuerdos, Jake finalmente permitió que Maisie tomara su segunda opción —la más cara, salmón y aguacate— mientras él disfrutaba de su bagel de beicon, huevo, queso y tortita de patata. Cuando se acercaban las once, terminaron, pagaron la cuenta y se marcharon.
Caminando por la calle de la mano, Jake descartó cualquier pensamiento sobre el trabajo y se permitió la oportunidad de admirar todo lo que le rodeaba.
Su familia. Su esposa cariñosa y atenta.
Sus hijas adorables y maravillosas. El sol brillando en el cielo.
El aire cálido. La brisa suave. Las calles tranquilas.
En ese momento todo era perfecto, y nada podía estropearlo.
Jamal consultó el retrovisor por decimotercera vez en menos de cinco segundos, evitando mirar a DripTop y Chubz, que estaban sentados atrás.
No quería que le vieran el miedo en los ojos.
Ni siquiera las drogas lograban calmarle los nervios.
Estaba agradecido a Henry por haberle confiado esto, pero era lo único en lo que había podido pensar desde que se enteró.
Durante los próximos noventa minutos, él estaba al mando.
Entrar, salir, conducir hasta el piso franco.
Y si algo salía mal, sería su propio culo el que estaría en juego.
«Espabila, nenaza», se increpó a sí mismo. «Henry no te habría elegido si no pensara que podías hacerlo».
Había un trabajo sobre la mesa y era hora de demostrar a Deshawn, Elijah y a todos los demás veteranos que tenía lo que hacía falta para gestionar este lado del negocio.
Con Des dirigiendo las redes de narcotráfico en Essex, y Elijah al frente de The Den, Jamal se había quedado en la sombra, desplazado a un lado.
Si no aprovechaba esta oportunidad y lo daba todo, se quedaría estancado allí.
Eran cuatro en su coche y tres en el otro.
Ambos vehículos llevaban matrículas falsas, y todos los hombres que participaban en el golpe habían sido obligados a llevar pasamontañas y monos de color naranja.
Además, cada uno de ellos había sido equipado con un subfusil MP5 y una Glock 15, cortesía de los contactos de Henry.
Los subfusiles eran solo para impresionar, cargados únicamente con fogueo, pero las Glock estaban armadas. Por si acaso.
Tres minutos. Tres minutos.
Entrar y salir. Eso era lo que Henry le había dicho. Entrar y salir en tres minutos. El tiempo justo para escapar con todo lo que pudieran pillar en ese intervalo. El tiempo justo para que la policía llegara demasiado tarde, momentos después de que se hubieran largado.
—¡Es aquí, a la derecha! —gritó Des a su lado.
Sujetaba el MP5 contra el pecho, con el cañón del arma a pocos centímetros de su boca.
Menos mal que el maldito trasto no estaba cargado, porque de lo contrario un bache habría esparcido la sangre y la materia gris de Deshawn por todo el techo del coche.
Jamal frenó el coche sobre las líneas amarillas dobles frente a la joyería.
Las calles estaban tranquilas, a excepción de unas pocas familias que paseaban con cochecitos o niños a cuestas.
Frente a ellos había un restaurante de curry, cerrado.
Jamal mantuvo la vista fija en el retrovisor mientras veía cómo el segundo Range Rover se detenía detrás de él.
Se quedó sordo a todos los sonidos que le rodeaban.
Los gritos. Los alaridos. La euforia cuando los hombres del coche bajaron y cargaron hacia la joyería.
Jamal pisó el freno, mantuvo ambas manos firmemente agarradas al volante y el pie en el punto de fricción como si fuera Jason Statham en una película de acción. Miró el salpicadero e inició el temporizador enchufado a la rejilla de ventilación.
03:00
02:59
02:58
Un ruido le distrajo. Ahora podía oír los gritos. El sonido de los cristales rompiéndose contra el suelo. Los alaridos que emanaban del interior de la tienda. Estaba justo frente a la entrada y, desde su posición, podía verlo todo.
Los jóvenes que habían sido convocados para la tarea, aquellos en quienes Jamal y Des más confiaban, obligaban a los empleados de la tienda a colocarse en el centro del establecimiento; todos ellos se llevaban las manos a la cara, gritando, suspendidos en un breve instante de puro pánico e incredulidad ante el hecho de que algo tan inverosímil les estuviera ocurriendo.
Mientras tanto, los veteranos saqueaban los estantes.
Rompiendo los cristales con las culatas de sus armas, barriendo las joyas y los relojes hacia sus bolsas, pillando todo lo que tenían a la vista.
01:21
El tiempo vuela cuando te diviertes.
Jamal tamborileó con fuerza con los dedos sobre el volante.
Fuera, una multitud había empezado a formarse al oír el alboroto.
Un grupo de adolescentes con pantalones cortos y sudaderas con capucha sacaron sus teléfonos y empezaron a filmar el robo.
Se mantenían a distancia, pero Jamal sabía que ya se estaba volviendo demasiado arriesgado.
En el momento en que esas cámaras captaran algo que no debían, se habría acabado el juego.
Se puso el pasamontañas sobre la cara e instintivamente sintió que la piel le picaba por el sudor.
Sus manos bajaron a su regazo y buscaron la Glock que tenía bajo la pierna.
Los dedos de su mano derecha rodearon la culata del arma y apretaron.
El metal sólido le resultó satisfactorio al tacto. Le dio la sensación de ser invencible.
El tiempo vuela cuando te diviertes.
El tamaño de la multitud fue aumentando gradualmente, como una nube que se cierne sobre la ciudad.
Aún había un nivel tangible de incertidumbre en el aire.
Nadie sabía qué estaba pasando. Nadie sabía por qué había gritos y alaridos y cristales rompiéndose, pero la curiosidad de los espectadores no conocía límites.
Jamal les enseñaría los límites. Les enseñaría lo que estaba pasando. Y les enseñaría lo que sucedería si no se largaban de allí de inmediato.
Echando el freno de mano, abrió la puerta del conductor de un empujón, salió del vehículo y, blandiendo la Glock hacia la multitud, gritó: —¡Atrás! ¡Atrás, joder! ¡Largos de aquí, coño!
En cuanto la multitud reparó en el arma, se desató el pánico. Una carnicería. El caos. Se dispersaron y echaron a correr. Un hombre luchó por su supervivencia empujando a otra chica delante de él para cubrirse y luego se lanzó tras una hilera de coches.
—¡Jamal!
Se giró en el sitio y vio a Felix, el otro conductor de la redada, bajando del coche.
—¿Pero qué coño haces, tronco? ¡Vuelve al coche! —gritó Felix.
Jamal ignoró la orden y apretó el arma en su mano, con el dedo índice acariciando el gatillo.
Antes de que pudiera hacer nada, un estallido fuerte y ensordecedor brotó del interior de la tienda. Jamal ni siquiera se inmutó. Había pasado el tiempo suficiente en el barrio para saber qué era aquel sonido. El inconfundible estallido que había destrozado las vidas de tantas familias.
Corrió hacia la entrada y frenó en seco en la puerta, levantando cristales y otros restos.
Allí, en el suelo, en el centro de la tienda, estaba una de las empleadas.
Tenía las manos apretadas contra el estómago, una flor roja se extendía rápidamente por su camisa y un casquillo de bala yacía junto a su cadera.
Jamal levantó la vista y vio a Lawrence, el miembro más joven del grupo, uno de sus camellos más destacados, sosteniendo la Glock en la mano, temblando.
Jamal bloqueó los gritos a su alrededor, agarró a Lawrence por el cuello y lo echó de la tienda.
—¡Vuelve al coche!
En cuanto el chico estuvo fuera de vista, Jamal volvió a prestar atención al resto del equipo.
Quedaban cuatro, repartidos uniformemente por la tienda, metiendo las pocas gemas y joyas que quedaban en sus mochilas.
Jamal no sabía cuánto tiempo les quedaba, pero decidió que ya había pasado demasiado.
Era hora de largarse.
—¡Terminad de una vez, chavales! ¡Fuera de aquí!
En un instante, los chicos cerraron las cremalleras de sus bolsas de deporte, se las colgaron al hombro y corrieron de vuelta a los coches, dejando tras de sí un rastro de cristales rotos y sangre.
Jamal echó una última mirada a la chica que agonizaba en el suelo. Era una circunstancia desafortunada, algo que esperaba que fuera absolutamente necesario, pero ahora que se habían metido en este negocio como antes hicieron los Crimson, tenían que labrarse un nombre.
La muerte era un riesgo, gajes del oficio.
Mientras Jamal salía apresuradamente de la tienda, mantuvo la pistola pegada a la pierna.
A su derecha, la multitud se había dispersado como un vertido de petróleo en el mar.
Pero a su izquierda había un hombre que vestía un jersey gris fino y unos vaqueros.
Tenía el pelo castaño corto y barba de unos días.
Detrás de él estaba su familia. Una mujer y dos hijas.
El hombre dio un paso adelante con las manos en alto.
—¡Jake! ¡Vuelve atrás! —gritó la mujer que tenía detrás. Probablemente su esposa o su novia.
Jamal le encañonó con la pistola. De inmediato, el hombre se quedó paralizado, alzando aún más las manos.
Por un largo instante, permanecieron inmóviles, separados por más de seis metros.
¿De verdad este tipo quería jugársela? ¿De verdad quería arriesgar la vida siendo el héroe que nadie necesitaba?
—¡Jake! —volvió a gritar la mujer, y esta vez él atendió a sus llamadas y retrocedió lentamente poco a poco, manteniendo las manos en alto en todo momento.
Sonriendo bajo la máscara, Jamal bajó el arma y saltó a su coche.
Arrancó el motor, metió la marcha y salió disparado del bordillo.
Los neumáticos chirriaron contra el asfalto, escupiendo al aire una columna de goma quemada, humo y gravilla.
Luego mantuvo los ojos fijos en la carretera y se concentró en salir de allí.
Los siguientes ochenta y cinco minutos serían los más cruciales.