Capítulo 32
TODOS DE ACUERDO
E l Range Rover negro que debía recogerlo llevaba cuatro minutos de retraso. Inaceptable. Era la tercera vez en tres semanas y empezaba a convertirse en un problema.
—¿Todo bien, jefe? —preguntó Jamal, mirando a Henry a través del espejo retrovisor mientras este entraba en la parte trasera del coche.
—Lo estaría si hubieras llegado a tu hora.
—Lo siento, hermano. Nos hemos entretenido.
—¿Sabes por dónde es? —Henry no tenía tiempo ni capacidad mental para discutir sobre el asunto.
Seguía intentando comprender cómo dos de sus veteranos más antiguos —DripTop y Mars— habían podido ser tan estúpidos como para bajar la ventanilla ese mismo día y hablar con el detective que intentaba arrestarlo.
—Tengo el Google Maps para que me ayude, ¿no? —dijo Jamal, señalando el teléfono conectado al salpicadero—. He pillado esa vaina del nuevo iPhone esta mañana.
Tampoco tenía tiempo para que le importara un carajo el nuevo juguete de su amigo. ¿Cómo ha ido hoy?
Des se giró en su asiento. Hecho. La línea de County ya está montada. Me he llevado a uno de los jóvenes en su lugar. Un chavalín llamado Reece. El chico lo ha hecho bien, tío.
—¿Ah, sí?
—Ha sumado trescientos puntos en la tabla de clasificación.
—¿Y?
—Tommy ya no volverá a ser un problema.
Henry asintió con aprobación. ¿Y mañana? ¿Está todo preparado? ¿Hay algo que deba saber?
—Los chicos ya están listos —respondió Jamal—. Aunque no han tenido mucho tiempo para prepararse, Hen. Por eso hemos llegado tarde; estábamos terminando de organizar los últimos detalles, ¿sabes?
No era culpa de Henry haber recibido el mensaje de texto informándole de su siguiente encargo hacía solo unas horas. El tiempo de preparación había sido mínimo. Pero tenía fe en sus chicos. Si no la tuviera, no estarían en la posición en la que estaban.
—He cambiado de opinión —dijo—, quiero que participéis los dos.
—Eso nos sube a siete —respondió Des. Henry estaba seguro de haber detectado miedo en sus palabras.
—Siete deberían ser suficientes.
—¿No lo joderá todo?
—Si todos seguís el mismo plan, no habrá ningún problema. Más cuerpos, más dinero. Nos jugamos mucho en esto, chicos. Si lo logramos, nos vendrá una cantidad de pasta brutal muy pronto.
Se jugaban mucho. La oportunidad de ganar un montón de dinero en muy poco tiempo.
Era un negocio lucrativo, pero con esas recompensas venían presiones añadidas y riesgos extra.
Normalmente, cuando se trataba de trapichear con drogas, solo participaba una persona del E11: el camello.
Y un extraño: el yonki. Era una transacción cerrada.
Si alguna vez había algún lío, Henry solo tenía que lidiar con un problema.
Pero esto era distinto. Esto era en público, donde había un montón de incógnitas: gente de fuera.
Y para colmo, tenía a siete personas distintas con siete cerebros, personalidades e ideas diferentes sobre qué hacer cuando la mierda llegara al ventilador.
El riesgo de que algo saliera mal se multiplicaba por diez.
Ahora comprendía por qué sus predecesores siempre habían pasado tanto tiempo planificando sus encargos.
Ya empezaban a verse algunas canas nuevas.
Veinte minutos después, Jamal entró en su lugar de reunión: un paso subterráneo junto a la A298. La zona estaba rodeada de obras, montículos de tierra y arena, y vallas metálicas a lo largo del perímetro. Deshawn saltó del coche, apartó la valla y regresó al vehículo.
Jamal avanzó y la grava crujió bajo las ruedas. Detuvo el coche lentamente en el centro de la zona de obras y apagó el motor. Frente a ellos había dos vehículos aparcados uno frente al otro. Un BMW y un Mercedes. Y allí estaba él en su Range Rover. Alemania contra Inglaterra. Dos contra uno.
—¿Seguro que no hay nada que deba saber? —preguntó Henry, poniendo la mano en la manilla de la puerta.
—Qué va, jefe. Está todo bajo control.
Henry abrió la puerta. Se sacudió la ropa. Giró la cabeza de lado a lado y sintió cómo crujían las vértebras del cuello. Caminó con determinación hacia el centro de los tres coches.
Esperó.
Un segundo después, se abrió la puerta del conductor del Mercedes. Un hombre corpulento, con el pelo grasiento y una barriga que le hacía parecer embarazado, salió del coche con dificultad. Henry lo reconoció al instante.
—¡Rupert! —gritó, y su voz resonó por toda la zona.
—Henry —dijo Rupert Haversham.
Los dos hombres caminaron el uno hacia el otro y se abrazaron; sus cuerpos chocaron con un golpe sordo pero contundente. Los brazos de Henry apenas alcanzaban a rodear el cuerpo de Rupert y, en su lugar, se perdieron entre los michelines del hombre.
—Me alegro de verte —dijo Rupert al separarse.
—Habría sido mejor verte cuando te necesitaba.
—Lo siento. Vacaciones familiares. —Hablaba con un marcado acento de la alta sociedad y tenía una fina línea de sudor enterrada profundamente en un pliegue de grasa de la frente.
—¿Cuándo has vuelto?
—Hace poco. Confío en que Veronica se haya encargado de todo por ti.
—No hacía falta que estuviera allí. Solo quería hacer perder el tiempo a la policía.
Rupert puso los ojos en blanco y se puso las manos en las caderas. Cuanto más los cabrees, más irán a por ti.
—Si te creyeras eso, no me habrías contado todo lo que sabías sobre nuestro tocapelotas amigo.
—No tenemos permitido tocarlo. Todavía no. Hay demasiada presión sobre él en este momento. Especialmente después de toda la atención mediática que ha estado recibiendo últimamente. El Cónclave no quiere que le pase nada. Pero, por lo visto, él tiene algo pensado para Jake Tanner.
—¿Te lo crees?
—Lleva mucho tiempo diciéndolo. Quizá le tenga miedo.
Henry se mofó. ¿Un madero con miedo a otro madero? Esa no la había oído nunca.
—Cosas más raras se han visto —replicó Rupert. Olfateó, haciendo un sonido flemático con la garganta, y se limpió la nariz con el dorso de la mano.
En cuanto Rupert terminó, se abrió la puerta de un coche.
Henry giró la cabeza para ver a una figura salir del BMW.
Vestía unos pantalones negros anchos por abajo y una camisa con pétalos rojos y azules por dentro de los pantalones.
Tenía el pelo de un rubio cobrizo que le llegaba por encima de los hombros y parecía que no se lo había cepillado en al menos una semana.
Se apartó el pelo tras las orejas con un par de gafas.
El único retoque que se había hecho en la cara era el denso rímel que llevaba en las pestañas.
Su silueta pequeña y esbelta —con la espalda recta y la cabeza alta— se deslizó sobre la arena y la grava y se detuvo junto a Rupert. Parecía que un soplo de viento podría derribarla.
—¿Y quién puedes ser tú? —preguntó Henry. No la había visto nunca y no le gustaba encontrarse con gente que no conocía sin previo aviso.
—Otra persona de la que dependes —respondió ella con severidad. Tenía un tono autoritario al hablar. Sin tonterías. Todos esos atributos que a Henry le recordaban a su madre.
—Solo hay un puñado de personas que ostentan ese galardón. ¿Qué te hace tan especial?
—Porque nuestro empleador común me lo pidió. Si él confía en mí, tú también deberías hacerlo. —Su expresión no revelaba nada.
—¿Me vas a dar un nombre?
—No si quieres que lo de mañana sea un éxito.
—¿Así que nada de nombres?
—Nada de nombres.
—Bueno, el mío es Barbara. —Henry le tendió la mano—. Encantado de conocerte.
La misteriosa mujer lo dejó con la mano en el aire. Ya empezaba a no gustarle. Su madre no habría hecho eso.
—¿Puedo llamarte Leanne? —preguntó él—. ¿No? ¿No? Vale. Te llamaré Leanne de todas formas. —Hizo una pausa para evaluar su reacción; no hubo ninguna—. Así que, ¿a qué te dedicas en tu día a día, Leanne ?
—Haces demasiadas preguntas.
—Simplemente pensaba que, dado que es la primera vez que nos vemos y que la primera impresión cuenta y todo eso, aprovecharía esta oportunidad para conocerte un poco mejor.
—Esto no es una cita —siseó ella.
—¿Te gustaría ir a una?
Pleno. Una reacción. El leve arqueo de la ceja izquierda de Leanne. Fue un movimiento minúsculo, pero estaba seguro de haberlo visto; poco a poco, la estaba minando. Calándola. Evaluándola.
—¿Está todo listo para mañana? —preguntó ella.
—¿Cuál es tu papel en esto?
—Yo soy la responsable de asegurar que no haya ninguna intervención policial no deseada y de asegurar que tengáis tiempo suficiente para salir de allí antes de que lleguen.
Una sonrisa burlona creció en el rostro de Henry. Ahora todo tenía sentido.
—Me preguntaba cuándo tendríamos a otro madero corrupto en la acción. Empezaba a pensar que erais una especie en extinción.
Ella se cruzó de brazos sobre el pecho, revelando una fina pulsera de cobre en la muñeca. Lo joderías todo de no ser por mí.
—Tu falta de fe me resulta inquietante. —Estaba disfrutando al sacarla de quicio. Era importante que impusiera algún tipo de dominio, para hacerle saber que no se le podía ningunear tan fácilmente.
—¿Está todo listo para mañana? —repitió ella.
—Sí.
—¿Cuántos sois?
—Siete.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué ?
—Eso es más de lo acordado.
—El plan ha cambiado.
—Vuélvelo a cambiar.
—Demasiado tarde. Te acabo de decir que está todo organizado.
—Siete son demasiados.
—Para Blancanieves no lo fueron.
—No podemos justificar a siete hombres. Eso son dos vehículos. No hemos tenido tiempo; ni tenemos los recursos.
—Nosotros hemos tenido el mismo tiempo que vosotros para prepararnos. Me parece que ese es más bien tu problema que el mío —dijo Henry. Se dio cuenta de que estaba sonriendo y no le importaba lo más mínimo que se notara.
Por un momento, Leanne y él se quedaron mirándose fijamente, enzarzados en una batalla silenciosa, determinando quién sería el primero en romper el bloqueo y ceder. Henry estaba convencido de que no sería él.
—Está bien. Siete hombres —respondió Leanne, suspirando—. ¿Cuándo?
—Por la mañana, en algún momento.
Leanne puso los ojos en blanco y se giró hacia Rupert—. ¿Es siempre así de difícil?
—Deberías probar a estar en una sala de interrogatorios con él.
Suspirando una vez más, Leanne volvió a centrar su atención en Henry y dijo: Escucha, déjame darte un consejo.
A la gente no le gustan los gilipollas. Te hace poco fiable.
Y cuanto más actúes como un gilipollas, menos inclinada estaré a ayudar.
Y entonces todos los hombres que tienes en este trabajo serán pillados, arrestados —por un departamento completamente distinto, en algún lugar fuera de mi control— y tarde o temprano acabarán en la cárcel.
No me tendrás a mí para cubrirles las espaldas; ni tampoco tendrás a Rupert.
Sé que intentas hacerte el chulo, el gracioso y el intimidante, pero no funciona.
Te doblo la edad y, en mi tiempo, he lidiado con gilipollas mucho más grandes y peligrosos que tú.
»Nuestro empleador común quiere que esto salga bien. Si él quiere que tenga éxito, nosotros también, y tú también. Estoy segura de que también eres consciente de que, si esto funciona, hay mucho más en camino. Tu equipo podría convertirse en la próxima generación de Los Crim...
—Sí, y mira qué les pasó a ellos —interrumpió Henry.
Leanne resopló. Escucha, lo que les pasó fue imprevisto.
—Un solo hombre os dobló y os dio una paliza.
—Soy consciente. Todos lo somos. Y si ese mismo hombre se involucra demasiado en este caso, yo me encargaré. Tú no tendrás que preocuparte por él.
—Necesito algunas garantías.
—¿Garantías? —La ceja de Leanne volvió a arquearse.
—Supongo que conoces el término, ¿no?
—¿Qué garantías necesitas?
—Negación plausible. Inmunidad. Si algo sale mal, yo no tengo nada que ver. Estoy fuera de la ecuación. Sin pruebas. Nada. Ya tengo demasiada presión encima tras la muerte de Jermaine; no necesito otra excusa para que los maderos de verdad vengan a por mí.
—Me he enterado —respondió Leanne—. ¿Supongo que fuiste tú el responsable?
Henry vaciló. Se presionó la barbilla con el dedo. ¿Cómo era ese dicho...? ¿Acaso los osos...? —Dejó que el final de la frase hablara por sí solo.
—Te das cuenta de que acabas de admitir que has cometido un asesinato ante una oficial de policía.
—Una oficial de policía corrupta —corrigió Henry—. Ya que estamos todos con ganas de compartir cosas, déjame darte un consejo, Leanne. Sería una estupidez, una auténtica estupidez, intentar traicionarme de cualquier forma. No me lo tomo nada bien.
—No juegues con fuego, Henry —dijo Leanne, con el cuerpo visiblemente tenso. Hundió más las manos en las axilas y movió la mandíbula de lado a lado—. De lo contrario, te acabarás quemando.
—¿Hemos terminado aquí? —preguntó Rupert, dando un paso adelante para entrar en la conversación.
—Sí. Hemos terminado —dijo Leanne.
—Bien —respondió Henry.
—¿Entonces estamos todos de acuerdo? ¿Mañana por la mañana, joyeros Royal Hallmark, en Stratford?
—De acuerdo —dijeron Henry y Leanne al unísono, mirándose fijamente.