Capítulo 29
LEGOLAS
L ewis quería a su padre. Aquel hombre lo había criado desde la nada, lo había cuidado y lo había mantenido incluso cuando no había trabajo.
Incluso cuando les costaba encontrar algo que llevarse a la boca.
Incluso cuando el pan era lo único que tenían en casa y ya lo habían atacado franjas de moho.
Pero la relación de ambos estaba empezando a agotarlo.
Ese cuidado constante, el desasosiego permanente por si su padre sentía dolor o malestar, por si un día se quedaba rígido y se desplomaba, abriéndose quizá el cráneo contra la esquina de una mesa.
Desde que le dieron el diagnóstico, las cosas habían cambiado, se habían vuelto más difíciles.
Su padre no podría volver a llevar la misma vida, y Lewis tampoco.
Estaba creciendo y quería salir de allí.
Quería experimentar cosas. Vivir su propia vida.
Quería ser capaz de ganar dinero para sí mismo sin tener que gastárselo todo en cuidar de su padre.
Y muy pronto empezó a darse cuenta de que no existía un mundo en el que pudiera tener ambas cosas.
Que era lo uno o lo otro.
Estaban los dos en casa, en el cuarto de baño. Aiden estaba en la bañera mientras Lewis lo lavaba, frotándole la espalda con una esponja de hacía dos años que pedía a gritos un cambio. Su padre había tenido otro episodio y llevaba las últimas horas incapacitado, paralizado en el sofá.
Los episodios se debían a una falta de potasio en sangre, causada principalmente por la dieta de alimentos salados y grasientos que su padre compraba en la tienda siempre que podía.
También los provocaba el ejercicio físico extremo.
En otra vida, su padre había sido un atleta durante la adolescencia; representó a la comunidad local en los 400 metros lisos hasta los veintipocos años, antes de darse cuenta de que sufría fatiga y parálisis esporádicas.
De la noche a la mañana, su carrera terminó y, desde entonces, había vivido de mala manera.
Poco después de los primeros ataques, su padre descubrió que sentarse en un baño de agua caliente era la mejor forma de combatir la dolencia. No estaba demostrado médica ni científicamente de ninguna forma, pero ayudaba a calmar los nervios, a relajar los músculos y a desestresar a ambos.
—Lo siento, Leg —dijo su padre.
Leg era el apodo de Lewis. De niño, había sido un fan acérrimo de Legolas, el personaje de El Señor de los Anillos , pero no era capaz de pronunciar el nombre correctamente. Desde su primer intento, el apodo se le había quedado grabado.
—No te disculpes, papá —respondió Lewis.
—No deberías tener que cuidarme así.
—A lo mejor pronto no tendré que hacerlo. —Lewis cogió el brazo de su padre y empezó a masajearlo con la esponja.
—¿De qué hablas?
—Del procedimiento...
—No. Ya te lo he dicho, es demasiado peligroso. Demasiado caro.
—Tengo algo de dinero.
—No, no lo tienes.
—Sí lo tengo.
—¿De dónde? —preguntó su padre con ingenuidad.
No era un secreto entre ellos que Lewis andaba con malas compañías, el tipo de gente con la que ningún niño de trece años debería juntarse.
Pero ¿qué podía hacer él al respecto? No se conocía cura alguna, salvo la dosis constante de pastillas de potasio que el médico le recetaba cada mes.
Así que no había otra opción para él. Con su padre confinado en casa, le correspondía a él asegurarse de que el pan ya no tuviera moho y de que la cocina estuviera bien surtida, al igual que el resto de la casa.
Puede que Lewis solo tuviera trece años, pero había vivido lo suficiente como para comportarse como si tuviera treinta.
—Más vale que no estés camellando —dijo Aiden, aunque el dolor en su voz sugería que ya conocía la verdad.
Lewis abrió la boca para hablar, pero la cerró rápidamente.
—Te dije que pararas, pero no escuchas. ¿Cuánto hace que lo haces a mis espaldas?
Lewis se encogió de hombros.
—¿Cuánto has sacado?
Dejó de frotar el brazo de su padre, temeroso de revelar la cifra real. —Un par de miles.
—¿Cuántos?
—No lo sé... quince. Veinte.
—Enséñamelo.
Lewis soltó la esponja en el agua, corrió a su habitación y se metió debajo de la cama.
Allí encontró una caja de zapatillas Adidas.
Dentro había veinte mil libras en billetes, repartidos por denominaciones.
De cinco, de diez, de veinte, pero sobre todo muchos de cincuenta.
Había estado guardando allí sus ganancias desde que tenía memoria.
Años ahorrando lo poco que sacaba vendiendo mercancía.
Suficiente para comprarse un coche o para la entrada de una casa, pero él ni siquiera lo sabía.
Lewis arrastró la caja bajo la cama y regresó al baño a toda prisa. Se sentó en la tapa del váter, quitó la tapa de la caja e inclinó el contenido para que su padre pudiera verlo. Las pupilas de Aiden se dilataron ante la escena.
—¡Está claro que llevas haciéndolo bastante tiempo para tener esta puta millonada! —Aiden chapoteó en el agua y gritó de agonía.
Lewis soltó la caja de dinero al suelo y corrió al lado de su padre. La caja se volcó y los billetes se desperdigaron por los azulejos. —No pasa nada. No necesitamos mucho más para la operación. Esto es un comienzo. Puedo conseguir el resto.
Y en cuanto termine con eso, podremos empezar de cero.
A pesar de que no existía una cura conocida para la hipopotasemia, Lewis y su padre estaban abiertos a nuevas ideas que pudieran prolongar el tiempo entre episodios.
Por eso habían empezado a investigar en internet empresas privadas que trabajaban en soluciones a largo plazo, abogando por construir una vida mejor para quienes padecían esa enfermedad. Y entonces descubrieron Hyposol.
El equipo de diez personas, con sede en Rochdale, en el norte, trabajaba en una solución innovadora y revolucionaria: un pequeño chip que se implantaba en el cuerpo, cerca del corazón, y que controlaba los niveles de potasio en sangre.
Era capaz de emitir señales al cerebro que alertaban de la inminencia de un episodio, de modo que el paciente pudiera planificar mejor y preparar el tratamiento.
Pero el verdadero beneficio del chip era que producía y liberaba su propio potasio para compensar la caída, manteniendo a los pacientes en un equilibrio perfecto.
Si todo salía bien, significaría que ya no harían falta pastillas ni habría que preocuparse constantemente por cuándo sería el próximo episodio.
Si todo salía bien, su padre se pondría bueno.
—¿C-C-Cuánto cuesta la operación?
Lewis se acordaba de memoria. —Treinta mil.
—¿Cuánto más necesitamos?
Encogiéndose de hombros, respondió: —Quizá otros veinte. Para ir sobre seguro.
—¿Y eso lo cubre todo?
Lewis asintió. —Quiero que te pongas bien, papá. Y luego quizá podríamos usar el resto para mudarnos a otro sitio. A un lugar más cómodo.
—Vendrás conmigo —respondió su padre tajante.
Lewis asintió comprensivo. En secreto, contaba los días que faltaban para cumplir los dieciocho, cuando pudiera legalmente hacer lo que quisiera.
Pero tenía un plan. La prioridad absoluta era financiar los tratamientos de su padre.
Sin duda. Y luego podrían pasar a la siguiente parte de su plan: aventurarse en otra urbanización.
Algún lugar algo más salubre que The Pit.
Un sitio donde pudiera reinventarse. Un lugar sin drogas.
Un lugar donde pudiera crear su propio cártel y usar las herramientas que había desarrollado bajo el mando de Henry.
Levantarlo de la nada, tal como había hecho Henry. Quizá Essex. Birmingham. O Manchester.
Había demasiados sitios para elegir.
—Pero no me gusta que hagas lo que estás haciendo, chaval —dijo su padre, sacando a Lewis de su ensimismamiento—. Es peligroso. Y si no tienes cuidado, te va a pasar algo terrible. No quiero verte bajo tierra. Ya viste lo que le pasó al chico ese, Jermaine Gordon.
Más de lo que imaginas.
—No tienes por qué preocuparte por mí, papá. Estaré bien. Lo prometo.
Su padre sacó la mano de la bañera y se la puso a Lewis en el hombro. —Dime que no sabes nada de lo que le pasó a Jermaine. Mírame a los ojos y dime que no tuviste nada que ver.
Cuando Lewis abrió la boca para hablar, apartó la mirada de la de su padre. No soportaba mirarlo a los ojos.
—No me lo puedo creer. Estás bro... ¿En qué estabas pens... No puedo... Yo... —Su padre hizo una pausa, con el pecho agitado—. La policía ha estado aquí esta mañana, haciendo preguntas sobre el tema. ¡Te buscaban a ti, Lewis! Te buscaban a ti .
—Papá, yo no tuve nada que ver. Solo estaba allí. Mirando.
Su padre lo miró como si acabara de abofetear a un bebé. —Entonces eres tan culpable de su muerte como todos los demás que estaban allí.
Lewis metió la mano en el bolsillo de su jersey y apretó el teléfono que contenía las imágenes de Jermaine quemándose vivo.
Lo único que lo vinculaba con el crimen.
—No pasa nada, papá. Estamos a salvo. Nadie nos va a hacer daño como se lo hicieron a J.
Solo eran negocios. No tienen ningún problema conmigo ni contigo.
Mientras siga haciendo lo que hago, estaremos bien.
—No quiero el dinero. No quiero la operación. Destrúyelo. Deshazte de él. Es dinero manchado de sangre. Está sucio, es corrupto. No quiero nada de eso en esta casa. Y quiero que dejes de juntarte con esa gente. Acabarás igual que Jermaine si no tienes cuidado. Y... Y...
Su padre se derrumbó entre lágrimas. El hombre sollozó en la bañera, hundiéndose más y más en el agua hasta que su rostro quedó sumergido y las burbujas le cubrieron el pelo.
Lewis se detuvo un momento, pensando en qué hacer.
Qué decir. Quería consolar a su padre, hacerle saber que todo iba a salir bien.
Pero ¿cómo podía hacerlo cuando el hombre al que más quería en el mundo rechazaba de plano la ayuda misma por la que tanto se estaba esforzando en pagar?
Era una traición y, en aquel momento, Lewis quiso darle un puñetazo en la cara a su padre.
Repetidas veces. Poner fin a todo ese dolor.
Acabar con todo para no tener que volver a preocuparse por ello, ni por él, nunca más.
Sin decir nada, Lewis agarró el montón de dinero, salió furioso del baño y se dirigió a su habitación, dejando que su padre saliera de la bañera por su cuenta.