Capítulo 18
CEGADO
E l timbre sonó en las entrañas de la prisión de Wandsworth y entró el hombre al que Jake había ido a ver.
—No pensé que volvería a verte la cara —dijo Liam Greene mientras sacaba la silla de debajo de la mesa y se sentaba enfrente.
—¿Se lo dices a todas tus visitas?
—Teniendo en cuenta que eres la primera…
—¿Ah, sí?
Liam frunció los labios e inclinó la cabeza hacia un lado. —Solo has venido tú por ahora. Se suponía que Tanya se pasaría, pero no la he visto desde el juicio. Y no ha respondido a mis cartas. No puedo culparla. Su vida está hecha una mierda por mi culpa.
Jake no iba a discutir eso. Aquel hombre había sido responsable de arruinar la vida de mucha gente, sobre todo la suya propia.
Decidió no decir nada. En su lugar, observó al hombre que tenía delante. Era como si Liam viviera a la sombra de lo que fue. La piel de su rostro se había descolgado, la ropa le colgaba holgada del cuerpo. Se le había caído todo el pelo y la zona que rodeaba sus ojos era tan negra como su corazón.
—¿Cómo lo llevas? —preguntó Jake.
—¿De verdad te importa?
—Tengo unos minutos libres.
—Qué generoso por tu parte. —Liam le lanzó una sonrisa, pero pronto se dio cuenta de que Jake no se reía.
Entonces le entró un ataque de tos. Su cuerpo se convulsionó y, por un momento, Jake pensó que estaba sufriendo una convulsión.
Cuando terminó el episodio, Liam buscó dentro de su manga y sacó un pañuelo.
Tras limpiarse la saliva y la sangre, agitó el pañuelo manchado en el aire.
—Supongo que eso es lo que realmente querías saber, ¿no? —empezó Liam.
—¿El qué?
—Por qué no me he muerto todavía.
—No lo digas así —respondió Jake—. Aún te necesito para algo.
—Bueno, lamento decepcionarte, pero parece que me quedaré por aquí un poco más de tiempo. Los médicos me dicen que estoy respondiendo bien y que estoy en remisión.
Jake no pensaba que aquello fuera una mala noticia ni algo decepcionante en absoluto.
Por mucho que despreciara a Liam por todo lo que había hecho —la traición, la codicia, el asesinato de sus amigos y colegas—, el cáncer era una enfermedad que unía a la gente en su deseo de derrotarla.
Era algo que no le desearías ni a tu peor enemigo, como decía el refrán, y para Jake así era.
Les permitía dejar a un lado sus diferencias y sus historias pasadas y llevarse bien por una vez.
Al fin y al cabo, Liam seguía siendo un ser humano, y estaba sufriendo mucho dolor y agitación, experimentando algo que nadie se merecía.
—Me alegra oír eso —dijo Jake, comprobando que la sonrisa le salía con naturalidad.
Liam gruñó y se volvió a meter el pañuelo en la manga. —Venga ya, suéltalo, ¿qué haces aquí?
—Necesito tu ayuda.
—¿Eso es lo que le has dicho a tu inspectora?
Jake bajó la cabeza. El procedimiento habitual dictaba que Stephanie debería haber sido quien se pusiera en contacto con el alcaide de la prisión para solicitar la reunión improvisada.
Pero Jake no estaba por la labor de seguir el procedimiento.
Especialmente cuando sabía que Stephanie le denegaría la petición directamente.
El ambiente entre ella y Liam aún no se había calmado, y Jake dudaba que lo hiciera alguna vez.
—Mi inspectora jefe está enferma —mintió.
—¿Eso es lo que les has dicho?
Jake se encogió de hombros. —No es culpa mía que algunos de este sitio sean tan corruptos como tú.
Liam chasqueó la lengua y negó con la cabeza con desaprobación, como un padre que disciplina a un niño.
—Tendrás que tener cuidado, Jake. Si la gente equivocada te ve por aquí, empezarán a pensar que trabajamos juntos.
Empezarán a preguntarse si me estoy volviendo corrupto o tal vez incluso si estás conspirando para sacarme de aquí.
Jake no estaba de humor para ser atormentado. Era hora de avanzar en la conversación. Él estaba al mando de la reunión; él controlaba el resultado.
—Me están acosando.
El rostro de Liam decayó y, si era posible, su piel pareció aún más pálida que hace diez segundos. Sin embargo, la intriga de su expresión lo rejuveneció un poco.
—¿Acosando… cómo ?
Jake se lo explicó. Empezando por la primera vez que recibió el paquete de drogas en su coche, en el umbral de su puerta; los paquetes de dinero que encontraría más tarde en el maletero de su coche, bajo sus macetas; y luego describió los correos electrónicos, siempre anónimos, siempre diciendo lo mismo.
—«Le agradecemos su silencio…» —repitió Liam.
Jake lo confirmó con un asentimiento.
—¿Para qué me necesitas?
—He pensado que podrías tener alguna idea de quién es el responsable.
—Creo que ya sabes la respuesta. Te advertí, ¿verdad? ¿O ya se te ha olvidado? Tienes que tener cuidado, Jake.
—Lo intento.
—Evidentemente, no lo suficiente. ¿Cuándo fue la última vez que recibiste uno?
Jake se lo dijo.
—¿Y antes de eso?
Jake se lo dijo de nuevo.
—¿Suelen ser tan frecuentes?
—No. Creo que están relacionados con Henry Matheson de alguna manera.
La sorpresa se registró en el rostro de Liam como si no hubiera esperado oír ese nombre.
—¿Por qué dices eso?
Jake se inclinó hacia delante y bajó la voz.
—Porque ayer por la mañana encontraron el cuerpo de Jermaine Gordon chamuscado, colgando de una farola en The Pit.
Como es habitual, sospechamos que Matheson puede haber tenido algo que ver.
O quizá solo lo sospecho yo . Pero cuando hablamos con él, nos dio una coartada bastante sólida.
—Y lo haría, por supuesto. No es tonto. Los de su clase harán cualquier cosa para desvincularse de ese tipo de cosas. Por eso nunca trafican ellos mismos con el veneno que ponen en la calle; tienen a su ejército de correos, o jóvenes, para que lo hagan por ellos.
Liam hizo una pausa, se lamió los labios y se limpió el exceso de saliva con el dorso de la manga.
—Pero estas amenazas o bien están directamente relacionadas con él, es decir, es él quien las envía, o son disparos de advertencia de ya sabes quién, diciéndote que te apartes de una puta vez de lo que sea que estén haciendo juntos.
Jake miró a su alrededor. Sus ojos se posaron en las paredes blancas y anodinas, imaginando cuántas veces habrían sido escupidas y cagadas en señal de protesta; cuántas historias podrían compartir si tuvieran la capacidad.
—¿Qué hago? —preguntó Jake volviendo la mirada hacia Liam.
—Haz exactamente lo que te digan, chaval. Apártate de una puta vez y mantén la boca cerrada. No les des una razón para dejar de agradecerte tu silencio.
Liam se pasó la mano por la cabeza y se masajeó el cuero cabelludo. —No hace falta que te recuerde lo que le puede pasar a la gente que se mete demasiado en esto, ¿verdad? Danika… Garrison… Drew… yo…
—Creo que ya me hago una idea.
Un breve silencio cayó sobre ellos.
—¿Qué has estado haciendo con los paquetes? —preguntó Liam.
—Destruirlos.
—¿Cómo?
—¿Eso es importante?
—Sí. Más importante de lo que crees. Por ejemplo, no te conviene deshacerte de ellos de forma discreta o inconspicua.
Sé que suena contradictorio, pero créeme, lo último que quieres es que te fotografíen o te vean deshaciéndote de una bolsa de droga o de un fajo de billetes en mitad de ninguna parte.
La Cábala puede hacer cualquier cosa, y tu carrera siempre estará a una foto anónima entregada directamente a tu nuevo jefe de acabarse.
Asegúrate de que eso no ocurra. Tienes demasiado a tu favor.
—La Cábala y Matheson —dijo Jake lentamente—. ¿Qué relación estrecha tienen?
—La Cábala es el jefe. A Matheson solo le gusta pensar que lo es, pero eso no significa que no posea mucho poder de influencia.
Ni mucho menos, sobre todo en lo que respecta a las drogas.
Yo los comparo con una estrella del rock y su proveedor.
Uno necesita al otro para sobrevivir. Henry es el responsable de mantener vivo el negocio de La Cábala, así que se sale con la suya mucho más.
Y no siempre están de acuerdo, lo que hace que la relación sea fracturada y potencialmente volátil.
A partir de ahora, tienes que asumir que cualquier cosa que salga mal en tu investigación es gracias a La Cábala.
Independientemente de si Henry Matheson está involucrado o no.
—¿Cómo lo atrapo?
Liam suspiró. —Te lo he dicho, no sé quién es La Cábala.
—Me refería a Matheson. ¿Cómo lo pillo por este asesinato?
Liam se echó más atrás en su silla. Hasta ahora, Jake había recibido de Liam todo lo que quería. Se esperaba a medias tener que presentar batalla, luchar para conseguir las respuestas que necesitaba. Pero había sido fácil. Esperaba que eso no cambiara.
—Eso depende —dijo Liam—. ¿Qué tal el nuevo equipo?
—¿Eh?
—El nuevo equipo. Nuestros sustitutos. Mi sustituto. ¿Qué tal te van?
—Bien —dijo Jake, poco seguro de sí mismo—.
Charlotte —o Stephanie, su nombre real— sigue con nosotros.
Tenemos un par de incorporaciones nuevas.
Darryl, el inspector jefe es… bueno, digamos que es más estricto con las reglas de lo que tú eras.
Ya he conseguido meterme en líos con él un par de veces.
—¿Confías en ellos?
Jake abrió la boca, pero las palabras se disolvieron en su lengua.
No sabía cómo responder a eso. Peor aún, no tenía una respuesta.
Sus experiencias con la corrupción y la traición en los últimos años habían manchado su percepción de todos y de todo con lo que entraba en contacto.
Sus prejuicios los habían empañado con el mismo grueso pincel negro.
—No es tan sencillo como eso —dijo finalmente.
—Me has pedido consejo, ¿no? Si quieres arrestar a Matheson por el asesinato de Jermaine Gordon, y por los innumerables delitos de los que es responsable, entonces deberías confiar en tus colegas.
Escúchalos, préstales atención. Ve con ellos pase lo que pase.
Pronto descubrirás si trabajan para ti o contra ti.
Sé que lo que te hice ha empañado tu impresión de todos con los que has trabajado, y lo siento, de verdad, de corazón, pero no llegarás a ninguna parte sin confianza. Piensa en ello como en un matrimonio.
Jake se mofó. Liam no estaba en posición de dar consejos sobre confianza o relaciones, teniendo en cuenta que había metido a un hombre en coma y a otro en el depósito de cadáveres.
Le dijo la sartén al cazo.
El timbre sonó por encima de sus cabezas, interrumpiendo la conversación. Casi de inmediato, los guardias de la prisión que habían estado apostados en los márgenes de la sala dieron un paso al frente y recordaron a Jake que era hora de irse.
—Recuerda lo que te he dicho —añadió Liam mientras se esforzaba por levantarse de la silla—. Ahí fuera es una jungla. Y, Jake… —vaciló, apoyando una mano en el respaldo de la silla—. Cuídate, ¿vale? Tu familia es más importante que el trabajo. No dejes que te ciegue como me pasó a mí.