Capítulo 17
CONEXIONES
— M i cliente ha preparado una declaración. Deseamos discutirla antes de comenzar con el interrogatorio.
El dueño de la voz era Rupert Haversham, un hombre que ya no necesitaba presentación alguna.
Tiránico, matón y oficioso, Rupert Haversham entraba en cada sala de interrogatorios con una sonrisa y la certeza de que, de algún modo, sería capaz de sacar a sus clientes de cualquier situación en la que se encontraran.
Un trabajador del hampa cuyo único norte moral era aceptar encargos del mejor postor; Rupert tenía muchos amigos en círculos muy diversos, y de cualquier otra forma o índole imaginable.
Por esa razón, Jake confiaba en él lo justo para no tener que tocarlo, lo cual, dada la prominencia de su barriga que colgaba sobre la cintura como la lengua de un perro fuera de la boca, no era mucho en absoluto.
La declaración preparada había sido un golpe para Jake, pero ni de lejos tanto como el hecho de que el joven llamado Rykard se hubiera entregado a la policía.
Justo antes de que él y Stephanie se sentaran con Rykard y Rupert, habían discutido su plan de acción y trazado una estrategia para desmontar la confesión de Rykard.
Pero no iba a ser posible. Rupert la había asfixiado antes siquiera de que pudieran empezar.
Jake pulsó el botón de grabado del dispositivo, completó las formalidades y luego hizo un gesto a Rupert para que leyera la declaración.
Los dedos sudorosos y descomunales de Rupert hurgaron en el bolsillo de su americana y sacaron un documento doblado y medio arrugado. Se aclaró la garganta antes de leer.
—Yo, Rykard Delawney, residente en el número veintinueve de Cosgrove Estate, Stratford, admito el homicidio ilegítimo de Jermaine Gordon en Cosgrove Estate la noche del veinticinco de mayo.
Actué solo, cometí el asesinato solo y nadie más estaba al tanto de mis planes.
Buscaré asesoramiento legal a través de Rupert Haversham y, si mi caso llega a juicio, me declararé culpable.
A partir de ahora responderé con un «sin comentarios» a cualquier otra pregunta que tengan en este momento.
Rupert se quitó las gafas de la nariz, las dejó sobre la mesa y miró a Jake y Stephanie como si todavía las llevara puestas.
Jake soltó un pequeño suspiro y se volvió hacia Stephanie, cuya expresión parecía tan decepcionada como él se sentía. Ella le dedicó un leve asentimiento.
—Interrogatorio finalizado a las tres y un minuto de la madrugada.
Jake se inclinó sobre la mesa y pulsó el botón. Grabación terminada. Se levantó de la silla, evitando la expresión de suficiencia que se había formado en el rostro de Rupert, y centró su atención en Rykard.
—Uno de los agentes de custodia lo llevará de vuelta a su celda. Si, por la razón que sea, necesitamos otro interrogatorio, se les informará a ambos a través de los canales pertinentes.
—Estoy a solo unos minutos de aquí —dijo Rupert Haversham con una sonrisa socarrona que hizo que a Jake se le erizara la piel.
—Menudo espectáculo —dijo Stephanie cuando regresaron a la sala de investigación.
Lanzó sus carpetas sobre la mesa y arrojó el bolígrafo en dirección al monitor de su ordenador; este rebotó y salió despedido hacia el suelo, rodando hasta detenerse junto a la rueda de su silla de oficina.
Al otro lado de la sala, un miembro del personal de limpieza recorría la planta con una aspiradora en una mano y unos auriculares conectados a un iPod en la otra.
—No creo que hubiera podido salir peor —corroboró Jake.
—Te equivocas. Podría habernos disparado a los dos para luego revolcar nuestros cadáveres en mierda. Creo que eso lo habría hecho un poco más humillante.
Jake se desplomó en la silla más cercana con tantas preguntas sin respuesta que no sabía por dónde empezar. —¿Cuál es el plan ahora, entonces?
Stephanie se sentó con él. —Bueno, el reloj acaba de empezar a correr. Yo digo que le demos a Rykard las ocho horas completas ahora y luego hablemos con él a la primera oportunidad.
—¿O sea que nos vemos obligados a enfrentarnos a un Rupert Haversham totalmente fresco y descansado cuando yo apenas he dormido? Qué alegría.
Stephanie se inclinó sobre el lateral de la silla para recoger su bolígrafo, con las piernas suspendidas en el aire para mantener el equilibrio. —¿A menos que tengas alguna otra sugerencia? ¿O solo puedo esperar comentarios ingeniosos y sarcásticos por tu parte?
Jake se encogió de hombros. —Probablemente un poco de ambas cosas.
—Pues hazte útil y prepárame un café. ¿Por favor?
Soltando un quejido al levantarse de la silla, Jake se dirigió al escritorio de Stephanie, cogió su taza y volvió a su mesa.
Al lado de su teléfono había una caja de sobres de latte de Nescafé.
Un poco más flojos pero más sabrosos que el café soluble convencional, estaban reservados para sus turnos de madrugada.
Al ir a coger un sobre, su manga rozó el ratón del ordenador y activó la pantalla.
Apareció la imagen que les había tomado a Maisie y Ellie en el parque, jugando en los columpios, y una sonrisa se dibujó en su rostro.
Ya que estaba allí, revisó rápidamente sus correos electrónicos.
Solo un vistazo para ver si había algo inmediato que requiriera su atención.
Lo había.
Un correo electrónico situado en la parte superior de su bandeja de entrada no debería estar allí. El asunto decía:
LE AGRADECEMOS SU SILENCIO
El contenido del correo estaba en blanco; el remitente constaba como OCULTO. Jake lo envió a la carpeta de correo no deseado, cogió sus cosas y caminó hacia la cocina, con la mente en blanco y un dolor punzante en el estómago que parecía el ataque repetido de un picahielos.
Con el cuerpo funcionando en piloto automático, llenó el hervidor, lo encendió y esperó.
El nudo de su estómago se apretó, se le inflamó la garganta y los laterales de la cabeza le latieron con la misma sensación que había tenido cuando miraba de frente el cañón de la pistola de Liam Greene.
O cuando vio la bomba de collar de Candice Strachan en su mansión de Farnham. El inicio de un ataque de pánico.
Respiró de forma profunda y rítmica, obligando a las crecientes mareas de paranoia a retroceder a sus cuevas.
Imaginó su lugar feliz: el estadio de fútbol con su madre, su hermano y su hermana, viendo al último equipo de Stamford Bridge jugar contra el Tottenham.
Un derbi londinense. El rugido de la grada.
El ambiente eufórico. La actuación inmensa.
Con el privilegio extra y la emoción añadida de ver a su padre correr al campo para atender a uno de los jugadores lesionados.
La primera vez que Jake había visto a su padre trabajando. El padre más guay del mundo. Su héroe.
Abrió los ojos. Los poros de su cuerpo se habían cerrado y el sudor que cubría su piel había disminuido. Su respiración volvió gradualmente a la normalidad.
Había pasado. Y el hervidor también había terminado.
Pero su mente y su cuerpo aún no habían salido de la oscuridad.
Las palabras que contenía el asunto del correo aparecían por todas partes donde miraba.
En el hervidor. En la taza. En la caja de cereales a medio comer de Brendan.
Las palabras incluso habían sustituido a los números del reloj que colgaba sobre la puerta.
Las señales de advertencia eran cada vez más frecuentes. Tres en el espacio de veinticuatro horas. Intentó pensar a qué podía deberse. Pero entonces le pareció obvio.
Henry Matheson. Rupert Haversham. Jermaine Gordon. Rykard Delawney. Todo está conectado.
Y ahora las amenazas se sentían más reales, más tangibles. ¿Había recibido Danny Cipriano los mismos paquetes antes de que lo mataran? ¿Y Michael? Ambos hermanos sabían cosas que no debían, y La Cábala había hecho lo imposible por deshacerse de ellos.
Jake cerró los ojos, reflexionó un instante y comprendió lo que tenía que hacer.
Luego miró su reloj, se dio cuenta de la hora y regresó al despacho.
Stephanie estaba ocupada trabajando con su ordenador, ahora con unas gafas posadas sobre la nariz.
Jake cogió sus cosas y, cuando ella le preguntó a dónde iba, se disculpó por dejarla sola para terminar todo el trabajo ella misma.
Pero había un lugar donde necesitaba estar.