Capítulo 15
REUNIONES DE NEGOCIOS
H enry Matheson estaba en la parte trasera de su Range Rover, totalmente sumergido en los pesados bajos que atronaban desde los altavoces, tamborileando con el dedo y asintiendo al ritmo de la música.
Delante, sentado en el asiento del conductor, estaba Jamal.
Deshawn iba de copiloto. Ninguno decía nada mientras absorbían la belleza y el ritmo de la última canción de Des.
Habían pasado tanto tiempo creándola que era maravilloso escucharla sonar por fin.
—Oye, esto es un temazo, tío —dijo Jamal cuando la canción llegó a la segunda estrofa, la que había escrito el propio Henry.
—Sí, tío, lo peta —respondió Deshawn—. ¿Cuándo podemos volver al estudio para hacer algo más, Hen?
—Cuando queráis, hermanos. Mi contacto dice que está disponible para nosotros en cualquier momento.
Des y Jamal ya vivían en la urbanización cuando él y su madre se mudaron allí hacía veinte años.
Por aquel entonces no había bandas ni drogas, ni sensación de violencia o autoridad.
Ninguna persona ejercía una autonomía y un control serios sobre el resto de los residentes.
Pero todo aquello había cambiado para cuando él cumplió los catorce.
Había empezado trayendo drogas a la urbanización desde más lejos: el sur de Londres, el norte de Londres, Hertfordshire, Essex, a través del hermano de un amigo del colegio.
Y el éxito fue inmediato. Había demanda y él era el proveedor. Economía básica.
Poco después nació la banda E11 y su notoriedad se disparó.
Se convirtió en la principal fuente de heroína, cocaína, éxtasis y marihuana de la urbanización y los códigos postales colindantes.
Cualquier cosa que un yonqui quisiera, él la tenía.
Desde sus humildes comienzos —empaquetando la droga en el piso de su madre hasta trapichear en la esquina de los bloques de viviendas—, su negocio no dejó de crecer.
Ahora aquí estaba, con un pequeño número de sus amigos más cercanos como lugartenientes, un ejército de camellos y una agenda de contactos aún más grande llena de gente que le debía favores o tenía demasiado miedo para decirle que no. La vida era...
—Ya están aquí —dijo Jamal de pronto. Apagó la música.
Henry salió de su ensimismamiento y se echó hacia delante.
A lo lejos, a unos cien metros, vio unos faros acercándose.
Mientras esperaban a que llegara el vehículo, Henry escuchaba el sonido de los coches que circulaban por el paso elevado que tenían encima.
La zona era tranquila, desolada y aislada. Ideal.
El coche se detuvo al lado izquierdo de Henry. Mientras aminoraba la marcha, él bajó la ventanilla. El Audi A5 era más bajo que el suyo y, desde su posición ventajosa, contó a dos personas en el interior. Un conductor y un pasajero; este último bajó la ventanilla, revelándose lentamente.
Henry sonrió al encontrarse cara a cara con su siguiente cita.
—Ya estamos aquí —dijo Frank Graham con voz profunda y expresión impasible, como si estuviera por encima de su posición social. Henry sabía que era una actuación, una fachada, un personaje que el hombre encarnaba pero que solo podía aguantar poco tiempo antes de volver a ser la comadreja que era.
—Chico listo —dijo Henry, enseñando los dientes—. Ahora sé un buen niño y sube al coche.
Los músculos de la cara de Frank se contrajeron. —¿Por qué no podemos...?
—He dicho que subas al coche.
—No, es que yo...
—Sube al coche. —Henry bajó el tono y desvió la mirada—. Supongo que habrás visto lo que le pasó a tu amiguito Jermaine, ¿verdad?
Pasaron varios segundos antes de que Frank soltara un hondo suspiro y bajara de su coche.
Unos instantes después, la puerta se abrió y entró de un salto.
Era más corpulento de lo que Henry esperaba: más alto, un poco más redondeado y con las facciones más marcadas.
Iba vestido, como Henry suponía, como un imbécil.
Ropa de marca, zapatillas de marca, reloj de marca, joyas de marca.
Cartier. Balenciaga. Louis Vuitton. Rolex.
El hombre parecía llevar encima todo su dinero, y aquello no era más que la prueba de que el buen gusto no tiene precio.
Pero lo peor de él era el olor. El dulce aroma del alcohol se evaporaba constantemente por sus poros, mezclado con un ligero toque de colonia One Million de Paco Rabanne que claramente se había echado hacía más de doce horas.
—¿Has estado bebiendo esta noche? —preguntó Henry.
—Solo un par de copas.
—Necesitabas algo para calmar los nervios, ¿verdad?
Ni sí ni no, a juzgar por la falta de palabras que salían de su boca.
—No te culpo. Jermaine solía hacer lo mismo. Aunque creo que lo suyo era más bien un hábito. Dejaba que se le subiera a la cabeza y le hiciera cometer estupideces.
—Oye, escucha —dijo Frank, levantando las manos en señal de defensa—. Sea cual sea el lío que tuvieras con él, no quiero saber nada. Créeme.
Henry sacudió la cabeza. —Mira, esa mierda no va a colar.
Por lo que me han dicho, tú eras su chico, su segundo al mando, su mono, así que ahora te toca cargar con las mismas responsabilidades.
Las hostilidades acabarán cuando yo diga que acaban; cuando vosotros dejéis de cortar nuestra mercancía con otras porquerías.
Ya sabes cómo funciona este negocio: nosotros te damos el material y luego tú lo revendes por un precio.
Tú te llevas tu parte, yo me llevo la mía y el yonqui tiene su dosis.
Todos contentos. Y en mi negocio nos gusta que todo el mundo esté contento.
Nuestro producto es nuestro producto. Es lo que nos diferencia de todos los demás productos del mercado.
Y el producto es el que trae el negocio.
Sin él, no sobreviviremos. Pero en el momento en que empiezas a manipular el producto y a disminuir su calidad, haces lo mismo con el negocio.
Y este es mi negocio, y no voy a permitir que eso ocurra.
—A veces las empresas más grandes cambian sus productos. Se diversifican.
—¿Se supone que eso tiene gracia? ¿O es el alcohol el que habla?
Frank no respondió.
—Creo que no me has entendido —continuó Henry—. Bajo ninguna circunstancia vas a joderme con esto. ¿He sido claro?
—Escucha, Hen...
—¿He sido claro? —Odiaba tener que repetirse, como si de algún modo estuviera por debajo de Frank cuando la realidad era la contraria, y todos en el coche lo sabían.
—Te lo juro, no somos nosotros. No hemos estado cortando nada. Son los camellos, tío, ellos son los que...
Henry se aclaró la garganta e, instantáneamente, Deshawn se dio la vuelta y le puso una pistola en la cara a Frank, a escasos centímetros del puente de la nariz. Frank entró en pánico, su respiración se aceleró y sus ojos se movían frenéticos entre Deshawn, el arma y Henry.
—Por favor, yo...
—Voy a necesitar que me prometas que tus experimentos se quedarán reservados para el dormitorio.
Porque ahora ya sabes lo que pasará si no lo haces, ¿o necesitas otro recordatorio?
—Henry señaló por la ventanilla al conductor de Frank, que estaba sentado con una mano en el volante y la otra en la palanca de cambios.
—No. De verdad. No.
—Entonces necesito que me lo prometas. Llámame tradicional, pero no me gusta que la gente no cumpla sus promesas.
—Te... te... te lo prometo —dijo Frank, con la frente cubierta por un sudor brillante que no tardó en llenar el coche con más olor a alcohol.
—Promesa de meñique.
Henry levantó el dedo meñique. Confundido, Frank entrelazó lentamente su meñique con el de Henry y sellaron el pacto.
Volviéndose hacia el respaldo del asiento de Deshawn, Henry dijo: —Ahora sal de mi puto coche y lárgate a casa. Ya ha pasado tu hora de dormir. No querríamos que tu tía se preocupara, ¿verdad?
—¿Qué acabas de decir?
Antes de que Henry pudiera responder, Deshawn amartilló la pistola.
—Adiós, Frank. Espero que la próxima vez que nos veamos sea en mejores circunstancias.
Frank respiraba con dificultad y abrió la boca como si quisiera decir algo más; algo valiente, algo estúpido, algo que podría haber acabado con su vida.
Afortunadamente, fue lo bastante listo como para abrir la puerta del coche y salir.
En cuanto pegó el portazo, Jamal arrancó y salió rugiendo del paso subterráneo.
Henry se moría por llegar a casa. Necesitaba un cigarrillo. Había sido un día muy largo.