Capítulo 14
ENTREGA DE PREMIOS
L os Premios a la Excelencia de la Met se celebraban en el Museo de Historia Natural.
El recinto se había despejado y llenado con una serie de mesas redondas, uniformemente distanciadas entre sí, que ofrecían espacio de sobra para que los asistentes deambularan y se abrieran paso sin tropezar borrachos con nadie ni interrumpir su cena.
Un escenario elevado presidía la sala, con un solitario atril situado en medio.
Alrededor de las paredes se hallaban las muestras del museo de millones de años de historia en forma de artefactos, retratos y carteles de «Prohibido tocar».
El auditorio bullía de mujeres y hombres vestidos con elegancia, que sostenían copas de champán, o refrescos en el caso de aquellos que tenían que conducir o que entraban de turno en la madrugada.
Darryl, vestido con el mismo traje que había llevado todo el día, los esperaba a la entrada del salón.
—Me alegro tanto de que estéis aquí... por fin —comentó mientras estrechaba la mano de Jake.
Jake y Elizabeth se miraron y sonrieron con picardía como una pareja de adolescentes. Él le pasó el brazo por encima del hombro y respondió: —El tráfico ha sido una pesadilla.
Sin preguntar más, Darryl los condujo a su mesa, donde lo saludaron dos caras familiares y varias nuevas.
Brendan, vestido con más elegancia de la que Jake le había visto jamás, ya estaba dando buena cuenta de su primera, o posiblemente tercera, copa de champán de la noche.
A su lado estaba Ashley, con un quimono a cuadros blancos y negros y pantalones chinos blancos.
Estaba sentada con rigidez, con la mirada errante, pareciendo incómoda por estar allí y con ganas de seguir el ejemplo de Brendan con una copa, o dos.
Al captar su atención, Jake la saludó con un breve asentimiento de cabeza y luego se presentó al resto de los invitados.
Adornaban la mesa una serie de copas de cristal, un ramo de lirios que probablemente costaba más que el traje de Jake y jarras de agua fría.
Era un evento grandioso en el que se había escatimado muy poco del dinero del contribuyente.
Jake se preguntó en qué otras cosas se podría haber empleado ese dinero.
En la vigilancia directa de Cosgrove Estate, para empezar.
Cogió la jarra de agua y llenó su vaso y el de Elizabeth, con la esperanza de que el hielo lo refrescara.
—¿No quieres un poco de esto? —preguntó Brendan, sosteniendo una botella de vino que había hecho aparecer de la nada.
Jake no se había fijado, pero había cubiteras y botellas de tinto repartidas por toda la mesa.
—Lo siento, compañero, me toca conducir.
—De todos nosotros, tú eres el que debería estar disfrutando. Deberías estar celebrándolo.
—No tengo nada que celebrar —dijo él.
—No seas tan modesto —añadió Ashley. Los pendientes que le colgaban desde las orejas hasta la barbilla centelleaban a medida que movía la cabeza de un lado a otro.
Jake restó importancia al comentario con un gesto y esperó que cambiaran de tema.
—¿Qué se hace en estas cosas? —preguntó Brendan, echándose más vino en la copa. Y en cuanto terminó, se movió alrededor de la mesa, vertiendo el líquido en las copas de los demás.
—Nos sentamos y esperamos —respondió Darryl, colocándose la servilleta en el regazo—. Cenamos algo. Fingimos mantener conversaciones educadas y triviales con los demás. Se anuncian los premios. Y luego nos largamos de aquí.
A Jake le gustó el planteamiento de Darryl. Entrar y salir. Cuanto más bajo fuera el perfil que pudiera mantener, mejor. Lo último que quería era pasar allí más tiempo del necesario. Tenía un avispero que atender.
Brendan alzó su copa. —Me parece un buen plan. —Y se terminó la bebida—. Mientras haya más de esto, yo estoy contento.
—¿Cuántas llevas ya? —preguntó Jake, arqueando las cejas.
—Esta es solo la segunda —respondió Brendan—. Ayuda a calmar los nervios en situaciones sociales. No se me da bien hablar con gente que no conozco.
Jake se sintió identificado con eso y observó a Brendan asentir con torpeza a la mujer sentada a su lado.
El sargento inspector era solo un poco mayor que Jake.
Llevaba varios años en el cuerpo, la mayor parte de los cuales los había pasado en la unidad de personas desaparecidas, y, en general, era un personaje difícil de leer.
Justo cuando estaba a punto de intentarlo, Jake sintió una mano firme sobre su hombro.
Se sobresaltó y levantó la vista para ver al subcomisario Richard Candy alzándose sobre él.
El hombre estaba cerca de los sesenta y vestía el uniforme de gala de la policía, con la gorra bajo la axila.
Era alto, tenía una barriga que le abultaba la camisa y el pelo era corto y escaso.
La luz se reflejaba en las espesas capas de gomina que cubrían su cabello, y llevaba unas gafas cuadradas que hacían que su cara pareciera más delgada de lo que era.
La última vez que Jake se había encontrado con Richard Candy, o Dick Candy como lo llamaban afectuosamente ciertos miembros de la oficina, fue durante la investigación sobre el asesino de Stratford, el caso que lo había lanzado al centro de la atención pública y lo había sometido al escrutinio general.
Inexperto y totalmente superado por las circunstancias, Jake se había visto dirigiendo conferencias de prensa y, finalmente, toda la investigación.
Había demostrado ser un ingenuo, y sus errores casi habían costado la vida a las siguientes víctimas del asesino.
Con un poco de suerte, habría subido algunos puntos en la consideración del subcomisario desde entonces.
—Subcomisario —dijo Jake, esperando que no se notara la vacilación en su voz.
—Detective Tanner —respondió Candy, tendiéndole la mano a Jake. El apretón del hombre fue implacable, y mantuvo el saludo más tiempo del necesario—. Es un placer tenerle aquí esta noche. Me entusiasmó ver su nombre en la lista.
Jake soltó una risita incómoda. —Se lo agradezco, señor. Me alegra haber sido nominado para el premio.
—Nos enorgullecemos de recompensar a nuestros mejores y más valientes agentes.
El trabajo que realizó en la Operación Jackknife fue magnífico.
Resolver los asesinatos de Cipriano mientras, al mismo tiempo, hacía limpieza de manzanas podridas en el equipo.
Maravilloso. Ha dado prestigio al cuerpo y espero que su nuevo equipo se esté adaptando bien.
Como siempre, le agradecemos sus servicios.
Jake no terminó de asimilar las últimas palabras del discurso de Candy antes de que este se dirigiera a otra mesa.
En cuanto se dio cuenta de lo que el hombre había dicho, lo observó moverse por la sala saludando a todo el mundo con un apretón de manos, saludándolos amablemente, agradeciéndoles su asistencia, y se preguntó si la similitud en la frase con el mensaje de La Cábala había sido una coincidencia o si se trataba de algo más siniestro.
Al frente de la sala, la comisaria de la Met, Cassandra Herman, avanzó hasta el centro del escenario tras el atril. Dio unos golpecitos en el micrófono y el sonido áspero y sordo de un acople reverberó en la estancia abierta.
—Buenas noches a todos —dijo, haciendo una pausa hasta que obtuvo la atención de la sala—.
Es un placer ver a tantos de ustedes aquí esta noche.
Espero que estén todos preparados para una velada maravillosa en la que celebraremos a los mejores oficiales del servicio.
Todos somos colegas aquí, y me gustaría empezar pidiendo un aplauso para cada uno de ustedes.
Todos estamos agradecidos por su arduo trabajo, su dedicación y su valentía.
Sin ustedes, no podríamos hacer de la ciudad el lugar seguro que es.
Todos deberían estar muy orgullosos de sí mismos. Así que, por favor, un aplauso.
El lugar estalló en una cacofonía de ruido. Todos los presentes empezaron a aplaudir, incluido Jake. Pero en pocos segundos, la emoción terminó tan rápido como había empezado.
La comisaria continuó: —Bien, comenzamos la noche con unos pocos premios, aunque primero vendrán las menciones honoríficas; después haremos un descanso para cenar algo y luego continuaremos para, al final, anunciar al oficial del año.
«Genial», pensó Jake, «tengo que estar aquí toda la noche».
A medida que avanzaba la velada, se permitió relajarse un poco más.
Intentó no pensar en Henry Matheson, en la botella de plástico que había estado frente a su casa, en el asesino de Jermaine Gordon planeando su próxima víctima, en las últimas palabras del subcomisario.
Pero no era tan fácil. Especialmente cuando Elizabeth era un recordatorio constante de lo que estaba en juego, de quién sufriría más si no solucionaba la situación de inmediato.
Después de unas horas, habían completado la primera ronda de premios y felicitaciones.
El exquisito banquete de cordero asado, patatas y verduras había sido un éxito, mientras que las opciones vegetarianas y veganas parecieron impresionar a los pocos agentes lo bastante valientes como para comerlas delante de sus colegas amantes de la carne.
Ahora, después de lo que le había parecido una eternidad, llegaba su categoría.
Era hora de descubrir si sería coronado oficial del año.
—Señoras y señores —dijo Cassandra, retomando su posición tras el micrófono.
En la mano sostenía un trofeo. Tenía la forma del letrero giratorio de New Scotland Yard—.
¿Podría pedir silencio en la sala, por favor?
Ha llegado el momento del premio final: nuestro premio al oficial del año.
Para asistirme nos acompaña el subcomisario Richard Candy.
Le agradecemos sus servicios.
—Muchas gracias —dijo Candy mientras subía al escenario, tomando el trofeo de manos de ella. Por un momento, pareció como si se estuviera preparando para aceptar el premio él mismo.
—Es un honor entregar este premio esta noche.
Sabemos lo duro que han estado trabajando todos ustedes.
Y respetamos y admiramos a todos y cada uno de ustedes.
Hemos estado en su posición y sabemos lo difícil que es.
Puede haber momentos en los que tengan ganas de rendirse, o en los que sientan que necesitan parar y quieran dejarlo y que ya han tenido suficiente; todos hemos pasado por eso.
Pero, créanme, vale la pena perseverar. Este trabajo no merecería la pena si no fuera así.
Al final de todo, aprenderán a apreciar cuándo hay que aceptar lo bueno junto con lo malo.
Y eso es lo que está haciendo nuestro oficial del año.
Se está desarrollando. Está haciendo lo que cree que es correcto.
No necesariamente para sí mismo, sino también para los demás.
Por lo cual es un gran honor para mí anunciar al ganador.
La sala se quedó en silencio. Jake se hundió en la silla.
—¡Agente Angela Davis!
Jake exhaló un profundo suspiro de alivio mientras Angela Davis saltaba de su silla en un rincón de la sala y se lanzaba al escenario. Aceptó el premio, pronunció unas palabras de agradecimiento y luego se retiró. Elizabeth puso una mano consoladora sobre la pierna de Jake bajo el mantel.
—¡Tanner! —exclamó Brendan desde el otro lado de la mesa. Estaba arrastrando las palabras y había derramado vino sobre el mantel—. Lo siento, compañero. De verdad esperaba que te lo dieran a ti.
Jake se rió por lo bajo. —¿Significa eso que todos vais a dejar de ser amables conmigo ahora que soy como uno de vosotros?
Durante lo que quedaba de velada, nadie dijo nada más sobre el tema.
En su lugar, hablaron de todo un poco. Jake supuso que era porque no querían que se sintiera incómodo.
Eran las once de la noche cuando terminó la ceremonia de entrega de premios.
Y aún pasarían una hora o dos hasta que pudiera llegar a donde necesitaba estar.
El momento perfecto. Justo cuando las criaturas nocturnas de Cosgrove Estate saldrían de sus madrigueras y se incriminarían a sí mismas.
Una vez concluida la velada, condujo a casa a toda prisa, con el velocímetro rozando el límite de velocidad, dejó a Elizabeth en casa, se disculpó de nuevo por tener que dejarla sola y puso rumbo de vuelta a Stratford, con la última imagen de ella desnudándose mientras él cerraba la puerta repitiéndose en bucle en su mente.