Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

UNA NOCHE IMPORTANTE

J ake había perdido la noción del tiempo mientras la esperaba.

En cuanto estuvo listo, había consultado el reloj con insistencia cada minuto que Elizabeth no lo estaba, pero tras los diez primeros, se había rendido y había decidido esperar al pie de la escalera, ensayando su ceño fruncido de poco interés y pensando en las tareas que podría tachar de su lista de pendientes.

Como recoger la cocina para que estuviera bien para cuando regresaran.

Organizar el salón después de que las niñas hubieran terminado de tirar sus juguetes y rotuladores por todas partes.

Tirar por fin ese par de zapatillas rotas y casi irreconocibles que estaban junto a la puerta principal.

Las mismas que usaba para sacar la basura todas las semanas; las mismas que llevaba meses queriendo cambiar pero para lo que nunca había encontrado el momento.

El tiempo era su excusa, o la falta de él. Pero ahora le sobraba.

Sin embargo, antes de que pudiera empezar con nada de eso, sonó el timbre.

—¡Niñas! —llamó, ladeando la cabeza hacia el salón—. ¡Ya está aquí la abuela!

Jake abrió la puerta y se encontró con su madre. Se había recogido el pelo y llevaba su mejor vestido. Jake se inclinó hacia delante y la abrazó, dándole un beso en la mejilla.

—Estás muy guapo. Elegante. Sofisticado —le dijo ella.

—Lo mismo digo de ti. ¿A qué viene tanta elegancia?

—Me gusta el traje. Te queda bien. A tu padre también le sentaban de maravilla. Especialmente el que llevó el día de nuestra boda.

Salvándolo de otra conversación no deseada sobre su padre, Maisie salió disparada del salón. Su hija de tres años corrió por el pasillo y se lanzó a las piernas de la abuela, aferrándose como si le fuera la vida en ello.

—¿Lo has hecho todo? —le preguntó Jake mientras se agachaba a su altura.

Maisie dio una vuelta sobre sí misma y señaló su mochila de Peppa Pig, que era el doble de grande que ella.

—Parece que ya estás lista. Ven a darle un abrazo y un beso a papá.

Maisie lo hizo con fervor y entusiasmo. Le encantaba ir a casa de la abuela Tanner.

Mucho más que visitar a los padres de Elizabeth, los Clarke.

Quizá fuera porque su madre había sido maestra y tenía una especie de don con los niños, mientras que la madre de Elizabeth trabajaba en el parlamento y siempre estaba demasiado ocupada para ellos cuando iban de visita en familia.

O quizá era que Elizabeth se llevaba mejor con la madre de él que con la suya propia.

En cualquier caso, era un tanto para Jake.

Tanner uno, Clarke cero.

Jake soltó a Maisie, entró deprisa en el salón, sacó a Ellie de la trona, cogió sus cosas y se lo entregó todo a su madre.

—¿Estáis listos para esta noche? —le preguntó ella mientras hacía malabares con el bebé en una mano y el equipaje en la otra.

—Creo que sí.

—¿Nervioso?

—¿Debería estarlo?

—Te irá bien. ¡Decidle buena suerte a papá, niñas!

Maisie gritó las palabras con una sonrisa rebosante de alegría, mientras que Ellie esbozó una mueca pícara contagiada por la emoción del momento.

La sensación lo invadió, y volvió a besarlas antes de despedirlas.

Mientras las veía cruzar el jardín delantero, Maisie desapareció de la vista un instante y regresó con una botella de plástico en las manos.

—¿Qué es esto, papá?

La llevó hacia el haz de luz que el pasillo proyectaba sobre el patio. En cuanto Jake se dio cuenta de lo que era, salió apresuradamente de la casa y se la quitó. Ella protestó.

—Sabes que no puedes beber estas cosas. Eres demasiado pequeña —le dijo.

No tuvo tanto éxito como le hubiera gustado a la hora de aplacarla, pero agradeció que su madre interviniera y le ofreciera un chocolate caliente antes de dormir como consuelo. En cuanto estuvieron en el coche y se perdieron de vista, Jake cerró la puerta de un portazo y corrió a la cocina.

Examinó la botella. El logotipo de Pepsi. Los surcos y muescas del tapón de rosca ocultos tras el envoltorio plástico en el centro.

El producto distintivo de Henry Matheson.

Drogas escondidas en el interior.

Despegó la etiqueta. En el interior del envoltorio aparecían las palabras LE AGRADECEMOS DE CORAZÓN SU SILENCIO.

Se le heló el cuerpo.

Alguien había estado en su casa. Alguien había estado a tiro de piedra de su familia. Alguien había cruzado una línea.

—¿Jake? —llamó Elizabeth desde el dormitorio de arriba.

Le hizo poco caso y salió por la puerta trasera. Buscó el contenedor de basura y metió la botella. Cayó con un estruendo metálico que pareció resonar con fuerza, como si quisiera atraer deliberadamente la atención hacia su comportamiento.

«¡Cómo se atreven!», pensó. «¡Cómo hostias se atreven a acercarse a su casa. A su mujer. A sus hijas. A su familia».

—¡Jake! —llamó Elizabeth, esta vez con la voz cargada de impaciencia.

Volvió a entrar en la casa para encontrársela al pie de la escalera.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella, agarrada a la barandilla.

Cualquier pensamiento sobre las drogas, la botella, Henry Matheson, la advertencia...

todo se desvaneció en cuanto sus ojos se posaron en su mujer.

Llevaba un vestido negro ajustado que terminaba unos centímetros por debajo de las rodillas, unos tacones altos y un bolso de mano a un lado.

Tenía el pelo recogido en una coleta, y el maquillaje de ojos era ahumado y seductor.

Había mantenido el conjunto de esta noche en secreto, como una sorpresa.

Había dicho que quería ver su reacción cuando lo descubriese.

Tenía la esperanza de que la boca abierta y la lengua fuera la reacción que ella buscaba.

—¿Qué te parece?

—Me cuesta pensar en nada en este momento. —Sus ojos recorrieron las curvas de su cuerpo—. Es que... ni siquiera yo...

—¿Ha recogido bien tu madre a las niñas? —le preguntó ella.

Y entonces la imagen de la botella regresó a su mente de golpe, distrayéndolo de inmediato de la visión que tenía delante.

—Están bien.

Las comisuras de sus labios dibujaron una sonrisa. Se acercó a él y le dio un beso en los labios. —Eso significa que tenemos toda la noche para nosotros...

—Sí... —mintió él, rodeándola con los brazos y bajando las manos hasta que se posaron en su trasero. Dio un apretón y sintió que la sangre le subía a los genitales.

—¿Tal vez podamos probar... sin nada esta noche?

Jake la separó un poco. —¿Cómo dices?

—He estado pensando. Quiero otro.

—¿Otro qué?

—Otro hijo, Jake. Otro minihumano.

Jake la miró con incredulidad. Niños. Otro más. ¿A qué venía eso ahora? Era la primera vez que oía hablar del tema, lo primero que hablaban al respecto desde que nació Ellie. —No son como caramelos. No puedes abrir un paquete nuevo cuando te apetezca —dijo.

E inmediatamente se arrepintió.

—¿Hablas en serio ahora mismo?

—Es... yo... lo siento. Tengo muchas cosas en la cabeza. Necesito pensarlo. Probablemente no sea la noche para soltarme algo así. —Jake la soltó y cogió las llaves del coche del cuenco que había sobre la mesa junto a la puerta principal.

—¿Al menos podemos hablarlo?

Jake agarró el pomo. —Como he dicho, necesito pensarlo.

La agresividad y la frustración en el rostro de Elizabeth se disiparon. —No pretendo asustarte. Solo... quiero ampliar la familia, eso es todo.

Jake abrió la puerta. —¿Nos vamos?

Elizabeth bajó la mirada al suelo y pasó por su lado.

No soportaba verla disgustada. Peor aún, odiaba ser él quien la disgustara.

Pero un nuevo miembro en la familia Tanner no era lo que necesitaba ahora.

Era lo último en lo que quería pensar. Tenía la mente centrada en el trabajo, en la botella, en cómo iba a asegurarse de mantener a su familia actual a salvo de la amenaza de El Cónclave y de quienquiera que estuviera dejando los paquetes.

—Oye, escucha... —dijo Jake mientras subía al coche con ella.

—Está bien. No tenemos que hablarlo. Lo entiendo. Esta noche es tu gran noche. —Ella le puso una mano en la rodilla —. Olvídalo, ¿vale? Y quizá más tarde, después de que hayas recibido tu premio, pueda darte un regalo diferente.

Elizabeth se mordió el labio inferior.

Jake lo miró con disimulo. —Sobre eso...

—¿Qué pasa ahora?

—Se me olvidó mencionarlo, puede que no me quede mucho tiempo allí. Puede que tenga que trabajar.

—¿Esta noche? Pero si acabo de decir que podríamos...

—Lo sé.

—No estarás nervioso, ¿verdad? —Elizabeth le acarició la pierna, y la sangre volvió a subirle a la entrepierna—. Porque puedo ayudarte a calmar los nervios ahora mismo si quieres. —Su mano subió más arriba—. Pero tendrá que ser rápido; no querrás perderte tu gran noche.

—No me ilusiones así.

Mientras ella lo tanteaba, eso no era lo único que se estaba elevando.