Capítulo 11
LA COLADA
—¡ R eece! —gritó su madre desde la planta de abajo, con fuerza suficiente para que la oyera Lewis al otro lado de la urbanización—. ¿Has puesto ya la lavadora?
La respuesta era que no. No lo había hecho.
No le apetecía. Tenía cosas mejores que hacer.
Como jugar al Call of Duty con sus amigos.
Como ver la televisión. Como deambular por las calles, pasando algo de «comida» a sus clientes.
Cualquier sitio era mejor que estar encerrado en casa, teniendo que escuchar a su madre dándole la lata cada tres segundos.
—¡Reece!
—Me cago en todo —susurró entre dientes mientras bajaba las piernas por el lateral de la cama—. ¿Qué? —gritó escaleras abajo.
—¿Has puesto la lavadora?
—Que sí —dijo él, volviendo ya hacia su habitación.
—No me mientas.
Se detuvo en el umbral de la puerta, suspiró, dejó caer los hombros y bajó las escaleras de mala gana, dando media vuelta al llegar abajo para entrar en la cocina.
El piso de protección oficial en el que vivían era pequeño, estrecho y viejo.
Todo lo que él no era. El edificio parecía estar hecho de madera —todo crujía bajo sus pies— y Reece lo odiaba.
Odiaba vivir allí. Veía el tipo de sitios en los que vivían Henry, Deshawn y Jamal, los muebles bonitos, los caros televisores de pantalla plana colgados en la pared, la ropa de marca que los acompañaba allá donde fueran, y él quería una parte de esa vida.
Probablemente existieran palabras que él no conocía para describir el tipo de casas que poseían, pero lo que sí sabía era cómo llegar a lo más alto de la cadena alimenticia.
El horno estaba asando su cena favorita: gofres de patata, huevo y judías. Mientras tanto, su madre estaba en el salón viendo el último episodio de Countdown , fingiendo ser lo bastante inteligente como para dar con las respuestas de cada ronda, cuando a duras penas podía ayudarle con sus deberes.
Reece se acercó a la lavadora, metió la carga en el tambor y llenó los compartimentos con el suavizante y el detergente en polvo. Esperó hasta oír el clic del mecanismo de cierre y puso en marcha la máquina antes de guardar el cesto de la ropa en el armario bajo la escalera.
Cuando regresaba a su cuarto, su madre lo llamó.
—¡Oye! —dijo ella, mirándolo desde la puerta del salón. Le hizo un gesto con el dedo para que entrara—. ¿Qué tal el instituto?
—Bien —mintió él. Lewis y él habían decidido pasar el resto del día juntos, recorriendo las calles, pasando la mercancía que Jamal y los demás mayores les habían dado, además de cualquier extra que hubieran conseguido en las cabinas telefónicas.
En el menú de hoy, señoras y señores, tenemos una excelente selección de cocaína de dieta con patatas, ensalada de marihuana y nuestra especialidad de la casa: sopa de heroína.
—¿Me estás mintiendo? —preguntó su madre.
—No, mamá.
—Más te vale.
—Que no, mamá.
—¿Qué clases has tenido?
—Geografía. Matemáticas. Lengua. Todas las importantes.
Su madre se sentó en el borde del sofá, con gesto de estar lista para ponerlo sobre sus rodillas y darle donde más le doliera.
—Qué curioso —dijo con voz fría—, porque me han llamado del instituto preguntando por qué no te encontraban después de la segunda hora. ¿Sabes por qué puede ser?
Reece chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Deja de mentirme ahora mismo. Te lo preguntaré otra vez. ¿Dónde estabas?
Reece no dijo nada. Su madre no le dio tiempo para inventarse una historia elaborada.
—¿Dónde estabas?
—Con Lewis.
—¿Dónde?
—Por ahí.
—¿Qué estabais haciendo?
—Pasar el rato, ¿no?
—¿Con quién más estabas?
—Con nadie, mamá. Estábamos los dos solos.
—¿Has estado juntándote con esos chicos otra vez?
—No, mamá.
—¿Por qué no has ido a clase? ¿Se mete alguien contigo?
—Pfff. No. Nadie se mete conmigo. Ni lo intentarían.
—¿Entonces por qué no has ido al instituto hoy?
—Porque es una mierda.
—¡Ni se te ocurra decir palabrotas delante de mí!
Reece se autocensuró.
—Es una pérdida de tiempo.
—No me importa. Tienes que ir. ¿Cómo piensas, si no, conseguir un buen trabajo y tener éxito? Tienes que aprender. Ahora no lo valoras, pero cuando seas mayor lo harás.
—¿Entonces por qué no lo hago directamente cuando sea mayor?
Ella resopló y negó con la cabeza. —Porque para entonces será demasiado tarde. Ahora vete a tu cuarto... y nada de Xbox. Dame el mando.
Reece gruñó, salió del salón malhumorado y subió los peldaños arrastrando los pies hasta su habitación; cogió el mando de la consola y volvió abajo. Algún día no tendría que escucharla. Algún día podría hacer lo que quisiera. Y nadie podría decirle lo contrario.
Ojalá ese día llegara pronto.
—Prométeme que mañana irás al instituto —dijo su madre mientras él le entregaba el mando.
—Sí, mamá.
—No, he dicho que me lo prometas.
Reece puso los ojos en blanco. —Te prometo que mañana iré al instituto.
—¿Y qué más?
—Te quiero.
—Buen chico. Prepárate para la cena. Y dame un beso.
A regañadientes, Reece se inclinó sobre el brazo del sillón, besó a su madre en la mejilla y salió de la habitación. Sin la más mínima intención de ir al instituto al día siguiente.