Capítulo 10
EN EL NIDO DE AVISPAS
J ake estaba cabreado y humillado. No solo porque Henry Matheson se las hubiera apañado para bajarles los pantalones y ponérselos mirando a Cuenca, sino porque Stephanie había flaqueado.
Se había cargado el interrogatorio, había tartamudeado, había mostrado sus cartas demasiado pronto y había revelado el hecho de que no tenían ni idea de lo que estaban haciendo.
Les había hecho parecer unos incompetentes.
Jake tiró la carpeta sobre su mesa con estrépito, desperdigando otras hojas de papel y recibos de gastos por el suelo.
—¿Ha ido bien entonces? —preguntó Brendan mientras se inclinaba hacia delante para recogerle los recibos.
Jake aún se estaba acostumbrando a que alguien ocupara el antiguo asiento de Drew Richmond. Debería haber sido fácil ver una cara nueva cada mañana, pero no lo era. Y cada vez que miraba a los ojos a su nuevo colega, se acordaba inevitablemente de Drew.
El poli corrupto.
El violador.
—¿Qué ha ocurrido? —La pregunta vino de Darryl, que estaba de pie en el umbral de su despacho, con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo un fajo de documentos. Tenía aspecto de ir de camino a una reunión con los peces gordos.
—Nada —respondió Jake—. Ese es el problema. Matheson proclama su inocencia y tiene una coartada.
—¿Cuál es?
—Una fiesta en una casa. Al parecer había unas cien personas allí.
—¿Vale la pena comprobarlo?
—Podemos intentarlo, pero no servirá de mucho, jefe —respondió Stephanie por él—.
Es una pérdida de tiempo y recursos. Supongo que organizó esa fiesta la misma noche del asesinato para darnos un aluvión de declaraciones de testigos que analizar.
Y ya tenemos a todo el personal disponible haciendo encuestas de puerta en puerta en The Pit tal como están las cosas.
La mayoría ya informan de que se dan contra un muro con cada persona con la que hablan.
—Aunque no hubiera una fiesta —añadió Jake—, cualquiera que viva en esa urbanización dirá que la hubo.
Los seguidores de Matheson son como perritos leales, pero no de los monos; de los que son una pequeña mierda ladradora.
Y no creo que vayan a traicionarle tan pronto.
—Jake se reclinó en su silla y cruzó una pierna sobre la otra—.
¿Ha habido alguna novedad mientras estábamos fuera?
—No mucha —respondió Ashley. Estaba sentada en la esquina de la sala, en la mesa más alejada de Jake.
En la antigua silla de Pete Garrison, que todavía olía a él, y lo que era peor, parecía compartir su misma inclinación por picotear galletas a escondidas, a juzgar por los restos medio comidos de su mesa.
—Hemos comprobado a la testigo que hizo la llamada al novecientos noventa y nueve y está limpia. No hay nada que sugiera que haya tenido conexión alguna con nadie de la urbanización Cosgrove. Es enfermera, madre de tres hijos —de nueve, quince y dieciocho años— y vive en Waltham Forest.
—Las madres y las enfermeras también pueden ser drogadictas, ya sabes —comentó Jake.
—¿Capaces de matar por inmolación? No lo creo.
—Siempre son quienes menos te esperas —murmuró Brendan, aunque nadie hizo caso de su comentario.
Excepto Jake; él había pensado lo mismo al descubrir que su mejor amiga en el cuerpo, Danika Oblak, había estado trabajando en secreto para El Cabildo mientras se costeaba sus propios vicios con la droga y la bebida.
Había sentido el amargo aguijonazo de la traición en aquel entonces, y poco a poco se estaba volviendo inmune a su veneno.
Jake volvió a prestar atención a la conversación.
—¿Se ha confirmado la coartada de la testigo?
Ashley asintió.
—En su declaración, el agente de uniforme anotó el restaurante. He llamado y han confirmado que había una reserva a ese nombre. Por lo visto, sus amigos no se quedaron mucho tiempo.
Jake suspiró profundamente, recuperó los recibos de manos de Brendan y los soltó con torpeza sobre la mesa.
Estaban en las fases iniciales de la investigación, pero todos en la sala sabían que eran las más cruciales.
Por cada hora que pasaba después de las primeras veinticuatro, las posibilidades de atrapar a la persona, o personas, responsables, se evaporaban de forma casi exponencial.
Jake puso las manos sobre su mesa, sopesando las opciones y posibilidades.
La sombría realidad era que no había ninguna.
Tenían a una persona que había muerto quemada en mitad de una concurrida urbanización de protección oficial, rodeada de cientos de personas, ninguna de las cuales estaba dispuesta a hablar ni siquiera a admitir que hubiera visto nada.
Además, había muy pocas pruebas con las que trabajar.
Por no mencionar que su principal sospechoso era un cerebro criminal que tenía suficiente dinero y poder para librarse de cualquier condena a base de talonario.
La urbanización Cosgrove era un nido de secretos. Henry Matheson era la reina y los demás que estaban dentro eran los obreros dispuestos a cualquier cosa para protegerle. La única forma de sacar a la avispa de su nido era con fuego. Y Jake tenía en mente el método perfecto.
—Vigilancia —dijo, al dársele la idea de golpe—. Tenemos que realizar una vigilancia en The Pit.
—Ni hablar —dijo Darryl tajante—. ¿Sabes cuántas horas extras supone eso?
—¿Una cantidad justificable, seguro?
—No me llames Arturo —añadió Brendan, pero no era el momento. Todos en la oficina le hicieron saber lo que pensaban del comentario lanzándole una mirada severa.
—Lo siento, Jake, pero no —continuó Darryl—.
El presupuesto no lo cubrirá. Y el subcomisario Candy me ha estado dando la lata con los gastos y los presupuestos últimamente.
Esta es una de las áreas que quiere controlar estrictamente.
Parece que nuestros antiguos miembros del equipo, que permanecerán en el anonimato, se tomaron demasiadas libertades en lo que respecta a los gastos.
Quiere mantenerlo todo bajo control tanto como pueda.
—¿O sea que prefiere no soltar la pasta que poner a Henry Matheson donde se merece?
—Eso me supera, Jake. Y si algo se cuela por debajo de la mesa, me caerá a mí encima como una tonelada de ladrillos de mierda.
Jake abrió la boca para hablar, pero no le salieron las palabras. Una imagen vale más que mil palabras y, en este caso, podía ver mil pequeñas dagas de injusticia, todas dirigiéndose directas hacia él, punzando, punzando, punzando.
—Escuchad —empezó Darryl—, todos tenéis cosas que podríais ir haciendo mientras esperamos los informes de ADN y de patología.
Así que no tenéis ninguna necesidad de estar aquí parados con los pulgares en el culo.
Hay mucho que hacer, mucho por lo que preguntar.
Ahora, si me disculpáis, tengo una reunión con el subcomisario para la que debo prepararme.
Ah, y Steph, lamento que sea con tan poco margen, pero voy a tener que pedirte que te quedes esta noche y continúes con esto mientras el resto estamos en la ceremonia.
Darryl dio la espalda al equipo y desapareció tras la puerta de su despacho, dejándolos en un estado de estupefacción.
—Bien —dijo Brendan, reclinándose en su silla—. ¿En qué situación nos deja eso?
—Con el pulgar fuera del culo para empezar.
Pero también significa que tenemos que seguir las órdenes del jefe.
Aunque no nos gusten —explicó Stephanie, dirigiéndose a Brendan pero hablando indirectamente para Jake.
Sabía cómo era. Desobediente. Que haría lo que creyera que era correcto porque, bueno... creía que era correcto.
Y esa era la única justificación que necesitaba.
—Como digas —replicó Jake.
—Jake, no.
—¿Qué quieres que haga? Si de todas formas no me permiten hacer nada —le espetó él—.
Tendremos que dejarlo. Que parezca que nos importa una mierda.
Pero supongo que no pasa nada, porque se trata de un crimen relacionado con bandas en The Pit, y esos se olvidan casi al instante.
Así que bastante hemos hecho con llegar hasta aquí.
La mayoría de los crímenes en The Pit, que se remontaban hasta principios del nuevo milenio, seguían sin resolverse, relegados al fondo de la lista de tareas pendientes, y muy pocos se habían esclarecido realmente.
Casi siempre por pura suerte más que por cualquier tipo de trabajo policial serio.
Había una epidemia allí dentro, y la gente de la urbanización Cosgrove necesitaba apoyo policial.
Si alguna vez iban a tener la oportunidad de construir un entorno sostenible y adecuado para que los ciudadanos prosperaran y se desarrollaran, algo tendría que cambiar.
—Tengo que irme —dijo—. Os veré a todos en la ceremonia.
Jake cogió sus cosas, se despidió de todos y se fue a casa, donde Elizabeth le estaba esperando.
Era hora de meter la mano en el nido de avispas y esperar que todo saliera bien.