Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

UN RUPERT DIFERENTE

L a sala de interrogatorios era posiblemente una de las habitaciones más aburridas en las que Henry había tenido el placer de sentarse jamás.

Y, en su día, había pasado por unas cuantas.

En su cabeza llevaba una hoja de puntuación de todas las salas, todas las comisarías y todos los agentes que le habían interrogado, comparándolos entre sí.

De momento, esta estaba resultando ser la peor puntuada.

No tenía carácter ni personalidad ni historia.

Se había dado cuenta de que se podía deducir mucho al estar sentado entre los límites de cuatro paredes.

Solo había que pensar qué tipo de personas se habían sentado en el mismo asiento que él.

Asesinos. Violadores. Pedófilos. Ladrones.

Camellos. Todos tenían un pasado, todos tenían personalidades, todos tenían historias.

Pero allí no había nada que le indicara que todo aquello existía.

Una de sus favoritas era una pequeña sala de interrogatorios en la comisaría de West Ham, sobre todo porque alguien había hecho un agujero en la pared de una patada y se rumoreaba que, a día de hoy, seguía allí, sirviendo como una obra de arte, un legado dejado para el disfrute de criminales viejos y nuevos.

Y lo mejor de todo era que no había sido el sospechoso habitual; no fue el típico asesino o violador, sino un escolar al que habían pillado vendiendo droga a gente que le doblaba la edad.

El nombre de aquel chico era Deshawn, y era uno de los mejores reclutas de Henry.

La puerta se abrió y entraron un hombre y una mujer.

Henry reconoció a uno de ellos al instante; a la otra iba a tener que conocerla.

Sacaron las sillas de debajo de la mesa y se sentaron enfrente.

Barajaron papeles sobre el escritorio. Abrieron sus cuadernos por las páginas nuevas. Bebieron un sorbo de agua.

Se presentaron.

Agente de investigación Jake Tanner.

Inspectora jefe Stephanie Grayson.

Zipi y Zape.

Como el día y la noche.

Ambos se parecían y, al mismo tiempo, eran radicalmente distintos en muchos aspectos.

El reloj de la pared le indicó que eran casi las dos de la tarde.

Ya había perdido la noción de cuánto tiempo llevaba allí encerrado.

El tiempo era irrelevante cuando no se tenía conciencia de a qué velocidad pasaba.

Tras su arresto, lo habían desnudado, cacheado y pronto absolvieron del cargo de posesión de un objeto ofensivo.

No fue hasta que estaba a punto de marcharse cuando uno de los agentes de paisano bajó y le pidió que los acompañara para un interrogatorio voluntario sobre una investigación que estaban llevando a cabo en Cosgrove Estate.

Fuese voluntario o no, Henry había decidido que echar una mano era lo mejor para él.

Sentada a su lado había una mujer a la que solo conocía de nombre.

Veronica Bateman. Su abogada suplente, que cubría a su habitual, Rupert Haversham, el letrado de cincuenta y tantos que le había salvado el culo a Henry más veces de las que se había despertado junto a una desconocida a la mañana siguiente.

Estaba en la sesentena y vestía un vestido azul marino que le llegaba a los tobillos, con una americana negra sobre los hombros.

Cuando la conoció, sostenía un bolso con el brazo estirado que le colgaba junto a las piernas, y tenía ese aire de intimidación y hostilidad que sugería que no estaba dispuesta a aguantar nada de nadie.

Desde aquel momento, él supo que estaba en buenas manos.

—¿Empezamos? —preguntó ella—. Seguro que todos tenemos cosas mejores que hacer.

A Henry ya le caía bien.

—Sí —dijo Jake después de iniciar la grabación y completar las banales formalidades. Sacó una fotografía de un cuerpo quemado colgando de una farola. Obra de Henry. Avistada en libertad.

—¿Sabe algo de este incidente, Henry? Este hombre ha sido hallado muerto esta mañana en mitad de Cosgrove Estate. Colgado. Quemado...

—Sí, mi cliente puede verlo en la foto, gracias —espetó Veronica—. ¿Qué tiene esto que ver con mi cliente?

—Creemos que Henry puede tener información vital sobre la brutal muerte de este hombre —dijo Stephanie, con la valentía suficiente para tomar las riendas.

—Mi cliente niega cualquier implicación.

—No hemos dicho que estuviera implicado —intervino el agente.

—Eso es lo que está insinuando.

Se hizo un breve silencio entre ellos. Los dos inspectores estaban desconcertados, contra las cuerdas, como un equipo de fútbol que hubiera pifiado el último partido de la temporada.

Y solo iban por la primera pregunta. Henry sintió lástima por la vida del marido y los hijos de Veronica.

«Debe de ser una tortura absoluta vivir con una mujer tan perniciosa», pensó.

De un modo extraño, le resultaba atractiva.

Uno a cero.

—Este es su interrogatorio, Henry —dijo Stephanie, haciendo evidente que se esforzaba por ignorar el ceño fruncido e imperioso de Veronica—. Puede responder por sí mismo.

Henry señaló a Veronica.

—Lo que ella ha dicho.

—¿Dónde estuvo anoche? —preguntó Stephanie.

—Sea más específica, inspectora —replicó Veronica.

Dos a cero.

A este paso, no tendría que decir nada en absoluto.

Stephanie suspiró y miró a su compañero.

—¿Dónde estuvo a última hora de ayer y a primera hora de hoy, entre las once de la noche y las seis de la mañana?

Veronica abrió la boca para hablar, pero él se le adelantó.

—En una fiesta —respondió, decidiendo que quería divertirse un poco por su cuenta.

—¿De quién?

—Mía.

—¿Quién había allí?

—Yo.

—¿Y quién más?

—Unas cien personas o así. No sé el recuento exacto. Estuve borracho la mayor parte del tiempo.

—¿Puede darnos algún nombre?

—Claro. Mike. Dan. Steve. Clive. James.

—¿Apellidos?

—Oh, perdón, ha pedido nombres. Solo le estaba dando algunos.

Jake lo miró con gesto de desaprobación.

—Nos referíamos a los nombres de la gente que había en la fiesta.

—Debería haber sido más claro, entonces. Pero no, no puedo. Fue una noche de esas en las que todo es borroso.

Chulear a la policía de todas las formas posibles era su mayor fuente de emoción y gratificación.

Saber que era mejor que ellos. Que era el mayor vendedor de drogas de clase A, B y C de todo el este de Londres y que no podían hacer nada al respecto.

Que ahora se esperaba que el crecimiento de su negocio y su base de clientes se duplicara con ese mierdecilla de Jermaine Gordon fuera de combate por fin.

Que no tenían ni un ápice de pruebas para demostrar que él era el responsable.

Henry uno, policía cero.

Se inclinó hacia delante y señaló la imagen explícita.

—Debió de ser horrible.

—¿El hecho de morir quemado? —Jake habló con veneno en la voz—. No imagino que disfrutara con ello.

—¿Cree usted que lo disfrutó, agente? ¿Cree que había una parte de él a la que le gustaba lo que le estaba pasando?

—¿Se refiere a si creo que era un masoquista?

—¡Dios mío! ¿Cree que era un pervertido?

—No —dijo Jake, apresurándose a soltar las palabras—. No es eso lo que estoy diciendo para nada. Yo... yo soy quien hace las preguntas aquí, gracias.

Tres a cero.

—¿Cree que se lo merecía? —preguntó Henry—. Quiero decir, alguien a quien queman vivo, especialmente un hombre de su estatura, debe de haber hecho algo bastante malo para acabar así.

Silencio.

—¿Está sugiriendo que conoce la identidad de este individuo?

—No.

—¿Está sugiriendo que sabe lo que pasó?

Henry se encogió de hombros.

—Se oyen cosas. Se aprenden cosas. Se captan cosas.

—¿Tienen alguna prueba sólida contra mi cliente? —preguntó Veronica, interviniendo para añadir unos últimos golpes humillantes.

—Esto era solo un interrogatorio voluntario, Veronica —respondió Stephanie; su intento de parecer autoritaria resultaba transparente y burlón.

—Bueno, pues si no tienen nada más que añadir, creo que nos largamos de aquí.

Hubo una pausa. Nadie dijo nada.

—Perfecto. Adiós.

Y el público enloquece. Cuatro a cero. La mayor derrota en la historia de la institución.

Veronica cogió sus cosas y salió. Henry la siguió fuera de la sala y del edificio, sintiendo la misma emoción que un niño siente cuando pisa un parque de atracciones por primera vez.

Reprimió el impulso de alzar los dedos corazón al aire y dirigirlos a los agentes mientras pasaba por delante de ellos.

No servía de nada echar más leña al fuego; después de aquel interrogatorio, estaba más que seguro de que ellos empezarían a presionarlo por su cuenta.

Al salir a la luz, llegó al pie de las escaleras y preguntó:

—¿Dónde está Rupert? Lo esperaba a él en lugar de a usted.

Veronica se detuvo y giró sobre sí misma.

—Fuera.

—¿Muerto?

—No. Fuera de la ciudad.

Henry la evaluó.

—¿No me podría llevar a casa, verdad? Normalmente, Rupert me deja en el barrio. Ya sabe, es parte del servicio.

—Yo no soy Rupert.

—Lo sé. Pero no se preocupe, esta vez se lo perdonaré.

Veronica se lanzó hacia él, cubriendo con facilidad la distancia de dos metros que los separaba, y le señaló el pecho con el dedo, manteniéndolo a centímetros de su caja torácica.

—No crea que le voy a dar el mismo trato que él. Se equivoca lamentablemente si cree eso. ¿A qué ha venido eso ahí dentro?

No fue hasta que la tuvo justo frente a la cara cuando notó que su aliento olía a ese café rancio de hacía horas. Él hizo una mueca e intentó coordinar sus respiraciones con las de ella.

—Yo pago su sueldo —dijo él. No estaba acostumbrado a que alguien le hablara así, especialmente cuando era alguien de quien dependía tanto.

—No es el único. Tengo muchos otros clientes en situaciones similares a la suya.

—Ninguno de sus clientes es como yo. Si hay algo que necesite, puedo conseguirlo.

Ya sé cómo sois los abogados. Un poco de coca de vez en cuando, unas bolsitas de hierba después de un día largo y duro.

No pasa nada, su secreto está a salvo conmigo.

Pero si quiere algo, solo tiene que pedirlo, y todo lo que espero a cambio es un buen asesoramiento legal, sólido y sensato.

—¿Y qué hay de ahora, eh? ¿Me va a pagar el doble por haberme hecho perder el tiempo? ¿O solo la mitad porque no le he ofrecido ningún «buen asesoramiento legal, sólido y sensato»?

—No ha sido una pérdida de tiempo.

—Sí lo ha sido. Usted sabía que no tenían nada para acusarlo, pero ha decidido darles largas de todos modos.

—Lo he visto como una reunión productiva —dijo Henry.

Esperó a que Veronica le pidiera que desarrollara su teoría, pero al ver que no lo hacía, continuó:

—He aprendido con quién me las veo y también he aprendido que no saben una mierda sobre lo que le pasó a Jermaine.

Y tengo la intención de que siga siendo así el mayor tiempo posible.

Soy intocable en esta parte del mundo. Pero todavía hay algunos que quieren desafiar mi autoridad.

Y ahora que sé que la policía no tiene pruebas ni información contra mí, puedo asegurarme de que mi estatus se mantenga intacto y enviar un mensaje a los que quieran intentar expulsarme.

—¿Y cómo va a hacer eso? —preguntó Veronica, bajando el dedo.

—Tendrá que esperar para verlo, Veronica.

Esté atenta al teléfono para cuando reciba la llamada.

Y antes de que se vaya, una cosa más: hay un chico ahí dentro, Errol Grant.

Al pobre cabrón lo arrestaron conmigo. No podría hacerme el enorme favor de sacarlo de allí por mí, ¿verdad? Se lo prometí de alguna manera.