Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

INSTRUCCIONES

M artin Radcliffe ladeó la cabeza y miró por la ventana, intentando por todos los medios retrasar lo inevitable: el trabajo.

Era miembro de la Flying Squad —o «The Sweeney», como se la conocía popularmente por la famosa serie de los setenta— y era una de las incorporaciones más recientes al equipo; se había unido hacía nueve meses.

Le gustaba decir que se había labrado su camino desde abajo, pero era mentira.

En realidad, se trataba del clásico caso de a quién conoces, no de lo que sabes.

A su lado, en la esquina de la oficina, había un oficial de apoyo todavía más nuevo que él, ocupado haciendo todo el trabajo de Martin.

Formándole, enseñándole cómo funcionaba todo...

esas cosas. Martin le echó un vistazo, se aseguró de que el otro mantuviera la cabeza agachada y no le prestara atención ni le lanzara miradas furtivas, y volvió a centrarse en la ventana.

En los ciclistas que zigzagueaban entre el tráfico; en los peatones que hacían gala de una falta absoluta de conciencia personal y espacial al irrumpir en la calzada, librándose por los pelos de convertirse en una mancha sobre el asfalto.

Idiotas . Selección natural en estado puro.

El móvil vibró, distrayéndole del mundo exterior. Acababa de recibir una notificación de Kingdom of Empires.

La única persona que conocía que se comunicaba a través del juego online era La Cábala: su benefactor, el responsable de que estuviera en ese puesto y en esa posición.

El que lo manejaba todo entre bambalinas.

El que le daba las órdenes, el que dictaba todo lo que hacía y con quién hablaba.

La Cábala controlaba cada aspecto de su vida profesional. Y a él le encantaba.

Martin se quedó mirando la notificación un poco más antes de apretar el teléfono con fuerza y salir del edificio. Necesitaba un cigarrillo para esto.

Al salir, rodeó el edificio y se dirigió a paso lento a la zona de fumadores: un murete de ladrillo cerca de unos portabicicletas. Un par de agentes de paisano a los que Martin conocía estaban allí charlando.

«Ya estamos», pensó Martin. «Que empiece la charla de mierda».

—¿Todo bien, Mart? —preguntó Alain Greenway, con sus dedos manchados de nicotina temblando a pocos centímetros de su cara.

—¿Qué tal? —dijo Martin, asintiendo en dirección a Alain más por cortesía que como invitación para seguir hablando.

—¿Qué te parece esto? —empezó Alain. A su lado estaba Rebecca Gould, una mujer menuda con una cara redonda que la hacía parecer cinco años más joven de lo que era.

—¿El qué? —preguntó Martin, intentando ocultar el desdén en su voz.

—Le estaba diciendo a Becks que es un coñazo tener que llevar estas cámaras corporales a todas partes, ¿no crees? Sobre todo porque graban todo lo que hacemos.

Martin se encogió de hombros, sacó un cigarrillo y lo encendió. —¿Importa lo que yo piense? No va a cambiar nada.

—¿Qué es lo que te pica esta mañana? —preguntó Rebecca.

—¿Es que no puedo disfrutar de mi cigarrillo en paz?

—Por supuesto que sí, Su Alteza Real —dijo Alain, señalando después el cigarrillo de Martin—. Avísame cuando acabes; si quieres, ya recogeré yo las cenizas de tu ego.

Martin les dedicó un corte de manga y volvió a centrar su atención en su retorcido y decadente palito de la muerte. El tabaco sabía delicado mientras bajaba por sus pulmones, delicioso, como si estuviera bebiendo directamente de una botella. Tan bueno que casi parecía una recompensa por pecar.

Tras unos segundos de silencio aún más gratificantes, Alain y Rebecca se alejaron, haciendo una reverencia burlona al irse.

Él dejó de prestarles atención. No eran nada.

Unos aficionados. Un medio para un fin en la oficina.

Formaban parte de la corrupción a gran escala del servicio y ni siquiera lo sabían.

Era consciente de que su personalidad —la brusquedad, la beligerancia— junto con su estrecha relación con la comisaria, eran las razones por las que sus colegas rara vez le hablaban en la oficina.

¿Pero le importaba? No. ¿Pensaba cambiar?

Ni de coña. ¿Cambiaría algo su comportamiento y su actitud hacia sus colegas?

No, su trabajo estaba a salvo y lo seguiría estando hasta que lo trasladaran.

En cuanto ambos estuvieron fuera de la vista, Martin desbloqueó el teléfono y abrió la notificación de Kingdom of Empires. El juego de rol online se abrió en la plataforma de mensajería, y en la parte superior de la bandeja de entrada había un mensaje de LG23867 con un número uno en rojo al lado.

Inhaló profundamente, contuvo el aire, sopesó lo que podría contener aquel mensaje y reunió el valor necesario para abrirlo.

Problema en The Pit. Jermaine Gordon. Stratford MIT. Hebilla de cinturón guardada en pruebas. Bow Green. Número de prueba NB-180. Deshazte de ella. Lo antes posible. Espera nuevas instrucciones, sigue con normalidad.

Martin terminó de leer el mensaje. Una sensación paralizante de emoción se le anudó en las entrañas.

Fantástico. Le habían encomendado un tipo de tarea diferente.

Una oportunidad para demostrar que era capaz de algo nuevo.

Para demostrar que estaba a la altura del desafío.

Para eliminar cualquier duda que la comisaria pudiera haber sembrado en la mente de La Cábala.

Esa zorra.

Podía hacerlo. Claro que sí. No era ninguna nimiedad entrar en un laboratorio de seguridad y robar una pieza de convicción importante, pero no era imposible.

Y Martin disfrutaba con este tipo de retos.

Redactó una respuesta, la escribió y le dio a enviar.

—Dalo por hecho.