Capítulo 7
PESADILLA
E l martilleo en su cabeza le recordaba a la música que habían estado escuchando la noche anterior. Incesante, implacable, pesada y atronadora.
—Se supone que el aire fresco te vendrá bien —le dijo Danielle, su hermana, con esa sonrisa de suficiencia habitual en su rostro—. Es mejor que apalancarse en la cama todo el día compadeciéndose de uno mismo.
Hablaba la jovencita de dieciocho años que jamás había experimentado una resaca de verdad.
—Estás irritantemente animada —dijo Henry mientras bajaban del coche—. ¿Bebiste mucho?
Danielle negó con la cabeza. —Algunos tenemos cosas que repasar. Exámenes a los que presentarnos. No me apetece cargarme todas mis neuronas con la bebida como haces tú. Supongo que ayuda cuando, para empezar, no tienes ninguna.
Touché .
No estaba de humor para llevarle la contraria.
Los motivos eran dos. Primero, su mente aún iba con unos minutos de retraso, por lo que cualquier rastro de ingenio o sarcasmo que le quedara se había marchado del campo para quedarse en el banquillo.
Y segundo, porque perdería la batalla contra ella.
Era algo inevitable; lo había sido desde que ella llegó al mundo.
En cuanto la trajeron a casa del hospital, él supo que perdería cualquier discusión con ella.
Siguiendo las reglas de la hermandad y la familia, ella era su mundo, y él haría cualquier cosa por ella.
Por eso, cuando le pidió que la llevara al centro de Stratford para ir de compras, él aceptó.
—¿Necesitas material para la uni o algo? —preguntó, preparándose para echar mano de la cartera por esos artículos de papelería ridículamente caros y con precios inflados cuyo mercado principal era la gente que no podía permitírselos.
—Solo unas carpetas y cuadernos.
—¿Se te han acabado ya? Juraría que te compré el último lote hace un par de semanas.
Danielle se encogió de hombros. —Tomo muchos apuntes.
—No del mismo tipo que los que tomo yo. Y ni de lejos tantos. —Henry se palmeó el bulto que llevaba en el bolsillo del pantalón de chándal.
Danielle le dio un codazo en las costillas y juntos entraron en el pequeño centro comercial en pleno corazón de Stratford.
Constaba de unas trece tiendas, todas orientadas a la clase trabajadora.
Ninguna era de las marcas de diseño de alta gama que él buscaba.
Si quería ese tipo de establecimientos, tendría que aventurarse más hacia el centro de Londres.
Y para un hombre de su talla y notoriedad, aquello era una empresa arriesgada.
Su nombre estaba en boca de la mitad de los pandilleros de los barrios vecinos de Londres, lo que significaba que una vida pacífica fuera de Stratford era casi imposible.
Pero con el nuevo centro comercial multimillonario, Westfield, que abriría en unos meses, podría gastarse el dinero libremente sin que lo apuñalaran.
—¿Qué tal este? —preguntaba Henry incesantemente, señalando las diversas carpetas, cuadernos y bolígrafos variados en los estantes de WHSmith.
Cada vez que lo hacía, Danielle lo empujaba y le dedicaba una peineta.
Los libros y la educación nunca habían sido lo suyo.
La única parte del sistema educativo en la que había destacado eran las matemáticas, y eso solo para poder calcular el valor mínimo de mercado en la calle de un kilo de su cocaína en cuanto se filtrara por las barriadas y las calles.
Aparte de eso, su cálculo mental solo llegaba para computar cuánto cambio le darían de un billete de quinientas libras si compraba una botella de Grey Goose en el club.
La respuesta era poco menos que unas pocas libras.
Cuando terminaron en la papelería, y después de que Henry pagara, se dirigieron hacia la salida.
Allá a lo lejos, a través de las puertas al final del paseo, se erguía el esqueleto de Westfield.
Redes de tuberías, andamios y grúas abrazaban el lateral del edificio, mientras pequeños puntos negros y amarillos revoloteaban de un lado a otro entregados a las tareas de construcción, como abejorros afanándose en la colmena.
Henry sintió que el entusiasmo le burbujeaba. —Tengo unas ganas de que abran esto, tío —dijo—. Piensa en todas las cosas que podremos comprar. Las cosas que podré comprarte.
Danielle chasqueó la lengua. —Y luego te preguntas por qué aún no tienes novia.
—¿De qué hablas?
—De comprar cosas para todo el mundo todo el tiempo. Así nunca vas a conseguir una chica decente. Irá a por tu dinero y ya está.
—Eso demuestra lo poco que sabes. Anoche conocí a una chica. Se quedó a dormir después de la fiesta. —Henry sintió que su teléfono vibraba. Lo consultó y le mostró la pantalla—. Es ella ahora mismo, de hecho.
Danielle se inclinó hacia delante e inspeccionó la pantalla. —¿Lily? ¿Te refieres a Lily Ashby?
—Sí.
—Aléjate de ella, Henry. He oído cosas malas por ahí. Algunos chicos de mi facultad dicen que se acuesta con cualquiera. Y tiene la clamidia, te lo juro.
Henry soltó una carcajada y se guardó el teléfono.
El instinto maternal de su hermana era tierno pero estaba equivocado.
—Suenas como mamá. Inventándote cosas cuando se trata de chicas.
Sabes que eso no es verdad. Algún tío al que rechazó empezó a difundir mierda sobre ella...
y resulta que él era el que tenía la clamidia en primer lugar.
En algunos círculos del E11, la clamidia era tan frecuente como el sida que pasaba de yonqui a yonqui al intercambiar jeringuillas y compartir el «cariño». Agua pasada. Y Henry estaba seguro de que él la había tenido al menos una vez en su vida. Aun así, ni de broma iría al médico.
Danielle puso los ojos en blanco y soltó un ligero bufido. —Solo asegúrate de que no va detrás de ti por el dinero.
—Sí, mamá. Perdón, mamá. —Henry sonrió y la rodeó con el brazo de forma juguetona—. ¿Y qué vamos a hacer con todo esto entonces? —Señaló las bolsas de la compra que acababa de comprarle—. ¿Me lo vas a devolver en cuotas mensuales o quieres hacerlo todo de una vez?
Danielle ladeó la cabeza y puso ojos de corderito degollado. —Sabes que todavía no me lo puedo permitir.
—Pero ya sabes dónde puedes ganarte un dinerito. No dejo de decírtelo.
Llegaron a la salida y se detuvieron gradualmente.
Una figura surgió de detrás de una cabina telefónica a escasos metros de ellos y apareció por el rabillo del ojo de Henry.
En cuanto Henry lo reconoció, apartó a Danielle de un empujón y se enfrentó al asaltante, con una sonrisa de suficiencia aflorando en su rostro.
—¿Te has perdido, perrito?
Arremetiendo contra él estaba Errol Grant, un niñato friki cuya percepción de sí mismo era mayor que la realidad. Complejo de hombre bajito, un ego más grande de lo que podía manejar, ese tipo de cosas.
En cuanto estuvo a su alcance, Errol agarró a Henry por el jersey y luego lo empujó por la acera contra el lateral del edificio.
—Hay que ser valiente para asomar la cara ahora mismo —siseó Errol.
Tenía el rostro oculto tras una gorra y una capucha le cubría la cabeza.
Henry no podía verla, ni tampoco sentirla, pero estaba seguro de que el joven sostenía una navaja automática contra su abdomen.
Los restos de alcohol en su organismo estaban afectando seriamente a su tiempo de reacción.
—¡Suéltalo! —dijo Danielle mientras se acercaba.
Henry extendió una mano y la tranquilizó. No estaba preocupado. Todo estaba bajo control.
—A mí me parece que el que está perdido eres tú, perrito —le dijo a Errol.
—Pagarás por lo que has hecho.
—Y más aún sin tu dueño tirando de la correa —continuó Henry—, dándote palmaditas cada vez que hacías algo bien.
Errol hizo un pequeño movimiento, y ahora Henry tuvo la certeza de que había un cuchillo clavándosele en el estómago. La punta de la hoja perforó su abrigo y raspó su piel. No era un dolor punzante, sino que se sentía más bien como un pellizco. Nada grave. Por ahora.
—Un consejo —le dijo a Errol—. Cuando decidas enfrentarte a los perros grandes, más vale que vengas preparado.
—¿Qué dices?
—¿Acaso pensabas que no sabía que esto pasaría? ¿Que vendríais a intentar mediros conmigo? No soy tonto. Hay una razón por la que Jermaine está muerto y yo no.
Henry hizo una pausa. Se estaba formando una escena a su alrededor, una densa pared de rostros confundidos y preocupados que observaban.
—Estás atrayendo atención no deseada. La gente te ha visto la cara.
Me han visto la mía. Si me pasa algo, a ti te pasará algo mucho peor.
Así que, ¿por qué no bajas ese juguetito y hablamos de esto como es debido?
A veces hay mucho más poder en nuestras palabras que en nuestras acciones.
El cuerpo de Errol temblaba. Henry no sabía la edad del chaval, pero no podía tener mucho más de quince años.
A esa edad, Henry ya había apuñalado a más personas de las que tenía dedos en la mano y había establecido el E11 como un movimiento mediático y formidable.
Pero Errol era un novato, sin experiencia.
Las manos temblorosas, la respiración agitada, la mirada salvaje. Un niño, no un hombre.
Pero tenía potencial.
—¿Qué os enseñan por allí? —preguntó Henry mientras negaba con la cabeza con desprecio y agarraba el cuchillo—. Guárdalo y no vuelvas a sacarlo.
Errol obedeció.
—Todo está bien —proclamó a los curiosos, que aferraban sus bolsas contra el cuerpo y los grababan con sus teléfonos móviles—. Aquí no hay nada que ver. Pueden volver a lo que estaban haciendo.
Con renuencia, y tras un breve lapso, se restauró la normalidad, y su pequeño altercado fue olvidado mientras todos desaparecían y retomaban su vida cotidiana.
—Tengo una propuesta para ti —dijo Henry, con un brazo rodeando los hombros de Errol mientras con el otro se enlazaba al de Danielle—.
Y quiero que lo pienses antes de decidirte.
Ahora que ya no está Jermaine, vas a necesitar un jefe y un proveedor para mantener contentos a tus clientes.
¿Qué tal si yo soy tu jefe y vienes a trabajar para mí?
Henry lo planteó como una afirmación más que como una pregunta, aunque tuviera la intención de darle tiempo al chico para reflexionar.
Errol abrió la boca, pero Henry lo cortó rápidamente. —Lo que he dicho. Piénsatelo. No te va a pasar nada, te lo prometo. Me aseguro de que todos mis chicos estén bien cuidados. Y tengo contactos distintos a los de Jermaine, así que puedo mantenerte a salvo de cualquier lío. Créeme.
En cuanto llegaron al final de la calle, Henry sintió que sus sentidos —y su estado de alerta— regresaban de golpe.
Pero no por los motivos adecuados. Justo cuando los tres estaban a punto de bajar de la acera al asfalto, dos coches de policía patrulla se detuvieron frente a ellos con un chirrido de frenos.
Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, cuatro agentes uniformados corrieron hacia ellos.
Por instinto, Henry levantó las manos en el aire.
Dos agentes se lanzaron hacia él, le agarraron las manos y se las pusieron a la espalda, mientras los otros dos sujetaban a Errol.
—Le detengo como sospechoso de posesión de un arma ofensiva. No está obligado a decir nada, pero puede perjudicar su defensa si no menciona al ser interrogado algo que posteriormente invoque en el juicio. Todo lo que diga podrá ser utilizado como prueba en su contra.
—¿Cómo? —dijo Henry mientras lo empujaban hacia la parte trasera del coche patrulla más cercano.
Y entonces cayó en la cuenta. Alguien de la multitud —alguno de esos buenos samaritanos— debió de llamar a la policía en cuanto vieron el forcejeo fuera del centro. Quizás incluso habían visto la hoja de Errol. Lo que significaba...
—¡Soltadme! —Los gritos de Errol rasgaron el aire mientras era inmovilizado contra el lateral del coche de policía y detenido. Intentó zafarse a patadas, pero fue inútil. Los policías lo superaban diez a uno.
Mierda.
—¡Eh, chaval! —gritó Henry mientras le obligaban a meter la cabeza bajo el techo del coche—. Recuerda lo que te he dicho. Solo... déjamelo a—
La puerta del coche se cerró de golpe en la cara de Henry. Dio una patada a la parte inferior del asiento delantero. Mierda. Lo que había sido una mañana feliz y agradable se estaba convirtiendo en una pesadilla.