Cruzar la Raya (DC Jake Tanner 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

LA MAÑANA DESPUÉS DE LA NOCHE ANTERIOR

L a vibración le sobresaltó — bzzzz bzzzz bzzzz — mientras el pequeño dispositivo sobre su mesita de noche se sacudía violentamente y se desplazaba por la superficie como si lo transportara un ejército de hormigas.

Henry Matheson se pellizcó el puente de la nariz y se frotó los restos de sueño de los ojos antes de darse la vuelta y responder a la llamada.

No tenía ninguna prisa. Y tampoco le importaba si la persona que llamaba la tenía.

Si era importante, volverían a llamar. Y si era más importante que dejarle tiempo para sobrellevar la resaca que en ese momento le estaba partiendo la cabeza en dos, era que la cosa se había puesto fea de verdad.

—¿Diga? —preguntó, sin mirar la identificación de llamada. Aún podía notar el sabor de la cerveza y del vodka en la parte posterior de la garganta, junto con todo lo demás que se había metido. Hizo una mueca y se lamió los labios.

—Eres un puto idiota —gritó la voz al otro lado de la línea.

—Me han llamado cosas peores. —Sacó las piernas de la cama, hundió los pies en las zapatillas que estaban del revés en el suelo y se dirigió arrastrando los pies hacia el baño. Se rascó los genitales con la mano libre y luego se los sacó por encima de la goma de los calzoncillos.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó la voz.

—Intentar que deje de retumbarme la cabeza —respondió mientras se aliviaba en la taza del váter—. Y tú no me lo estás poniendo nada fácil.

—¿Dónde estabas anoche?

Henry se apartó el teléfono de la oreja y miró la identificación de llamada. Solo había una letra: C. La Cábala. El hombre que seguía siendo esquivo, una sombra, un vigía en la oscuridad, un ser que todo lo veía y todo lo sabía, listo para descargar el mazo sobre cualquiera que intentara estafarlo.

—Estaba en una fiesta. En mi fiesta, con unas cien personas. Haciendo lo que había que hacer.

—Ese es parte del problema, Henry. No había que hacerlo, ¿verdad? Y ahora me has dejado con un problema enorme con forma de gilipollas por solucionar.

Henry gruñó, se sacudió y luego se volvió a meter el pene en los calzoncillos. —La última vez que lo comprobé, eso es lo que se te da bien, y no es problema mío.

—Me resulta muy fácil hacer que sea problema tuyo.

Henry se acercó al lavabo y se miró en el espejo. Tenía los ojos como canicas inyectadas en sangre y las mejillas rojas. Dios, tenía una cara espantosa y le hacía falta un afeitado urgente.

—Sabes —dijo mientras carraspeaba con fuerza y escupía un gargajo en el lavabo—, deberías darme las gracias. Te estoy haciendo un favor.

—¿Ah, sí?

—Ese tal Bic se saltó las reglas. Ha sufrido las consecuencias.

Hubo una pausa, seguida de un breve suspiro. —Ilumíname —dijo La Cábala.

—Jermaine rompió sus promesas. Me pisó el terreno. Incluso tuvo la audacia de buscarse un nuevo socio. Al hacerlo, firmó un pacto con el diablo.

—¿Y tú eres el diablo?

Henry levantó una pierna y se tiró un pedo que resonó en todo el baño. —Soy un ángel para toda su clientela cuando se den cuenta de que él ya no puede suministrarles nada.

—Más vale que así sea, si no... —La Cábala suspiró de nuevo. Vaciló.

Mientras esperaba, la mirada de Henry deambuló por el baño.

Anoche había sido un borrón —una noche de desenfreno alimentada por la bebida—, pero una cosa se le había quedado grabada como una puñalada en el culo: el mensaje de texto notificándole que el trabajo estaba hecho.

De hecho, se habían hecho muchos trabajos, pero a él solo le interesaba uno.

La muerte de Jermaine Gordon. En cuanto a lo demás...

bueno, por el lugar había pruebas de las peripecias de la noche.

Las bolsitas de cocaína y éxtasis medio abiertas dentro de la bañera.

La enorme cantidad de ropa y ropa interior tirada por el suelo.

Incluso le sorprendió comprobar que la Glock 17 envuelta en una bolsa de plástico seguía dentro de la cisterna del váter y no sobre la encimera de la cocina como la última vez.

La noche había sido divertida y por muchas razones diferentes.

Otra fiesta legendaria organizada por otro hombre legendario. Como el Gatsby de Londres...

—¿Cómo van las cifras del mes? —preguntó La Cábala, devolviendo la atención de Henry al presente.

Volvió a colocar la tapa de la cisterna. —Bien. Sólidas. Muy sólidas, de hecho. Pero siempre se puede mejorar. Tengo planeadas unas cuantas reuniones de negocios con los Hellbanianz y con los turcos dentro de unos días, para ver qué condiciones podemos acordar.

La Cábala se burló. —Haces que parezca que eres el puto director general. No olvides cuál es tu lugar, Henry.

Que te jodan.

—Antes de que hagas nada de eso, hay un par de cosas más que necesito que hagas por mí —continuó La Cábala.

Henry puso los ojos en blanco. —¿Acaso no estoy haciendo suficiente? —Caminó lentamente de vuelta hacia la puerta del baño.

—Espera y punto, ¿vale? Es un asunto gordo, algo que creo que te interesará.Estate atento a los mensajes. Te enviaré más detalles.

Henry colgó y se detuvo en medio del marco de la puerta.

Todo pensamiento sobre La Cábala —lo imbécil que era el tío, cómo él era el director del negocio y La Cábala no era más que un inversor— se desvaneció de su mente cuando sus ojos se posaron en la cama de matrimonio.

Envuelta bajo las sábanas de satén rojo y dorado había una mujer, desnuda de cintura para arriba.

Su figura era esbelta, flexible, y el material se ceñía a las curvas de su cuerpo.

La chica se agitó. Una sonrisa iluminó su rostro al reconocerlo. Él le devolvió el gesto. Y luego se miró el bulto en los pantalones.

Si le había parecido que anoche la cosa se desmadró, ¿qué significaría lo que estaba a punto de suceder?