Capítulo 6
BIENVENIDOS AL THE PIT
J ake y el resto del equipo bajaron de sus respectivos coches a cámara lenta, como si estuvieran rodando una película de acción.
Solo les faltaba una explosión de fondo, algunos coches de alta gama, ropa de diseño y quizá unos pájaros sobrevolando la escena, y ya estarían listos.
En lugar de eso, se habían tenido que conformar con el Austin Mini Cooper de Jake, el Volvo de Darryl y el Fiat de Stephanie.
Jake calculó que, de los cinco, el traje más caro era el azul marino de Darryl, y eso solo porque tenía un sueldo que le permitía costeárselo sin problemas.
Jake oteó la zona; los bloques de pisos se alzaban sobre ellos, con la colada colgando de las ventanas.
A lo lejos, vio a un grupo de chavales dándole patadas a un balón contra una pared de ladrillo.
A las once y media de la mañana. En horario escolar.
Un día entre semana. Sacudió la cabeza. Gracias a la reciente austeridad que sufría el país, los índices de delincuencia y de comportamientos antisociales en la ciudad se habían disparado de forma astronómica.
Los niños ya no tenían nada que hacer fuera del horario escolar.
No había actividades extraescolares, ni clubes, ni centros de ocio donde pudieran quedar con sus amigos, aprender un oficio o desarrollar sus habilidades.
En su lugar, los dejaban como patitos de goma flotando en un estanque, a la espera de que alguien los pescara y los enganchara a una vida de crimen.
Era como un veneno, una plaga que se había extendido por toda la urbanización y, en cuanto los jóvenes de allí alcanzaban cierta edad, era casi seguro que acabarían involucrados en ello.
Antes de que les permitieran avanzar más, cada uno se puso un mono de criminalística, con calzas de plástico, dos pares de guantes y una mascarilla.
Una vez listos, entraron por el lado norte, a través de un pequeño paso subterráneo bajo el bloque de pisos.
El olor a orina, alcohol y vómito flotaba en el aire y agredió los sentidos de Jake.
El suelo estaba salpicado de charcos de un fluido indeterminado.
Sin prestar atención a dónde pisaba, metió el pie en uno y el líquido salpicó su mono blanco.
Me cago en la leche . No solo detestaba aquel lugar, sino que además le asustaba.
Solo había estado allí una vez anterior y recordaba vívidamente la sensación de sentirse constantemente observado por alguien, desde algún lugar en las alturas, alguien con la cara pegada a la ventana, escudriñando cada uno de sus movimientos, anotando sus rasgos, por si acaso necesitaban una nueva víctima.
Aquella sensación de inquietud y vulnerabilidad lo ponía nervioso.
Una cinta policial azul y blanca se extendía de un extremo a otro del paso subterráneo para establecer el perímetro de la escena.
Dos agentes uniformados con gorra estaban apostados al otro lado de la línea.
Darryl fue el primero en acercarse. Firmó en el registro de asistencia y luego se agachó para pasar bajo la cinta.
El resto del equipo lo siguió, y Jake dejó pasar a Ashley delante de él.
Antes de agacharse bajo la cinta, echó un último vistazo a su coche estacionado al borde de la carretera.
A pesar del ejército de agentes en las calles y los alrededores, seguía preocupado por los daños que pudiera sufrir.
¿Cuántos tapones de las válvulas quedarían cuando regresara? ¿Cuántas ruedas le habrían quitado?
Al darse cuenta de que no podía hacer nada al respecto, Jake cruzó el umbral de The Pit y se detuvo a observar el entorno.
Los edificios eran más altos de lo que recordaba, más dominantes, más intimidantes, más claustrofóbicos.
Como si viviera en un juego de Lego infantil, rodeado de ladrillos y desorden.
Mientras permanecía allí quieto, contuvo el aliento y escuchó los sonidos del barrio.
Era un microcosmos de vida. Música a todo volumen con unos bajos potentes saliendo de uno de los pisos.
Televisores apoyados en los alféizares de las ventanas difundiendo las palabras de Jeremy Kyle y otros programas matinales.
Lo más peculiar que le llamó la atención fueron las docenas de botellas de plástico de refrescos que ensuciaban el suelo, rodando con el viento. Coke. Pepsi. Fanta. Sprite.
Y entonces Jake comprendió exactamente por qué los habían llamado.
En el centro de la urbanización, a unos treinta metros de él, había una silueta negra, colgando de la única farola de las inmediaciones.
El cuerpo estaba carbonizado, abrasado en tonos negros y blancos.
Al principio, Jake pensó que era un maniquí que habían colgado allí para asustar a los transeúntes, pero cuanto más lo estudiaba, más se daba cuenta de que era algo mucho más siniestro.
—¡Ah, Darryl, ya estás aquí! —exclamó una voz.
Venía del pequeño ejército de especialistas de la policía científica que estaban montando una carpa sobre el cadáver.
El clima era la peor amenaza posible para la preservación de pruebas, y cualquier medida que pudiera tomarse para protegerlas debía usarse y se usaría, independientemente de la previsión meteorológica.
Según la experiencia de Jake, el tiempo era más impredecible que los criminales a los que intentaba atrapar.
Reoció la voz; pertenecía a Poojah Singh, la patóloga forense que solían asignar al equipo.
Era de estatura menuda, pero no así su personalidad y su empuje.
Conocida por ser tenaz y meticulosa en sus obligaciones, era una trabajadora incansable y muy estricta con las normas, aunque a menudo también se decía que tenía un sentido del humor único, algo que Jake nunca había presenciado.
Y a pesar de haber trabajado con ella en varias investigaciones, seguía sin saber exactamente qué aspecto tenía.
Solo la había visto vestida con su mono blanco de forense, parecida a un fantasma que se movía con rapidez por el lugar.
—Buenos días —dijo Darryl, deteniéndose tras la cinta roja y blanca que marcaba el cordón interno instalado alrededor del cuerpo—. ¿A qué nos enfrentamos?
Poojah vaciló y se volvió hacia la víctima. —A mí me parece que una barbacoa o algo parecido ha salido terriblemente mal. ¿Crees que estaban cocinando ternera o cerdo?
Y ahí estaba. El humor del que tanto había oído hablar.
—¿Tenemos una identificación de la víctima? —preguntó Darryl, levantando la vista hacia el cadáver.
Poojah sacudió la cabeza. —No tenemos gran cosa por ahora. Por lo que he podido averiguar, se trata de un varón IC3, de veintitantos años, quizá treinta y pocos.
—¿Cómo sabes que la víctima es un hombre?
El rostro de Poojah se contrajo y miró al resto, sin saber si la pregunta era sincera o no. —Estudiaste biología en el colegio, ¿verdad?
—Sí.
Ella señaló el pene carbonizado de la víctima; parecía una salchicha que hubiera estado demasiado tiempo en el horno. —Pues ahí tienes la respuesta. Pero aparte de eso, nada. Todo lo demás ha quedado diezmado. No queda mucha piel, tejido o pelo para darnos un resultado de ADN concluyente.
—¿Y la ropa? —preguntó Darryl—. ¿Llevaba algo puesto antes de morir quemado?
—Hay fragmentos de tejido pegados al torso y a la parte superior del cuerpo de la víctima, pero gran parte pereció en las llamas.
En cuanto a la ropa de la mitad inferior...
bueno, o bien fue incinerada o se la robaron antes de que empezara a sufrir.
Los servicios de bomberos ya han encontrado posibles restos de un acelerante.
Sospechan que es gasolina, y hay marcas de salpicaduras por todo el hormigón.
Así que es probable que haya estado ardiendo durante algún tiempo.
Si tuviera que mojarme, diría que lleva aquí desde las primeras horas de la mañana.
Quiero decir, este lugar está degradado, pero no tanto .
Dudo que quemaran a alguien vivo a plena luz del día, ¿no crees?
—¿Vivo? —preguntó Ashley, con la sorpresa reflejada en su voz aguda.
—Una cara desconocida —comentó Poojah—. ¿Quién eres?
—La bca. Ashley Rivers. Primer día. —Ashley le tendió la mano, pero Poojah no se la dio, alegando el riesgo de contaminación cruzada—. Encantada de conocerte.
—Igualmente. Pero no hace falta lo de «señora». Aún no soy digna de ese estatus. Espero que te quedes con nosotros mucho tiempo.
Poojah lanzó a Jake una mirada insípida.
—Esa es mi intención —respondió Ashley.
—Volviendo a tu pregunta anterior, bca. Rivers, a nuestro John Doe lo quemaron vivo.
No hay indicios que sugieran que fuera agredido físicamente o mutilado antes de ser rociado con el acelerante.
Al menos, no lo sabré hasta que lo tenga en la mesa.
E incluso entonces, podríamos descubrir que le vertieron gasolina por la garganta y lo quemaron de dentro hacia fuera.
—Madre mía —susurró Brendan, apenas audible—. Siempre he dicho que prefiero pasar frío a pasar calor.
—¿Qué? —soltó Darryl.
Todos miraron a Brendan.
—Ya sabéis, cuando alguien te pregunta si prefieres tener mucho calor o mucho frío. Siempre puedes añadir capas de ropa si tienes frío, pero no puedes quitarte gran cosa si tienes calor. Una vez que estás desnudo, se acabó.
—Creo que no deberías decir nada más. A menos que sea útil.
—Sí, jefe. Perdón, jefe. —Las mejillas de Brendan se encendieron y miró a su alrededor con timidez antes de dar rápidamente un paso atrás, alejándose del centro de la conversación.
Darryl volvió a centrar su atención en Poojah. —¿Sabemos quién lo ha encontrado así?
Poojah señaló a dos agentes uniformados que hablaban con una mujer de unos treinta años en la cancha de baloncesto.
Iba vestida con un top negro y una falda con un estampado en blanco y negro.
Llevaba el pelo recogido y el rostro parecía muy maquillado.
—Creo que le están tomando declaración como testigo ahora mismo.