Capítulo 4
PROMESA
E l patio bullía de vida. Los niños gritaban y chillaban alborotados mientras se perseguían alrededor de los bancos y entre las papeleras al final del edificio.
Un balón volaba de un lado a otro mientras el grupo de los guais jugaba un partido de fútbol.
El resto del patio estaba plagado de pequeños corrillos, las castas sociales que los acompañarían desde primero de la ESO hasta la graduación; comían sus aperitivos, hablaban, tonteaban, reían, fingían llevarse bien y aprovechaban al máximo los quince minutos que tenían antes de quedar confinados en las aulas para dar aburridas lecciones sobre la Segunda Guerra Mundial y el álgebra.
Trescientos chavales por curso. Cinco cursos.
Eso sumaba casi mil quinientos niños. Y todos ellos parecían felices de estar allí.
Todos excepto Lewis. Él no tenía tiempo para eso.
Todo era un numerito, un timo, una excusa para impedirle aprender cómo funcionaba el mundo real.
No le gustaba ninguna de las personas de su instituto, salvo una.
Y esa era la única persona que necesitaba que le gustara.
No necesitaba quince amigos superficiales que le clavarían un puñal por la espalda a la mínima oportunidad.
No, necesitaba un amigo íntimo, en quien pudiera confiar incondicionalmente. Alguien que lo respetara.
Él y Reece Enfield se habían criado juntos en la urbanización y eran inseparables.
Ambos habían visto cosas con las que ninguno de los otros niños podía siquiera soñar.
Sus experiencias habían acelerado el proceso de unión y compartían los secretos del otro.
Los «BFF» —mejores amigos para siempre—, como los llamaban algunas de las chicas en clase de ciencias.
—Oye, tío —dijo Reece. Estaban sentados en unos escalones que daban al vestíbulo principal del instituto. A su lado había una rampa con una barandilla para el acceso de discapacitados—. ¿Quieres pirarte de aquí?
—¿Adónde?
—¿A lo de siempre?
—Sí. Tranqui. Vamos.
Lewis se levantó de su escalón y echó a andar por el patio hacia el campo de deportes, que estaba fuera de los límites permitidos durante el recreo y el almuerzo.
Dos porterías de fútbol se alzaban sobre la hierba empapada de rocío y, más allá, había unos postes de rugby.
A la izquierda del campo, recorriendo el perímetro del instituto, había una hilera de árboles.
Su refugio habitual. A veces se saltaban las clases para venir a sentarse allí y hablar.
A veces se quedaban mirando los coches pasar.
Otras veces se limitaban a dar voces y gritar para asustar a los transeúntes.
Se abrieron paso entre el follaje y encontraron sus sitios de siempre. Lewis trepó a más altura que Reece y apoyó los pies en una rama para sostenerse. Estiró la espalda y bostezó.
—Brother, estoy muerto —dijo.
—Igual yo, tronco.
—Casi no me levanto esta mañana.
—Lo mismo digo —dijo Reece.
—Rykard ha dicho que tenía que venir, ¿sabes?
—Mi madre también ha dicho que tenía que venir.
Lewis se rió y le dio un palmetazo juguetón a Reece en la coronilla. —Aún haciendo caso a lo que dice mamá. Dios te bendiga, hermano.
—Al menos yo aún tengo madre —dijo Reece, levantándole el dedo corazón.
No era un insulto nuevo, pero no por ello dolía menos.
Y Lewis sabía por experiencia que Reece solo lo decía cuando estaba molesto por algo.
O de mal humor. Continuó: —¿Qué te hace tan especial, de todas formas?
¿Por qué a Rykard le importa un bledo que vengas aquí? Este sitio es una pérdida de tiempo.
—Me lo ha dicho anoche, tío.
—¿Qué pasó anoche? —preguntó Reece. No consiguió ocultar la curiosidad flagrante en su voz—. Se suponía que ibas a conectarte. Unos extranjeros me han dado pal pelo en el Search and Destroy. Me habría venido bien tu ayuda.
Lewis tragó saliva antes de continuar. Sentía que el orgullo le subía por el cuerpo. —¿Has visto lo que le ha pasado a Jermaine?
—Claro que sí. Todo el barrio lo sabe, ¿pero eso qué tiene que ver con...? —Reece vaciló, observando a Lewis—. ¿ Tú estabas allí?
—Sí, tío. Estaba pasando material, ¿no? Entonces Des, Jay y Ry me han mandado un mensaje para que estuviera al loro para cuando bajaran. Cuando han vuelto, The Pit ya estaba muerto. Todo lo que he tenido que hacer ha sido vigilar, asegurar que no pasaba nada.
Los ojos de Reece se iluminaron con fervor. Ahora Lewis sabía cómo debían de sentirse todos los veteranos cada día, con los chavales del barrio admirándolos del mismo modo que Reece lo estaba haciendo ahora.
—Tío, ¿me vacilas? Qué envidia. Ojalá lo hubiera visto.
Lewis se encogió de hombros y se giró de modo que sus piernas colgaban a un lado de la rama. —¿Quieres ver la movida?
—¿Tú qué crees?
Lewis sacó el móvil del bolsillo. —Pero júrame que no vas a decir nada, tío. Si los profes encuentran esto, estoy muerto.
—Pasa de los pringados, tronco; por los que te tienes que preocupar es por los maderos.
Reece se puso de pie en su rama, se estabilizó con el brazo y se apoyó contra la corteza. Entonces Lewis desbloqueó el teléfono, abrió la galería y mostró el vídeo.
—No te asustes, chaval.
—Vete a la mierda —respondió Reece, hincándole el codo en las costillas.
Riendo a pesar del dolor en el costado, Lewis reprodujo el vídeo. Subió el volumen al máximo y, durante los siguientes cinco minutos, vieron cómo Rykard golpeaba y apaleaba a Jermaine Gordon con la hebilla de un cinturón, lo rociaba con gasolina y le prendía fuego.
—Joder, tío —dijo Reece unos instantes después de que terminara la grabación—. Eso es una salvajada.
—Heavy, ¿a que sí? Supongo que los maderos ya andarán por allí.
—¿Crees que por eso Rykard te ha dicho que vinieras al insti?
Lewis se encogió de hombros. —Puede.
—¿Crees que la madera descubrirá que habéis sido vosotros?
Lewis negó con la cabeza. —Qué va. Los cerdos no se quedan mucho tiempo por aquí. En cuanto hayan levantado el cadáver, se olvidarán del tema. Lo mismo pasó con Kaleed hace unos años, ¿te acuerdas?
—Sí, tío, me acuerdo.
No, no se acordaba. Estaba mintiendo. Lewis se dio cuenta en seguida.
Lo que más odiaba Lewis de Reece, aparte de las bromas sobre la madre que lo había abandonado, era que su mejor amigo era un mentiroso redomado, un lameculos, un pelota que le reía las gracias a él y a todos los demás de la E11 para poder meterse en el ajo y ganarse algo de reconocimiento.
Se hizo un momento de silencio mientras ambos veían pasar los coches.
—¿Crees que tendremos más negocio ahora? —preguntó Reece al cabo de un rato.
—¿Tú y yo?
—Sí.
—Eso espero, primo. Quiero seguir pasando comida, tío. Cuanta más comida consigamos, más pasta podremos ganar, y ahora que Jermaine se ha quitado de en medio, todos los clientes vendrán a nosotros.
—¿Pero qué pasa con ese tal Frank Graham? El que Jermaine delató. ¿Va a ser un problema?
Lewis se encogió de hombros con indiferencia. —Habrá que ver qué hace. Estoy seguro de que Henry lo tendrá comiendo de su mano pronto.
—Ya —dijo Reece. Abrió la boca como si fuera a decir algo más, pero no lo hizo.
A lo lejos sonó el timbre del instituto, convocando a los alumnos de vuelta a sus clases. Lewis giró la cabeza hacia el edificio. Poco a poco, como una marea que se retira, los corrillos y grupos de personas que habían estado jugando momentos antes regresaron.
—¿Nos vamos? —preguntó Reece.
—No —respondió Lewis—. A la mierda eso. Paso. Nadie se dará cuenta de que falto.
Reece gruñó, metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete de cigarrillos. Mayfair. Los mismos que Lewis le había descubierto. Abrió el paquete y se lo ofreció a Lewis. —¿Quieres? Es el último.
—Venga, dale.
Lewis cogió el cigarrillo y Reece, sacando un mechero de su otro bolsillo, lo encendió.
Mientras inhalaba el dulce sabor del Mayfair, preguntó: —¿Qué más tienes en esos bolsillos?
Antes de responder, Reece le quitó el cigarro a Lewis, le dio un par de caladas y retuvo el humo en los pulmones un rato. Ambos llevaban fumando varios años —Lewis había olvidado la edad exacta a la que empezaron— y ahora ambos se habían vuelto inmunes a sus efectos ásperos en los pulmones.
—¿Prometes que no vas a decir nada? —replicó Reece.
—Claro.
Reece metió la mano en el bolsillo trasero de sus pantalones del uniforme y sacó algo. Era tan pequeño que su mano lo ocultaba por completo.
—¿Qué es? —preguntó Lewis.
Sin decir nada, Reece abrió la mano, revelando una navaja automática. Era pequeña y compacta, del mismo tamaño que un rotulador fluorescente. Reece desplegó la hoja con un clic y la sostuvo en el aire. La luz se reflejaba en el filo perfecto de la hoja, subrayando su peligrosidad.
—¿Para qué coño traes eso al instituto?
Reece se encogió de hombros. —Por si acaso, ¿sabes? Jamal ha dicho que debería ir siempre armado. Nunca se sabe cuándo uno de tus compradores puede intentar algo. O cuando uno de los chicos de East Mandela puede intentar asaltarnos. Ya nos conocen las caras, ¿sabes?
—Ya, ya —dijo Lewis, asintiendo—. Creo que tienes razón, tío. Pero oye, antes de que se me olvide: mi ropa va a apestar después de esto. ¿Tu madre me puede lavar todavía el uniforme antes de que vuelva a casa con mi padre esta noche?