Capítulo 1 #3
—Pronto dirán lo mismo del tuyo. Y de ti. Sabemos lo que has estado haciendo, sabemos que has roto los términos de nuestro acuerdo. Así que, ¿por qué no nos das el nombre de tu nuevo socio?, y entonces podremos olvidar que nada de esto ha pasado.
Jermaine no dijo nada.
Rykard se llevó la mano a su propia cintura y se desabrochó el cinturón. El cuero colgaba en sus manos, balanceándose cuando otra ráfaga de viento atravesó El Foso, esta vez cargada con el olor del miedo.
Rykard empezó a girar la hebilla del cinturón como si fuera un lazo.
Antes de que Jermaine pudiera responder, le cruzó la cara con él.
El rehén gritó de dolor. Pero Rykard lo ignoró.
Volvió a golpear. Y otra vez. Y otra. Cada vez aumentaba la velocidad y la ferocidad de sus golpes.
Cada vez aterrizaba en una parte distinta del cuerpo de Jermaine.
Y, como despedida final, se aseguró de que el último golpe cayera justo donde más le dolería: en sus partes nobles.
—¡Para! ¡Para! ¡Para!
—No sirve de nada llorar, tío. Aquí no va a venir nadie a salvarte.
Nosotros mandamos aquí. En este país hace mucho tiempo que no hay un ahorcamiento público o tortura.
Tú podrías ser el afortunado que cambie eso.
—Dio un paso adelante—. ¿A quién has reclutado?
¿Quién está cortando nuestra mercancía y sustituyéndola por veneno?
Jermaine no dijo nada.
Rykard suspiró, bajando la mirada al suelo. Parecía que se estaba preparando para lanzar otro ataque, como un futbolista profesional concentrándose antes de un derbi importante. Pero la realidad era distinta.
En lugar de volver a descargar el cinturón sobre Jermaine, Rykard metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un cuchillo.
Sostuvo la hoja de quince centímetros contra la ingle de Jermaine.
Prestando poca atención a las protestas del hombre, Rykard desabrochó los botones de los vaqueros de Jermaine y lo desnudó lentamente, aumentando gradualmente su humillación.
—¿Q-Q-Qué estás... qué estás haciendo?
—¿Cómo se llama?
Jermaine balbuceó de forma incoherente. Enseguida Rykard hundió el cuchillo más profundamente en su ingle, enterrando la hoja en la parte interna del muslo hasta que un hilo de sangre empezó a bajarle por la pierna.
Ambos hombres se miraron fijamente. Sin decir nada, Rykard hizo otra señal y Jamal entró en acción, rociando a Jermaine con el líquido.
De repente, un nuevo olor se extendió por la urbanización. El olor a gasolina.
—¡Por favor! ¡No! ¡Por favor! —suplicó Jermaine mientras intentaba apartar el líquido de su cuerpo a patadas—. ¡Esto no, por favor... esto no!
—¿Cómo se llama? —bramó Rykard, alejándose un paso de las salpicaduras.
—Frank Graham. ¡Frank Graham! Dirige la Skull Massive. En Dunsfield Estate. Acaba de empezar. No sabe lo que hace. Pero tiene buenas ideas. Buenas perspectivas.
Un manto de silencio descendió sobre El Foso, a excepción del sonido rasposo de la respiración pesada y exagerada de Jermaine.
—¿Sigues grabando, Lew? —preguntó Rykard volviéndose, mirando a Jermaine a los ojos.
—S-Sí —tartamudeó Lewis, comprobando la pantalla para asegurarse de que el vídeo seguía capturándose.
—Buen chico. Mira esto.
Rykard se volvió hacia Jermaine y blandió la hoja ensangrentada bajo su barbilla.
—Tenemos un término especial para la gente como tú, Jermaine.
¿Sabes cuál es? Hierba. Alguien que no sabe mantener la boca cerrada.
Estoy decepcionado; esperaba más de ti. Un poco más de lucha.
Que me insultaras. Que amenazaras con enviarme a algunos de tus chicos.
Pero no lo has hecho. A mis ojos, eso te convierte en un moñas.
Pero ser un chivato es peor. Significa que no se puede confiar en ti.
No sabemos qué otros secretitos podrían salir a la luz si te arrestaran o te interrogara la policía, ¿verdad?
No nos gustan los chivatos. Así que hay que deshacerse de ellos.
¿Y cuál es la mejor forma de deshacerse de la mala hierba?
—Qué—
Antes de que Jermaine tuviera oportunidad de responder, Rykard sacó un encendedor Zippo de su bolsillo, hizo saltar la piedra y acercó la llama a la pierna de Jermaine.
En un instante, todo su cuerpo fue consumido por una bola de color naranja puro.
Las llamas rugieron y lamieron el cielo, ardiendo con un tamaño y una altura que doblaban la de la farola.
Unos gritos desgarradores atravesaron el aire y rebotaron en las paredes de los edificios.
Era la primera vez que Lewis oía a un hombre alcanzar tal agudeza.
Siguió apuntando con la cámara a los restos en llamas, más por la parálisis del shock por lo que estaba viendo que por otra cosa.
No tardó en flotar en el ambiente el olor a piel, carne y pelo quemados. Al subirle por las fosas nasales, Lewis sintió náuseas y perdió el enfoque de la cámara.
—¡Vamos! —exclamó Deshawn, tirando del brazo de Rykard—. Salgamos de aquí.
—No —dijo él, con voz firme y calmada—. Nadie se mueve de aquí hasta que yo lo diga. Quiero verlo arder.