Cruzanoches Capítulo cuarenta y dos #3
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Capítulo cuarenta y dos #3

»Los rumores de tu heroísmo se propagaron como un incendio por los círculos de la Orden.

El rey está teniendo problemas para contener la rebelión de los humanos esclavos de Enigma, por lo que decidió nombrarte miembro honorario del ejército real.

Y ahora me ha mandado a rescatarte para que puedas regresar a Enigma, donde te investirá como caballera.

—¿Me va a investir como caballera? —repito con un gritito de sorpresa.

Will inclina la cabeza.

—El rey cree que el hecho de darte un puesto en la corte satisfará a los humanos el tiempo suficiente para que él recupere el control de la situación —contesta frunciendo el ceño—. Pretende convertirte en un ejemplo a seguir, una pirata reformada que lucha en el bando de los cruzanoches de Enigma.

—¿Pero…? —indago mirándolo con atención.

—Pero… —dice Will lentamente. La máscara de severidad militar encubre de nuevo todas las emociones de su semblante—. Regresaré a casa con las manos vacías.

El capitán Sombra da un paso hacia él y cruza los brazos.

—Eso no es lo que acordamos —comenta.

—No cederé en esto —replica Will sin apartar la vista de mí, con esos ojos verdes fijos en mi rostro—. Quiero que Aster esté a salvo.

Sombra profiere un resoplido.

—¡No estará a salvo en ninguna parte, amigo mío! No mientras Morana siga…

—He dicho que no cederé en esto —bufa Will entre dientes, encarando al otro joven—. No pienso permitir que Aster se involucre más.

El capitán Sombra lo contempla con ojos entornados, pero luego se gira hacia mí de golpe y suelta:

—Morana ha poseído a la princesa de Barbarie. Ahogo un grito.

Ya sospechaba que Morana había subido al Brindasuerte en algún punto de Barbarie, pero no que fuera…

—¿La princesa?

Will mira al techo, como si estuviera pidiéndole paciencia a las Estrellas. Se pasa las manos por el rostro y dice:

—No tienes ninguna prueba de ello.

—Ya, pero ella podrá confirmarlo. —El capitán me repasa de arriba abajo. Después se vuelve hacia Will otra vez—. Si tengo razón, quizá estemos a tiempo de encontrar una cura.

—¿Qué cura? —pregunto trasladando la mirada de Sombra a Will.

—Olvídalo —masculla Will observando al capitán con expresión homicida.

Sombra se apoya en el borde del escritorio como si nada y empieza a juguetear con un catalejo.

—La reina sylke es la única secuaz capaz de romper la maldición transmitida por los cambiantes. Si lográramos capturarla de alguna manera y la obligáramos a sacarte el veneno…

—Si estás en lo cierto, la princesa acabaría muerta —lo interrumpe Will—. Solo conseguirías que estalle una guerra entre Barbarie y Enigma.

—Y también salvaros la vida a vosotros dos —rebate el capitán. Esa voz amortiguada y melodiosa me resulta extrañamente familiar, hasta tal punto que se me acelera el corazón.

Es evidente que Will y él tienen una relación más cercana de lo que yo esperaba, pero…

¿por qué iba a importarle lo que pueda sucederme a mí?

«No significo nada para él», me recuerdo.

Quitando lo valiosa que soy para la Orden, a ojos de Sombra no soy más que la chica a la que rescató del Aullido.

Y, por alguna razón, pensar en ello hace que me duela el pecho.

—Aster puede ver a los sylkes —insiste el capitán—. Si tu maldición te permitiera comprobar que la reina de los secuaces ha poseído a la princesa de Barbarie, no estaríamos manteniendo esta conversación.

—¿Tu… maldición? —repito mirando a Will a los ojos.

El aparta la vista y traga saliva.

—Ya te dije que las maldiciones no son nuevas para mí.

—Se está muriendo —revela Sombra con los ojos entornados, inspeccionando a fondo el catalejo.

¿Cómo?

No puede ser. A Will se le ve estupendo. Es imposible que… que se esté muriendo.

El capitán se saca el medallón de bronce del bolsillo de la camisa y sujeta el colgante entre dos dedos enguantados. Supongo que me lo ha robado otra vez cuando he caído en sus brazos. ¡Menudo bastardo!

Sin embargo, lo que hace a continuación es ofrecérmelo.

Cuando me despertaba de los terrores nocturnos, aferrar ese medallón era lo único que me tranquilizaba, pues me recordaba que la pesadilla había terminado, que estaba a salvo.

Pero la auténtica pesadilla no ha hecho más que comenzar, y no creo que pueda despertarme de ella.

—Este distintivo vale más que una flota entera de barcos —dice—.

Si aceptas ayudarme a destapar la verdad sobre la princesa, puedes quedártelo.

Y si tengo razón, cuando logremos capturar a Morana y la forcemos a adoptar su forma corpórea, te curarás.

Podrás seguir con tu vida, libre de hacer todo cuanto desee ese corazoncito tuyo.

O… —canturrea; esa voz amortiguada continúa avivando algo en mi interior— también puedes rechazar acompañar a Will al Castillo Sombrío, donde reside la princesa, y perder tu única oportunidad de encontrar la isla Roja.

—Me estudia con esos ojos azules—. Tú eliges.

El corazón me da un vuelco.

—¿La isla Roja?

Siempre ha sido nuestro sueño, mío y de Owen. Ahora sé que existe de verdad, que es posible llegar hasta ella, pero no significará nada si voy sola.

El capitán asiente y me contempla con expresión macabra.

—Este medallón perteneció a la heredera de Hildegarda. Si los líderes actuales se enteraran de que está en tus manos… imagino que te ofrecerían una escolta real, vaya.

La cadena se le resbala mínimamente, lo justo para que el colgante oscile de un lado a otro como un péndulo.

La última vez que el capitán Sombra me tendió la mano, lo que prometía era un refugio; ahora me está ofreciendo algo mucho más importante.

Y lo que me depara no es un lugar seguro, sino más experiencias peligrosas y trepidantes.

Pero también es lo que he deseado desde siempre.

Si accedo a colaborar con Sombra, podría conseguir todo cuanto quiero: venganza, justicia, libertad.

Y dinero.

Le echo un vistazo a Will, pero se niega a mirarme. Él me mintió. Me besó. Lloró por mí. Y se está muriendo, igual que yo.

Si ayudo al capitán, podríamos encontrar una cura para él y para mí. Y si atrapamos a la reina sylke , quizá consigamos también que libere a Owen de su influencia. Quizá no esté perdido del todo.

—De acuerdo —convengo, y hago el amago de agarrar el medallón.

Sin embargo, Sombra aleja la mano y vuelve a guardárselo en el bolsillo de la camisa.

Imagino que ahora mismo estará tan sonriente como su máscara, pero, a pesar de que he aceptado cooperar con sus peticiones, el azul de sus ojos me transmite cierta tristeza.

Es como si también estuviera recordando el momento en que me pidió huir con él y dejarlo todo atrás.

En aquel entonces no dudé en saltar de la plataforma de la horca, y esta situación me hace sentir más o menos igual.

—Llegaremos a un puerto de la costa Despiadada a mediodía —anuncia Sombra.

Rodea el escritorio y se detiene ante las ventanas abiertas, de espaldas a nosotros.

La brisa agita las excepcionales plumas de fénix que coronan su sombrero—.

Ya está todo organizado para que alguien nos lleve al Castillo Sombrío, donde el rey espera recibirte cuanto antes.

—¿«Nos» lleve? —repito mirando a Will, que contempla la cabeza del capitán como si pudiera hacerla estallar solo con pensarlo—. ¿Qué se le ha perdido a alguien como tú en el Castillo Sombrío?

—Resulta que la princesa de Barbarie, esa poseída por una reina secuaz que desea vernos arder en las profundidades de Kaos…

—El capitán se quita la máscara de color escarlata, todavía de espaldas a mí.

Contengo la respiración hasta que se gira en redondo y mis ojos se cruzan con linos iris azules como el océano, unos iris que pertenecen a una persona con la que bailé hace solo una semana, una persona a la que he odiado toda la vida.

Tito, príncipe de Enigma, esboza una sonrisa torcida y me hace una reverencia petulante—. Es mi prometida.