Capítulo cuarenta y dos #2
—Cuando acudí a ti la noche en que creí divisar al cambiante en la habitación de Albert y Elsie… —Las lágrimas me entrecortan la voz— ¡me lo podrías haber contado todo!
Will desvía la vista bruscamente y tensa la mandíbula.
—Me dio miedo, porque estabas decidida a correr tanto riesgo como hiciera falta.
—Traga saliva—. Cuando un cambiante muerde a un cruzanoches, no nos transformamos de inmediato, como le ocurriría a un humano.
El proceso resulta en una muerte lenta y dolorosa.
Te pudre desde dentro. Creí que… —Se detiene a observar con expresión lúgubre los mapas que recubren el escritorio de Sombra—.
Creí que si te lo contaba, te unirías al Gremio por voluntad propia.
No puedo evitar mirar al propio capitán Sombra, cuya postura no me desvela nada. Sin embargo, los huecos de la máscara me permiten verle los ojos, atormentados de una manera que no comprendo; no los aparta de mí ni un segundo.
—¿Qué me dices de Owen? —consigo susurrar—. ¿Eras consciente de que mi hermano estaba vivo?
Will frunce los labios.
—Lo intuía, por muy descabellado que sonara.
—¿Y de verdad pensaste que querría ser como él, que me dejaría apuñalar y me convertiría en cambiante sin más? —replico con voz temblorosa.
—No tenía forma de saber lo que harías —dice entre dientes—. No podía arriesgarme a…
—¿A qué no podías arriesgarte? —estallo, rota—. ¿A perder a tu valiosa mestiza?
—¡A perderte a ti, Aster! —grita él con la misma fuerza, temblando.
Empieza a acercar la mano, pero se detiene a medio camino y cierra el puño.
Nuestras miradas se cruzan y, en ese instante, sus ojos me transmiten todas las palabras que no hemos podido pronunciar y quizá nunca lleguemos a decir—.
Mereces ser la que decida por qué causa quieres sacrificarte.
Las lágrimas me surcan las mejillas, y el peso de la pena amenaza con aplastarme por completo.
—Sé que debería habértelo contado todo —prosigue con el rostro colorado, como las rosas de las que tanto cuidaba—. Pero tenía miedo de darte a elegir, por si…
—¿Por si no te elegía a ti? —Entorno los ojos—. ¿Y por qué cambiaste de opinión?
Will agacha la cabeza y se mira las botas con el rostro compungido.
—Henry me contó que te habías unido a la Orden.
Tomaste la decisión antes de que yo pudiera invitarte a unirte.
—Aprieta los dientes—. Si alguien hubiera descubierto tus habilidades, aunque fuera un miembro de la Orden, tu vida habría corrido peligro.
—Ahora sí me contempla con intensidad, estudiándome como ha hecho siempre—.
Te escribí… Te expliqué todo lo que sabía.
Y vinculé la carta con tu sangre para que solo pudieras leerla tú.
La carta… Henry intentó dármela, pero estaba tan cabreada con Will por marcharse que me negué a abrirla. Soy una auténtica estúpida.
—¿Cómo hiciste para vincular algo con mi sangre? —pregunto, escéptica—. Mandaste la carta desde la otra punta del océano.
—¿Recuerdas la noche en que te pinchaste el dedo en el invernadero? Me manchaste el pañuelo de sangre —responde con una expresión que roza la compasión.
Echo la vista atrás y confirmo mentalmente que usó el pañuelo para limpiarme aquella heridita. Aunque la idea de que haya usado mi sangre para un hechizo me revuelve el estómago, he de reconocer que fue una idea inteligente para evitar que la información cayera en las manos equivocadas.
Me observa atentamente y luego suelta un suspiro que disipa toda la tensión de su semblante.
—Cuando nos cruzamos en el baile… entendí que no la habías leído —prosigue.
Es como si se hubiera cambiado la máscara de noble inquietante por la del señorito encantador al que conocí mejor tras llegar a la mansión Bludgrave—.
De lo contrario, habrías sabido que tenías acceso a los tres tipos de magia, la de los cruzanoches, la de los humanos y la de los secuaces, algo que podría cambiar el rumbo de la guerra a favor de la resistencia humana.
Y, por lo tanto, habrías comprendido lo importante que eras para la Orden y no habrías permitido que el Gremio de las Sombras te transformara.
Paso la mirada de Will al capitán Sombra, atenazada por el peso de esas palabras, y trago saliva en un intento de deshacer el nudo de la garganta.
—¿De qué hablas?
El brillo de la diversión inunda los ojos verdes de Will, que también esboza una sonrisilla lenta.
Al ver la expresión resultante, me percato de algo que debería haber entendido desde nuestro primer encuentro en aquella plaza, cuando la multitud se achantó de aquella manera ante la presencia del chico.
Y eso sin contar al soldado que temía enfadar a su joven maestro en el tren, o lo rápido que cedió Percy al poder de Will.
Como diría mi madre, no hay mejor fachada que la bondad. Y, entre los monstruos que gobiernan este mundo, Will es el que más bondad me ha mostrado. Nunca tuvo intención de mantenerme alejada de las intrigas, sino que pretendía echarme a los leones desde el principio.
No: en cuanto me conoció, supo que yo no era una chica normal y corriente como me habían hecho creer. Porque soy algo más que una pirata, algo más que el veneno de mis venas, algo más que una cribasangres.
Soy el león al que Will planeaba echarle el mundo entero.
—Eres más poderosa de lo que jamás imaginamos, Aster Oberon.
Esas palabras me sientan como una patada en la barriga.
—Me utilizaste —digo mientras me arrimo al escritorio, donde brillan los relucientes cuarzos de mis dagas, bañadas por los polvorientos haces de luz—. Sabías que una sylke se os había colado a bordo en Barbarie, y querías aprovecharte de mi maldición para localizarla.
Will aprieta los labios y me dedica una mirada exasperada.
—Esa era mi intención, sí —grazna. Nunca había oído ese tono ronco y turbio que le impregna la voz durante un instante.
Se aclara la garganta y sigue hablando con la voz suave de siempre—: Pero, cuando recogí las pulseras sin tener una razón real para hacerlo, me di cuenta de que me habían hipnotizado.
Comprendí de inmediato que el Gremio estaba interesado en ti.
Me viene a la cabeza el sylke que poseyó a Trudy, que me habló de la reina Morana y el interés que sentía por mí.
Owen lo confirmó esa misma noche, cuando comentó que la reina llevaba mucho tiempo buscándome.
También mencionó a una sylke que había poseído a alguien en el Brindasuerte y había estado en contacto con el sylke de Mary Cross.
¿Es posible que… la propia Morana se atreviera a poseer a un cruzanoches en el barco del mismísimo príncipe?
—Lo mejor que se me ocurrió para mantenerte a salvo fue llevarte a la mansión Bludgrave —continúa Will, lo que me saca de mis pensamientos—.
Se suponía que el Gremio no podría llegar a ti mientras estuvieras allí.
—Baja la mirada a la pulsera de mi muñeca y estudia el cuero trenzado—. Pero pequé de ingenuo.
—¿Solo de ingenuo? —le espeto antes de agarrar una de las dagas—.
¡Todo lo que ha ocurrido es culpa tuya! —exclamo señalándolo con la punta del arma—.
La gente a la que mataste mientras buscabas el Aullido tenía una hija, que estaba poseída por un sylke .
Y mi familia la rescató y la acogió en nuestro barco.
Fue por ella que el Gremio me encontró y nos atacó.
—¡Se estaban comiendo a sus propios hijos!
—grita Will enseñando los dientes. La serenidad de su semblante flaquea todavía más y deja entrever el frenesí que se esconde en el fondo de esos ojos—.
Cuando me topé con su barco, solo quedaban cuatro adultos.
Saqué a Mary de una jaula, Aster. ¡De una jaula!
Y después hice que esos monstruos pagaran por semejante atrocidad.
O sea, que Mary Cross nació y creció en una familia de monstruos, para luego convertirse en uno diferente y morir. No puedo evitar preguntarme si yo también seré un monstruo más para cuando todo esto acabe.
Will respira agitadamente mientras me contempla con esos ojos verdes e inquisitivos, desesperado por encontrar lo que esté buscando.
—No puedo cambiar el pasado, pero tampoco me arrepiento de mis acciones.
Solo siento que te causaran tanto dolor.
—Se le ensombrece el rostro y frunce el ceño como un niño, llevando la mirada de la daga que sujeto a mí.
Nunca me había transmitido un agotamiento tan humano—.
Acepté viajar a Barbarie con el príncipe porque notaba que tu pulsera estaba encantada y quería comprobar si tenía alguna relación con tu habilidad para ver a los sylkes .
—Suspira hondo y se frota la barbilla—. Tito conocía a un hechicero de Barbarie.
El anciano reconoció el estilo de las pulseras y me derivó a una vieja amiga suya, una hechicera de la costa.
Ella confesó que los distintivos eran obra suya y me explicó lo que te hizo, así como el encantamiento que te puso en el corazón.
Como eras una cribasangres, sabía que la magia del océano preservaría el poder del conjuro.
Owen mencionó que el encantamiento se debilitó cuando llegué a tierra firme. O sea, que me contó al menos una verdad. ¿Cuánto de todo lo que dijo era cierto?
—Le pedí al capitán Sombra que se reuniera conmigo después del Día de la Condenación, al amanecer, y que se preparara para llevarte de vuelta al mar —prosigue Will con expresión dura.
Desvía la vista hacia las ventanas abiertas, hacia la luz del sol que se refleja en la reluciente superficie del agua, y pone mala cara—.
Pero todo cambió cuando los secuaces te atacaron y asesinaron a toda esa gente.
Le sugerí a la Orden que aprovechara para culpar a Sombra y su tripulación de la masacre, y Tito testificó que el capitán te había secuestrado delante de sus narices.
Así que tú, Aster Oberon, te has convertido en una humana que arriesgó la vida para salvar a lady Annie de los hombres del capitán Sombra.