Capítulo cuarenta y dos
Capítulo Cuarenta y Dos
L os pulmones se me llenan de aire. Rompo a toser y me incorporo de un salto, empapada de sudor.
Aferró el medallón que llevo colgado y paso los callosos dedos por los surcos familiares de una calavera y unas dagas cruzadas: es el medallón que le birlé al capitán Sombra, el que él mismo recuperó muchos meses atrás, el día que arribamos a tierra firme.
Por alguna razón, ahora vuelve a rodearme el cuello, como si nunca se hubiera alejado del lugar que le corresponde.
A lo mejor, el día que lo perdí fue una pesadilla.
Sí, todo lo ocurrido ha sido una pesadilla.
—Madre…
Me escuece la garganta al usar la voz, tan debilitada que no se oye por encima de los crujidos de la madera y el familiar runrún del océano, cuyas olas mecen nuestro barco.
Entorno los ojos para acostumbrarme a la suave luz dorada y busco a Lewis, que debería estar dormido en su hamaca del sollado.
Sin embargo, no me encuentro en el Crealuz.
Estudio las cortinas sedosas que bordean los cuatros postes de la cama donde estoy tumbada, enterrada en una fortaleza de mullidos almohadones de plumón.
En medio del opulento camarote espera un hombre enmascarado vestido de rojo, sentado al otro lado de un gran escritorio cubierto de mapas y catalejos.
Las ventanas abiertas que hay a su espalda dejan entrar una ráfaga de viento, que trae consigo el aroma salado del aire marino.
—Vaya, por fin te despiertas —comenta con una voz amortiguada y melodiosa, que termina de sacarme del mundo de los sueños—. Una semana es mucho tiempo para una siesta.
¿Una semana? Me llevo las manos a las caderas, y el corazón me da un vuelco cuando siento el tacto suave de este vestido blanco en lugar del metal frío de las armas.
En ese mismo instante, diviso mis dagas encima del escritorio.
Todavía noto una sensación gélida y punzante en el pecho, como un dolor sordo, y bajo la mirada a la pulsera de cuero trenzado que me ciñe la muñeca. Es la mía, no la de Owen.
Eso significa que no he tenido ninguna pesadilla.
—¿Y Will? —Logro jadear—. ¿Qué ha sido de él? ¿Dónde estamos?
—No te preocupes. William debería estar… en alguna parte. —El hombre de rojo se levanta del asiento y se inclina ante mí con elegancia. La brisa le agita la capa corta—. Bienvenida al Cazaestrellas.
Abro los ojos como platos al reparar en las plumas de fénix que coronan su sombrero de tres picos, cuyo tono carmesí brilla como el fuego al bañarse en la luz matutina.
—¡Eres tú!
El capitán Sombra me hace otra reverencia irritante. Luego alza la cabeza y me guiña el ojo, la única parte de su cara que se ve en la máscara.
—¿Me has echado de menos, querida?
Intento ponerme en pie, pero las piernas me ceden.
Un segundo después, me encuentro entre los brazos del capitán.
La máscara escarlata solo está a unos pocos centímetros de mí, por lo que vislumbro la mirada inquisitiva que me dedican esos ojos azules.
El ambiente del camarote se torna eléctrico, una sensación que me impide respirar o pensar como es debido.
Por un momento, vuelvo a ser la adolescente de dieciséis años a la que rescató del Aullido, sana y salva.
Alguien se aclara la garganta. Sombra se separa de mí y me agarra del codo para enderezarme. Miro a la derecha y reparo en la presencia de una figura encapuchada, recortada en la luz brillante que entra por la puerta abierta.
—¿Por qué no me has avisado de que estaba despierta? —pregunta Will con voz grave y sombría.
Entra en el camarote a paso decidido, y el corazón me late al ritmo de cada pisada que dan esas botas negras.
Me aparta del capitán Sombra y me estrecha entre sus brazos con una fuerza demoledora.
Sube una mano hasta mi nuca y enreda los dedos en mi pelo, al tiempo que hunde la cara en la curva de mi cuello.
No sabría decir si me está abrazando él a mí o yo a él, pero me siento incapaz de soltarlo igualmente.
Inhalo el aroma a rosas y tierra mojada que le impregna el cabello y la piel. «Así huele mi hogar», me solloza el corazón. Por desgracia, nos encontramos muy lejos de la mansión Bludgrave.
Will se aparta de mí y estudia mi rostro. Me contempla como si por fin hubiera encontrado la respuesta a la pregunta que siempre nadaba en su mirada. Pega su frente a la mía y noto que tiene la cara mojada, debido a las lágrimas que se derraman sin pausa por sus mejillas.
—Creí que te había perdido.
Se me encoge el pecho al imaginar lo que sintió Will cuando me encontró tirada en el suelo del bosque, cubierta de sangre.
—Fue él —mascullo con voz débil—. Owen. Él me hizo esto. Me ha…
—Lo sé —murmura Will con tono calmante—. Lo sé.
—Y yo… —El dolor me astilla el corazón—. ¿Me he transformado?
—No —susurra acariciándome la cara con el pulgar—. Llevabas el pañuelo de Henry metido en el escote del vestido. Impidió que la daga te atravesara el corazón.
¡El pañuelo de Henry! Me dijo que estaba encantado, que era tan resistente como la cota de malla. No había vuelto a pensar en él desde que me lo guardé en el pecho. Henry me ha salvado la vida casi sin pretenderlo.
—Sigues siendo humana —afirma Will observándome con ternura.
El pulso se me electrifica de tal manera que los labios me cosquillean. «Sigues siendo humana». ¿Quién habría dicho que esas tres palabras podrían generarme semejante alivio?
—¿Qué hay de Annie?
—Está a salvo —contesta, despegándose de mí para examinarme otra vez—. Todo gracias a ti, Aster.
—¿Y tu padre?
Will tensa la mandíbula; se le ensombrece el rostro.
—Ya me he encargado de él.
Abro la boca para preguntarle qué significa eso, pero en ese mismo instante, un recuerdo me invade la mente; las imágenes se ven borrosas por las lágrimas que derramé mientras el veneno de la daga de Owen me abrasaba las venas, una sensación lacerante que me hacía perder el conocimiento cada dos por tres.
Aunque el cuchillo que me clavó no llegó a rozarme el corazón, el veneno de la hoja sí que surtió efecto.
Me retorcí sin parar entre los brazos de alguien, pero eso no me impidió vislumbrar a Will arrodillado ante su padre en el Templete de Hildegarda.
Debido al color cruento que había adquirido el cielo en ese Día de la Condenación, la lluvia que caía por todas partes parecía sangre.
—Ya sabes lo que toca —dice Will mientras se quita los guantes de piel negros de las pálidas manos—. No recordarás nada.
—Tu madre y yo podemos ayudarte —susurra lord Bludgrave, estrechando entre sus brazos a la inconsciente Annie—. No sería la primera vez.
Will se remanga con expresión tenebrosa.
—Esto no tiene nada que ver conmigo —masculla secamente—. Nadie puede saber lo de Aster.
—Soy uno de los miembros más antiguos de la Orden… —balbucea lord Bludgrave, indignado.
—Y un miembro que se dejó utilizar por el Gremio de las Sombras —lo interrumpe Will, fijando la vista en la estatua de Hildegarda para no tener que contemplar a su padre.
La mitad de su rostro queda oculta entre las sombras del templete, pero la otra se tiñe de rojo escarlata bajo la luz del cielo, lo que le otorga el aspecto de una pesadilla hermosa—.
Mientras tú lo sepas todo, Aster no estará a salvo.
Lord Bludgrave sacude la cabeza y posa los ojos en mi estremecida silueta.
—Ya está condenada, hijo —dice volviendo a mirar a Will, con un destello de arrepentimiento sincero en esos ojos negros como el carbón—. No puedes salvarla.
Condenada. Maldita. Si Owen me contó la verdad y el veneno de secuaz terminará transformándome en cambiante… solo estoy retrasando lo inevitable. El Gremio no dejará de perseguirme, y rendirse no entra en la naturaleza de mi hermano. Mientras yo siga viva, todos mis seres queridos correrán peligro.
Doy un paso atrás y me zafo del abrazo de Will.
—¿Cuándo lo supiste? —pregunto.
El cariño y la devoción de la mirada de Will se ven sustituidos por una emoción más calculadora y severa.
—¿A qué te refieres? —replica con el semblante endurecido, como un auténtico soldado.
—A lo mío —contesto con más seguridad de la que siento—. A lo de mi… afinidad de cruzanoches.
—Tenía mis sospechas —reconoce tensando la mandíbula.
Luego suspira hondo y se revuelve el pelo todavía más con la mano—.
Aunque la mayoría de los mestizos mueren en el útero, algunos cruzanoches los consideran una amenaza.
Temen que los humanos con afinidades sean más poderosos que ellos.
Pero tú… —Sacude la cabeza y suelta una carcajada amarga— tú tienes veneno de secuaz en las venas y un suministro potente de manán en la sangre.
No deberías estar viva, y, sin embargo, has sobrevivido a una cantidad letal de veneno mágico de secuaz.
Se me forma un nudo en el estómago, y la duda que ha estado atormentándome desde hace meses me hostiga una vez más: ¿qué beneficio pretende sacar Will de todo esto?
El corazón se me encoge. A pesar de que solo estamos a unos pocos pasos de distancia, siento que nos separa un océano entero.
—Me mentiste…
—¡No disponía de la suficiente información para explicarte nada!
—exclama con los ojos como platos, casi suplicantes—.
¿Qué esperabas que te dijera? Solo sabía que poseías las habilidades de un cambiante y aun así parecías totalmente humana.
No descubrí que eras medio cruzanoches hasta el asesinato de los Hackney.
Recuerdo lo que Charlie comentó aquella noche, nada más sacarme de la fuente: «¿Qué le pasa en los ojos?
». La señora Carroll también me miró raro cuando nos rescató de los Sabuesos de Percy en Paraíso de Tinta, como si no entendiera lo que estaba viendo.
Hasta Lewis me miró a los ojos y me preguntó «¿qué eres?
» después de la muerte de nuestro padre.
Supongo que Will también se percató de que me habían cambiado de color.