Capítulo cuarenta y uno
Capítulo Cuarenta y Uno
— O jalá fuera una estrella —mascullo mientras termino de subir a la cofa.
Desde aquí arriba se ve todo. Abajo está el resplandor cálido de los faroles, que hace parecer al Crealuz el barco más seguro del mundo.
A su alrededor, las negras aguas del Aciago se extienden hasta el infinito, como una frontera oscura que nos separa de los monstruos del continente.
Y en las alturas hay… un mar de lucecillas centelleantes que me roban el aliento, mucho más que el esfuerzo de trepar por una cuerda de varios metros.
Me estremezco y me siento sobre la desgastada madera, al lado de Owen.
—Elsie dice que las estrellas son una especie de bolas de fuego celestiales.
El sonríe levemente y me ofrece la manta raída que Lewis tejió con trozos de sacos y trapos.
—¿Quién se inventará todas las tonterías que lee? —pregunta. Me arrebujo en la manta, agradecida por tener algo que me resguarde un poco del frío.
—Los cruzanoches creen que lo saben todo —contesto—. Se hacen llamar «científicos».
Owen suelta una risita sin apartar la mirada del cielo.
No puedo evitar envidiar lo relajado que se le ve aquí, como si la cofa fuera el trono desde el que gobierna su propio reino de los cielos.
A pesar del helor del ambiente nocturno, él se recuesta en la barandilla como si nada y cruza las piernas, sin preocuparse por el viento que le agita la camisa y le revuelve el pelo trigueño.
—Yo preferiría ser un pájaro —dice reposando la cabeza en las manos entrelazadas—. Así tendría libertad para viajar donde quisiera y cuando me apeteciera.
—Ya tenemos libertad —replico, escrutando los conjuntos de estrellas en busca de mis constelaciones favoritas. Solo tardo un momento en localizar la silueta de un timón; ahí están las Llaves de Tito, con las que regía los doces reinos antiguos del océano. Sonrío un pelín—. Somos piratas.
La alegría despreocupada de su expresión flaquea.
—La libertad no viene con restricciones, Aster. Seamos piratas o no, hay lugares a los que no podemos ir, cosas que nunca podremos ver. A veces siento que… —Deja la frase sin acabar y suspira hondo. La luz de la luna le tiñe los ojos de color plata—. ¿Nunca deseas alejarte de estas olas infinitas?
—El océano mantiene a la familia a salvo. No puedo pedir más —contesto encogiéndome de hombros.
—¿Y qué me dices del cocinero ese a quien tanto admiras, el tal Cornelius Drake? —replica Owen, añadiéndole un ligero toque de irritación a la informalidad de su tono—. ¿No te gustaría tener la oportunidad de cocinar con ingredientes frescos? ¿O probar los platos que describe en ese libro tuyo?
—¡Claro que sí! No te imaginas la de veces que he soñado con un mundo sin cruzanoches. Pero… nuestros padres llevan razón. Las tierras son sus dominios y las aguas son los nuestros. —Vacilo un instante—. No seguirás enfadado por…
—Es que ni siquiera me dan una oportunidad —dice Owen entre dientes—.
Estoy a punto de encontrarla, Aster. Lo presiento.
La isla Roja… está cerca. —Se levanta de repente y señala al este, al punto del cielo marcado por Astrid y la Corona de Siete Velas—.
Justo ahí. No nos costaría nada ir. Podríamos…
—Owen —lo interrumpo con delicadeza. Me pongo en pie y le toco el brazo como suele hacerlo nuestro padre—. Solo intentan hacer lo mejor para toda la familia.
Él echa la cabeza hacia atrás y aprieta los labios.
Sé lo que piensa: la isla Roja es precisamente lo mejor para nosotros.
Aun así, no lo expresa en voz alta, al menos esta noche.
Algo me dice que se ha cansado de hablar, por lo que decido quedarme en silencio con él al amparo de la oscuridad, encima de las constantes olas.
Un rato después, oímos que Margaret se ríe en algún lugar de las cubiertas inferiores, un sonido que llega acompañado de los gritos de Charlie y los vítores de Lewis.
—Vamos abajo —digo pegándole un codazo a Owen—. Albert quiere jugar a las cartas, y me hará falta una pareja.
Él esboza una sonrisa descarada, pero no resulta demasiado sincera. Se saca una baraja del bolsillo, busca la jota de tréboles y me guiña un ojo antes de metérsela en la manga.
Cuando empiezo a bajar, se me ocurre levantar la cabeza y veo que él sigue contemplando el cielo. El brillo titilante de la noche se refleja en sus ojos.
—Un día, todos nos convertiremos en Estrellas —susurra mientras juguetea con la pulsera de cuero trenzado que lleva en la muñeca—. Y seremos libres de verdad.
—El veneno no para de extenderse —dice una voz melodiosa desde la lejanía. Suena desolada, aunque no entiendo por qué, pues yo me siento en paz aquí, rodeada de una oscuridad silenciosa y un manto infinito de lucecillas centelleantes—. El encantamiento que le protegía el corazón se está disipando.
Una sensación cálida me envuelve como una capa. «Soy una Estrella», pienso, una certeza que es como un abrazo amable. El resto de las Estrellas se van manifestando a mi alrededor y me dan la bienvenida en un idioma que no requiere palabras.
—No podré… —jadea el chico, roto—. No podré contenerlo mucho tiempo más.
—¡Pues no te queda otra! —estalla otra voz, grave y vivaz. Viene de un lugar remoto, donde también suena la bocina aullante de un tren y el repiqueteo de un vagón, un recordatorio de que hace poco me sacaron a la fuerza de mi querido océano—. Si el veneno le llega al corazón…
—¡No lo permitiré! —exclama la primera voz con ese acento melodioso, tan familiar que me aviva las entrañas; es como si prendiera hasta la última fibra de mi ser—. Despierta, querida —susurra, más cerca que antes—. No es la hora de morir.
Intento llegar hasta ese cautivador sonido, pataleando contra la oscuridad como si pudiera nadar hasta la superficie del cielo nocturno. Por desgracia, el cuerpo me pesa demasiado. Aúno todas mis fuerzas y lucho por abrirme paso entre el tenebroso negror, en busca de esa voz melodiosa.
—Vive, Aster —insiste. Noto la calidez de su mano en la mejilla; es la única sensación que existe en este vacío interminable—. Tienes que vivir. No lo olvides.
Esas palabras, las mismas que pronunció el capitán Sombra cuando me rescató del Aullido, despiertan algo en mi interior. No sabría explicar lo que es, pues escapa a mi comprensión, pero nunca había sentido nada tan real y familiar.
—La estamos perdiendo —gime la segunda voz, a la que ahora identifico como Will—. Vuelve a mí, Aster. Por favor, vuelve a mí.
«Por favor». Se me rompe el corazón al oír el tono de esa frase, desesperado y compungido.
—¿No se te ocurre nada más? —pregunta Will, exigente.
—He hecho lo que puedo —responde la primera voz—. Ahora todo depende de ella. Tiene que resistirse a la transformación o aceptarla. La decisión es suya.
¿Cómo que la decisión es mía? Nunca he tenido la opción de decidir nada. No fui yo la que eligió abandonar el continente hace seiscientos años, ni volver a tierra firme ahora, ni ir a la mansión Bludgrave.
Pero… sí que elegí quedarme con mi familia cuando el capitán Sombra se ofreció a llevarme con él, y también elegí asentarme en la mansión; cuando Will me dio una salida para escapar…
la rechacé. Y eso no es todo: decidí colaborar con él en la búsqueda del sylke y unirme a la Orden de Hildegarda para luchar en secreto contra los monarcas de Enigma y las injusticias que han cometido contra mi pueblo.
Fue Owen quien no me dejó elección, pues abandonar a Annie a su suerte nunca fue una opción digna de consideración. Y tampoco acepté que me convirtiera en cambiante: me robó la oportunidad de decidirlo.
Y ahora pienso recuperarla.
No permitiré que nadie se apodere de mí, ni los cruzanoches, ni los secuaces, ni las Estrellas.
«Vive, Aster», me digo a mí misma.
Porque eso es lo que elijo: vivir.