Cruzanoches Capítulo cuarenta #3
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Capítulo cuarenta #3

—¿Cómo que no? —Me aparta la daga del cuello—. ¿Acaso no has visto ya lo que soy capaz de hacer con tal de llamar tu atención?

Reparo en la expresión derrotada de lord Bludgrave. Él sabía que me haría elegir entre salvar mi vida o la de Annie.

—Con lo mucho que odiabas a los cruzanoches, pensé que todo esto sería bastante fácil, que quizá acudirías al Gremio por voluntad propia —dice Owen—.

Por eso me manifesté ante ti aquel día, cerca de los límites del bosque.

Pero, cuanto más te observaba, más claro me quedaba que estabas empezando a apreciar a tus captores.

—Vuelve a hacer una mueca de asco—. Así que opté por esperar.

Estudio su mirada en busca de un rastro de arrepentimiento, de algo que no sea esa oscuridad insondable.

—¿Y por qué has decidido reaccionar ahora?

Owen cierra los ojos y echa la cabeza atrás para disfrutar de la espeluznante luz roja que cae del cielo.

—Una vez al año, durante el Día de la Condenación, el poder que los cruzanoches obtienen del manán se debilita.

—Abre los ojos y me lanza una sonrisa traviesa—.

Por el contrario, la magia de los secuaces se vuelve más potente.

Y, sí —añade con impaciencia, como si estuviera respondiendo a una pregunta que no se me ha ocurrido aún—, gracias a que tienes sangre humana, tus habilidades no se han visto afectadas en absoluto.

Supongo que le debes una a nuestros ancestros por conseguirte esa excepcioncilla.

Una parte de mí quiere preguntarle a qué se refiere con «nuestros ancestros», pero no me saco de la cabeza lo que ha dicho sobre el poder del manán y los cruzanoches.

Ya me extrañaba que Tito cayera tan rápido en la batalla, que Henry no lograra extinguir la electricidad del cerebro de Dorothy y que a Tito no le quedaran fuerzas para apagar el incendio.

Quizá también explique que Will perdiera el control, que la sangre humana lo hiciera desbocarse de esa manera: ya no era capaz de resistirse.

Owen me agarra la muñeca y rodea toda la pulsera con los dedos.

—En un par de minutos, ya no importará que no pueda arrancártela a la fuerza —dice—. Una vez que haya desangrado a la pequeña Annie, seré lo bastante poderoso para infundirle mi magia a esta daga maldita y romper el encantamiento de tu corazón con mis propias manos.

Me quedo sin aliento, hasta tal punto que empiezo a tambalearme.

—Pero —añade—, te estoy dando a elegir. Como eres mi hermana y te aprecio con toda mi alma, estoy dispuesto a liberar a la adorable Annie. Solamente tienes que… —desliza el pulgar por la cinta de cuero trenzado— quitarte esto.

Noto el bombeo acelerado de mi sangre en las manos, el cuello y las orejas. Si acepto, si permito que Owen me transforme, el corazón nunca me volverá a latir de este modo. Intento memorizar la sensación, degustando el ritmo precipitado y frenético de mi pulso.

Coloco mi propia mano encima de sus gélidos dedos y lo miro a esos fríos ojos pardos, con la esperanza de que mi expresión le transmita el odio profundo que siento ahora mismo.

Me viene a la mente lo que comentó Tito hace unas pocas horas, cuando me reveló su nombre: «El odio es un fenómeno muy curioso».

Y estaba en lo cierto. A pesar del odio que arde en mi interior…

—Te quiero, Owen —digo estrechándole la mano.

Su fachada se derrumba durante un brevísimo instante, y retira la mano como si le hubiera pegado un picotazo.

La lluvia me salpica la cara, tan fresca y vigorizante que recupero las fuerzas. Sigo mirándolo a los ojos y empiezo a sacarme la pulsera por los nudillos.

—Perdóname. —La pulsera aterriza sobre un montón de hojas ensangrentadas—. Siento no haberte salvado.

Owen se acerca con cautela y alza la daga, aunque parece costarle una barbaridad.

—Ay, hermana mía —susurra con expresión apagada, sin rastro alguno de la picardía cruel ni la jovialidad maliciosa que ha mostrado hasta ahora. Me apoya la punta del cuchillo en el pecho, justo encima del corazón—. Nunca merecí que me salvara nadie.

El frío metal me atraviesa la carne. Un aullido agónico rasga la noche, como si un animal salvaje hubiera caído en una trampa de caza, pero…

el sonido no sale de mí. Owen abre los ojos como platos, y creo que retira la daga, aunque el dolor me deja demasiado aturdida para cerciorarme.

Se me nubla la vista y me desplomo en el suelo con la respiración entrecortada, de cara a ese cielo rojo como la sangre.

Las venas se me hielan lentamente, una sensación imparable y paralizante.

Lucho por mantenerme consciente, pero la oscuridad no cesa en su intento de engullirme.

Lo último que veo es un cuervo en pleno vuelo, que se funde con la luz del sol escarlata, y un cruzanoches que se inclina sobre mí y se quita la capucha negra. Aunque apenas puedo abrir los ojos, logro discernir unos mechones de pelo oscuro, unos ojos verdes y una constelación de pecas única.

La cara que me mira con lágrimas en esas mejillas de porcelana, murmurando palabras fervientes que nunca podré escuchar, no es la de un monstruo, sino la de un joven normal y corriente.