Cruzanoches Capítulo cuarenta #2
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Capítulo cuarenta #2

La bilis me sube por la garganta al pensar en lo sucedido esta noche. ¿Y si no era la primera vez que Will pierde el control? Cuesta creer que el chico tranquilo y estoico con el que hablé en el tren tuviera ya la costumbre de beber sangre humana.

—Se cuenta que el gran William Cástor se dio un auténtico festín de manán justo antes de llegar a Barbarie —prosigue Owen mientras se acerca más.

El brillo travieso que irradian esos ojos oscuros solía resultarme inspirador, pero ahora, mezclado con la sonrisa calculadora de sus labios, solo me revuelve el estómago.

Esas palabras me hacen recordar otro comentario de Will: «Mi lealtad hacia el príncipe no fue la única razón por la que acepté unirme a la travesía».

Owen chasquea la lengua antes de continuar.

—Después de transformarme en cambiante, me planteé rastrear al Aullido —dice girando la daga—. Pero entonces me informaron sobre una paradita que había hecho tu querido cruzanoches.

El fulgor del amanecer le tiñe el rostro del color de la sangre fresca, lo que pone de relieve la maldad de su alegre semblante.

—¿Localizó el barco? —pregunto, tan flojo que apenas se me oye.

—Bueno, eso fue lo que él pensó. —Las sombras enmarcan los expectantes ojos de Owen, que da otro paso hacia mí—.

Preparó un bote de remos y salió él solo a hacerles frente en plena noche.

La cosa es que resultó ser el barco de un clan pobre y famélico —añade sacudiendo la cabeza, un tanto desenfrenado—.

Según he oído, los mató a todos igualmente, aun sabiendo que había asaltado la nave equivocada.

Sin embargo, se le pasó alguien. Dejó a la triste Mary Cross tirada en medio del Aciago.

Me suena que algunos clanes de piratas usan la bandera del Aullido para ahuyentar a posibles atacantes.

Pero, si Mary ya estaba poseída, no fue una ninguna casualidad que Will confundiera su barco con el Aullido.

La sylke que coordinó el asalto al Crealuz y nuestra captura debía de saber que Will estaba buscándolo; seguramente fue ella quien lo organizó todo para que él se topara con el barco de los Cross, para que Mary escapara y nosotros la encontráramos…

El sol continúa emergiendo del horizonte y baña todo lo que toca con su luz rojo sangre, desde el cielo hasta el claro.

Se avecina el juicio final.

Owen se pasa la lengua por los dientes.

—Cuando William se percató de que poseías los dones de un cambiante y seguías viva a pesar de ello…

—Suspira hondo y estira el cuello—. No pudo dejarte escapar sin más.

Él ya sospechaba que un sylke lo había hipnotizado a bordo del Brindasuerte, y te vio como la clave para encontrarlo.

—Una sonrisa cruel le retuerce los labios—.

Tu querido cruzanoches tiene una sed de venganza considerable.

Miro la pulsera que me ciñe la muñeca; no es la mía propia, sino la de Owen. La sylke trastocó los recuerdos de Will y le hizo olvidar por qué las había recogido. Sin embargo, al devolverme el distintivo de Owen, Will me ha estado protegiendo sin saberlo.

Todavía me queda una duda más, algo que no termino de comprender.

—¿Por qué mataste al atroxis ?

—Tuve que improvisar —responde con expresión siniestra, ladeando la cabeza. Señala a lord Bludgrave, atado al árbol que hay a mi derecha; todavía le rezuma sangre de la herida del muslo—. Una vez que le di la motivación adecuada, se mostró más que dispuesto a colaborar con el plan de esta noche.

Le echo un vistazo al hombre y reparo en las lágrimas que le surcan el curtido rostro. Él mantiene los negros ojos fijos en Annie, que permanece inmóvil con la mano empapada de sangre.

—¿A qué te refieres? —pregunto aferrando la daga de otra forma, para que no se me resbale por el sudor de la palma.

Owen sonríe como un niño que sabe un secreto. Cuando vuelve hablar, adopta un tono sereno pero amenazante.

—Cuéntaselo —ordena.

El padre de Will pega un respingo y se retuerce contra las cuerdas.

—Tenían a Annie en sus garras —dice con un sollozo furioso—.

La noche que tú y tu familia llegasteis a la mansión, Percy y sus…

lacayos la hicieron venir al bosque. Y él —añade mirando a Owen— me aseguró que esos maleantes trabajaban para el Gremio de las Sombras, que habían hipnotizado a Annie para que… para que…

Deja la frase sin terminar y rompe a llorar.

Cuando Jack y yo encontramos a Annie cubierta de sangre la noche que desapareció Querido, la niña estaba muy rara. Ahora todo tiene sentido: la habían hipnotizado.

—Ea, ea —canturrea Owen, exasperado—. Sinceramente, no me parece para tanto. Solo le advertí que si no cooperaba, la pequeña Annie se haría a sí misma lo que yo le hice al pobre atroxis .

El corazón se me encoge. Esto explica el comportamiento extraño que ha tenido lord Bludgrave hoy, así como las miradas que me ha dedicado a lo largo del baile.

Él sabía que Owen y el sylke estaban aquí, que eran los culpables de todo lo ocurrido: el asesinato de Querido y los Hackney, el secuestro de Dorothy y la posesión de Trudy.

Y seguramente fue él mismo quien debilitó las barreras de la mansión y le permitió la entrada al Gremio de las Sombras.

Owen lo ha utilizado para orquestar esta estratagema, y eso significa que lord Bludgrave lleva meses enterado de los planes de Owen, de que pensaba usar a Annie como cebo.

—¿Qué habrías hecho tú en mi lugar? —pregunta el hombre contemplándome con expresión suplicante.

Pienso en Elsie, en el cuchillo que Percy le puso en el cuello. No puedo echarle nada en cara a lord Bludgrave, pues yo habría apilado una montaña de cadáveres con tal de rescatar a mi hermana.

Me giro hacia Owen, mi hermano, mi mejor amigo.

—Lo que fuera necesario —reconozco—. Habría hecho lo que fuera necesario para proteger a mi familia.

—Me alegra que digas eso —comenta Owen.

En el momento en que agita la mano, una ráfaga de fuerza invisible me arranca la daga de la mano. Pensaba que él también sería un cribasangres, pero… esto solamente puede ser obra de un cantavientos.

Él aprovecha el momento de asombro y termina de salvar la distancia que nos separa. Me apoya la punta de la daga en el cuello.

—No permitiré que sufras más, hermana mía.

Aprieto los dientes al percibir la magia corrupta que emana del arma. Pretende concederme la muerte rápida que me prometió aquel fatídico día a bordo del Crealuz, con el único objetivo de que me transforme en algo como él: un cambiante, un secuaz, un ser maldito.

Pienso en mi madre, que estará abrazando el cadáver de mi padre en la mansión, pero también en Elsie y Albert, en Margaret y Charlie, en Lewis. Puede que no vuelva a verlos nunca. Y si lo hago, ya no seré yo misma, no del todo.

—No te preocupes —dice Owen como si me hubiera leído la mente.

Arrima la mano libre a la zona de mi clavícula y deja que los dedos dancen por encima de las nueve estrellas del escote—.

No los extrañarás. Además, sabes que ellos también te olvidarán enseguida.

—Hace una mueca y añade—: Lo has visto con tus propios ojos.

—Eso no es justo —replico—. ¡Has estado vivo desde el principio! Podrías haber acudido a nosotros. Habríamos vivido en familia, como antes. Si hubieras…

—¿Si hubiera qué? —me espeta entre dientes con los ojos rojos y brillantes—.

No soy humano, Aster. Me he convertido en secuaz.

¿No entiendes lo que implica eso? —Se le escapa una carcajada medio enloquecida, pero el fulgor de sus ojos decae—.

Necesito beber sangre. No podemos convivir con ellos, no sin que haya consecuencias.

¿«Podemos»? Habla como si ya me considerara una cambiante más.

Me fijo en la daga que me ha pegado al cuello, en los pálidos dedos que sostienen la empuñadura.

Morir rápidamente a manos de mi hermano es la mejor opción posible, dadas las circunstancias.

Owen y los sylkes han estado rondándome desde hace mucho; han tenido todo el tiempo del mundo para matarme y transformarme en secuaz.

De hecho, Owen podría acabar la faena ahora mismo. Así que… ¿por qué vacila?

Al igual que antes, Owen me lee la mente como solo él sabe hacerlo.

—La pulsera te protege de varias maneras —dice mirando el distintivo—. Además de impedir que te sigan el rastro, hace que sea casi imposible hipnotizarte. —Tensa la mandíbula y aprieta tanto la daga que los nudillos se le toman blancos—. Mientras la lleves, ningún secuaz puede causarte daño alguno.

El alivio me embarga la mente.

—O sea, que no puedes matarme —comento con un nudo en el pecho.

—Así es —reconoce asintiendo—, al menos hasta que te la quites.

—¿Y por qué crees que lo haré?

La sonrisa perversa que se dibuja lentamente en su rostro me pone la piel de gallina.

—Puede que tú cuentes con la protección de la pulsera, pero… —Mira a Annie— ¿qué hay de ella?

—No te atreverías.