Capítulo cuarenta
Capítulo Cuarenta
L as lágrimas me abrasan las mejillas.
—Mientes.
La mirada de Owen se ensombrece.
—Ojalá —susurra con delicadeza. Tiene los nudillos blancos de tanto apretar la empuñadura de la daga que sujeta entre nuestros cuerpos, como una especie de promesa—. Y tu querido cruzanoches es consciente de todo esto. Supo exactamente quién y qué eras desde el primer momento que té vio.
Mi mente se sume en el caos. Soy Aster Oberon, hija de la capitana Grace y Philip Oberon. Soy una pirata y una pinche de cocina. Soy la causante de la muerte de mi padre y muchas otras personas. Soy la culpable de que Owen se convirtiera en secuaz. No soy nada. No soy nadie.
Pero… eso no es verdad del todo. Ya no.
—¿Qué somos? —pregunto con un hilo de voz; en este instante, siento que al final sí nos parecemos.
—Abominaciones —contesta Owen con una sonrisa que roza lo sardónico—. Medio cruzanoches, medio humanos. Yo ya soy un cambiante, y a ti no te falta mucho para serlo. Contamos con tres fuentes distintas de magia… ¿No es emocionante?
—¿Y qué hay de nuestros hermanos y hermanas? —digo entre dientes—. ¿También son medio cruzanoches?
—Puede que esto no te sirva de respuesta, pero ellos no tienen ninguna afinidad.
Al menos, no en el mismo sentido que nosotros.
Quizá consigan usar variedades menores de magia si los forman como es debido, pero ya está.
Y no —añade antes de que yo abra la boca—, no sé cuál de nuestros padres deshonró nuestro linaje.
Y tampoco importa. No deberías darle más vueltas.
De un momento para otro, desenfundo una de las dagas elysianas, tan súbitamente que Owen pierde el equilibrio. Se ve obligado a retroceder varios pasos, por lo que me apresuro a reconquistar ese terreno y sigo hostigándolo.
—¿Cómo supo Will que yo tenía una afinidad? —inquiero con voz exigente—. Cuéntamelo todo, Owen. Así podré ayudarte y…
Se le escapa una risotada rota e histérica.
—¿Que podrás ayudarme? —repite haciendo un gesto de negación—.
No necesito la ayuda de nadie, hermana mía.
He derrotado a la mismísima muerte, y tú también lo harás.
Si decides unirte a mí, podremos vengarnos de todos aquellos que nos han hecho daño.
Y, una vez que hayamos terminado, Morana cumplirá su promesa de convertirnos en reyes y reinas de un nuevo mundo, de un mundo en el que nunca volveremos a tener miedo.
Ahora estamos a un metro y pico de distancia, con las dagas en alto.
Por un instante, es como si hubiéramos regresado al Crealuz y estuviéramos preparándonos para entrenar con cuchillos de madera.
Pero ya no somos niños, y estos puñales están pensados para matar, no para jugar.
Owen se endereza un poco y se sacude el polvo del bolsillo del pecho.
El violeta oscuro y exquisito de su traje resalta lo pálida que se ha tornado su piel, como resultado de haber vivido entre las sombras durante los últimos meses.
—Voy a proponerte un juego, a ver si así lo entiendes —dice con una reverencia de capitulación y una sonrisilla que le curva los labios—. ¿Qué te parece?
En vez de responder, aprieto más fuerte la empuñadura de la daga.
—Ven aquí, Annie —pide Owen amablemente.
Aunque me giro en un intento de interponerme entre ellos dos, la niña me rodea y se planta al lado de Owen.
Está temblorosa y tiene la boca tensa, pero lo peor es la falta absoluta de emoción en su mirada perdida.
Ni siquiera mueve los ojos cuando Owen se agacha y le aparta los oscuros rizos del hombro con el puñal.
—Te haré tres preguntas —continúa él mientras saca otro cuchillo de la funda atada a su tobillo.
Se lo ofrece a la pequeña—. Si adivinas la respuesta correcta, te contaré mis secretos, esos mismos que te ha ocultado tu querido cruzanoches.
En el caso de que te equivoques, le he ordenado a Annie que le inflija dolor a su pobre e indefenso padre.
No sé tú, pero yo tengo mucha curiosidad por ver cómo interpretará esa instrucción.
—No puedes… —protesto con los ojos como platos.
—Ya está hecho —replica Owen con el rostro henchido de una ferocidad bien camuflada—. Ahora, comencemos. Tu querido cruzanoches se llevó nuestras pulseras cuando os capturó, ¿cierto?
Abro la boca, pero Owen desestima la pregunta con un gesto de la mano.
—No, no. Esa es demasiado fácil —comenta esbozando una sonrisa poco sincera.
Inspecciona la hoja de la daga y pasa un pálido dedo por la reluciente inscripción violeta—.
Uy, se me ocurre una mejor. —Le da la vuelta al cuchillo y me apunta con él—.
¿Qué criaturas usaban nuestros ancestros para comunicarse entre sitios lejanos?
Lo miro fijamente y me planteo si esta pregunta tiene algún tipo de trampa. Luego le echo un vistazo rápido a lord Bludgrave, que solloza en voz baja como si lo hubieran forzado a guardar silencio mediante magia.
—Las ninfas del agua —contesto despacio.
—¡Correcto! —exclama Owen haciendo otra reverencia—. ¿Quieres saber uno de mis secretos, Aster?
Encajo la mandíbula y lo fulmino con la mirada.
—Ah, claro que quieres —añade con una sonrisa sádica. Después baja la voz y comprueba los alrededores con una prudencia burlesca—. El Brindasuerte llevaba un sylke de polizón.
—Eso no es ningún secreto —le espeto.
Will ya llegó a la conclusión de que un sylke consiguió colarse en aquella nave.
Yo pensaba que ese, el que embarcó en el Brindasuerte en algún punto de Barbarie, era el mismo que me siguió hasta la mansión Bludgrave.
Pero, si Mary ya estaba poseída cuando la acogimos en el Crealuz, eso significa que había un segundo sylke , uno que poseyó a algún tripulante del Brindasuerte, tal y como sospechaba Will.
Y es muy posible que esté vigilándonos ahora mismo.
Se me cae el alma a los pies. El sylke que infectó a Mary, Percy y Trudy no era más que una distracción, una trampa en la que tanto Will como yo hemos caído.
—Quizá no —admite Owen con un brillo travieso en los ojos—. Pero… ¿sabes la razón?
—¿Cuál es? —mascullo entre dientes.
Él chasquea la lengua y dice:
—El juego no funciona así. Soy yo el que hace las preguntas. —Se aclara la garganta y gira la daga entre los dedos—. ¿Cómo crees que te encontró el Brindasuerte?
—Owen…
—Piénsalo un poco —insiste con una expresión más sombría—. Estoy seguro de que lo deducirás.
Suelto un gruñido y aprieto el puño.
—El sylke hipnotizó al capitán del Brindasuerte para que buscara al Crealuz —empiezo, atando cabos poco a poco—. Y supongo que Mary les proporcionó las coordenadas por medio de una ninfa de agua.
Owen aplaude, impresionado de verdad.
—Muy bien. —Se encoge de hombros—. Antes de que nos atacaran, la sylke también hipnotizó a Will para que te hiciera prisionera y te trajera a Enigma.
Le ordenó que nos quitara las pulseras, con el fin de inutilizar el encantamiento protector de la hechicera.
De esa manera, los sylkes podrían seguirte el rastro con más facilidad.
¿«La» sylke ? O sea, fue una hembra la que subió de polizón al Brindasuerte.
—Siguiente pregunta —dice Owen dándose en la barbilla con la punta de la daga—. ¿Cómo…?
—No —lo interrumpo con voz temblorosa—. Basta de jueguecitos.
Él suspira y se pellizca el puente de la nariz.
—Supongo que debería haberte explicado las reglas más detalladamente.
Annie toma el cuchillo que le ha dado y se lo clava en el muslo a lord Bludgrave. Los gritos amortiguados del hombre no llegan a brotar de sus labios, apretados a la fuerza, y Annie se limita a arrancar el arma sin ninguna emoción en el rostro. La sangre chorrea por la hoja y le empapa la mano.
El corazón me da un vuelco y amenaza con pararse del todo.
—Si te equivocas o te niegas a jugar, Annie tendrá que infligirle daño —especifica Owen relajando el cuello—.
Pero ya no importa, yo también me estoy aburriendo.
—Se arrodilla, le quita el cuchillo a la niña y se lo enfunda otra vez en el tobillo—.
Falta muy poquito para que tu querido cruzanoches venga a buscarte —prosigue avanzando de nuevo hacia mí, paso a paso—.
Y no pienso subestimarlo como hizo ella.
—¿«Ella»? ¿Quién es «ella»? —pregunto con el pulso acelerado.
—«Ella» es la responsable de que estés aquí —contesta subiendo la voz, como si empezara a perder la paciencia—.
La sylke que hipnotizó a tu querido cruzanoches jamás imaginó que los Castor te acogerían, ni en sus mejores sueños.
No obstante, tampoco esperaba que el bruto de William Cástor se quedara las pulseras y te las devolviera.
—Le echa un largo vistazo a la que llevo puesta—.
Quizá ocurriera por casualidad, pero él encontró un vacío en la hipnosis.
Me viene a la mente aquello que dijo Will poco después de llegar a la mansión: «Si no lo hubiera recogido yo, se lo habría llevado alguna otra persona».
¿Es posible que Owen esté contándome la verdad, que Will recogiera las pulseras porque estaba hipnotizado?
Si es así, la sylke que lo controló debe de ser muy poderosa, más que los sylkes normales a los que me han enseñado a temer.
Al fin y al cabo, aprendí que hipnotizar a un cruzanoches no es nada fácil, especialmente a uno tan formidable como Will.
—Me lo habría dicho —replico.
Sin embargo, nada más pronunciar esas palabras, no puedo evitar preguntarme si es verdad.
—Qué va, no puede. Por mucho que se haya esforzado en entrometerse, esa parte de la hipnosis ha seguido surtiendo efecto —explica Owen encogiéndose de hombros—.
Ella cree que se debe al don para la persuasión de tu querido cruzanoches.
Pero puede que no hubiera tenido la fuerza suficiente como para resistirse al control si no se hubiera pasado años consumiendo sangre humana, lo que le ha servido para fortalecer sus habilidades.
—Al fijarse en mi expresión de asombro, una sonrisa maligna se le dibuja en el rostro—. Lo has visto alimentarse, ¿no?