Cruzanoches Capítulo treinta y nueve #2
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Capítulo treinta y nueve #2

Cuando levanto la cabeza, veo que Owen se ha parado a observarme otra vez.

—Madre te llevó a una hechicera, a una humana ducha en la magia de nuestros ancestros —continúa con una mueca—.

La mujer consiguió curarte la herida y protegerte el corazón, por lo que el veneno no pudo terminar de convertirte en cambiante.

Sin embargo, había un sylke presente cuando nos atacaron.

Como había captado tu olor, nos habría perseguido fuéramos donde fuéramos, aunque hubiéramos vuelto a la mar.

Por eso, madre le pidió a la hechicera que encantara las pulseras. Todo para salvarte.

El sol comienza a trepar por el cielo carmesí y baña las copas de los árboles. Las hojas brillan como la sangre fresca.

—Se suponía que los distintivos nos mantendrían a salvo mientras no nos los quitáramos —dice Owen en voz baja, acercándose a mí con la vista fija en la pulsera.

—Y nunca lo hicimos…

—Vosotros no, desde luego —me interrumpe con un gesto de desinterés.

Tensa la mandíbula y le lanza otra mirada fulminante al límite del claro, como si allí hubiera algo que yo no puedo ver—.

Me pasé años buscando un refugio para nuestra familia, la isla Roja.

Sí, me dediqué a ello en cuerpo y alma. Pero nuestros padres siempre se negaron rotundamente a hacerme caso.

Insistían en que era «un mito». —El desprecio que le inunda el semblante es tan poco característico de él que pego un respingo—. Menudos embusteros.

Me llevo las manos a las caderas, donde se encuentran las dagas que según Killian vienen de la isla Roja, de mi gente. Owen se fija en el movimiento y esboza una sonrisilla.

Ahí, en esos ojos pardos, detecto un rastro del chico que solía ser: el aventurero, el navegante, el soñador.

Así era Owen antes de que los secuaces lo convirtieran en… esto.

Se me encoge el pecho al pensar en lo que habrá vivido desde el hundimiento del Crealuz, en lo que se habrá visto obligado a hacer, presenciar y ser estos últimos meses.

—Una semana antes de toparnos con el barco de los Cross, me preparé un bote de remos —prosigue Owen, al tiempo que el brillo estrellado de su mirada desaparece.

Frunce los labios levemente—. Sabía que nuestros padres nunca me escucharían, así que decidí buscar la isla Roja por mi cuenta.

Me quité la pulsera y la dejé donde alguien pudiera encontrarla.

Se hace un silencio largo y tenso entre nosotros.

—Pero al final no me atreví —añade con un sonrisa apenada—. No fui capaz de abandonaros.

Nuestras miradas se cruzan mientras él sigue avanzando.

—Me di un año para intentar convencerte de que me acompañaras, y así Elsie también podría disfrutar de ti un tiempo más.

«Tú y yo, juntos», ¿recuerdas? —Crispa el rostro, colmado de un dolor violento y encarnizado que no logro entender—.

Pero yo siempre supe que nunca te vendrías.

No me habrías elegido por encima de los demás.

Las grietas de mi corazón terminan de abrirse por completo.

—Owen, yo…

—Una semana después —me corta de nuevo—, llevamos a Mary Cross al Crealuz.

Pestañeo varias veces, descolocada. Me viene a la cabeza una imagen de Mary Cross, la refugiada a la que acogimos cerca del Aciago, poco antes de que los cruzanoches asaltaran nuestro barco y nos hicieran prisioneros.

Owen contempla de nuevo el límite del claro, frunciendo el ceño.

—La cosa es que, al quitarme la pulsera, rompí el encantamiento. El sylke empezó a rastrearnos otra vez, decidido a cazarte.

La comprensión me golpea de lleno, acompañada de un dolor lacerante en las sienes.

—Mary Cross estaba poseída —deduzco.

Tenía dentro al sylke que asesinó a Owen y luego fue pasando de un cruzanoches a otro, hasta que llegó a Percy y por último a Trudy.

Llevo meses pensando que estaba persiguiendo a un sylke , cuando en verdad es él quién me ha perseguido a mí toda la vida.

Estuvo a bordo de nuestro barco una semana entera, donde se hizo pasar por Mary Cross, una muchacha recatada de la que nadie habría esperado semejante maldad.

Owen blande la daga de un lado para otro, claramente contento de que lo haya entendido todo por fin.

—Mary no era más que una catalizadora —añade dando un paso más hacia mí, en otro intento de salvar la distancia que nos separa—.

La reina Morana ha estado buscándote desde hace mucho tiempo.

Eres «la niña que debería haberse convertido en cambiante», una humana que posee unas habilidades únicas.

La cantidad de veneno de secuaz que tienes en tu interior serviría para transformar a una multitud de almas en cambiantes, y aun así sigues viva.

—Me observa con una mezcla extraña de curiosidad y lástima—.

Tu querido cruzanoches nunca te ha mencionado que deberías estar muerta, ¿verdad?

El corazón me palpita tan fuerte que noto los latidos en el esternón y el pecho, como un dolor sordo.

—Me lo imaginaba —comenta soltando una risotada, sin parar de sacudir la cabeza.

Ya queda menos de un metro para que me alcance; no habíamos estado tan cerca desde el día que murió.

Esos ojos pardos albergan un pequeño indicio de bondad, como si el Owen que yo conozco todavía estuviera ahí dentro—.

El océano incentivaba el hechizo que te protege el corazón, por lo que tanto el veneno como tus…

habilidades quedaron reprimidos. Pero, en cuanto pusiste pie en tierra firme, la magia comenzó a debilitarse.

Y como ya no te resguardaba del todo, empezaste a sentir dolor en la zona del hombro donde te mordieron, ¿me equivoco?

Da otro paso más, lo que me obliga a retroceder. Casi me tropiezo con Annie, pero planto los pies en el suelo y mantengo las temblorosas manos al lado de las dagas. Owen termina de arrimarse a mí, y ahora sí sufro arcadas al percibir el hedor a sangre y podredumbre que emana de él.

—Acabarás enfermando, te lo aseguro. El veneno te irá destruyendo desde dentro —insiste.

Creo que se dispone a avanzar un paso más, pero entonces arruga la nariz. En ese instante, recuerdo el perfume con el que me roció Margaret poco antes del baile. El aroma parece repeler a Owen, pues entorna los ojos y deja al menos un palmo de distancia entre nosotros.

—Te matará lentamente, Aster —remacha examinándome el rostro. Su gélida mirada se detiene encima de mis labios, donde queda un rastro de sangre seca—. Es más, ya lo está haciendo.