Cruzanoches Capítulo treinta y nueve
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Capítulo treinta y nueve

Capítulo Treinta y Nueve

— O wen —susurro sin aliento. Doy varios pasos torpes hacia él—. ¿Eres…? ¿Eres tú de verdad?

Él hace una reverencia, con una sonrisa tensa.

—En carne y hueso —responde.

Se me escapa un sollozo y, por un momento, me siento como una niña: pequeña, indefensa y débil.

Esto debe de ser un sueño; no hay otra explicación.

Quiero lanzarme corriendo hacia él para estrecharlo entre mis brazos y no soltarlo jamás.

Mi hermano —mi mejor amigo— se encuentra a unos pocos metros de mí, más vivo que nunca.

Porque esa es la verdad: está vivo. Se me forma un nudo tenso y doloroso en el pecho.

—¿Cómo es posible?

Owen se despega del tronco con gran elegancia, y los mechones de pelo trigueño le caen sobre los ojos, en los que ya no hay ni rastro de bondad. Estos ojos… no son los correctos. El brillo calculador, inhumano y burlón que emiten no recuerda en nada a mi hermano.

—No eres él —digo retrocediendo a trompicones—. Solo eres… un cambiante que se está haciendo pasar por Owen. Mi hermano ha muerto. Vi con mis propios ojos cómo lo asesinaban.

—No te equivocas del todo —replica él con tono paciente, el mismo que usó en su día para enseñarme a cortar cebollas sin llorar, o para explicarme cómo concederle a alguien una muerte rápida y digna con un cuchillo.

Avanza hacia mí despacio—. Sí que me viste morir.

—Se desabotona la camisa negra y revela una cicatriz horripilante, justo donde aquella espada le atravesó el corazón—.

Morí, Aster, pero después… renací. El Gremio de las Sombras me convirtió en cambiante y me dio un propósito nuevo, una vida nueva.

—Me guiña el ojo otra vez y añade—: Sigo siendo yo, pero… en una versión mejorada.

No termino de asimilar lo que estoy oyendo, pero, al mismo tiempo, tiene todo el sentido del mundo.

—Fuiste tú el que se coló en la habitación de Albert y Elsie aquella noche —comprendo. Retrocedo otro paso, tan azorada que me noto el pulso en los oídos—. Y el naipe que encontré en el cuerpo de aquella pobre niñita… también fue cosa tuya.

Él asiente a todo, alentador.

—¡Muy bien! —exclama como hacía en el pasado, cuando yo lograba asestarle un ataque durante las sesiones de entrenamiento; hasta se le ilumina la mirada—. ¿Qué más?

El horror me hiela la sangre.

—Grabaste aquel mensaje en las frentes de los Hackney —digo con un nudo en la garganta—. Y me dejaste sus ojos encima de la camá.

Owen asiente una vez más.

—Nunca imaginé que me costaría tantísimo traerte hasta aquí, fuera de los límites de la hacienda —reconoce—. Pero ese dichoso cruzanoches… —Tensa un músculo de la mandíbula y hace una mueca de desdén—. Cada vez que yo te dejaba una pista, él te llevaba por el camino contrario.

Will… Al final sí que me estaba engañando, pero no por las razones que yo creía. Y eso significa que… lo sabía todo. Will sabía cómo encontrar al cambiante que me tenía atormentada, cómo encontrar a Owen, y no quiso decírmelo.

Más secretos. Más mentiras.

—Mataste a Querido —susurro con un hilo de voz—. Y escondiste el cuchillo debajo de la cama de Annie.

Ay, santas Estrellas. ¿Fue él quien…? No, no puede ser.

—Hipnotizaste a padre —gimo con las piernas temblorosas. Escruto los ojos de Owen en busca de algún atisbo de bondad, de algo que recuerde a nuestro padre, pero no hay nada parecido—. Intentó matarme.

—En realidad, le pedí expresamente que no te matara —replica él con un suspiro de frustración mientras se examina las uñas, negras como la brea—.

Si te soy sincero, Aster, después de llegar tan lejos para llamar tu atención, se me ocurrió que sería más fácil usar a alguien para que te arrastrara hasta aquí.

Y, como supuse que opondrías resistencia, pensé que dejarte herida sería lo más justo para esa persona.

—¡Está muerto, Owen! —le espeto a gritos—. ¡Padre está muerto!

Durante un brevísimo instante, una emoción casi humana le surca el rostro. Pero después arquea las cejas, aparta la vista de las uñas y me contempla con una mirada fría e insensible.

—Qué pena.

La ilusión infantil que experimenté al ver a Owen con vida delante de mí es sustituida por una rabia abrumadora y desenfrenada, como una bola de fuego que me calcina hasta los huesos.

—¿Cómo que «qué pena»?

—Para ti, me refiero —comenta encogiéndose de hombros, exasperado.

Sigue salvando la distancia que nos separa, reducida ya a poco más de un metro—.

Sé que te duele, pero no hace falta que sufras así.

Ni ahora ni nunca. —Saca una daga negra de la funda que lleva atada a la espalda.

La oscura hoja del arma tiene una inscripción en color violeta brillante, compuesta de palabras antiguas que no logro discernir—. Pronto dejarás de sentirlo.

El nudo del estómago me oprime las entrañas aún más.

—O sea, que pretendes matarme, ¿no?

—La muerte no existe para la gente como nosotros, Aster —dice él dando otro paso.

—¿La gente como nosotros? —repito al tiempo que retrocedo. Me pregunto si Owen sabía… sabe que soy medio cruzanoches. ¿No implica eso que él y el resto de nuestros hermanos también lo son?—. No soy… No soy como tú.

—No del todo, pero nos parecemos más de lo que crees.

—Por culpa tuya, hay un salón de baile lleno hasta los topes de cadáveres —gruño—. No nos parecemos en nada en absoluto.

—¿Ah, no? —replica arqueando las cejas. Luego esboza una sonrisa descarada, una expresión que ya no me recuerda a mi madre—.

No te hagas la inocente, hermanita. Te he visto matar.

En el fondo del océano yacen los muchos cuerpos que has tirado por la borda.

Hombres, mujeres y… —Mira de reojo a Annie, que sigue balanceándose de un lado a otro y murmurando cosas sin sentido— niños.

—No tuve otra alternativa —afirmo, pero el corazón se me agrieta.

La carcajada que profiere Owen no me transmite nada de familiaridad.

—Sigues contándote a ti misma esa mentira, ¿eh?

Da un paso más y está a punto de acorralarme contra un árbol, pero lo esquivo y me interpongo entre él y Annie. En respuesta, Owen sacude la cabeza y me lanza una sonrisa cómplice.

—Claro que tenías más alternativas. Siempre las hay.

Pero tú los elegiste a ellos, a madre, padre, Charlie, Margaret, Lewis, Albert y Elsie.

—La sonrisa desaparece de su rostro y la remplaza una mueca—.

Tomaste la decisión de matar para protegerlos.

—Se acerca otro paso—. También podrías haberte marchado de aquí en mil ocasiones, pero los antepusiste a tu propia felicidad.

—Otro paso—. A tu propia libertad. —Y otro—.

Esta noche, preferiste sacrificarte antes que delatar a los Cástor.

Sí —añade al verme tan sorprendida—, te he estado vigilando de cerca.

Como cambiante, poseo habilidades que me permiten transformarme en todo cuanto desee: una persona, un animal o un… cuervo.

¿Un cuervo? ¿Como el que recogió la carta de la suerte de Owen antes de que nos trajeran hasta la costa en aquel barco?

¿O el que surcaba los cielos cuando el intruso saltó por la ventana de Elsie y Albert?

¿O el que se posó en la cúpula del Templete de Hildegarda la noche que salí a nadar?

Owen ha estado aquí desde el principio, observándome y atormentándome.

—¿Por qué? —inquiero aguantándome las lágrimas—. ¿Por qué haces esto?

Él suelta un suspiro de exasperación y, por primera vez desde que ha hecho su reaparición, me percato de lo cansado que parece.

—¿Nunca te has preguntado por qué nos encontraron los cruzanoches, si llevábamos toda la vida en el mar?

—Va recorriendo el borde del claro a paso lento—.

Yo sí, en cuanto me concedieron esta segunda vida.

—Le echa un vistazo a la pulsera que llevo—.

Fue por una magia antiquísima, nacida mucho antes de que los cruzanoches cayeran de Elysia, mucho antes de que nos robaran las tierras, los tronos y esa misma magia.

—Se toca la muñeca, que solía lucir una cinta de cuero trenzado como la mía.

Aprieta los puños y continúa—: Nuestros padres nos mintieron sobre muchísimas cosas.

Pero he de reconocer que fueron listos al hacernos usar las pulseras como distintivo personal.

Así se aseguraron de que no nos las quitáramos nunca, y de que nadie cuestionara su… utilidad.

Me tapo la muñeca con la otra mano, como si eso sirviera para proteger la pulsera, o quizá a mí misma. Mientras tanto, él sigue rodeando el claro.

—Estaban encantadas.

—¿Encantadas? —repito yo con incredulidad—. Pero si la hechicería…

—¿Es ilegal? Por supuesto —responde con el tono paciente de antes—.

Nuestros padres pagaron una cantidad considerable de dinero para que alguien le pusiera a cada una de nuestras pulseras un encantamiento, un hechizo para que nadie nos encontrara nunca.

—Se detiene y examina el borde del claro con expresión grave.

A continuación, se gira hacia mí con la mirada colmada de culpabilidad—.

Para que nadie te encontrara a ti, más bien.

—¿A mí? ¿Y eso por qué? —pregunto casi susurrando.

—¿No te acuerdas de que estás maldita? —contesta con un gesto cómplice.

La presión de mi estómago aumenta todavía más cuando los murmullos incomprensibles de Annie cesan. Lo único que se oye ahora en el silencioso bosque son los pasos lentos y regulares de Owen.

—Todo empezó cuando éramos pequeños —prosigue como si estuviéramos de cháchara—. Madre y padre tuvieron que parar a buscar comida en algún punto de la costa de Barbarie. —Ya no me mira a mí, sino a los arbustos y matorrales que bordean el claro—. Y allí recibiste un mordisco.

—¿Cómo que recibí un mordisco?

El nudo de las entrañas no me deja ni respirar, pero Owen asiente lentamente con expresión indescifrable.

—De hecho, estuviste a punto de perder el brazo izquierdo.

Me agarro el hombro y creo recordar el tacto desgarrador de unos dientes, como si la sensación se me hubiera quedado grabada en la piel y los huesos.