Capítulo treinta y ocho
Capítulo Treinta y Ocho
P arpadeo varias veces, descolocada.
—Will, yo…
—¡Huye!
Me zafo de él a trompicones, salto el cuerpo de Martin y me dirijo corriendo hacia las caballerizas. No puedo permitir que Will me siga de vuelta a la mansión, ya que podría atacar a Elsie, Albert y los demás. Por el contrario, si consigo llevarlo al interior del bosque…
Un aullido escalofriante resuena por el jardín. Me tropiezo y pierdo el equilibrio, pero no me detengo, ni tampoco al oír los crujidos de la hierba a mi espalda. No me hace falta girarme para saber que Will me está persiguiendo.
Nunca lo había visto tan desenfrenado; ni siquiera sabía que era capaz de ponerse así.
Supongo que es el resultado de entrar en contacto con toda la sangre del salón de baile: ha perdido el control por completo.
No obstante, el resto de los cruzanoches no se han convertido en bestias salvajes.
Y la sangre tampoco pareció surtir ningún efecto en Tito; en todo caso, le resultó beneficiosa.
Entonces, ¿por qué ha transformado a Will en un monstruo insaciable y sediento de sangre?
El siguiente gruñido de Will suena más cercano que los anteriores, y el terror me invade las venas con tanta violencia que casi decido rendirme. Noto una punzada en el pecho al comprender que no conseguiré escapar de él. No soy lo bastante rápida; nunca lo soy.
Sin embargo, lo que necesito ahora no es superar a un cruzanoches en velocidad, sino en inteligencia.
Cruzo a la carrera las puertas abiertas de las caballerizas, pero los pies se me enganchan con algo y caigo de bruces en el suelo.
Escupo la tierra que se me ha metido en la boca y me pongo bocarriba.
Una ráfaga gélida de terror se propaga por todo mi cuerpo al ver lo que ha provocado mi caída: un torso medio desnudo, apenas cubierto por los jirones de un vestido verde azulado.
Es la otra cruzanoches que iba aferrada al brazo de Will, la que tanto se reía hace solo unas horas.
Will se detiene ante el cuerpo desmembrado y lo contempla con la cabeza ladeada.
—Will… —mascullo con la boca más que seca.
Él tensa la mandíbula y enseña los dientes. No aparta la vista del torso, sino que entorna esos ojos dorados. Más allá del impulso sanguinario que reluce en ellos, detecto ese brillo escrutador tan característico de él.
—Vuelve conmigo, Will —murmuro al tiempo que me levanto—. Tu familia te necesita. Annie te necesita.
Su mirada me atraviesa como un cuchillo y me roba todo el aire de los pulmones.
—Annie ha desaparecido —insisto dando un paso hacia él, sin hacer mucho caso del cadáver que nos separa.
Él gruñe otra vez, pero noto que suaviza la expresión y relaja los rasgos, aunque quizá sea obra de mi imaginación.
—Te necesita —repito. Estiro una mano temblorosa y le toco la mejilla salpicada de sangre, unas manchas que parecen vibrar al sentir el tacto de mis dedos. Trago saliva con fuerza, luchando contra el nudo de mi garganta, y susurro—: Igual que yo.
Me cae una lágrima en los nudillos.
Will coloca una mano sobre la mía y se pega más a mi palma, con los ojos cerrados.
—La sangre… —jadea con voz desgarrada—. Había… tanta sangre…
Cuando vuelve a abrir los ojos, solo le queda un circulito dorado alrededor de los iris verde esmeralda. Las lágrimas le surcan la cara.
—Hui de allí, pero había… más gente —añade moviendo la nuez—. No pude contenerme. Y lo intenté. Con todas mis fuerzas.
Se encoge y empieza a temblar, por lo que decido estrecharlo entre mis brazos.
—Lo sé —digo, porque no se me ocurre otra cosa—. Sé que lo intentaste.
De repente, se aparta de mí y me agarra los hombros con pesadez.
—¿Y Annie?
—Consiguió escapar del incendio, pero luego desapareció —respondo sacudiendo la cabeza.
El asiente con brusquedad y prácticamente me arrastra hasta el establo de Cáligo. Una vez que estamos allí, me sube a la silla de montar haciendo uso de una fuerza sobrehumana, pero él sale a pie.
—¡Miraré en el invernadero! —grita mientras se aleja—. Tú ve al Templete de Hildegarda. Puede que se haya desorientado otra vez.
—¡Espera! —Lo sigo al galope. Señalo a la unicornio con la barbilla y pregunto—. ¿Por qué no te llevas a Thea?
Will se funde con la oscuridad sin mirar atrás ni contestar, moviéndose a una velocidad incomprensible.
El viento me azota el rostro mientras cabalgo hacia el templete.
Queda poco para el amanecer, como demuestra el rayo de luz carmesí que empieza a sobresalir del horizonte.
En comparación con el estruendo de risas y música que sonaba por toda la hacienda al inicio de la noche, ahora solo se oyen las pisadas atronadoras de Cáligo por el patio y los latidos de mi corazón.
— Aster —dice el cambiante de nuevo.
Me apeo del caballo y subo los escalones del templete con la cabeza entre las manos, acosada por la jaqueca.
—¿Annie? ¿Estás ahí, Annie? —llamo.
—¡Aster!
—¡Para! —chillo—. ¡Sal de mi cabeza! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡¡Fuera!!
Un dolor cegador me abrasa la mente, y tengo que agarrarme a la estatua del centro del templete para no caerme.
Parpadeo hasta que desaparecen los puntitos negros que me nublan la vista y miro entre las columnas de la entrada, donde se recorta el imponente límite del bosque.
La figura encapuchada que se alza ahí debe de ser una alucinación.
Aun así, cuando se gira y desaparece entre la oscuridad, me lanzo a perseguirla sin pensármelo dos veces.
Bajo los escalones a toda velocidad y me sumerjo entre los matorrales sin hacer caso de los gimoteos de Cáligo; de todas formas, la frondosa vegetación no tarda mucho en tragarse los relinchos del caballo.
La figura se mueve por el bosque con gran agilidad, saltando los troncos caídos como si nada.
Hago todo lo que puedo por seguirle el ritmo, aunque la mente me esté pidiendo a gritos que frene, dé la vuelta y vaya a buscar a Will.
Hay algo inexplicable que me empuja a acelerar más, a alcanzarlo.
Tengo que ser lo bastante rápida, al menos esta vez.
Justo cuando los músculos de mis piernas amenazan con rendirse, la figura se abre paso entre las zarzas que crecen más adelante. A pesar del flato que noto en el costado, aprieto los dientes y corro tras ella a trompicones.
Salgo a un pequeño claro, donde me detengo a recuperar el aliento y espero a que la vista se me acostumbre a la oscuridad. En medio del lugar, Annie se balancea de un lado a otro mientras murmura algo inaudible, con la mirada fija en una franja de tierra vacía.
La presión que siento en la cabeza se está volviendo insoportable, pero me arrodillo delante de la niña y le aparto los negros rizos de la cara.
Dejando a un lado lo extraño de su comportamiento, parece que está bien.
—Ven conmigo —jadeo aferrándola del brazo—. Tenemos que volver. Tu hermano…
Annie se zafa de un tirón, y sus murmullos se tornan más intensos y urgentes. Me inclino hacia ella y afino el oído tanto como puedo.
Si consiguiera distinguir las palabras…
—No puede marcharse contigo —dice la voz debilitada de lord Bludgrave a mi izquierda.
Entorno los ojos y logro vislumbrar la silueta de sus anchos hombros: está atado a un árbol y tiene el rostro maltrecho y ensangrentado.
Después de que Tito me sacara del incendio, ni me percaté de que el padre de Will no se encontraba entre los supervivientes; di por sentado que se había salvado.
Sin embargo, ahora que lo pienso mejor… no he visto a lord Bludgrave desde que las hadas lo liberaron en el salón de baile.
—¿Por qué no? —exijo saber mientras camino hacia él.
Extiendo la mano y me dispongo a desatar las cuerdas que lo mantienen atado, pero me detengo al detectar la presencia de alguien más al borde del claro.
—Yo en tu lugar no haría eso —comenta una voz, tan familiar que me provoca escalofríos.
Dejo de respirar por completo y me giro lentamente hacia esa voz, la misma que me atormenta día sí y día también. Casi me había olvidado de cómo sonaba, hasta el punto de preguntarme constantemente si era posible que la recordara mal, pero no me equivocaba: era él desde el principio.
En la otra punta del claro, apoyado con desparpajo en un árbol, se encuentra un fantasma con un traje violeta de punta en blanco. Me guiña el ojo como si esto no fuera más que una broma cruel.
—Ya iba siendo hora, ratoncita.