Cruzanoches Capítulo treinta y siete
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Capítulo treinta y siete

Capítulo Treinta y Siete

E l corazón me da un vuelco y amenaza con pararse por completo.

Si tengo sangre de cruzanoches en las venas, ¿qué dice eso de mis padres?

¿Me he pasado toda la vida odiando a los cruzanoches sin saber que uno de ellos dos también lo era?

Ni mi padre ni mi madre nos han hablado demasiado de cómo eran antes de estar juntos, o de dónde vivían; siempre nos han contado que empezaron a vivir de verdad cuando se conocieron, y poco más.

El pecho se me rompe en pedazos al pensar en mi padre.

—Céntrate, Aster —insiste Tito—. Puedes extinguir las llamas. Ordénale al agua que vaya donde tú quieres.

—Haces que suene fácil —contesto, a medio camino entre las risas y los sollozos.

—Lo de «fácil» es un poco relativo —repite con una sonrisa apenada. Se pone de pie apoyándose en el borde de la fuente—. Venga, respira hondo.

Le hago caso e inhalo todo el aire que puedo. El humo, denso e implacable, me provoca un ataque de tos al inundarme los pulmones.

—Así, muy bien —murmura Tito con esa voz melodiosa y amable, como si estuviera cantando una nana—. El agua te obedece. Es tu sirviente. Exígele que te escuche. Hazla tuya.

El agua que discurre por la fuente me susurra una súplica extraña, y yo respondo acercando la mano a la superficie. Mi reflejo se ondula, pues el agua se eleva hacia mi palma como si se sintiera atraída por ella, como si quisiera someterse a la voluntad de mi subconsciente…

Es mía, igual que este poder.

Levanto la mano izquierda con un gesto fluido similar al que ha hecho Tito antes, como si fuera a tocar la mansión Bludgrave.

El agua asciende y se queda flotando en el aire como una ola gigantesca que domina todo el lugar.

Mientras Tito me contempla con fascinación, el nuevo torrente se estampa contra el ala este del edificio, mucho más fuerte que el del príncipe.

El poder que discurre por mis venas es tan intenso que me vibran hasta los huesos, con una ráfaga de energía que me hace sentir parte de este mundo.

Yo soy el agua, y el agua es yo. No me rendiré. No vacilaré.

Pero esta magia absorbe hasta la última gota de manán que puedo permitirme extraer de la médula y la sangre.

Cuando me ceden las rodillas y me flaquean los músculos, Tito me toma de la mano y entrelaza sus dedos con los míos.

Al mismo tiempo, me agarra la muñeca con la otra mano y me estira el brazo hacia el ala este.

Aunque se planta ante mí y me mira a los ojos con esos iris dorados, es como si se hubiera vuelto semitransparente: veo las venas que le recorren la cara, así como la sangre que le circula por todo el cuerpo.

Me dice algo, pero los latidos unísonos de nuestros corazones son tan ensordecedores que no lo oigo.

Me aferró al poder que palpita en su pecho y lo hago mío.

El agua que conjuro emerge de debajo de la fuente con una potencia brutal, hasta tal punto que rompe la estructura de piedra y raja el suelo.

El torrente desenfrenado nos envuelve por todas partes y crea una especie de túnel que lleva directo hacia la mansión.

Las llamas se apagan una tras otra, hasta que la voz lejana de Tito me ruega que pare.

—Ya está —dice tocándome la mejilla—. Se acabó. Puedes dejarlo. Estás a salvo. Todos lo estamos.

A salvo…

Me aprieta la mano, y su rostro recobra por fin la nitidez: vuelvo a ver esa piel pálida, esos ojos azules, esa mata de pelo rubio despeinado. Me estrecha entre sus brazos, firmes, reales y más familiares de lo que podría explicar.

Sí: ahí me siento a salvo.

Cuando me derrumbo, Tito nos tumba a los dos en el suelo con gran cuidado.

Mientras intentamos recuperar el aliento, el humo se disipa y revela los cimientos ruinosos de lo que era el salón de baile.

No solo he accedido al poder que le quedaba a Tito, a las escasas reservas de manán que se había guardado, sino que también lo he gastado.

No entiendo cómo funciona esta magia, pero, a juzgar por el aspecto del chico, le he arrebatado las pocas fuerzas que tenía hace un minuto.

Aunque se desploma del todo, todavía oigo sus latidos, y los movimientos de su pecho me indican que solo ha perdido el conocimiento.

Sigue vivo, gracias a las Estrellas. Al principio de la noche, me habría encantado ser la causa del fin del príncipe, pero ahora… Todo ha cambiado en apenas unas horas.

Absolutamente todo.

Acuesto a Tito en el suelo con delicadeza y me giro en busca de Killian y… Will.

—¡¿Annie?! —chilla la vocecilla rota de Elsie, que se hace oír por encima del caos. Diviso a mi hermana al otro lado del patio, con el rostro embadurnado de hollín—. ¡¿Dónde está Annie?!

Me encamino hacia ella, pero el dolor de la cabeza me golpea como una explosión y hace que se me nuble la vista.

— Aster —dice la voz distorsionada otra vez, todavía más fuerte que antes.

A estas alturas estoy segura de que es el cambiante. El sonido se me cuela en el cráneo y penetra en mi subconsciente, hasta tal punto que no sé distinguir si viene de fuera o de dentro.

—No —mascullo entre dientes—. ¡Sal de mi cabeza!

El estruendo de un disparo me sacude el pecho.

Bueno, no es un disparo… A lo lejos, una tanda de fuegos artificiales ilumina Paraíso de Tinta.

Los estallidos me llevan de vuelta al Crealuz, a los cañonazos atronadores del día en que Owen murió.

En el mar, no podía huir de nada que me asustara: no había ningún sitio al que ir.

Allí no me quedaba otra que plantarles cara a los enemigos, mantenerme firme y luchar.

Pero ahora… sí que puedo huir de la pena, del miedo y de todo lo demás.

Solo tengo que echar a correr.

Creo que alguien chilla mi nombre, pero los pies ya me llevan hacia el oeste.

Acelero tanto el paso que la bilis me sube por la garganta, en un intento desesperado de escapar del dolor.

Sin embargo, la sensación me persigue por mucho que me aleje de la mansión Bludgrave, el lugar donde yace el cuerpo muerto de mi padre, la jaula de oro que por fin ha revelado su verdadera identidad: es un campo de batalla, una prisión, una tumba.

No pude salvar a mi padre, y tampoco a Owen.

¿Quién será el siguiente? ¿Elsie? ¿O Albert?

¿Lewis? ¿Margaret? ¿Charlie? ¿Nuestra madre?

Estoy condenada a perder a todos mis seres queridos; esa es mi maldición.

Y lo que ha ocurrido está noche no es más que el principio.

El Gremio no se rendirá hasta que me haya arrebatado todo cuanto amo y me haya dejado sin nada.

Solo me quedará esta pena asfixiante y esta rabia desenfrenada, nada más. Nada, nada, nada.

El dolor me lacera como un cuchillo, y caigo de rodillas con la cabeza entre las manos. Se me escapa un sollozo espeluznante, pero justo cuando empiezo a notar otra vez el calor abrasador de la ira en mi interior, una ráfaga de frío me calma los sentidos.

Se oye un gruñido que me eriza el vello de la nuca, tan flojito que casi lo paso por alto.

A pesar de que sigo teniendo la vista borrosa, logro vislumbrar la silueta de una figura oscura y encapuchada, arrodillada sobre un cadáver inerte tirado a unos metros de mí.

Tiene sangre en la pálida boca y la barbilla, así como unos brillantes ojos dorados que me acechan con la mirada famélica de un animal salvaje.

¿Es… Will?

El chico ladea la cabeza, pero se mantiene perturbadoramente quieto cuando curva los labios y deja al aire unos dientes ensangrentados.

—¿Will? —susurro escrutando las tinieblas con el pulso acelerado.

Él se inclina sobre el cuerpo sin vida como un lobo que pretende defender el botín de su caza. Y el cadáver… me recuerda mucho al jardinero.

—Por todas las Estrellas, ¿es ese… Martin?

Will se encoge como si le hubiera pegado, pero luego se gira hacia mí y suelta otro gruñido que me hiela la sangre. Me estremezco al pensar que, ahora mismo, cumple todos mis prejuicios iniciales sobre los cruzanoches: parece algo sacado de mis peores pesadillas, un auténtico monstruo.

—Will, soy yo, Aster —digo con voz entrecortada.

Él bufa y se pone a cuatro patas sobre el cadáver de Martin, como una bestia. Después saca la lengua y se la pasa por los labios.

Aparto la vista de él y me fijo en el rostro del jardinero, en su mirada vacía y su expresión tranquila, como si hubiera tenido una muerte indolora. La herida abierta del cuello le ha empapado de sangre la camisa blanca almidonada.

En ese instante, recuerdo lo que me explicó Will la noche en que encontramos a los Hackney asesinados: «La sangre es la fuente más pura de manán, y la de los humanos goza de más potencia que ninguna otra.

Pero también nos transforma en criaturas sanguinarias y descerebradas, igual de malignas que los secuaces.

Nos volvemos tan feroces como un gore y el doble de mortíferos».

—Pero ¿qué has hecho? —susurro, incapaz de quitarle ojo al revoltijo cruento de venas y carne—. ¡¿Qué has hecho?!

Will avanza hacia mí, observándome de tal manera que me quedo petrificada.

Se me corta la respiración al ver los lirios blancos que lo rodean, todos ellos salpicados de manchas rojo carmesí.

«Simboliza condolencia con aquello que ha llegado a su fin —me dijo hace muchos meses—.

Y también la esperanza de un nuevo comienzo».

Al notar el sabor de la sal, me doy cuenta de que tengo las mejillas bañadas de lágrimas.

Will está tan cerca que seguramente oirá los latidos descontrolados de mi corazón, a punto de reventar.

Se inclina hacia mí hasta que noto en la cara el calor de su aliento, entremezclado con un hedor metálico y nauseabundo.

Aun así, esta calidez me recuerda al Will de verdad, a mi Will: el chico considerado, leal y bondadoso; el joven normal y corriente, nada parecido a la bestia empapada de sangre inocente que se cierne sobre mí.

—¿Will? —susurro empujada por el pánico—. Will, por favor. Estoy aquí. Contigo.

Él me olisquea la curva del cuello y me roza la piel desnuda de la garganta con la nariz. En ese momento, su postura recupera un cierto atisbo de humanidad. Levanta la mano y me acaricia la cicatriz con el pulgar.

Cuando habla por fin, tiene la voz ronca y más grave de lo habitual, tanto que apenas discierno la única palabra que pronuncia:

—Huye.