Cruzanoches Capítulo treinta y seis
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Capítulo treinta y seis

Capítulo Treinta y Seis

E l cuerpo de Trudy se desploma en el suelo, retorcido y ensangrentado. Así, sin más, el sylke que asesinó a mi hermano queda desterrado. He vengado a Owen. Debería sentir alivio, o satisfacción, pero… ¿por qué me da la impresión de que he hecho justo lo que quería ese monstruo?

—Esto no acaba aquí —murmuro arrodillándome a recoger las dagas, con el vello de la nuca erizado—. Demasiado fácil.

—Lo de «fácil» es un poco relativo, ¿no crees?

—dice Tito mientras decapita a un cruzanoches poseído que venía hacia nosotros; se saca una estrella metálica del bolsillo y se la lanza sin siquiera mirarlo—.

En mi opinión, eres tú quien hace que esto de desterrar a los sylkes parezca sencillo, aunque en realidad se esté volviendo más complicado cada día.

Diviso a Gylda, la guardia rubia, y la agarro del brazo cuando pasa corriendo por mi lado. Lleva el rostro y el sable cubiertos de sangre, aunque sonríe como si acabara de ascender al trono de Enigma.

—¿Has visto a Will? —le pregunto.

—No —niega con la cabeza—, pero los secuaces se están batiendo en retirada.

No me había dado cuenta, pero tiene razón. Avisto a Henry entre la menguante multitud, al otro lado de una de las manadas de Killian, que se abalanza sobre el último gore mientras Dorothy continúa acechando a Elsie y Albert.

—¡Dorothy! —grito abriéndome paso entre la sangre, las tripas y los excrementos, una masa que ya me llega a los tobillos. Esquivo cuerpos enteros y trozos sueltos de otros, en un intento de alcanzar a la chica a la que creía muerta hasta esta noche—. Sé que sigues ahí dentro.

Ella gira todo el cuello hacia mí, un gesto tan forzoso que los huesos le crujen de forma audible. Cuando el sylke rompe a reír, la boca de la chica se estira exageradamente y los dientes se le transforman en pinchos puntiagudos.

— Dorothy está muerta . —En la voz que brota de ella no hay ni rastro de la muchacha apacible con la que he faenado los últimos meses; este sonido es gutural y tenebroso, la personificación distorsionada de una pesadilla—. La hemos devorado .

A su espalda, Henry se queda conmocionado. Alguien le ha conseguido un arco mientras yo estaba combatiendo con Trudy, y ahora apunta a la nuca de Dorothy. La tiene a tiro, pero no dispara.

—No puedo —gesticula mirándome, con el cicatrizado rostro bañado de lágrimas—. No soy capaz.

Me acerco más a Dorothy; o, mejor dicho, al sylke que la ha poseído.

—Dorothy, sé que empezamos con mal pie —digo lentamente, dando un paso a cada palabra—. Pero, si pudiera volver atrás y cambiar algo del tiempo que he pasado aquí, intentaría hacerme amiga tuya. Espero que lo sepas.

El sylke ladea la cabeza y, por primera vez, me parece ver un atisbo de Dorothy en el fondo de esos brillantes ojos rojos.

—Me habría gustado ser tu amiga —insisto con la esperanza de que ella pueda oírme, pero también les ruego a las Estrellas que no sienta dolor con lo que voy a hacer.

Salto hacia el sylke y clavo una de las dagas en el pecho de la chica.

La criatura profiere un alarido espeluznante mientras su tenebrosa silueta se desvanece entre siseos.

La hoja de mi cuchillo se empapa de sangre negra e inmunda.

Henry llega a tiempo de sujetar el cuerpo de Dorothy, y se arrodilla con ella en brazos.

Los efectos corpóreos de la posesión del sylke van desapareciendo, por lo que la muchacha recupera las manos sin dedos, los ojos marrones y la boca sencilla, sin uno solo de esos colmillos.

Ahora que se ha librado del monstruo, la verdadera Dorothy tose sangre entre cada aliento sibilante.

—¿Aster…?

—Estoy aquí —respondo agachándome a su lado.

—A mí también me habría gustado —dice con labios temblorosos, como si intentara sonreír.

Henry hace un ruido a medio camino entre una carcajada y un sollozo. Dorothy lo contempla con la mirada perdida y vidriosa, mientras le sigue saliendo sangre de la boca.

—Te amo, Henry —murmura con un hilillo de voz.

Tras un último escalofrío que le sacude todo el pecho, se queda completamente inmóvil. Henry hunde la cara en su cuello y empieza a sollozar con violencia, sin importar que el pelo de la chica lo manche de sangre.

Todo ocurre en un abrir y cerrar de ojos, pero el mundo entero parece ralentizarse cuando saltan chispas a la derecha de Henry y la cortina se prende fuego.

Las chispas se van sucediendo por toda la pista de baile, hasta que el salón entero llamea como una antorcha.

Killian chilla algo, pero el rugido de este infierno me impide oírlo.

Aunque el humo me abrasa la nariz y la garganta, no pienso abandonar a Henry. Me niego.

—Henry, tienes que parar.

Le tiro del brazo, pero él permanece donde está, sin preocuparse por las llamas que nos acechan por todos lados.

—¡Déjame arder! —grita con voz gutural. Sus ojos emiten un resplandor dorado—. ¡Deja que me marche con ella!

—¿De verdad crees que Dorothy querría eso?

Las lágrimas surcan el rostro crispado y cicatrizado del chico. Vuelve a lanzarse sobre Dorothy y le toca las mejillas. Empieza a susurrarle cosas, tan frenéticamente que se atraganta con sus propios sollozos.

El humo inunda el salón de baile, y el hedor a carne quemada me revuelve el estómago. Agarro a Henry de la muñeca.

—¡Escúchame…! —Intento chillar con ronquez, pero las llamas consumen la habitación con tal estruendo que no me oigo.

Cualquier rastro de esta masacre desaparecerá antes de que acabe la noche.

Cuando alguien logre por fin extinguir el incendio, solamente quedarán huesos carbonizados y rumores sobre la misteriosa tragedia acontecida en la mansión Bludgrave—. Apaga el fuego, Henry. Por favor.

—No puedo. ¡No puedo! —brama.

Yo creo que más bien no quiere, pero eso da igual. Está claro que Henry no saldrá de aquí por su propio pie.

—Algún día me lo agradecerás —comento antes de pegarle en la cabeza con la empuñadura de la daga.

El chico se desploma en el suelo, inmóvil.

Meto los brazos por debajo de sus axilas y lo arrastro medio a ciegas por uno de los huecos que hay entre las llamas, en dirección a las puertas más cercanas.

Henry suelta un gemido de protesta, pero está demasiado debilitado para resistirse—. O quizá no.

Justo cuando estoy a punto de llegar a la salida, una de las vigas incendiadas se desprende del techo y me corta el paso. Si estuviera sola, no tendría problema para saltarla y huir a un lugar seguro. Por desgracia, sé que no podré pasar a Henry por encima del madero, no con la rapidez necesaria.

Rompo a toser, y el humo me llena los pulmones al doble de velocidad. Intento echarme a Henry sobre la espalda, pero estoy mareada. Muy mareada…

— Aster —dice la misma voz distorsionada de antes—. Levántate, Aster. Déjalo aquí .

Parpadeo varias veces en un intento de comprender lo que estoy oyendo. ¿Podría pertenecer esta voz al cambiante que me ha atormentado durante meses, decidido a seguir jugando conmigo en mis últimos momentos? ¿O es posible que de verdad pretenda ayudarme a escapar del fuego?

No, debe de ser una ilusión causada por el humo. Solo estoy confusa. No puedo… abandonar a Henry. Claro que no…

—¡Aster! —grita alguien diferente a lo lejos—. ¡Los he encontrado!

Se trata de Killian.

—¡Están aquí!

Noto que me levantan del suelo y me pegan al pecho de alguien.

Atravesamos la sofocante masa de calor y salimos al aire fresco.

Abro los ojos levemente, lo justo para ver a Killian arrastrar a Henry hacia el patio del ala este, donde lady Isabelle toma a su hijo entre sus brazos como si fuera un niño pequeño.

Pero no me da tiempo a ver más, porque se me nubla la vista y los párpados se me cierran con una pesadez irrefrenable.

Me estoy durmiendo, precisamente lo que necesito ahora.

—Eso sí que no, querida.

Me zambullen en agua fría sin previo aviso, y abro los ojos de golpe.

Tito se alza sobre mí, hundiéndome en la poza de la fuente.

Intento zafarme de él, pero, nada más conseguirlo, él me saca del agua y me estrecha entre sus brazos.

Después se despega de mí y me toca la cara mientras me examina los ojos.

—Ha funcionado —susurra con voz temblorosa—. Estás…

—¡Tito! —chilla Killian desde el otro lado del jardín.

Giro la cabeza hacia la derecha, donde descansan mi madre, Jack, Annie y mis cinco hermanos; todos han salido ilesos del incendio, junto con Sybil, Boris, Gylda y Hugh. El fuego continúa devorando el ala este del edificio, y las densas columnas de humo negro envuelven el porche.

Por un momento, creo que Tito no piensa soltarme nunca, pues me abraza con más fuerza todavía. No obstante, cuando Killian lo llama a gritos otra vez, se rinde por fin y me levanta de la fuente como si no pesara nada, para luego dejarme en el suelo con gran delicadeza.

—Dame un momentillo —dice con una sonrisa seca dibujada en las comisuras de los labios.

Después se vuelve hacia el ala este y respira hondo. Levanta las manos con un gesto fluido y, como respuesta, el agua de la fuente se alza como una ola. Cuando agita la muñeca, el torrente surca todo el patio y sale disparado hacia las llamas con una precisión exacta.

Imagino lo que se podría hacer con un poder así en el mar, donde las mismísimas olas se verían sometidas a los caprichos de cualquier cribasangres, y reprimo un escalofrío.

Sin embargo, las habilidades del príncipe parecen tener límites.

El agua se derrama por el suelo antes de llegar a la mansión, y Tito cae de rodillas entre gruñidos.

Por alguna razón, decido arrastrarme hacia él, que levanta la cabeza sin parar de jadear y me contempla con los ojos dorados como la miel.

—Estoy debilitado —ruge estrujándose el pecho. Siento que puedo oír los latidos de su corazón, tan frenéticos que parecen ondular el aire que nos rodea—. Tienes que… probar.

—¿Cómo? ¿Tengo que probar el qué? —pregunto con voz temblorosa.

—El agua —responde entre toses; le cae sangre por el labio—. Lo notas, ¿verdad?

Aparto la vista de él y me giro hacia el agua de la fuente. Me estudio en el reflejo de la superficie, donde ahora brillan dos ojos dorados que me devuelven la mirada.

—Lo sabía —susurra Tito.

Supongo que yo también, probablemente desde el momento en que descubrí la verdad sobre los cruzanoches y su magia.

Ahora entiendo la sensación de que el agua me llamaba, o la sangre que brotó de los ojos de Percy solo con que yo lo pensara.

Siempre he creído que era un efecto más de mi maldición, pero la realidad es que he tenido poderes propios desde el principio, aunque no debería ser posible.

Me vuelvo hacia los ojos dorados de Tito, tan brillantes como el sol mismo.

—Pero si soy humana… ¿no? —susurro dando gracias por la distancia que nos separa de los demás, apiñados entre los rosales del patio del ala este.

—Medio humana, en todo caso —responde Tito en voz baja, secándome una lágrima con los nudillos tatuados—. Eres una cruzanoches, Aster.