Cruzanoches Capítulo treinta y cinco
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Capítulo treinta y cinco

Capítulo Treinta y Cinco

A l entregarme a mi destino, me llegan susurros indistinguibles de todas partes y el sabor metálico de la sangre me abruma los sentidos.

Tal y como ocurrió aquella noche en la fuente, cuando me hundí en la poza cruenta, me embarga una vitalidad repentina que electrifica hasta la última de mis células.

Mis venas son invadidas por una ráfaga de poder, al mismo tiempo desconocido y más familiar que mi propio pulso.

Me aferró a todo ello; a mi valor, a mi esperanza y a mi rebeldía.

Los secuaces me lo han arrebatado todo: un hermano, un padre, un hogar.

Pero no permitiré que se apoderen de mí.

La presión desaparece como si me hubiera quitado un peso de encima, y me incorporo sobre la rodilla con una daga en las dos manos.

Toso hasta escupir la sangre, que me chorrea por la barbilla, pero cada jadeo aviva el fuego de mi pecho, que me caldea desde dentro con su ardor radiante.

En un primer momento no levanto la cabeza, sino que fijo la vista en suelo, en el mar de sangre que ondula al son de mi pulso.

— Eres una criatura verdaderamente interesante —canturrea el sylke—. Estoy deseando descuartizarte poco a poco .

Yo sigo estudiando la superficie carmesí de la sangre, en la que ahora se reflejan dos orbes de luz dorada, como los ojos de un cruzanoches.

Trudy levanta el pie para dar otro paso, pero se para en seco cuando alzo la cabeza y la fulmino con la mirada. La emoción que se dibuja en su rostro es el miedo.

— Ahí está Aster la Violenta —susurra luego—. Ahora empieza la diversión .

—¿He oído «diversión»?

Casi se me sale el corazón al escuchar la voz melodiosa de Tito.

El chico surge de detrás del hombro derecho de Trudy, con un aspecto tan heroico como el del célebre pirata que le da nombre.

Supongo que Killian se apresuró a curarlo todo lo posible, pues le ha bajado la hinchazón de la cara y se le han cerrado los agujeros de las manos.

Tito estira el cuello y se recoloca los puños rotos de la camisa, como si no acabaran de bajarlo de la pared a la que estaba clavado como un insecto muerto.

—Es bien sabido que soy bastante ducho en el tema —prosigue agachándose.

Hunde las manos en la charca de sangre, y los ojos se le vuelven dorados al tocarla.

Cuando mueve la mirada de Trudy a mí, la expresión de su amoratado rostro se torna preocupada—.

Santo Creador Absoluto… —suspira con una sonrisilla traviesa en la comisura de los labios partidos—.

Eres una contradicción con patas, Aster Oberon.

Trudy nos observa a los dos, incrédula, y después echa la cabeza hacia atrás entre carcajadas erráticas.

— Qué curioso. El príncipe y la pirata… —Tuerce la cabeza hacia Tito y chasquea la lengua—. ¿Qué opinarán tus papis?

—Si te digo la verdad, nunca me ha importado mucho lo que opinen —responde él pasándose el pulgar por el labio inferior, que se le mancha de sangre—. Pero se lo preguntaré cuando Aster asista a mi boda. —Me contempla con ojos sinceros—. Porque piensas acompañar a Will al palacio, ¿verdad?

—¿Acompañar a Will? ¿Al palacio? —balbuceo, un poco descolocada.

Tito mira a su alrededor, tratando de reprimir una risa entre esos labios enrojecidos. Cuesta creer que hace unos minutos tuviera un pie en la tumba.

—¿Es que hay eco en esta habitación? —bromea.

— Tienes suerte de que mi maestra quiera mantenerte con vida —me gruñe la sylke con exasperación—. De lo contrario, te arrancaría el corazón de cuajo y te lo metería en la boca para que te ahogaras .

—Vaya, eso está muy feo —le riñe Tito—. Si pretendes conquistar a la señorita Oberon, deberías decirle algo como «¿puedes unirte a nuestra secta maligna, porfi?» o… «despídete de tu cuello».

Trudy se gira hacia él como si le hubieran dado un latigazo, claramente confundida.

— ¿«Despídete de tu…»?

En cuanto Trudy aparta la vista de mí, le lanzo una de las dagas. El corazón me late a todo trapo mientras el arma surca el aire, directa hacia su cuello. Solo faltan unos segundos para que le desgarre la médula espinal, pero…

Trudy aferra el cuchillo justo antes de que le roce la piel, sin mirarlo siquiera. Lo suelta de inmediato y profiere un siseo, como si el metal la hubiera quemado. Después vuelve la cabeza hacia mí lentamente, con los ojos brillantes como brasas encendidas.

— Mocosa estúpida… —me espeta la voz del sylke—. Esta gente solo quiere utilizarte. Para ellos no eres más que un objeto, un premio .

—Qué halago —replico, al tiempo que tiro la otra daga hacia arriba para luego atraparla en el aire; el metal me caldea la palma de la mano—. Pero eso es lo mismo que piensa hacer conmigo el Gremio, ¿no?

— Uy, el Gremio de las Sombras tiene grandes planes para ti —contesta con una sonrisa malévola—. Con nosotros serías libre, y poderosa. La reina Morana siente un interés especial por ti. Ojalá no fueras…

Tito arroja una larga cuerda entretejida con hilo de plata, con la fuerza y la precisión necesarias para que se enrolle en el cuello de Trudy; tardo un poco en comprender que es el cordón de una de las cortinas.

Ella intenta arrancársela, pero el rostro se le pone morado y los ojos amenazan con salírsele de las cuencas.

—Ay, estoy hecho todo un maleducado —canturrea Tito—. ¿Qué decías?

Los dedos de Trudy se transforman en garras negras y afiladas que le permiten cortar la cuerda sin despeinarse.

Respira hondo de forma triunfal y nos contempla con esos relucientes ojos rojos, colmados de odio.

Cuando suelta el aliento, le sale de la boca una bandada de murciélagos violetas llameantes que viene directa hacia mí.

El mundo parece ralentizarse a mi alrededor.

Ha llegado el momento que he estado esperando durante estos meses de cortar cebollas y pelar patatas.

La sangre que he derramado y lo que he vivido desde la muerte de Owen me han preparado para este mismísimo instante.

Sé con total certeza lo que debo hacer, como si hubiera estado cabalgando sobre una ola imparable que me ha traído por fin a tierra firme.

En vez de huir, me lanzo de cabeza hacia Trudy, hacia el sylke , hacia la venganza.

La muerte es la única derrota. Y no pienso morir esta noche.

Sigo adelante por los Hackney, por la niña a la que Percy asesinó a sangre fría, por la señora Carroll, por Dorothy, por mi padre.

Y por Owen.

—¡No! —Ruge Tito con voz rota.

Aun así, continúo corriendo hacia los ardientes murciélagos sin achantarme. Cojo velocidad y…

Me arrodillo en el ultimísimo segundo para deslizarme por debajo del humeante enjambre violeta, derecha hacia Trudy. Abro los brazos para asestar mi ataque y le desgarro el estómago a la chica.

El sylke profiere un alarido.

Me detengo a los pies de Tito, sin parar de jadear. Alzo la cabeza para contemplar al ensangrentado príncipe.

Él respira profundamente y me mira con esos ojos azules suyos, que se debaten entre el miedo, la conmoción y el asombro.

—Eres una chiflada —protesta con tono tembloroso, al tiempo que me ofrece una mano.

Quizá sea porque la sangre me nubla la vista, pero me parece que está a punto de llorar.

—No, soy una pirata —respondo levantándome sin ayuda.

Me giro hacia Trudy, que se tambalea con las manos pegadas a la destrozada barriga.

La herida emite un destello dorado causado por la magia del hierro elysiano, que ya empieza a expulsar al sylke para mandarlo de vuelta a Kaos.

Las entrañas se le escurren entre los dedos, y los intestinos se desploman en el suelo.

A pesar de ello, continúa sonriendo con los dientes enrojecidos, casi tan brillantes como sus ojos.

— Volveremos a vernos, Aster la Violenta —dice el sylke por encima de los gorgoteos que emite Trudy, como si su voz estuviera separada del cuerpo que ha poseído—. Mi maestra ha planeado muchas cosas para ti .

Una ráfaga de poder vibrante se propaga por mis venas.

—¿Ves? Eso es lo que nos diferencia —replico clavando la daga en la frente de Trudy, lo que produce un ruido acuoso—. Yo no tengo maestros.

La silueta tenebrosa del sylke emerge de la carne de Trudy y se disipa como si fuera humo, pero le da tiempo a soltar una carcajada agria y chirriante.

— Todos respondemos ante alguien —afirma el sylke con la voz difuminada, como un eco traído por el viento—. La pregunta es quién te controla a ti, hija del mar .