Capítulo treinta y cuatro
Capítulo Treinta y Cuatro
E l miniejército de sylkes y gores nos rodea poco a poco, y las carcajadas de Trudy continúan rasgando el aire de la habitación.
— Ay, pobrecillos —dice con una pena caricaturesca—. Parece que os superan en número .
—Bueno, eso se arregla fácilmente —replico girando las dagas otra vez—. ¿Por qué no equilibramos la balanza?
Tuerzo la cabeza hacia Margaret, Charlie, Jack y mi madre, que se sacuden las cuerdas cortadas de encima mientras esperan a que les lancen más armas desde las rejillas de arriba.
Entretanto, las hadas revolotean alrededor de sus hombros sin molestarse en seguir reprimiendo su fulgor bioluminiscente.
Lewis salta de la rejilla más cercana a Margaret y aterriza prácticamente de pie, con una mano apoyada en el suelo para frenar la caída y una daga entre los dientes.
—Vaya un fanfarrón —murmura Charlie.
Una vez que lord Bludgrave y lady Isabelle quedan libres, las hadas se tiran a por las ataduras de Annie, Albert y Elsie, mordisqueándolas con esos dientes puntiagudos similares a los de un roedor.
—Annie —dice Will en cuanto su hermanita se pone en pie—, ¿podrías traernos un poco de aire fresco?
La niña esboza una sonrisa cómplice y extiende los brazos a los lados. Una ráfaga sobrenatural de viento abre de sopetón las puertas de la pared norte y la sur, por las que entran varias manadas de lobos salvajes.
Después llega Killian, con la mano sobre la cabeza de un gigantesco lobo negro.
—Me han contado que hay una fiesta —comenta llanamente—. Mis amigos y yo hemos pensado en pasarnos a probar bocado.
Ahora sí me vuelvo hacia Trudy con expresión satisfecha. La chica poseída se esfuerza en transmitir algo parecido a la admiración.
— Impresionante —declara la voz del sylke—. Por desgracia, el Gremio solo permitirá que sobrevivas tú .
Cuando los demás se colocan en posición a mi espalda, doy un paso al frente mirando únicamente a Trudy.
—Dile al Gremio de las Sombras que no necesito el permiso de nadie para nada.
Al oír eso, mi madre enarbola un espadón y se lanza a la batalla con un grito de guerra.
Se desata el caos, pero, mientras que mi familia lucha hombro con hombro con los Cástor, Trudy y yo permanecemos inmóviles.
Por un momento, el choque de las armas metálicas y las carcajadas de los gores lo dominan todo.
A mi izquierda, Lewis salta a la espalda de Charlie para impulsarse hacia arriba y cae sobre los hombros de un gore, al que le clava una daga en el cráneo.
A mi derecha, Margaret, Jack y Henry forman un escudo protector alrededor de los niños, mientras Dorothy acecha con las garras largas y negras que le han brotado de los dedos cortados.
Killian se encamina hacia Tito y va descargando todas las balas de los aulladores que tiene en cada mano, lo que destierra a los sylkes de los cadáveres que habían poseído; las sombras oscuras y amorfas se desvanecen entre chillidos espeluznantes.
En un punto cercano, lady Isabelle toma el control de un cadáver decapitado que iba a saltar sobre mi madre —ocupada en pleno combate contra dos gores— y lo estampa contra el suelo.
Cuando la mujer cierra el puño, los huesos del cuerpo empiezan a partirse con crujidos repulsivos hasta que queda reducido a una bola de carne.
— Aster —susurra una voz agria y distorsionada, que logra atravesar los pitidos de mis oídos.
Escruto el salón de baile en busca del dueño, pero la vorágine me impide identificarlo.
— ¿Interrumpo algo? —pregunta Trudy, agitando la sangre del suelo al acercarse a mí. Ladea la cabeza y añade—: Tienes mal aspecto, Aster. Quizá deberías… tumbarte .
La magia hipnótica de su voz hace que me desplome de cara en el suelo contra mi voluntad. Me veo obligada a tragar la sangre que me inunda las fosas nasales y me asfixia cuando respiro. Intento resistirme al hechizo, pero me aplasta cada vez más, con una fuerza inexplicable.
Al final, decido rendirme y dejo que la sangre me ahogue, porque hay algo que el sylke no sabe.
La sangre contiene agua.
Y el agua nunca ha sido ni será mi enemiga.