Cruzanoches Capítulo treinta y tres #2
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Capítulo treinta y tres #2

Tira la oreja a la derecha, donde se forma una nube de humo violeta de la que surge una criatura jorobada.

Gracias a las descripciones que me dio Killian, sé que estoy viendo por primera vez al tipo de secuaz que asesinó a los Hackney.

El gore tiene la misma complexión que los gorilas dibujados en los libros de Elsie y le saca al menos tres cabezas a Trudy, cuenta con una piel que recuerda al cuero rojo y una cara que parece estar en carne viva.

Los seis ojos reptilianos de su rostro se mueven de un lado para otro mientras pulveriza la oreja humana entre los dientes de su enorme boca, afilados como cuchillas.

Después profiere una carcajada, un sonido chirriante que me ataca todos los sentidos.

El ángulo desencajado de la mandíbula le dibuja una sonrisa permanente.

Mi expresión alegra a Trudy.

— No tengas miedo —dice el sylke—. No muerde hasta que se lo ordeno .

Le echo un vistazo a Henry, que deja caer los hombros de alivio. Estaba preparado para enfrentarse a todos estos monstruos por su cuenta, y eso me lleva a una duda.

—¿Qué ha sido de los demás? —le pregunto sin quitarle ojo a Trudy.

—¡ Uy, cierto ! —exclama ella.

La chica da una palmada y el lugar cambia al instante, como si se hubiera levantado un velo invisible.

Margaret, Jack, Charlie y mi madre aparecen agolpados en el suelo junto con lord Bludgrave y lady Isabelle, cerca del rincón para los músicos, donde se encuentran el resto de los invitados amordazados y maniatados.

Pese a estar inmovilizados, Margaret y Jack han logrado entrelazar los dedos, y él apoya la cabeza en la de mi hermana con los ojos cerrados.

— A ver, ¿de quién me olvido…? —canturrea Trudy tocándose la barbilla—. ¡Ah, sí!

Da una palmada y hace que surja de la nada otra figura, sujeta a la pared que hay sobre el estrado con clavos en las manos y los pies. No lo reconozco de inmediato, pero… al estudiar su uniforme negro y su cabello rubio ensangrentado…

Tito tiene el rostro tan maltrecho que no parece él. Aunque le cuelga la cabeza, su pecho se mueve a un ritmo irregular, así que sigue vivo. Por ahora.

— Dime —continúa el sylke con el cuerpo de Trudy, que aparta de una patada la cabeza cortada de George Birtwistle mientras anda hacia nosotros lentamente—, ¿De qué sirve un príncipe que no puede proteger a sus súbditos?

¡Ni siquiera ha sabido defenderse a sí mismo!

—Añade entre resoplidos. Después hace una pausa para mirarse las uñas, cubiertas de sangre seca e incrustada—.

Bueno, para ser justos, sí que opuso algo de resistencia.

Desterró a doce de mis gores antes de que este lo dejara inconsciente .

—Casi me había olvidado de lo mucho que te gusta parlotear —replico encaminándome también hacia Trudy—. ¿Has venido solo a hablar? ¿O podemos saldar cuentas de una vez por todas?

—« Saldar cuentas de una vez por todas » —repite con una risotada burlona—. Ay, eres pirata de los pies a la cabeza .

Miro a mi derecha cuando paso por delante de Henry y los niños, aunque evito fijarme en las lágrimas rojas que surcan el rostro de Albert. Henry no aparta la vista de Dorothy, que se ha quedado congelada como si estuviera esperando a recibir más órdenes.

—Esto se acaba esta noche —declaro con un ojo puesto en Dorothy y el otro en Trudy.

Agarro más fuerte los cuchillos que llevo en cada mano y escruto con disimulo el techo. Con un paso más, estaré justo debajo de la rejilla.

— ¿Qué piensas hacer? —pregunta Trudy riendo a carcajadas—. ¿Apuñalarme con un cuchillo de cocina? Aunque lograras matar a esta portadora, no me costaría nada encontrar otro cuerpo. Como el de tu hermanita, quizá, o el del adorable mozo de cuadra .

Doy otro paso y me detengo por fin bajo la rejilla. «Venga, Lewis. ¿Dónde te has metido?», pienso para mis adentros.

—Esta será la última vez que poseas a alguien, secuaz —le respondo—. Cuando termine contigo, desearás no haber oído nunca el nombre de Aster Oberon.

Trudy sigue avanzando sin parar de reír; solo le faltan unos metros para llegar a mí.

— Owen llevaba razón sobre ti —comenta de repente con una sonrisa maliciosa—. No sabes rendirte .

¿De qué conoce a mi hermano…?

Sacudo la cabeza. No es más que otro juego, otro engaño. Pero esta vez no caeré en la trampa.

—Así es, no me rindo —admito ojeando el techo, hasta que diviso un destello plateado al otro lado de la rejilla—. Y nunca lo haré.

En ese instante, dos dagas caen de arriba como estrellas fugaces en el cielo.

Suelto los cuchillos de cocina y agarro un puñal con cada mano.

El oscuro hierro elysiano emite destellos iridiscentes que van del violeta y el azul al verde, y las empuñaduras están adornadas con cuarzos que parecen luz cristalizada.

La expresión plácida de Trudy flaquea un segundo.

— Aparta esas aberraciones —sisea el sylke , encogiéndose al ver las dagas con las que le corté las manos a su anterior portador—. Bueno, da igual —añade en un intento de recobrar la compostura—. La última vez no pudiste terminar conmigo, y hoy tampoco lo conseguirás .

Will se saca mi trabuco de la chaqueta y lo apunta a la cabeza de Dorothy, mientras que Henry vuelve las manos hacia el gore que espera al lado de Trudy.

—Estás acabado, secuaz —digo girando las dagas entre los dedos—. Ha llegado la hora de que regreses a casa.

— ¡Uy! —se ríe Trudy con la voz gutural y sobrenatural del sylke—. Owen me advirtió que no sería nada fácil ganarse tu confianza, pero todo apunta a que ya te han embaucado .

A continuación, da una palmada y siete gores emergen de una súbita nube de humo morado.

Los cuerpos descuartizados de los cruzanoches se alzan del suelo cruento / algunos sin cabeza y otros con la mandíbula medio desprendida del cráneo, rajadas por las garras con forma de plátano que sobresalen de los muñones carnosos que tienen los gores por manos.

Cuando Trudy esboza otra sonrisa, las escleróticas de los ojos se le vuelven negras como la tinta y sus iris adquieren un brillante tono rojo.

— No he hecho más que empezar .