Capítulo treinta y tres
Capítulo Treinta y Tres
C reo que profiero un grito, pero lo oigo como si sonara en algún lugar lejano. Me abro paso entre Lewis y Will y me lanzo hacia mi padre, que cae de rodillas en el suelo de la cocina y se desploma de lado con un crujido espeluznante.
Lewis se coloca a mi derecha en un segundo, con las mejillas surcadas de lágrimas. Me dice algo, pero su voz queda amortiguada por los pitidos de mis oídos y el recordatorio de las últimas palabras de mi padre: «No permitiré que se apoderen de ti».
—Aster. —Oigo a Will como si estuviera hablándome desde el fondo de un pozo infinito. Me pone una mano en el hombro y me zarandea suavemente—. Mírame, Aster.
—¡Por todas las Estrellas! —Solloza Lewis—. ¿Qué le pasa en los ojos?
Aparto los dedos del pecho de mi padre. Se me han llenado de sangre. ¿Cuándo lo he tocado?
—Aster, respira —ordena Killian con amabilidad.
¿Es que no estoy respirando? Tuerzo el cuello para mirar a Will, que se arrodilla a mi lado y me acaricia la mejilla.
—Solo tienes que respirar —insiste Will—. Nada más.
El problema es que no quiero hacerlo. Ahora mismo solo me apetece descuartizar a Trudy Birtwistle y bañarme en su sangre, o…
No sé cómo ocurre, pero de repente los labios de Will se encuentran sobre los míos. Es un beso impetuoso, pensado para sacarme de este estupor, y la verdad es que funciona. Por desgracia, la pena que lo sustituye amenaza con derrumbarme todavía más.
Will se separa de mí y me estudia el rostro.
—¿Me oyes ya, Aster?
Asiento débilmente y suelto un sollozo que me retuerce el estómago.
—¿Qué me está ocurriendo?
—Nada malo —responde Will con delicadeza, colocándome un mechón suelto detrás de la oreja—. ¿Eres capaz de levantarte?
Él y Lewis me ayudan a ponerme en pie. En cuanto termino de enderezarme, mi hermano me agarra de los hombros y me mira a los ojos.
—¿Qué eres? —pregunta con voz rota.
No respondo. El aturdimiento se propaga por todo mi cuerpo y me cala hasta los huesos.
Necesito un momento para llorar la muerte de mi padre, para consolarme entre los brazos de mi hermano mientras él solloza conmigo.
Pero, cuando veo que Killian está desatornillando una rejilla de ventilación en la otra punta de la cocina, entiendo que lo que realmente deseo es escapar de esta habitación y desahogarme con el Gremio de las Sombras.
Pienso matar a todos los sylkes , gores y cambiantes que se crucen en mi camino, aunque eso signifique reducir la mansión Bludgrave a cenizas.
Cuando Killian aparta la rejilla, del conducto sale un tejón con gafas y chaleco brocado. El almirante se gira hacia mí, y me da la sensación de que la muerte de mi padre le ha afectado tanto como a Lewis y a mí.
—Imagino que te acordarás de Tollith —comenta con tono inexpresivo—. Me ha estado informando de todo lo que ha ocurrido esta noche.
Tollith repara en el cuerpo de mi padre, que yace sobre un charco de su propia sangre. La emoción que se dibuja en su rostro no solo posee una gran humanidad, sino que también se me antoja más sincera que la de cualquier otra persona.
—Os doy mi más sentido pésame, hijos de los Oberon —dice haciéndonos una marcada reverencia.
Lewis me suelta y retrocede a trompicones.
—¿Es cosa mía o ese tejón acaba de…?
—En efecto —contesta Tollith subiéndose las gafas por el hocico. Después se vuelve hacia Killian sin dejar de retorcerse las zarpas—. Se están impacientando. Saben que la chica está aquí. Han amenazado con… —Me mira de reojo, bastante inquieto—. Han amenazado con empezar por los niños.
¿Los niños…?
Me encamino de inmediato hacia la puerta que lleva al corredor para criados. Lewis me sigue de cerca, secándose las lágrimas con expresión decidida.
—Espera, Aster —interviene Will tratando de agarrarme, pero yo lo esquivo.
—Pienso entrar ahí. —Tomo dos cuchillos de entre las armas blancas que hay esparcidas por la encimera—. Y tú no podrás impedírmelo.
Will estira la mano otra vez, pero yo consigo acercarle uno de los cuchillos al cuello justo antes de que él llegue a rozarme el brazo.
—Ni te molestes.
—En ese caso, iré contigo —replica con una mueca.
—Bueno, pero no estorbes —le respondo antes de apartar la hoja.
Lo único que ilumina el corredor para criados son unas pocas luces tenues y parpadeantes.
La entrada al salón de baile está camuflada en un panel de la pared, por lo que desde fuera no parece que haya ninguna puerta.
Will y yo nos detenemos juntos ahí y miramos por la falsa rejilla que marca el pasadizo.
Nada podría haberme preparado para lo que espera al otro lado del ornamentado metal, lo único que me separa del resto de mi familia.
Hay cadáveres desplomados por toda la habitación, flotando en un pequeño mar de sangre.
Una de las damas que acompañaban a Will ha perdido los brazos con los que se agarraba a él, y ni siquiera es el caso más horripilante de entre los cuerpos destrozados y retorcidos que cubren el suelo.
En medio de la masacre se encuentran Elsie, Annie y Albert, sentados espalda con espalda.
Los han amordazado con servilletas de tela y les han amarrado las manos y los pies.
Henry es la única persona viva que los acompaña, con los brazos extendidos hacia algo que no entra dentro de mi campo de visión.
—Dorothy, por favor…
Lo interrumpe una risotada aguda.
— Dorothy, por favor —se mofa una voz burlona.
Suenan varios pasos, y entonces aparece una chica de aspecto familiar.
Ella esboza una sonrisa cruel, y se me cae el alma a los pies al reconocerla: es Dorothy, la criada a la que Henry ama en secreto.
Siempre ha llevado el oscuro cabello recogido en un moño sujeto con un lazo negro, pero ahora los mechones apelmazados le caen por los hombros; además, tiene la piel cubierta de barro y heces.
El uniforme que tan bien se planchaba está hecho trizas, por lo que quedan al aire varias franjas de piel salpicadas de cortes, arañazos y cardenales.
Es evidente que no se dejó secuestrar sin rechistar.
Dorothy toquetea con curiosidad una pierna cortada.
— ¿Eso es todo lo que se te ocurre? —dice una voz diferente a la suya; es la del sylke que la controla. No creo que pertenezca al sylke que poseyó a Percy, pues esta suena más gutural y salvaje—. ¿Pedirme las cosas por favor?
—No quiero hacerte daño, Dorothy —dice Henry, roto.
— Dorothy, Dorothy, Dorothy —repite ella con tono desdeñoso—. Seguro que a la pobre muchachilla le encantaría oírte pronunciar su nombre con semejante dulzura. Por desgracia, Dorothy no está en casa. Pero puedo pedirle que salga a jugar, si quieres .
Un instante después, la joven parpadea y mira a su alrededor con la boca abierta, horrorizada.
—¡¿Henry?! —chilla al verse las manos, que han perdido varios dedos—. ¡Henry! —Se derrumba en el suelo sin parar de sollozar—. Ay, pero ¡qué he hecho!
—Nada, querida mía, nada —susurra Henry con ternura, al tiempo que da un paso cauteloso hacia ella—. Te pondrás bien. Todo va a salir…
Otra carcajada chirriante brota de Dorothy, que se levanta con parsimonia.
—« Querida mía » —dice haciendo unos pucheros exagerados—. Qué monos .
Saltan chispas de las palmas de Henry.
—Libérala —exige entre dientes, temblando de furia.
— Ea, ea. Si lo hiciera, la pobre e inocente Dorothy caería muerta. Dudo que desees eso, ¿no?
Una lágrima recorre la mejilla pálida y cicatrizada de Henry.
—No permitiré que le hagas esto. —El chico cuadra los hombros y mantiene las manos en alto, por mucho que le tiemblen—. Dorothy, si puedes oírme, quiero que sepas que lo siento mucho. Y que te amo. Desde siempre.
La electricidad de las manos de Henry salta hacia Dorothy, que se desploma de nuevo con un respingo violento. Comprendo al instante lo que le ha hecho: ha buscado el interruptor de su cerebro y lo ha apagado, en un intento de concederle una muerte rápida e indolora.
Henry aprieta los labios y trata de reprimir los sollozos, a nada de venirse abajo.
Sin embargo, Dorothy no se queda tirada en el suelo: el cuerpo de la muchacha se alza otra vez. Saca la lengua y lame toda la sangre que le chorrea por la cara con una sonrisa sardónica.
— Te has marcado un truquito adorable, pero eres demasiado débil —dice el sylke torciendo el cuello.
La chica da un paso hacia Henry, pero él no se achanta. A pesar de que su idea de extinguir la electricidad del cerebro no ha funcionado, parece aliviado. Supongo que este fracaso significa que la verdadera Dorothy sigue ahí dentro, en alguna parte de su ser.
—Haz lo que te plazca conmigo —dice él con decisión—. Deja a los niños en paz y captúrame a mí. Serviré al Gremio como me pida, pero, por favor, no les hagáis daño.
Dorothy esboza otra mueca cruel y exagerada.
—Lo siento mucho, señorito, pero eso no entra en el plan —replica esbozando otra mueca cruel y exagerada.
—Pues hagamos uno nuevo —remacho yo saliendo del húmedo pasadizo al reluciente salón de baile. Will me sigue de cerca—. ¿Qué te parece si te mando de vuelta al lugar del que escapaste y el Gremio nos deja a mí y a mi familia en paz?
Unas palmadas pausadas resuenan a mi izquierda, donde Trudy Birtwistle descansa sentada al borde del estrado.
Varios chorretones de rímel le surcan el rostro salpicado de sangre, y se despega algo que parece una oreja del destrozado vestido.
Al levantarse, los pies se le hunden en la charca de sangre.
— Empezaba a preguntarme si aparecerías —comenta la voz de un sylke . Esta sí la reconozco: es la que oí la noche de la muerte de Percy—. Tan violenta como siempre… —Chasquea la lengua y añade—: ¿Te ha gustado el ramo que te envié?