Cruzanoches Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

Capítulo Treinta y Dos

E l corazón me late al son de los cascos de los caballos mientras Will y yo regresamos galopando a la mansión Bludgrave.

Él tira de las riendas de Nuez Moscada cuando nos acercamos al edificio, y yo hago lo mismo para reducir la velocidad de Cáligo a un trote.

Desde fuera, todo parece normal. El único cambio es que la música ha cesado y un inquietante manto de silencio ha envuelto el lugar, pesado y sofocante.

Ningún sonido atraviesa la tenebrosa quietud del ambiente, ni siquiera el cuchicheo de los invitados o el tintineo de las copas.

Me apeo de Cáligo y me encamino hacia la puerta de acceso a la cocina, situada en el ala este de la casa. Justo cuando agarro el pomo, Will me sisea:

—¡Quieta! No hagas…

—¡Mi familia está ahí dentro!

—Y la mía también —dice con tono calmado, apoyando una mano encima de la mía—. Si queremos salvarlos, no podemos entrar a lo loco con las pistolas por delante.

—Maldita sea… —mascullo al recordar que no llevo ni una sola arma decente—. ¿Significa eso que tú tienes alguna pistola encima, al menos?

Will me suelta y se saca un revólver del cinturón.

—Sígueme.

Recorremos el lateral de la mansión pegados a la pared y de puntillas, para luego asomarnos por la esquina a la parte delantera del edificio. Yo ahogo un gritito, mientras que Will suelta un improperio entre dientes.

En medio del camino de entrada se alza un poste, en el que está empalado el cadáver vapuleado e inerte de una mujer, con la cabeza inclinada hacia el cielo y la boca abierta como si estuviera soltando un último grito de agonía.

—¿No es esa…?

—La señora Carroll —responde una voz familiar a mi espalda.

Giro en redondo y me encuentro cara a cara con Lewis, que se lleva un dedo a los labios con la expresión ensombrecida. Mi hermano nos da la espalda y nos indica que lo sigamos hacia la cocina, pero Will me agarra del brazo.

—Podría estar poseído —susurra.

—No lo está —replico zafándome de él—. Yo me habría dado cuenta.

—No sé yo. —Se planta ante mí con agilidad y me corta el paso—. ¿Cómo puedes estar tan segura?

—Por si no te acuerdas, estoy maldita. —Lo rodeo y me encamino hacia Lewis, que ya nos espera junto a la puerta—. Y esto es lo único que tiene de bueno.

Es evidente que mis palabras no logran convencer a Will: cuando alcanzamos a mi hermano, se saca de la chaqueta una navaja de aspecto temible y extiende la mano con un gesto expectante.

Se me pone la piel de gallina al reconocer el arma: es la misma hoja que grabó aquellos mensajes en las frentes de los Hackney.

—Dame la mano —pide Will con voz serena.

Lewis suelta un profundo suspiro de frustración y le muestra la palma.

Will no duda en hacerle un tajo poco profundo. Después se acerca el filo de la navaja a la boca y…

Ahogo un grito al ver que lame la hoja una sola vez, lo que le permite recoger toda la sangre con la lengua.

Luego cierra los ojos, un gesto que no sirve para esconder el resplandor dorado que le inunda la mirada, pero ya ha recuperado su habitual verde esmeralda cuando vuelve a abrirlos.

Nunca habría podido imaginar que Will terminaría asqueándome así.

No obstante, por muy conmocionada que me haya dejado este bochornoso momento, he de reconocer que siento cierta atracción por la sangre acumulada en la palma de Lewis.

Me llama con un murmullo familiar, similar a la voz tranquilizante de las olas.

Sacudo la cabeza para aclararme la mente y digo:

—¿De verdad no había otra manera para comprobarlo?

Tras secarse la boca, Will vuelve a guardarse la navaja cruenta en el bolsillo de la chaqueta.

—Cuando un sylke posee a un humano, la sangre le sabe a azufre.

—Genial —masculla Lewis limpiándose la mano en la camisa—. ¿Te has quedado satisfecho ya?

Will asiente, así que seguimos a Lewis al interior de la cocina. Una vez que mi hermano ha echado el cerrojo, mi padre me estrecha entre sus brazos llorando en voz baja.

—¿Dónde está madre? —susurro mirando a mi alrededor—. ¿Y Elsie y los demás?

Mi padre se limita a sollozar entre temblores. No hay nadie más en el resto de la habitación, a excepción de Killian, que menea la cabeza apoyado en una pared.

Me aparto de mi padre, y Lewis le da unas palmaditas amables en el hombro.

—¿Qué sucede? —le pregunto a mi hermano—. ¿Cómo os habéis escabullido?

—Me vine aquí en cuanto percibí que algo iba mal. —Lewis se frota la nuca y me señala el surtido de cuchillos y machetes que ha estado acumulando en la cocina—. Supuse que no pasaría nada por saltarme las reglas en una situación como esta.

—¿Y cuál es la situación, exactamente? —inquiere Will, que se ha quedado cerca de la puerta con los brazos cruzados.

—Trudy Birtwistle está poseída por un sylke —responde Killian dedicándole una mirada significativa a su sobrino.

Se me revuelve el estómago. Al inicio de la noche me pareció ver una sombra encima de la cabeza de la chica, pero estaba tan distraída que no me lo tomé en serio.

—¿Es el mismo que…?

—Eso creo —contesta Killian frunciendo el ceño—.

Después de la muerte de Percy, el sylke tuvo que buscarse otro cuerpo portador.

Trudy y su padre se habían hospedado en una posada cercana, y probablemente pensó que ella podría ser una buena candidata.

Trudy podía acceder a la mansión Bludgrave ya… ti.

—¿A Aster? ¿Por qué querría un sylke llegar a mi hermana? —exige saber Lewis, colocándose a mi lado.

—Cuando Owen murió… —empiezo con el pecho encogido.

Intento encontrar las palabras apropiadas para explicar todo lo acontecido desde el día que se hundió el Crealuz.

Me giro hacia Lewis, pero entonces me llama la atención la forma en que cruje la madera del suelo—.

Un momento… —Estudio las distintas puertas de la cocina, en las que no hay ningún tipo de barricada—. ¿Seguro que aquí estamos a salvo?

—He sellado la habitación con magia —dice Killian inclinando la cabeza—. Nadie puede entrar sin mi permiso, y tampoco pueden oírnos desde el otro lado de estas paredes.

Aprieto los puños al oír eso.

—O sea, que os habéis escondido y habéis dejado a los demás a su suerte, ¿no?

—No es tan sencillo como lo pintas —replica Killian amablemente—. Trudy ha traído a toda una tropa de secuaces. Han tomado rehenes.

—¿Rehenes?

El asiente de nuevo con mirada sombría.

—Han prometido que los dejarán marchar sanos y salvos si cumplimos la única petición del Gremio de las Sombras.

—¿Qué quieren?

Killian se saca un puro de la chaqueta y lo enciende. Tras darle una larga calada con expresión adusta, responde:

—A ti, Aster. Te quieren a ti.

—¿A mí? —repito con la boca seca, sintiendo que me falla el corazón.

Lewis se interpone entre Killian y yo.

—¿Y cómo lo sabe? Usted ya estaba aquí cuando yo me escabullí.

—¿Estabas aquí? ¿Qué hacías en la cocina? —pregunto observando al almirante.

—Me aburrí de la fiesta —contesta Killian sin más—, así que decidí hacerle compañía a Philip.

«¿A Philip?».

—No sabía que os habíais hecho amigos —comento.

Para ser más exactos, jamás lo he visto saludar a mi padre, y mucho menos mantener una conversación con él. Killian nunca se pasaba por la cocina, ni siquiera cuando Henry venía a ayudar.

—Tenemos varios intereses en común —explica el almirante, lanzándome una sonrisa tensa—. ¿Verdad, Philip? —Frunce el ceño—. ¿Philip?

Mi padre se sienta en un endeble taburete de madera con el rostro verdoso. Parece que se le van a salir los ojos de las cuencas, y las venas se le marcan como gusanos por toda la piel.

—No pienso… hacerlo… —murmura.

—¡Atrás!

En cuanto esa palabra brota de la boca de Will, mi padre salta del taburete con un cuchillo en mano. Will lo agarra de la muñeca y lo estampa contra la pared. Mi padre se retuerce de un lado para otro en un intento de zafarse.

—Aster —solloza sin dejar de forcejear—. Lo siento mucho. ¡Perdóname!

En un primer momento pienso que lo han poseído, que un sylke ha tomado el control de su cuerpo, pero el brillo desbocado de sus ojos me hace descartar esa opción. Si un sylke hubiera elegido a mi padre como portador, no debería poder resistirse, ¿no?

Will aprieta los dientes mientras trata de arrebatarle el cuchillo.

—Lo han hipnotizado.

Eso tiene mucho más sentido: mi padre no está luchando contra un sylke , sino contra su propia mente.

—Oblígalo a dormirse —ordena Killian al tiempo que se acerca a ellos.

—Eso intento. Pero la hipnosis está… está rechazando mi poder…

Mi padre suelta un alarido que me rompe el corazón en pedazos.

—¡No quiero hacerle daño! —chilla entre lágrimas, con la mirada perdida como si estuviera discutiendo con alguien que nadie más ve—. Por favor, ¡no me fuerces a herir a mi hija!

—¡Philip! —exclama Killian con un tono autoritario y resonante—. ¿Quién te ha hecho esto?

Mi padre reenfoca la vista, y hay un segundo en que detecto su característica bondad, pero el frenesí vuelve a sustituirla enseguida.

—«Mira en su baúl», me dijeron. —Le sale espuma por la boca—. «Ataca a la chica llamada Aster Oberon, pero no la mates». Solo debía herirla. Debilitarla. Apuñalarla. El cuchillo… en el baúl…

Mi padre empieza a convulsionar delante de mí y Lewis, que lo observamos horrorizados. Nunca antes me había sentido así de impotente.

—¿Quién, Philip? —insiste Killian—. ¿Quién te ha pedido esas cosas?

De un momento para otro, mi padre se queda completamente inmóvil y desmadejado entre los brazos de Will.

Los ojos le dan vueltas hasta que se fijan en un punto del suelo, y ya no forcejea cuando Killian le quita el cuchillo de las lánguidas manos.

Tras cruzar una mirada con el almirante, Will libera a mi padre y permite que Lewis lo siente de nuevo en el taburete.

—¿Padre? —pregunto arrodillándome a su lado, pese a la mueca de protesta que me lanza Will.

El levanta la cabeza levemente; tiene el rostro rígido.

—Aster —murmura débilmente, acercando una mano temblorosa a mi cara.

Toca uno de los pendientes de perla que llevo puestos, sin parar de estremecerse y con la mirada perdida, y luego esboza una sonrisa apenada y distante—.

Recuerdo el día en que le regalé estos pendientes a tu madre.

Estaba preciosa con ellos. Sí, preciosa…

Baja la mano y deja caer la cabeza. Ahora vuelve a mirar al suelo con expresión vacía.

—¿Padre? —susurro tomando su mano.

La única respuesta que me da es un suave apretón. No sé qué lo estará controlando, pero… mi padre sigue ahí dentro.

Me giro hacia Will, que examina el cuchillo salpicado de sangre seca y oxidada.

—Margaret lo encontró debajo de la cama de Annie —explico—. El día antes de que partieras.

—¿Por qué no me lo habías contado? —inquiere frunciendo el ceño.

—Se me olvidó.

No es mentira del todo. Aquella noche, cuando Will me dijo que iba a marcharse, decidí guardarme el descubrimiento del cuchillo y salir a la caza del sylke por mi cuenta.

Sin embargo, a lo largo de las últimas semanas apenas he pensado en el arma ni en el modo en el que está relacionada con Annie.

Al fin y al cabo, supuse que no era más que otra jugarreta del sylke para manipularme.

—¿Cómo que se te olvidó? —repite Will sin apartar la vista de mí—. ¿Me estás diciendo que Margaret encontró debajo de la cama de mi hermanita el cuchillo con el que mataron al atroxis de la familia y se te pasó mencionarlo?

—Ah, claro, ahora es culpa mía. —Me pongo en pie y encaro a Will—. Si no te hubieras ido…

—¡No me quedó otra! —exclama él. Cuando deja el cuchillo en la encimera con un golpetazo, veo de reojo que Lewis da un paso hacia él en señal de advertencia.

Aun así, Will no me quita ojo ni un segundo, buscando algo en mi cara, como siempre.

Cualquiera pensaría que no hay nadie más en la habitación—. ¿Cuántas veces he de recordarte que…?

—¡Basta ya! —brama Killian—. Os estáis comportando como niños pequeños.

Will suelta un resoplido, pero solo se gana que su tío le dedique una expresión severa. El chico frunce el ceño y vuelve a contemplarme con esa mirada dolida.

—Nunca fue mi intención mentirte —susurra con el rostro afligido—. Pero la verdad es que…

De repente, abre los ojos como platos y me aparta de un empujón para ponerse delante. Se queda de espaldas a mí, con los brazos estirados de manera apaciguadora.

—Philip, sabemos que no quieres hacer esto —dice con voz grave.

Mi padre ha despertado del aturdimiento y ha recuperado el cuchillo. Lewis, armado con dos navajas, se coloca al lado de Will y le planta cara a nuestro padre.

—Padre, por favor, suelta el cuchillo —le ruega.

Él se estremece con el rostro bañado de lágrimas.

—No os forzaré a detenerme —declara asintiendo lentamente, como si hubiera tomado una decisión—.

Pero ya no puedo resistirme más. —Me mira con esos ojos bondadosos, igualitos a los de Owen, y en ese momento comprendo que ha logrado doblegar a la hipnosis que lo tenía controlado—.

Mi dulce Aster… Siempre supe que vendrían a buscarte, pero no permitiré que se apoderen de ti. Jamás.

Todo sucede en un instante, pero yo siento que el tiempo se ralentiza eternamente cuando mi padre le da la vuelta al cuchillo y se lo clava en el pecho.