Capítulo treinta y uno #3
Will frunce el ceño, pero no le da tiempo a contestar, pues Liv aparece flotando cerca de mi cara y me seca la lágrima con una manita diminuta. Después se vuelve hacia él con expresión furibunda.
— Sabba nesht, vira mayani binkfana shevant .
El fulgor dorado desaparece de los ojos de Will hasta que solo veo en ellos el familiar tono verde de sus iris, y me libero del extraño efecto de su magia.
Aun así, no me alejo de él.
—¿Qué te ha dicho?
—Que si te hago llorar otra vez, me voy a enterar de quién es ella —responde con una sonrisa fugaz.
No sé por qué, pero rompo a reír. Will me contempla con cierta fascinación. Puesto que no me ha soltado la muñeca, me arrima a su cuerpo de un tirón y me acaricia el rostro con la mano libre.
—Esa risa tuya… —murmura con los ojos cerrados, entreabriendo la boca como si quisiera beberse el sonido—. No te imaginas cuánto la he echado de menos.
Me fijo en su antebrazo, donde descansa la pulsera de cuero trenzado, algo más desgastada que hace unos meses. Él se da cuenta de que estoy mirándola.
—Cuando me encontraba en el frente —explica, tan cerca que su aliento me caldea el rostro—, no hacía más que pensar en ti y tus carcajadas, tus sonrisas, tu temperamento.
Lo único que me mantuvo con vida fue pensar que así volvería a verte.
—Me levanta la barbilla con la palma hasta que lo miro a esos ojos verde esmeralda, más relucientes de lo que recordaba—. Sigo vivo gracias a ti, Aster.
Por fin: eso es justo lo que he deseado escuchar estos últimos tres meses.
Pero en este momento, escondidos en el invernadero con las hadas y las flores como única compañía, reparo en algo que nunca se me había pasado por la cabeza: Will nunca podrá pronunciar esas palabras en una fiesta como el Baile, ni podrá confesarle a su familia lo que siente.
Hasta ahora pensaba que solo deseaba oírle decir lo mucho que me ha extrañado, pero ¿de qué sirve si ninguno de los dos tenemos libertad para disfrutar de estos sentimientos?
—Llegas demasiado tarde —susurro con un hilo de voz—. Ya no te necesito.
Una sonrisa vacilante se dibuja en el rostro de Will, como si estas fueran las palabras que él más esperaba oír después de estos tres meses, pero no le llega a los alicaídos ojos.
—Nunca me necesitaste —declara.
Cuando su nariz me roza la mejilla, cierro los ojos y dejo que me acaricie los labios con los suyos.
El torbellino de pensamientos sobre relaciones a escondidas y momentos prohibidos se disipa en cuanto percibo el tacto de su boca.
Me besa con gran suavidad y delicadeza, como si yo estuviera hecha de cristal.
Me dejo llevar por la oleada de felicidad que me invade los sentidos y me entrego a este momento, a su presencia, al modo en que se enreda el pelo de mi nuca en los dedos y me rodea la cintura con el brazo.
Will aumenta la intensidad del beso al tiempo que profiere un sonido a medio camino entre un ronroneo y un gruñido, y yo me olvido de todo, de que él es un cruzanoches y yo una pirata, de que no deberíamos habernos conocido nunca.
No puedo evitar pensar que esto es lo correcto, que no me había sentido tan bien en la vida.
Quiero que me abrace para siempre en medio de este invernadero, cuyo aroma a rosas y tierra mojada se ha convertido en una fragancia tan familiar como la del mar en su día.
Necesito degustar el vino espumoso de sus labios mil veces más, hasta que me embriague y…
De repente, noto que algo cálido me sale de la nariz y Will se aparta de mí en un abrir y cerrar de ojos. La pasión del beso y la brusquedad de su alejamiento hacen que pierda el equilibrio, por lo que me caigo al suelo, aunque la capa me ablanda el aterrizaje.
—¿Qué…?
Me paro en seco. Will se alza ante mí con los ojos convertidos en una llamarada de luz dorada.
Una mancha de sangre le tiñe los labios de rojo.
¿Es que me ha mordido? Ahora mismo me observa sin ninguna emoción.
Liv y las otras hadas corren a esconderse entre los rosas, donde aflojan el fulgor que emana de sus cuerpos.
En la penumbra, los ojos de Will parecen brillar como dos bolas de fuego.
—Will… —susurro con voz ronca—. Soy yo, Will.
Cuando parpadea, el verde de sus iris vuelve a cercar el resplandor dorado.
—La nariz… —masculla entre dientes— te está sangrando.
Me llevo los dedos al labio superior, donde se me ensucian de sangre.
—¿Por qué…?
En ese instante, un aullido rasga la noche y me interrumpe.
Un segundo después, Dinah entra en el invernadero, tan rápido que las orejas le botan.
Al ver a la sabuesa de su tío y el papel ensangrentado que trae atado al collar, la luz dorada de los ojos de Will da paso al verde esmeralda de siempre.
Lee la nota por encima con expresión sombría y dice:
—Es de parte de Killian.
No me hace falta preguntar qué pone: me basta con oír las risotadas que suenan a lo lejos, agudas, guturales y chirriantes. Es un sonido que conozco perfectamente, que nunca olvidaré.
Hay secuaces en la hacienda.