Cruzanoches Capítulo treinta y uno #2
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Capítulo treinta y uno #2

—¡Pues claro! —grita con expresión desbocada, subiendo la voz mucho más de lo habitual—.

¿Piensas que no me gustaría llevarte a todas las fiestas?

—Hace una pausa para desatarse la capa con primor, pero no dura lo suficiente para que yo pueda responder—.

Tito te ha salvado la vida con algo tan sencillo como bailar contigo, algo que yo no habría podido hacer, y ahora tendrá que enfrentarse a un castigo seguro por parte de los reyes.

Le debes un agradecimiento de los gordos.

—No le debo nada a nadie —replico abrazándome el cuerpo, helada a pesar de la temperatura agradable del invernadero—. La Orden nos pidió a Henry y a mí que…

—¡La Orden te ha utilizado! —estalla Will. Tras tomarse un momento para respirar hondo, suaviza el semblante y me tapa los hombros con la capa. Un calor instantáneo me cala hasta los huesos—. Me enteré de lo que tenían planeado justo antes de sacarte a bailar.

—Pero el capitán Sombra…

—Mi padre se inventó el rumor sobre Sombra y su venganza contra el rey para que Henry se distrajera y no descubriera lo que la Orden pretendía hacer contigo.

Además, si hubiera ocurrido alguna desgracia, también les habría servido de chivo expiatorio.

—Tensa la mandíbula—. Nadie en el mundo sabe que el capitán Sombra es mi informante, ni siquiera mi familia, y me aseguraré de que eso no cambie.

—Pero ¿por qué mintieron sobre lo sucedido en. Paraíso de Tinta? —pregunto sacudiendo la cabeza—. Aquello no fue obra de humanos rebeldes, sino de Percy y sus esbirros. Fueron ellos quienes…

—Es la explicación que habría dado el rey —dice Will pellizcándose el puente de la nariz—.

El objetivo de la Orden era simplemente mantener bajo control los rumores que sin duda se habrán extendido por todo el reino.

Si la Corona sospecha que se está organizando una rebelión en Paraíso de Tinta, nos conviene fingir que hacemos lo posible por contenerla.

Un escalofrío me recorre la espalda, así que me arrebujo más en la capa.

—Entonces, ¿para qué me han invitado al baile? ¿Para dejarme en evidencia delante de todos esos cruzanoches?

—Muy poca gente sabe que Tito forma parte de la Orden.

Mi padre ha usado tu presencia para poner a prueba su lealtad, para ver si correría el riesgo de enfurecer al rey con tal de proteger a alguien como tú, una pirata humana.

—Frunce el ceño—. Y para sembrar la duda en las mentes de aquellos que pudieran consideraros a ti o a tu familia partícipes de la resistencia humana.

Supuso que casi nadie se atrevería a llevarle la contraria a Tito, en el caso de que él saliera en tu defensa.

De haber estado aquí, yo nunca habría permitido que se arriesgaran a…

—¡Pero no estabas aquí! —exclamo apretando los puños, con el pulso acelerado—. Te marchaste.

—No me quedó otra —gruñe con voz gutural, salida de las profundidades de su pecho—. Tito me necesitaba…

—¡Y yo también!

No me ha dado tiempo a tragarme esas palabras. Los dos contenemos la respiración, totalmente inmóviles, observándonos en silencio.

Al final, la expresión de Will se viene abajo y él se acerca un paso más.

—Aster…

—No —digo sin ceder a su avance—. No tienes derecho a volver sin más y actuar como si no hubieras conseguido justo lo que querías. Me he unido a la Orden, y esa era la razón por la que me trajiste aquí, ¿me equivoco?

Los ojos verdes de Will dejan entrever unas sutiles motas de color miel que le iluminan la mirada.

—Esto no es lo que quería —niega con voz sombría, dando otro paso—. Mi deseo era alejarte todo lo posible de este mundo.

Ahora sí retrocedo hasta que me estampo de espaldas contra el tronco del viejo roble.

Cuando habla de «este mundo», se refiere al suyo.

Después de las muchas semanas que pasamos juntos aquí, fingiendo que nuestra relación no se volvía un poco más íntima cada noche, debería haberme imaginado que él nunca pretendió incluirme en esa parte de su vida.

En vez de permitir que me acorrale del todo, lo rodeo con agilidad y lo obligo a pegarse al árbol, como estaba yo hace un segundo.

—¿Por eso te negaste a enseñarme cómo cazar y desterrar al sylke ?

—Te expliqué todo lo que necesitabas saber —responde con la mandíbula en tensión—. De lo demás ya me encargué yo.

—Sin mí.

—Sin ti —asiente.

Abro la boca, pero no se me ocurre qué decir. Le doy la espalda y regreso a zancadas por el camino bordeado de rosales, cuyo embriagador aroma me asfixia.

—No hacía falta que me trajeras hasta aquí para recordarme por qué pensaba dejar de hablarte.

—Supongo que no quería mantener esta conversación delante de una multitud que desea verte muerta —replica siguiéndome de cerca.

Me vuelvo hacia él con tanta brusquedad que la capa aletea a mi alrededor.

—¡Antes no te importaba quién estuviera delante!

—Las cosas han cambiado —dice pasándose las manos por la cara. Después me mira a los ojos como si buscara respuestas. Ahora mismo recuerda más a un niño atemorizado que a un soldado, un noble o un cruzanoches—. No quiero que te ocurra nada.

Me siento incapaz de mirarlo a los ojos, así que me giro en redondo y me dispongo a abrir la puerta.

—No necesito que nadie cuide de mí.

—Lo sé. —Me agarra la muñeca para evitar que gire el pomo—. Pero si alguien te hiciera daño… —Gruñe con voz ronca. Cuando sacude la cabeza, sus brillantes rizos negros reflejan el tenue fulgor azul y violeta que emana de las hadas de arriba—. Creo que perdería el control.

Se me escapa una carcajada rota y cruel.

—¿Es que nadie te lo ha contado?

Me zafo de su mano, me arranco el guante y lo tiro a un lado para revelar la P grabada a fuego en mi piel.

Will retrocede de un respingo y ahoga un grito.

Por un momento, al estudiar la marca con una mirada fulminante, parece que se le iluminan los ojos con un resplandor violento y ardiente como el oro fundido.

Adopta una quietud casi sobrenatural y, cuando levanta la cabeza para contemplarme, el verde de sus iris ha quedado reducido a una fina línea rodeada por un reluciente aro de color miel.

—¿Quién ha sido?

—Percy —respondo sin pensar, como si me hubiera instado a hablar en contra de mi voluntad—. Pero no te preocupes —añado en un intento de recuperar el control de la situación—. Ya está muerto.

—Qué pena. —El fulgor dorado decae tan bruscamente que los ojos de Will resultan más sosos al recuperar su verdor original. La expresión taciturna del chico, así como el tono grave de su voz, me provoca escalofríos—. Me habría gustado matarlo con mis propias manos.

Will se quita los guantes y yo intento alejarme de él, pero reacciono con demasiada lentitud.

El consigue aferrarme la muñeca y, cuando nuestras pieles entran en contacto, es como si una ráfaga de electricidad recorriera nuestros dos cuerpos.

Al notar la sensación cálida, reconfortante y serena que me inunda las venas, se me ralentiza la respiración y se me empiezan a cerrar los ojos.

—Para —logro susurrar—. Por favor.

Él me acaricia la marca con el pulgar y me observa con esos ojos enmarcados por pestañas oscuras y frondosas. El brillo dorado ha comenzado a tragarse el verde de los iris otra vez.

—Podría curarte la cicatriz —afirma con una voz que suena casi gutural.

—¿Y qué hay de las cicatrices que no se ven? —replico al tiempo que una lágrima me surca la mejilla.