Capítulo treinta y uno
Capítulo Treinta y Uno
H enry me limpia la sangre de los ojos cuidadosamente. Cuando consigo abrirlos, diviso al otro lado de la mesa a Trudy Birtwistle, con las danzantes llamas de los candelabros reflejadas en esos iris negros y una copa vacía en la delicada mano. O sea, que no era sangre: solo me ha tirado vino.
Trudy observa con desdén los lamparones de hierba de mi vestido, y luego pone cara de asco al fijarse en el pañuelo con el que Henry me estaba frotando la mejilla.
—Esa es la palabra que usarían muchos para describir vuestras acciones. Sé que habéis estado retozando en el jardín…
—No te pases, Trudy —le espeta Henry con frialdad, crispando el rostro mientras me seca el vino de la barbilla.
Recuerdo lo que se siente al ser el objetivo de esa mirada de odio, y les agradezco a las Estrellas que nos ayudaran a dejar atrás esa etapa.
—¡¿Que yo me estoy pasando de la raya?! —exclama Trudy, ofendida. Sus gritos llaman todavía más la atención, y ya son varios los cruzanoches que nos observan cuando ella me señala de forma acusatoria—. Es esta rata inmunda la que…
—Basta.
El tono autoritario de Tito resulta inconfundible. Se planta ante la balbuceante Trudy, que mira boquiabierta al imponente príncipe. La muchacha le hace una reverencia, tan marcada que más le valdría postrarse a sus pies.
—Aster es una invitada de la Corona, y la tratarás con el respeto debido —le advierte con los labios fruncidos, a nada de esbozar una mueca.
—Pero, su alteza…
—Silencio. —No queda ni rastro del príncipe altanero y travieso de antes.
Ahora se asemeja otra vez al gobernante aterrador que fingió amenazarme hace una hora, el que me hizo pensar que me partiría en trocitos por puro gusto—.
Como digas una sola palabra más, le ordenaré a la señorita Oberon que te arranque la lengua. ¿Entendido?
Trudy asiente débilmente, al borde del llanto. Ahora entiendo de dónde salieron los rumores sobre el sanguinario príncipe de Enigma.
Cuando Tito se vuelve hacia mí, siento que me quedo sin aire en los pulmones. Esos ojos azules brillan como dos pozos de furia, pero su voz se mantiene estable y perturbadoramente tranquila.
—¿Te encuentras bien, Aster?
Abro la boca para contestar, pero no logro producir ningún sonido. Killian sale de detrás de Tito y manda a Trudy a la pista de baile.
—Sal de aquí, muchacha.
En cuanto la chica se marcha, la expresión siniestra de Tito se disipa. Respiro hondo cuando desvía la atención de mí a Killian, aunque tengo la sensación de que lo hace a regañadientes.
—¡Bancroft! —Los dos se abrazan—. Llevo toda la noche buscándote…
Alguien me da un toquecito en el hombro. La persona que está a mi espalda es Jack, aún más fuera de lugar que yo. Me mira el vestido manchado de vino con los ojos como platos y sacude la cabeza.
—¿Estás…?
—Bien, sí —contesto entre dientes, con los nervios todavía a flor de piel—. ¿Qué ocurre?
Jack asiente lentamente, como si mi respuesta no terminara de convencerlo.
—Will ha pedido verte —dice en voz baja—. Te está esperando en las caballerizas.
—¿Y qué pasa si a mí no me apetece verlo?
—Ve de una vez —interviene Henry, exasperado. Me ofrece el pañuelo—. Tenéis que aclarar las cosas.
Acepto el trozo de tela, más pesado de lo que esperaba.
—¿Por qué pesa tanto? —murmuro alzando una ceja.
—Está encantado —se limita a decir Henry, sonriente—. Es tan resistente como la cota de malla. —Con cierta petulancia, añade—: Y también se limpia solo.
Estudio el pañuelo y ahogo un grito de asombro al ver cómo desaparecen las marcas rojas. La tela blanca se queda impoluta.
—Qué maravilla.
Aunque no me hace gracia ceder a la petición de Will, necesito escapar de los cruzanoches que han presenciado la rabieta de Trudy, ese grupo de gente que todavía me observa de lejos y cuchichea sin disimulo.
Abandono el plato de postres que no he llegado a probar, empapados de vino, y sigo a Jack hacia las puertas que hay en la otra punta del salón.
Miro atrás un momento y descubro que Tito sigue contemplándome, hasta que la multitud se lo traga y el fresco aire de la noche me saluda como un beso gélido.
—Tendrías que haberle visto la cara —le digo a Jack mientras nos dirigimos a los establos.
Me seco las mejillas con el pañuelo de Henry, que se ennegrece por el pringue que Margaret me ha puesto en las pestañas, pero las manchas se borran de inmediato.
Me lo guardo en el escote del vestido, fascinada por su magia—.
Pensaba que se iba a morir de la vergüenza.
Por una vez, el rostro de Jack no transmite ni un ápice de diversión.
—¡Se lo ha buscado ella sola! Trudy siempre ha sido y será una persona embustera e infeliz que…
—Espero que no estés hablando de mí.
Will emerge de las sombras y se detiene debajo de la luz dorada y parpadeante de las caballerizas. Cuando se baja la capucha negra, me fijo en la sonrisa sutil que trazan sus labios.
—Si hubiera estado hablando de su señoría, habría mencionado sus cambios bruscos de humor y su inexistente sentido del humor —responde Jack con una reverencia melodramática.
Después me hace un saludo militar, se gira en redondo y se encamina de vuelta a la mansión. De un momento para otro, Will y yo nos quedamos solos por primera vez desde que regresó.
No dudo en pasarlo de largo y dirigirme al establo de Cáligo, a ese familiar aroma a cuero y paja que me calma los nervios.
—¿Qué quieres? —exijo saber, quizá con más dureza de lo pretendido.
—Deja que te lo explique todo —contesta la voz grave y amable de Will desde la puerta. Se mantiene alejado de mí, como ha hecho desde que volvió de la guerra—. Por favor, Aster.
Se le rompe la voz al decir «por favor», y eso casi consigue que me derrumbe. Sin embargo, me subo a la montura de Cáligo y evito mirar al chico.
—Vale, pero primero tendrás que alcanzarme —replico sacando al caballo del compartimento.
Salimos galopando de las caballerizas, tan rápido que Cáligo levanta una nube de tierra a su paso, y ponemos rumbo al huerto.
Cuando ya estamos cerca del túnel de manzanos, noto en el pecho las vibraciones provocadas por los cascos de un segundo caballo.
Me giro y veo a Will a lomos del corcel castaño de Henry, Nuez Moscada.
A pesar de que no lleva silla de montar, avanzan a tal velocidad que la oscura capa del chico ondea en el aire.
Cáligo va frenando a medida que llegamos al invernadero, y Will se detiene a mi derecha con la respiración agitada.
—Parece que las clases han surtido efecto —jadea mirándome con esos relucientes ojos verdes, que reflejan la luz de la luna.
Tras esbozar una sonrisa encantadora que me acelera el corazón, se baja del lomo desnudo de Nuez Moscada y extiende el brazo para ayudarme—.
Te has convertido en una jinete magnífica.
—Porque Jack es buen profesor —respondo.
No me cuesta ningún esfuerzo hacer caso omiso de la mano que me ofrece, pero sí del vuelco que me da el estómago al oír sus halagos. No me había percatado de lo mucho que deseaba escuchar algo así de él.
Paso la pierna por encima del lomo de Cáligo y me apeo con total facilidad, un esfuerzo que merece la pena por el asombro que invade la expresión de Will.
—¿Y bien? —Abro la puerta del invernadero—. Me gustaría regresar antes del amanecer.
Will se frota la nuca, con una sonrisa aniñada que me golpea como una ráfaga de aire fresco.
Cuando se ríe y me indica que entre primero, me siento como si este fuera nuestro primer encuentro de la noche, como si el hombre que ha vuelto de la guerra se hubiera quedado en la fiesta y el Will de siempre —mi Will— lo hubiera sustituido.
—Ya estás de mejor humor, ¿eh? —comento con frialdad, girándome hacia él cuando termina de cerrar la puerta.
El chico frunce el ceño y se lame los labios como si pensara decir algo, pero parece olvidarse mientras me repasa con esos ojos esmeralda, del vestido a la cara. Entonces repara en el tallo de salvia azul que llevo detrás de la oreja. Sacude la cabeza y me contempla con una mirada intensa.
—Este mundo no se merece tu belleza, Aster Oberon.
—¿Disculpa? —balbuceo, anonadada.
Will tuerce el cuello de tal manera que los ricitos negros le caen por la frente.
—He dicho que…
—Ya te he oído —interrumpo—. Lo que no entiendo es por qué necesitabas traerme aquí para soltarme eso.
—Sabes perfectamente por qué. —La sonrisa aniñada desaparece de su rostro. Se me acerca con un paso tras otro, acorralándome contra el viejo roble que hay al fondo del invernadero—. La indiferencia con la que te he tratado esta noche era mi intento de reparar el error de la Orden.
—¿Qué error? —pregunto con un nudo en la garganta.
—El de invitarte al baile —contesta entre dientes.
El colorido brillo de Liv y las otras hadas, asomadas entre las ramas de arriba, se refleja en sus verdes ojos. Me extraña que Liv y sus amigas no hayan salido a recibirlo con risitas y aleteos, pero me saco el pensamiento de la cabeza.
—El rey ha anunciado que enviará un batallón de Caballeros de Sangre a Paraíso de Tinta, específicamente a la mansión Bludgrave, con el fin de medir la lealtad de tu familia para con la Corona —prosigue—.
Tienes suerte de que Tito te haya cubierto las espaldas, aunque no sé qué podrá hacer cuando los reyes se enteren de lo acontecido aquí esta noche.
Al fin y al cabo, una humana ha asistido al Baile de la Condenación como acompañante del hijo de su jefe, nada más y nada menos.
—Suelta un suspiro y se revuelve los rizos con una mano—.
Has puesto a tu familia en peligro, Aster.
Me cuesta creer que hayas tomado una decisión tan imprudente, aun siendo como eres.
Cada palabra que pronuncia es para mí como una bofetada en la cara.
—Solo estás cabreado porque Henry me ha pedido ir al baile y tú no.