Capítulo treinta
Capítulo Treinta
— P adre se ha lucido esta noche —susurra Lewis.
No me había percatado de que se me había acercado por la espalda, cargado con una bandeja de codorniz envuelta en panceta.
—Has probado el botín, ¿eh? —pregunto lanzándole una mirada sardónica.
Él se limita a esbozar una sonrisa y señala con la cabeza el plato que sujeto.
Me colé en el salón de baile sin que nadie se diera cuenta y fui directa a la mesa de postres, escondida en un rincón alejado de la habitación, desde donde puedo contemplar a los invitados sin disimulo.
El delicado plato de cristal, hasta arriba de pastel de fruta, tartitas de chocolate, pudin de almendra y más cosas por el estilo, refleja el resplandor dorado de los candelabros e ilumina el rostro aseado de Lewis.
Se cortó el pelo antes del evento, por lo que los largos rizos rubios ahora apenas le llegan a las orejas.
No sé si lograré acostumbrarme a verlo sin suciedad en las mejillas ni grasa en el pelo, pero es innegable que parece mucho más guapo y feliz.
—Pues yo ya estoy harta de fiestas solo con esta —comenta Margaret apareciendo de la nada.
Se aparta un mechón ondulado y oscuro de la cara y se planta a mi derecha, para luego dejar una bandeja vacía al borde de la mesa de comida.
Puesto que Annie ha asistido al baile con su madre, las labores de Margaret para la noche han cambiado de ser niñera a ayudar con el servicio de la cena.
Le lanzo el caramelo que me ha dado nuestro padre, y ella curva los labios de una manera algo apenada—. Lo parto en tres trozos, ¿no?
—Que sean cuatro —dice Charlie a nuestra espalda. Los tres nos damos la vuelta y lo vemos con una bandeja en la que reposan cuatro copas de vino rojo sangre. Se le dibuja una sonrisa entre las rosadas mejillas—. ¿Os apetece una bebida?
—¡Charlie…! —exclama Margaret mientras divide el caramelo—. No podemos…
—Claro que podéis —interviene Killian desde el otro lado de la mesa. Alza su propia copa y añade—: Insisto.
—Pero… —balbucea Margaret, boquiabierta y colorada.
—El hombre insiste, Mar ge —replica Lewis, que se apresura a colocar la bandeja en la mesa y se frota las manos de modo travieso. Toma un pedacito de caramelo de la palma de Margaret y se lo mete en la boca—. Salud.
Se dispone a agarrar una copa, pero Charlie se pone en medio para que no llegue.
—Primero hay que hacer un brindis —le recrimina.
Margaret reparte el resto del caramelo entre Charlie y yo. Nunca había probado un sabor a sal y vainilla tan intenso.
—Por Owen —propongo alzando una copa de la bandeja.
—Por Owen —repiten Margaret, Lewis y Charlie.
Los cuatros nos llevamos el vino a los labios y nos lo terminamos de un trago.
—Por Owen —dice también Killian, que choca su copa con la mía.
El gustoso vino me baja por la garganta y se me asienta en el fondo del estómago, acompañado de una calidez agradable.
A pesar de todo lo ocurrido y de la ausencia de Owen, este momento de beber una copa de vino con mis hermanos, como manda la tradición en la víspera del Día de la Condenación…
me llena de esperanza. Es casi como si nos encontráramos de vuelta en el Crealuz, como si Owen estuviera participando en el brindis desde su posición en lo alto de la cofa.
Por primera vez desde que murió, sonrío al pensar que habrá hallado la paz entre las Estrellas. Seguro que nos estará observando con alegría desde ahí arriba.
Me giro para preguntarle a Killian si ha visto a Henry por alguna parte, pero el almirante ya se ha esfumado.
Se hace el silencio en la sala, y me doy cuenta de que los invitados se han vuelto hacia la tarima que se ha montado improvisadamente delante de la multitud, donde se encuentra lord Bludgrave con lady Isabelle a su lado.
—Gracias a todos por acompañarnos esta noche —exclama él con el rostro colmado de calidez—.
Como ya sabrán muchos de ustedes, mi hijo, William, acaba de regresar de Barbarie.
—Los asistentes rompen a aplaudir, pero lord Bludgrave les indica que se calmen con un gesto elegante—. Sí, todos estamos muy orgullosos de él.
—Por desgracia —interviene lady Isabelle, cuya dulce voz se proyecta por la sala sin dificultad—, mientras nuestro hijo estaba luchando hombro a hombro con la Liga de los Siete, nuestro querido pueblo sufrió un ataque.
—No se preocupen —añade lord Bludgrave, con el semblante serio—.
Hemos tomado las medidas necesarias para asegurarnos de que todos estén seguros aquí esta noche.
Dicho eso, a mi esposa y a mí nos ha parecido imprescindible condenar semejantes actos de violencia y contaros la verdad sobre lo sucedido.
El hombre hace una pausa mientras los murmullos se propagan por la muchedumbre.
—Un criminal conocido por el nombre de Malaquías Sombra encabezó un ataque brutal e inaceptable que ocasionó la pérdida de muchas vidas, tanto nuestras como humanas —prosigue con la cabeza gacha—. Esta noche, nos gustaría homenajear a los fallecidos con un minuto de silencio.
Al oír eso, los murmullos adoptan un tono disgustado, y a mí me entran ganas de esconderme debajo de la mesa de comida.
¿Por qué habrá mentido lord Bludgrave? Estoy segura de que hubo testigos, los vecinos de Paraíso de Tinta que contemplaron las atrocidades de Percy y sus Sabuesos.
Ellos saben que los humanos simplemente intentaron defenderse de esa panda de asesinos. ¿De qué sirve culpar al capitán Sombra?
—También me gustaría premiar la valentía de mi otro hijo, Henry —continúa lord Bludgrave con una voz rotunda que le devuelve el control de la multitud—, así como la de una de nuestras criadas más preciadas, Aster Oberon. Hablando de ella…, ¿dónde se ha metido Aster?
Respiro hondo y trato de levantar la mano, pero me siento incapaz de moverme. A mi lado, Margaret abre los ojos como si acabara de cruzarse con un fantasma. Lewis me pisa el pie, y eso sí que me arranca un gritito. Todos los invitados de la sala se giran hacia mí.
Creo que voy a desmayarme, pero Henry aparece y entrelaza su brazo con el mío.
—Aquí está, padre —grita, y luego me susurra por lo bajo—: Tú sonríe.
Ahora mismo no recuerdo cómo funciona la cara, por lo que solo consigo esbozar un sonrisita triste y patética. Aun así, Henry me da una palmadita reconfortante en la mano.
—Ah, qué bien —dice lord Bludgrave. No paso por alto el sudor que le baña frente, ni los sutiles temblores de su mano cuando alza la copa—. Aster Oberon y su familia fueron en su día piratas del mar del Oeste…
Apenas termina de pronunciar esas palabras antes de que los invitados estallen en murmullos enfurecidos.
Las miradas acusatorias de los cruzanoches me abrasan la piel, hasta que Henry cambia de postura para escudarme sutilmente.
No obstante, el calor que estoy percibiendo parecer irradiar… del propio Henry.
—Pero se han reformado y ahora sirven al rey —brama lord Bludgrave en un intento de competir con la cháchara de los asistentes—.
Y esta noche, nuestro adorado príncipe ha formalizado su situación.
El Corso del Rey ampara a la familia Oberon.
Puesto que han dejado atrás esa vida de piratería, les damos la bienvenida al reino de Enigma.
Queremos también dedicarle un agradecimiento a Aster, que veló por su rey y su país al sofocar la rebelión abominable que amenazaba con arrasar nuestro tranquilo valle.
Los cuchicheos furibundos se ven interrumpidos por los aplausos de una única persona, lentos y estruendosos.
Todas las miradas pasan de mí a Tito, situado cerca del estrado.
Poco a poco, las palmadas se van propagando por el salón.
Si Tito se pusiera a hacer el pino, tengo la sensación de que no quedaría nadie en la mansión con los pies en el suelo.
—Se estarán preguntando por qué hemos invitado a una humana a celebrar esta velada con ustedes —dice Tito llanamente, sacudiéndose una mota invisible del brazo—.
Cuando me enteré de lo que había acontecido en Paraíso de Tinta y del coraje de la señorita Oberon, les sugerí a los Cástor que la dejaran participar en los festejos de esta noche.
Me alegro de que hayan hecho caso. Lo que sí me ha sorprendido ha sido ver a Aster con ese vestido, como muchos recordaréis.
Una mentira más, aunque esta vez es necesaria. Si la gente cree que la idea de invitar a una humana —que encima fue pirata— al Baile de la Condenación vino de Tito, nadie podrá culpar a los Cástor. Al fin y al cabo, ¿quién se atrevería a llevarle la contraria al príncipe?
Se escuchan unas cuantas risas nerviosas por la habitación, que solo aumentan la tensión del ambiente, pero Tito continúa hablando como si no pasara nada.
—Hagamos un brindis en homenaje a nuestra invitada de honor —propone alzando la copa—. Que tu lealtad y tu valentía sean eternas. Y que el sol de Enigma te ilumine el rostro hasta el final de tus días. ¡Por Aster!
—¡Por Aster!
Me descoloca que los invitados repitan las palabras y, aunque muchos lo hagan a regañadientes, algunos de ellos hasta me vitorean. Mientras tanto, lord Bludgrave y lady Isabelle bajan del estrado para cederle el foco de atención a Tito, que se apresura a subir los escalones.
Cuando la luz de la sala cae sobre él, el miedo me atenaza el pecho.
Si el capitán Sombra tiene pensado hacer acto de presencia, este sería el momento perfecto.
No obstante, tras descubrir que Tito trabaja para la Orden, ya no le veo ningún sentido a los rumores de que Sombra piensa atacar al príncipe.
Si el capitán es de verdad el informante de Will, ¿no debería estar él enterado de que Sombra pretende asesinar al heredero al trono?
Y si sabe que es mentira, ¿por qué ha permitido que Henry y yo creamos lo contrario?
—¿Por dónde andas, William? —pregunta Tito examinando la habitación con la mano de visera. La multitud se abre ante Will, que se encuentra cerca de la pared con las dos mujeres de antes colgadas de cada brazo—. Señoritas, ¿haríais el favor de prestármelo un rato? Os lo devolveré en un momentillo.
Los invitados rompen a reír, pero no hay ni rastro de diversión en el semblante de Will cuando se despega de la pared y abandona a las enfurruñadas damas.
—Como ya han oído —dice Tito mientras le da la mano a Will para ayudarlo a subir—, mi querido camarada Will acaba de regresar de nuestro viaje a Barbarie.
De no haberlo tenido allí, no habríamos podido asegurar la frontera oriental del país de mi prometida, ubicado en primera línea de esta guerra contra las fuerzas de los secuaces.
—Hace una pausa hasta que los aplausos decaen—.
Cuando le solicité que se uniera a mí, lord Cástor aceptó sin dudar la llamada de la Corona, y no podría estarle más agradecido.
No obstante, esta noche me gustaría hacerle otra petición.
Se me encoge el estómago. La última vez que el príncipe le pidió algo a Will, él partió a la guerra como un joven encantador y volvió a casa transformado en un hombre atormentado.
—Pronto me desposaré —continúa Tito—. Lord Cástor y yo hemos afrontado juntos muchas batallas, y nunca se me ocurriría enfrentarme al matrimonio sin el apoyo de mi amigo más leal.
—Se gira hacia Will con una sonrisa juguetona dibujada en los labios—.
Lord William Cástor de Paraíso de Tinta, defensor de Enigma, ¿me harías el honor de ser mi padrino de bodas?
Will también sonríe, una expresión que le borra del rostro las sombras de la guerra, y abraza a Tito con los ojos verdes anegados de lágrimas. Los otros asistentes parecen olvidarse al instante de mí, la pirata convertida en criada que les ha aguado la fiesta, pues estallan en aplausos atronadores.
Will se separa de Tito y toma una copa de vino espumoso de la bandeja que le ofrece Sybil, la camarera de tumo.
—¡Por el príncipe y la princesa! —brinda.
Cuando se lleva la copa a los labios, nuestras miradas se cruzan y él me contempla desde la otra punta de la habitación, con esa expresión curiosa y escrutadora a la que ya me había acostumbrado.
Se le sube la manga de la camisa, lo que deja al aire una pulsera de cuero trenzado que le ciñe la muñeca: es la mía.
El corazón me da un vuelco. ¿La ha llevado puesta desde que se marchó?
Alzo mi propia copa, pero la muchedumbre vuelve a agolparse y nos separa como el océano situado entre Barbarie y Enigma, que nos ha mantenido alejados estos tres meses.
Miro a mi alrededor y veo que Lewis, Margaret y Charlie han regresado a sus puestos sin que yo me diera cuenta.
Por suerte, no estoy sola: Henry se aclara la garganta y desenreda nuestros brazos.
—Eso debería calmar la situación por el momento —dice.
Suspiro hondo y le pregunto:
—¿Cuánto falta para el amanecer?
—¿Ya te has aburrido de la juerga, pirata? —replica girándose hacia mí; el hecho de que siga llamándome pirata me caldea el pecho. Abre los ojos como platos y me limpia la harina de la mejilla entre risas—. Por todas las Estrellas, Aster, ¿qué diantres te ha pasado?
—Nada. Solo he…
De repente, un chorro de líquido me tiñe la vista de rojo y se me cuela por las fosas nasales. Respiro a bocanadas en un intento de no ahogarme.
Estoy cubierta de… sangre. Pero ¿de quién es? No veo nada. No sé…
Una voz femenina hace que me embargue el pánico al pronunciar una palabra condenatoria, que me atraviesa como un cuchillo serrado:
—¡Traición!