Cruzanoches Capítulo veintinueve
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Capítulo veintinueve

Capítulo Veintinueve

V arios trazos de tinta negra se materializan en la piel de Tito, donde también aparece la silueta de una daga con alas acompañada de dos palabras.

— Nivim derai —murmuro con la mente aturdida.

Lleva tatuada la frase «En tiempos de necesidad», y eso significa que…

—. ¡¿Forma parte de la Orden?! —Lo comprendo todo de golpe.

En un primer momento creí que los demás miembros se referían a mí, en vista de sus conversaciones sobre establecer una alianza con mi gente, pero si el príncipe está de nuestro lado… — ¡El arma secreta era usted!

—¿El arma secreta? —repite con las cejas enarcadas—. Me gusta cómo suena.

Abro la boca para espetarle un improperio, pero él se me adelanta.

—Te pido disculpas —susurra antes de taparse el tatuaje; apenas me ha dado tiempo a verlo bien—.

No tengo nada en contra del criterio de William, pero necesitaba confirmar personalmente que podemos confiar en ti.

—La timidez de su sonrisa borra todo rastro del príncipe sanguinario y siniestro que ha fingido ser—. Espero que lo entiendas.

Suelto el aliento al tiempo que abro los puños y me dejo caer sobre la estatua. Las protuberancias de la piedra se me hincan entre los hombros, pero el alivio que me embarga es lo bastante intenso para compensar el dolor.

—La confianza requiere verificación… —mascullo entre suspiros. Ese es otro de los infames dichos de mi madre—. En ese caso, debería haberse esforzado un poco más.

—Ah, ¿sí? ¿Qué me habrías sugerido tú? —pregunta arqueando una ceja.

—Tendría que haberme arrancado un diente o una uña… —respondo con un encogimiento de hombros.

—Ahora comprendo el brillo que surgió en tu mirada al oír la palabra «tortura» —replica esbozando una sonrisa macabra.

—Si hubiera pretendido torturarme, le habría bastado con sacarme a bailar otra vez.

—Yo he disfrutado considerablemente de nuestro baile, pero me disculpo de nuevo si no he cumplido tus expectativas —dice haciendo unos pucheros exagerados—. Quizá cambies de opinión si me das otra oportunidad para…

—Se disculpa usted mucho para ser un príncipe —lo interrumpo.

Él curva los labios, pero no hay ni rastro de esa travesura en sus ojos, entornados y sinceros.

—Será porque tengo muchas razones para pedir perdón.

Me mira el cuello como si pudiera ver las cicatrices que se esconden debajo de la cinta. Levanto una mano para tapármela, pero él me sujeta la muñeca.

—¿Sabe William que las tienes? —pregunta con una ternura dolorosa; su voz transmite demasiada familiaridad para ser alguien a quien acabo de conocer, alguien a quien he odiado toda la vida.

Se me encoge el estómago, pero logro soltar una carcajada.

—¿Se refiere a las cicatrices? No son ningún secreto.

—Entonces, ¿por qué las ocultas? —dice tras liberarme la mano, frunciendo el ceño.

Una sensación muy similar a la vergüenza me oprime las lumbares.

—Se suponía que esta noche nadie debía descubrir quién soy —replico.

Pero no menciono que también me apetecía ser alguien diferente, al menos por un día.

Ni siquiera rechisté cuando Killian me comentó que buscaría una manera de cubrir las cicatrices, pues quería dejar de ser una simple humana y convertirme en algo tan perfecto como los cruzanoches, aunque fuera un rato.

Quería ser alguien que no hubiera sufrido horrores a bordo del Aullido, alguien que no supiera lo que se siente cuando una soga te aplasta la tráquea, alguien que no hubiera perdido un hogar, un hermano ni la libertad.

—¿Y quién eres? —insiste con la cabeza ladeada.

Pienso en cómo me ha tratado Will esta noche, después de que yo me haya pasado meses enteros preguntándome si estaría bien, si seguiría con vida, si me echaría de menos tanto como yo a él.

—Nadie —contesto, porque no sé cómo responder a eso.

De un momento para otro, Tito estira el brazo, me roza el cuello para arrancarme la cinta de raso amarillo y la tira al suelo de piedra.

Después me mira fijamente con esos ojos azules como el mar, tan henchidos de certeza y comprensión que me pregunto si podrá verme el alma, si podrá oír las palabras que nunca pronuncio en voz alta.

—Todos tenemos cicatrices, Aster —afirma en voz baja—. Incluso los cruzanoches.

Se desabotona la mitad superior de la camisa y me muestra las marcas blancas que le salpican el pecho, unas cicatrices feas y crueles que solo podrían causarse a conciencia.

—¿Por qué no le ha pedido a Will que se las cure? —inquiero arrugando las cejas.

—¿Por qué no le has pedido tú que te cure las tuyas? —Me devuelve con una apenada sonrisa cómplice.

Tito da un paso hacia mí y me acorrala de nuevo contra la estatua.

Permito que apoye las manos a los lados de mi cabeza y que me retenga con todo el cuerpo.

Gracias al aroma salado que le impregna la tostada piel, es como si me encontrara entre los brazos del mismísimo océano.

Esos ojos azules se cruzan con los míos, amables pero imponentes, como una marea que amenaza con hundirme.

Me repite una de las cosas que le he dicho hace un rato, tan pegado a mí que me acaricia la mejilla con el aliento:

—Eres justo como pensaba.

—¿Y qué pensaba? —consigo preguntar con voz ronca.

Cuando inclina la cabeza, sus labios quedan tan cerca de los míos que rio me atrevo ni a respirar, y los ojos se me cierran solos.

—Que serías valiente —murmura en un tono tan calmante y familiar como el runrún de las olas—. Y leal.

Tras pronunciar esa última palabra, se aparta de sopetón. Su repentino alejamiento me golpea como un puñetazo en el pecho. Cuando vuelvo a abrir los ojos, él ya está abotonándose la camisa. Su mirada ha pasado de mí a la mansión Bludgrave, recortada a lo lejos entre las columnas de piedra.

—Deberíamos ir volviendo —dice con expresión severa.

Abro la boca, pero no me sale ninguna contestación. ¿Qué diantres acaba de pasar?

Tito recoge el abrigo del suelo, se gira en redondo y se encamina hacia los escalones, sin molestarse siquiera en esperarme. Bajo la vista al suelo, donde la cinta de raso amarillo yace tirada como un pétalo marchito.

No me quito de la cabeza las palabras del príncipe: «Todos tenemos cicatrices, Aster».

Me ha llamado valiente, pero últimamente no siento que lo sea. Este lugar y esta nueva vida han reprimido la parte más salvaje de mi ser; me han forzado a ocultar las cicatrices que solía lucir con orgullo, a hacerme pasar por una persona insignificante que no soy.

Pienso en Owen, que se reía a la cara del enemigo. Él sí que era valiente; lo fue hasta el final.

Quizá haya llegado la hora de recuperar a mi verdadero yo.

Creo que ahora me toca a mí ser valiente.

Tito y yo regresamos a la mansión en silencio. Lo sigo a cierta distancia, y él ni siquiera se gira hasta que llegamos al edificio. Es entonces cuando me contempla con expresión indescifrable y abre la boca, pero yo me adelanto.

—Nos vemos dentro —digo rápidamente.

A continuación, entreabro la puerta que lleva a la cocina y me cuelo por el hueco sin darle tiempo para responder.

El embriagador olor de la carne asada me llena los pulmones de inmediato.

Apoyo la cabeza en la puerta cerrada y respiro hondo, deseosa de saborear el aroma del pan recién hecho, del ajo picado y la fruta cortada, de la nata montada y el pastel de chocolate.

Cierro los ojos y espero a que el murmullo calmante del agua hirviendo me apacigüe la atolondrada cabeza.

—¿Aster? —pregunta la voz de mi padre entre el estruendo de las ollas y las sartenes. Se encuentra en medio de la cocina, cuya luz cálida y dorada le baña las manos cuando se las limpia en el delantal manchado de grasa. Ladea la cabeza y añade—: ¿No deberías estar en el baile?

—Yo… —«No sé qué hago aquí», pienso para mis adentros, pero lo que digo al final es—: He pensado que a lo mejor necesitabais ayuda.

Él me mira con expresión preocupada, como si creyera que me he llevado un golpe en la cabeza.

—Lo tenemos todo controlado —responde señalando a Martin y Sybil, que trajinan por la cocina a un ritmo frenético. Mi padre entorna los ojos—. ¿Te encuentras bien? Te veo…

—Sí, estoy bien.

—Preciosa —termina él, levantando la mano como si fuera a acariciarme la mejilla, pero se frena antes de rozarla. Deja los dedos embadurnados de harina cerca de mi cara y esboza una sonrisa que me lleva de vuelta a mi infancia.

Lo estrecho entre mis brazos sin preocuparme por la grasa del delantal, la suciedad de sus palmas ni el estado de mi vestido, que ya se ha embarrado de hierba.

Él me devuelve el abrazo con gran firmeza, y los sonidos que nos rodean quedan reducidos a un mero murmullo.

Por un instante, es como si volviera a mecerme al son de las olas, acunada por el océano en mi hogar, sana y salva.

Mi padre retrocede un poco con el rostro colmado de preocupación.

—¿A qué ha venido eso?

—¿Es que una ya no puede abrazar a su padre?

—No me estaba quejando —replica entre risas, un sonido tan dulce y familiar que casi me derrumbo. Sin embargo, él se calla de repente y me levanta la barbilla con un dedo—. ¿Qué te pasa, Aster?

Me seca una lágrima con el dedo, por lo que me mancha la mejilla de harina.

—Estoy bien, padre, es solo que…

Las palabras se me borran de la mente al reparar en el Corso del Rey, que descansa sobre el borde de una encimera cercana. En el mismo lugar donde mi padre firmó hace meses, ahora también hay un sol escarlata que brilla como la sangre a la luz de las velas.

Es el sello real.

Tito… lo ha hecho: ha cambiado nuestro destino con un simple gesto, literalmente. Ya no somos el clan Oberon, los infames piratas del mar del Oeste. Ahora somos súbditos de la Corona, del reino de Enigma.

Siempre he pensado que la mansión Bludgrave sería mi nueva prisión, mi segundo Aullido, pero lo único que siento ahora mismo es…

alivio. El momento que más temía ha sucedido por fin, y aun así nada ha cambiado: en el fondo del alma sé que soy libre.

Sigo siendo la misma Aster Oberon que se ha ganado el respeto y el miedo de todos cuantos la conocen.

Soy la muerte en forma de espada. Soy la destructora de monarcas y reinos.

Soy valiente y leal. Soy una pirata. Y ni siquiera el anillo de un príncipe puede despojarme de ninguna de estas certezas.

Al fijarse en lo que estoy mirando, mi padre suelta un suspiro agotado y tembloroso.

—Aster, por favor, tienes que entenderlo…

—No hace falta que me des más explicaciones —lo interrumpo sacudiendo la cabeza—. Ya lo he aceptado. —Cuadro los hombros y respiro hondo para reponerme—. Debería regresar a la fiesta.

Le dedico una sonrisa débil y me giro en redondo, un tanto mareada por la tensión que se ha ido acumulando entre mis orejas.

—Espera —dice mi padre.

Me vuelvo de nuevo hacia él y veo que está hurgando en el bolsillo del delantal. Luego toma mi mano entre las suyas, con los ojos anegados de lágrimas que no llegan a derramarse. Sonríe antes de soltarme, y descubro el caramelo blando que me ha colocado en la palma.

La tensión de mis sienes se relaja, aunque ocupa su lugar una peculiar ráfaga de culpabilidad.

Hice mal en reprocharle a mi padre que firmara el Corso del Rey: él solo trataba de proteger a su familia.

Y después de vivir tres meses en la mansión Bludgrave, he de reconocer que juzgué mal a este lugar y las personas que lo habitan.

Si el príncipe de Enigma es buena persona, tengo la oportunidad de participar en una causa que merece la pena, de crear un mundo en el que no necesitemos huir a la isla Roja en busca de una vida mejor, el mismo mundo con el que soñaba Owen.

—Ah, casi se me olvida —añade mi padre. Me da la espalda y trae la botella de leche reutilizada como jarrón que hay junto a la ventana—. Will vino a buscarte aquí, poco antes del baile. —Arranca un tallo de salvia azul y me lo pone detrás de la oreja—. Ha dejado esto para ti.

La flor me recuerda una vez más lo que me explicó de ella: «Y esta de aquí significa “estoy pensando en ti”».

O sea, que Will si intentó verme, solo que esperaba encontrarme aquí. Aprieto el caramelo en el puño y miro a mi padre a los ojos, igualitos que los de Owen.

—Gracias, padre.

Mi reacción parece descolocarlo, pero luego esboza una sonrisilla traviesa que me recuerda a las de Lewis cuando va a meterse en algún lío.

—¿Por qué?

—Por hacer lo que consideraste mejor para la familia —respondo.

Le echo un vistazo a la cocina, a los resultados del esfuerzo de mi padre: aquí se ha preparado un festín digno de un príncipe.

Vuelvo a contemplar brevemente el Corso del Rey, pero ahora siento una extraña oleada de paz y certeza—.

Creo que a Owen le habría gustado este sitio.