Capítulo veintiocho #3
Confiar era imposible para mí hasta que conocí a Will: gracias a él, me abrí al mundo de su gente y su especie.
Es esa confianza lo que me ha debilitado, lo que me ha dejado ciega ante las verdaderas intenciones de Tito, lo que me ha persuadido para verlo como un joven altanero e incomprendido y no como el príncipe malvado de todas las historias.
Ahora sé que hice mal: no debería haber confiado en Will, ni en Tito.
Los dos son un error que no volveré a cometer nunca.
Siempre y cuando logre salir de esta con vida, claro.
—Soy consciente de que los Cástor se traen algo entre manos —murmura Tito, apartándose un poco para contemplar mi rostro en conjunto—. Si me cuentas lo que tienen planeado, prometo concederte una muerte indolora.
A continuación chasquea los dedos, pero esta vez no me encojo, gracias a las Estrellas. Lo miro a esos relucientes ojos azules, colmada de un odio que discurre por mis venas como un ser vivo.
Tendría que haber hecho caso de mi madre cuando me dijo aquello de «no hay mejor fachada que la bondad».
—Uy, se me ocurre algo mejor… Will me comentó que sientes mucho cariño por tu familia —añade sonriendo con todos los dientes—. O me revelas todo cuanto sabes sobre la Orden de Hildegarda, o empalaré a tus hermanos y hermanas en las murallas del castillo.
Le escupo en la cara y gruño:
—Bastardo.
—Querida, llevo toda una vida oyendo ese insulto —replica entre carcajadas, aunque se le ensombrece el rostro. Se pasa la lengua por los labios y esboza una sonrisa diabólica—. Vas a tener que esforzarte más.
Se me revuelve el estómago. Conozco muchas palabrotas, pero ninguna de ellas podría describir propiamente la maldad de este príncipe.
El ladea la cabeza mientras juguetea con un mechón de mi pelo.
—Sabes que podría ejecutarte por el mero hecho de haber asistido a este baile, ¿verdad?
—continúa en voz baja—. Y a Will también, de hecho.
¿En qué momento se le ocurre entrelazar el brazo con una humana?
Ha estado a un beso de cometer un auténtico acto de traición.
—Se enrolla el mechón alrededor del dedo y se acerca un poco más a mis labios con cada susurro—.
Dime… ¿crees que Will se sacrificaría por proteger tus secretos?
Esa pregunta me atraviesa el corazón como una daga, porque no conozco la respuesta.
De repente, Tito tensa todo el cuerpo y su respiración se torna entrecortada.
Después se desenreda el mechón y deja la mano cerca de mi cuello.
Cuando me roza el pendiente de perla, se le dibuja una arruga entre las cejas.
Vuelve a separarse y me inspecciona la cara con expresión seria e indescifrable.
—¿Temes a la muerte, Aster Oberon? —pregunta en voz queda.
Suelto una carcajada y respondo:
—Hay cosas mucho peores.
—¿Como la tortura? —sugiere con los labios temblorosos, esbozando una sonrisilla casi imperceptible.
Me viene a la cabeza la pulsera de cuero atada a mi muñeca y el vínculo que representa.
Owen siempre estuvo dispuesto a morir por su familia, por mí; jamás tuvo miedo de lo que pudiera esperarle al otro lado de una derrota fulminante.
Estaba convencido de que se haría un hueco entre las Estrellas, donde esperaría a reunirse con nosotros algún día.
El sueño de mi hermano era encontrar un lugar mejor para nosotros y el resto de la humanidad, un lugar en el que pudiéramos sentirnos seguros y felices.
Y la Orden cree que es posible construir un mundo así.
Si mi muerte sirve para proteger esa posibilidad, por mínima que sea, la aceptaré sin problema.
Además, así podré reencontrarme con Owen en el más allá; nos echaremos unas buenas risas hablando de que me ha matado el mismo chico al que debía proteger.
—Si me cuentas todo lo que sabes, te perdonaré la vida —susurra Tito observándome con esos ojos de depredador—. Tú eliges.
Ja, seguro que sí. Nunca ha habido una decisión que dependiera verdaderamente de mí, y eso no va a cambiar ahora.
—¿Por qué te empeñas en escudar a los Cástor? —me pregunta mientras me acaricia la mandíbula con los nudillos—. Te compraron como si estuvieran salvando a una ovejita que iba directa al matadero. No significas nada para ellos. Nada de nada.
Ahí lleva razón: no soy importante. Si muero, mi familia lo superará, e incluso evitará pronunciar mi nombre, como el de Owen. Pero si delato a los Cástor, estaría haciéndole un daño irreparable a su causa. No, a nuestra causa.
Si hubiera caído durante alguna batalla marítima del pasado, mi muerte no habría tenido ningún impacto.
Por el contrario, ahora puedo sacrificarme por el bien de la pequeña Annie y de Henry, ese chico que se ha convertido en un amigo inesperado, pero también de Killian, que me regaló un propósito cuando mi vida se había reducido a pelar patatas.
Moriré por proteger el futuro que se merecen Elsie y Albert. Y por proteger a Will.
Las palabras que brotan de mi boca no salen con facilidad, pero son la pura verdad:
—Prefiero morir a ser una traidora.
Tito retira la mano y da un pasito atrás. La sonrisa que se le dibuja ahora en el rostro es enorme, tan luminosa que le confiere un resplandor divino al azul de sus ojos.
—Te pega más decir algo como… —Se quita el abrigo de vestir, lo tira al suelo sin ningún cuidado y se sube la manga mientras me contempla una vez más, con una curiosidad tentativa que templa su inexplicable regocijo— muerte al rey.