Capítulo veintiocho #2
—Ha sido un accidente. —Luego, medio entre dientes, añado—: Al menos esta vez.
Él deja escapar una carcajada de incredulidad sin llegar a soltarme.
—Entonces, ¿no piensas disculparte por ninguna de las ocasiones en las que me has pisado?
—En absoluto.
—Si te digo la verdad, no me sorprende.
—Uy, ¿es que no le sorprendo? —le pregunto enarcando las cejas.
—Más bien lo contrario —replica él. El aliento que me roza la nuca es la única fuente de calidez en esta construcción a cielo abierto—. Por ejemplo, me sorprende que no te hayas zafado de mí aún.
Esas palabras me golpean como un jarro de agua fría, como un recordatorio urgente de la posición en la que me encuentro ahora mismo.
Fijo la vista en la estatua que ocupa el centro del templete y acabo estirando el cuello para vislumbrar mejor la cara de la mujer, que tiene una corona inclinada sobre la frente y un bebé esculpido abrazado al pecho.
—Hildegarda… —murmura Tito con el tono reverente de un salmo recitado en voz alta, vigoroso y resonante—. La Madre de las Reinas.
No se aparta de mí, y su presencia me envuelve como si electrificara el aire. Siento que el tamborileo de sus latidos retumba en mis oídos.
—¿Qué sabe de ella? —susurro sintiendo mi pulso igual de acelerado.
Él se aclara la garganta y retira por fin las manos de mis brazos. Me alejo varios pasos a un lado, deseosa de dejar más espacio entre nosotros y de camuflar la indeseable ráfaga de calidez que me inunda las mejillas.
—Únicamente lo que me enseñaron como parte de mis estudios básicos —responde él con voz ronca, metiendo las manos en los bolsillos.
Cuando lo ojeo, veo que contempla la estatua con la misma expresión asombrada que me dedicó a mí en el jardín—.
Fue una guerrera feroz, la protectora de Enigma antes de que los míos tomaran el trono.
—Y pensar que una vez lo ocupó una humana… —comento sacudiendo la cabeza.
—¿Tanto te cuesta creerlo? —replica él esbozando una sonrisilla.
Se encamina hacia mí, lo que me distrae de la escultura. Vuelvo a fijarme en esos ojos tan azules, centelleantes como las estrellas reflejadas en un mar cautivador e infinito.
—Hay muchas cosas que me cuesta creer.
Agranda esa sonrisa traviesa al tiempo que salva la distancia restante entre nosotros.
—¿Como el hecho de que te hayas pasado la vida deseando matarme y ahora te resulte irresistible? —Se inclina como si fuera a contarme un secreto—. Sí, sé que quieres matarme. Seguramente te lo estarás planteando ahora mismo.
El corazón me da un vuelco.
—No me digas que no has sopesado aprovechar esta oportunidad para clavarme un puñal en el corazón —insiste con una mueca cruel y retorcida—. Yo en tu lugar no dudaría.
Se produce algún tipo de cambio en el ambiente; es sutil, pero inquietante igualmente.
Miro por instinto el hueco entre las dos columnas de piedra, donde se recorta la silueta lejana de la mansión Bludgrave, cuyas relucientes luces me llaman como un faro.
Me doy la vuelta e intento retroceder, pero el príncipe reacciona al instante y me tapa la única salida.
Se me acerca con expresión acechante, ladeando la cabeza como si estuviera evaluando a una presa, y me veo obligada a ceder terreno.
Justo cuando él se lame el labio inferior, me choco de espaldas contra la estatua erigida debajo de la cúpula, y se me escapa todo el aliento con un jadeo audible.
Tito levanta el brazo y apoya la mano en la figura de piedra, a unos pocos centímetros de mi cabeza. Estoy acorralada, sin esperanza alguna de cruzar el jardín y llegar a un lugar seguro. ¿Cómo he podido creer que conseguiría escapar de él? Es un cruzanoches, un cribasangres, un príncipe.
«Y tú eres Aster Oberon, una pirata que no se somete a ningún rey», habría dicho Owen.
—Ríndete, Aster —ronronea Tito—. Estoy al tanto de la existencia de la Orden.
Sé a qué has venido esta noche. —Chasquea la lengua y sacude la cabeza, de tal manera que el cabello rubio y despeinado le cae por la frente—.
Es impresionante lo rápido que has trepado por el escalafón social.
De pirata a criada y de criada a objeto de deseo de los hermanos Cástor.
Su famélica mirada se detiene en cada parte de mi cara, en busca del más mínimo atisbo de miedo. Por fin ha aparecido el príncipe despiadado, de pesadilla, que yo esperaba desde un principio.
—La primera vez que me Will habló de ti —prosigue arrastrando las palabras—, supe que debía conocer cuanto antes a esa criatura misteriosa y violenta que tenía al joven lord Cástor comiendo de su mano.
Desliza el pulgar por mi mandíbula con gran suavidad, como si fuera consciente de lo áspero que podría resultarme el tacto de sus callos.
Un escalofrío me recorre la columna, y también se me forma un tenso nudo en el estómago.
Él parece darse cuenta, a juzgar por la emoción dolida e indescifrable que surca su mirada, pero enseguida la sustituye de nuevo el brillo mortífero y ansioso de antes.
—A decir verdad, después de todo lo que me contó Will, no pensaba que fueras a ser tan confiada. —Me mete un mechón detrás de la oreja y se arrima todavía más, hasta que el aliento de sus susurros me caldea la mejilla—. Me lo has puesto bastante fácil, Aster.
Aprieto los dientes y cierro los puños. He sido una estúpida por permitir que me tendiera esta trampa.
¿Cómo he podido olvidarme tan rápido de mi objetivo original, el de asesinar al príncipe y hacerle pagar por todo lo que me ha robado?
Esto me pasa por creer que Tito podía ser algo más que un asesino bruto y manipulador.
A estas alturas ya debería tener claro que no se puede confiar en nadie, y menos en el cruzanoches heredero al trono.
Pero… por una vez en la vida, aunque no pueda explicar por qué, he sentido que Tito no era una amenaza.
O quizá simplemente esperaba que no lo fuera, porque si el príncipe de Enigma resultara ser buena persona, una parte de mí podría aceptar por fin que es posible cambiar este mundo para bien.
Y eso me cuesta más que la otra alternativa, la de pensar que la única solución para mi pueblo es eliminar al rey y toda su estirpe.
Matar es algo a lo que estoy acostumbrada, pero tener esperanza siempre me ha parecido difícil. Y poder confiar en alguien…