Cruzanoches Capítulo veintiocho
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Capítulo veintiocho

Capítulo Veintiocho

I ntento hablar, pero no me salen las palabras. Abro y cierro la boca como una idiota mientras miro al príncipe y al alfiler que le he acercado al cuello.

—Aunque no es la primera vez que dejo boquiabierta a una mujer —comenta Tito con los labios algo curvados y la vista fija en el objeto metálico—, esto sí que no me había pasado nunca.

Intento apartar el alfiler, pero él no me suelta la mano.

La calidez de su piel traspasa la tela de mi guante, y es entonces cuando me doy cuenta de que él se ha quitado los suyos.

Estudio asombrada los trazos de tinta que empiezan en sus dedos y le suben por la muñeca, conformando un tatuaje que le cubre todo el dorso de la mano: es un gorrión en pleno vuelo.

—No pretendía ofenderle —logro balbucear, mirándolo de nuevo a esos ojos altaneros; el azul de los iris brilla como un mar incendiando.

—Ha sido culpa mía. —Esboza una sonrisa coqueta con los labios apretados y me libera por fin—. Es evidente que te he asustado.

—En absoluto —rechazo.

Intento recolocarme el alfiler tal y como lo puso Margaret. El príncipe me contempla con cierta diversión mientras me retuerzo la mitad superior de la melena y me hago un recogido chapucero. Por un momento, siento la tentación de usar ese careto de alfiletero.

—Me disculpo —ronronea—. Habré malinterpretado la situación. —Me repasa de arriba abajo con una sonrisilla burlona—. Pero no sé, cuando alguien parece asustado, normalmente significa que lo está.

—Que no me ha… —En ese instante, reparo en las manchas de hierba que se me han formado en la zona de las rodillas y profiero un quejido—. No me ha asustado.

—Ahora que lo dices, la palabra «asustar» sí que suena un poco fuerte. ¿Qué opinas de «sobresaltar»? —replica guiñándome un ojo.

—No estoy sobresaltada —gruño antes de esquivarlo.

—Claro que no. —Comienza a seguirme de inmediato. Tiene las piernas tan largas que me alcanza sin acelerar el ritmo perezoso de sus pasos—. Estabas esperando a alguien, obviamente, solo que no a mí.

—Obviamente —repito, exasperada.

Rebusco entre los arbustos donde Henry y yo nos hemos detenido hace unos minutos, pero la cinta de raso amarilla ha desaparecido, justo como la talega que perdí cerca del invernadero aquella noche lejana. Se me cae el alma a los pies y el pánico me inunda las venas.

—¿Buscas esto? —pregunta Tito enseñándome el trozo de tela; me fijo en el gorrión tatuado que le decora la otra mano, igualito al primero.

Trato de agarrar la cinta, pero él me la aleja. El anillo que le ciñe el dedo índice me llama la atención: es el anillo de sellado real. Al ver la capa reciente de cera escarlata que recubre el sol de Enigma, la inquietud se me asienta en el estómago.

—¿Quién es Owen? —dice ahora con el ceño fruncido.

Intento arrebatarle el pedazo de tela otra vez, pero él reacciona con demasiada rapidez y lo levanta por encima de la cabeza, donde ya no puedo alcanzarlo. Me dedica una mirada expectante que me saca de mis casillas.

—¿Lo conozco? —insiste fingiendo que solo pregunta por curiosidad.

—Lo dudo mucho —le espeto con las mejillas acaloradas.

—Igual te sorprendo —replica ladeando la cabeza en señal de complicidad.

El fulgor de la luna le otorga un brillo angelical a una mitad de su cara, ensalzando la suavidad, la calidez y la belleza trágica de sus rasgos.

Por el contrario, la otra mitad permanece oscurecida entre la penumbra, lo que le confiere el aspecto siniestro que siempre imaginé para él.

Esboza una sonrisa que deja al aire los dientes, claramente pensada para resultar encantadora, pero a mí solo me recuerda a una serpiente preparada para atacar—. Conozco a muchas personas.

—Seguro que sí. —Me tiemblan los dedos, deseosos de hincarle el alfiler en el cuello—. Pero estoy convencida de que él no es una de ellas.

—¿Por qué lo tienes tan claro? —pregunta curvando una comisura de los labios, un gesto travieso que me saca de quicio.

El tono bromista y agradable de su voz consigue que una parte de mí no quiera amargarle el humor, pero hay otra parte que sí desea destriparlo, para hacerle pagar por todo lo que me ha robado.

Cuadro los hombros e intento manifestar en el rostro las emociones frías y crueles que me embargan por dentro.

—Porque está muerto. Gracias a su capitán.

—Yo… —balbucea Tito con un respingo, algo sorprendido. Frunce los labios y tensa la mandíbula—. Lo siento muchísimo, Aster. De verdad que sí. Will me comentó que se habían producido varias pérdidas…

Baja el brazo, de modo que la luz de los faroles transforma el amarillo de la cinta en dorado.

La pena surca su mirada, y la seriedad de su rostro me transmite un arrepentimiento sincero.

Se queda tan inmóvil como un soldado a la espera de órdenes, sin quitarle ojo a la tira de raso que todavía sujeta.

—¿Permitirías que te la ponga? —murmura.

No sé qué responder. ¿Cómo puedo aceptar una disculpa por parte del príncipe de Enigma, una persona a la que me han enseñado a odiar y temer? Él es el causante de todas mis desgracias, de la muerte de Owen.

Pero… no es el auténtico culpable. Will me explicó que el capitán actuó por cuenta propia.

Y, a juzgar por la expresión de Tito, Will no mintió al decir que el príncipe estaba dispuesto a ahorcar al hombre por desobedecerle.

Ahora que lo tengo delante, no me extrañaría que hubiera querido torturar al capitán de formas mucho peores que la muerte.

Por más que me cueste creer en Tito, sus disculpas me han sonado verdaderamente sinceras.

El príncipe se aclara la garganta. Asiento bruscamente y él me indica que me gire.

Encojo los hombros cuando me pasa la cinta de raso por encima de la cabeza y me la ata alrededor del cuello.

Me preparo mentalmente para sentirme estrangulada, pero eso no es lo que ocurre: el roce de sus nudillos en la clavícula despierta algo distinto en mi interior, algo que me forma un nudo en el estómago.

—Perdóname por la franqueza con la que voy a expresarme, pero tengo la sensación de que nos conocemos desde hace mucho —comenta, tan cerca de mí que su aliento me hace cosquillas en la nuca.

Da un gran paso atrás, con el fin evidente de dejar espacio para que me gire hacia él.

Cuando lo hago, él me observa como si fuera un tesoro digno de admiración, con la boca entreabierta.

Detecto un atisbo de asombro en su expresión, pero desaparece tan rápido que me pregunto si lo he imaginado.

El chico mete una mano en el bolsillo y relaja los rasgos hasta que adoptan la misma pereza de su postura.

—William no hacía más que hablar de ti —dice con una sonrisilla, mientras se revuelve aún más la rubia cabellera—. Aunque se le olvidó mencionar lo rápido que te asustas.

Suelto un resoplido. Para ser alguien que supuestamente me ha tenido presente durante meses, Will apenas se ha dirigido a mí en boda la noche. Y la única conversación que hemos mantenido ha sido…

Aprieto el puño y cambio de tema.

—¿No tiene usted cosas más importantes que hacer?

—Lo mismo te pregunto yo a ti —replica él parpadeando varias veces, con una sonrisilla de diversión medio dibujada en los labios.

Al ver que no respondo, sino que me encamino hacia la embarrada orilla del estanque, él se limita a seguirme con las manos en los bolsillos.

El peso de su mirada provoca que me pique la cara, y recuerdo las numerosas veces que he soñado con una situación como esta, con quedarme a solas con el mismísimo príncipe, el único heredero al trono de Enigma.

Han sido muchas las noches que he dedicado a imaginar cómo me rogaría piedad, o el suplicio que le infligiría antes de arrebatarle la vida.

Sin embargo, ahora que pasea a mi lado, en lo único que puedo pensar es en…

la paciencia que está mostrando para conmigo, a pesar de la insolencia evidente y criminal con la que yo lo he tratado a él.

Huelga decir que me resulta irritante.

—Si no le importa, preferiría estar a solas —mascullo entre dientes.

—Qué curioso, porque yo prefiero tener compañía —contesta sacudiéndose una mota invisible de la chaqueta.

—¿Y prefiere también ser insoportable?

—De vez en cuando —dice encogiéndose de hombros.

Me levanto las faldas mientras rodeamos el estanque y acelero el paso. Por muy hermoso que me parezca el vestido, ahora mismo daría lo que fuera por unos pantalones.

—En ese caso, dentro de la mansión encontrará a una treintena de mujeres dispuestas a tolerar los incordios del príncipe de Enigma.

—Sigo más interesado en quedarme aquí e incordiarte a ti específicamente —insiste con una sonrisa carismática.

—Qué suerte la mía…

Me fijo en la mansión Bludgrave, en el cálido fulgor dorado que emana del salón de baile, y me pregunto si Will estará bailando con una de las estridentes damas que llevaba colgadas de los brazos.

Si supiera que estoy a solas con el príncipe…

¿qué pensaría? ¿Se pondría celoso? ¿Es eso lo que quiero?

No me había dado cuenta de que íbamos directos al Templete de Hildegarda, cuya oscura silueta se refleja en las aguas iluminadas por la luna. Hay un cuervo posado en la cima de la cúpula, desde donde me observa con ojos astutos y cómplices.

A lo largo de estos meses, he tenido tiempo de explorar casi toda la hacienda.

Pero… después de aquella extraña visión en la que las columnas del monumento chorreaban sangre, y de que Martin descubriera aquí al atroxis destripado de Annie, me he asegurado de evitar este sitio.

Sin embargo, ahora que me encuentro de nuevo ante estos escalones de piedra, siento una especie de atracción que me arrastra hacia el monumento.

La piel se me eriza un poco más con cada paso.

Casi se me olvida que Tito va detrás de mí, hasta que entro en el templete y una súbita ráfaga de viento fresco me empuja hacia atrás.

—Uf —gruñe, al tiempo que me sujeta los brazos para enderezarme—. Supongo que me lo merecía.

Levanto el pie de la punta de su zapato.