Cruzanoches Capítulo veintisiete
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Capítulo veintisiete

Capítulo Veintisiete

— A lbert —jadeo con voz temblorosa, zarandeando a mi hermano—. Henry…, no respira. ¡No respira! Henry me aparta de un empujón y se arrodilla al lado de Albert. Le pone una mano en el pecho y le cierra los ojos. Los segundos siguientes se me hacen eternos.

—Venga… —masculla Henry entre dientes—. ¡Despierta! No sucede nada.

El pecho se me encoge con tanta violencia que me deja sin aliento. No puedo perder a otro hermano. No seré capaz de soportarlo.

De repente, Albert pega un respingo y suelta un grito ahogado. Me abalanzo sobre él y lo estrecho entre mis brazos.

—Ha sido un accidente —balbucea Henry sacudiendo la cabeza—. No pretendía…

—¡Pues lo has hecho! —estallo.

Mi miedo se transforma en rabia, y abro la boca para reprocharle otra vez lo ocurrido, pero entonces me fijo en el terror puro que ha inundado su mirada. Respiro hondo y me recuerdo que no lo ha atacado a propósito. Yo misma estaba preparada para apuñalar a Albert, pero Henry se me ha adelantado.

—Ha sido un accidente… —repite él con la voz un tanto rota.

—Lo sé —suspiro mientras le acaricio el pelo a Albert—. Y lo has salvado. Eso es lo único que importa.

—No tendría que haber hecho falta —dice él con los labios tensos y el rostro ensombrecido.

—Bueno, pero ya está arreglado —insisto—. Gracias.

Henry suelta un resoplido y mete las temblorosas manos en los bolsillos.

—¿Ahora también me das las gracias por electrocutar a tu hermanito?

Al oír eso, Albert se despega de mí y se gira hacia él. Tiene el pelo de punta, pero sus ojos rezuman fascinación.

—¿Puedes enseñarme a hacer eso?

Henry y yo intercambiamos miradas de diversión, lo que disuelve la densa nube de pánico que todavía asfixiaba el ambiente.

—Va siendo hora de que retomes… la tarea que te competa, ¿no crees? —comenta Henry ofreciéndole una mano.

—¡Ah, sí! —Albert se levanta de un salto, como si no acabara de sufrir una ataque letal—. Jack me ha mandado a buscaros por petición de lady Isabelle. Quiere que os diga que hay varias personas esperando a conoceros.

—Como siempre —se lamenta Henry, exasperado. Se vuelve hacia mí mientras se sacude el polvo de la chaqueta—. ¿Te vienes?

—No, luego —respondo quitándole importancia con un gesto de la mano—. Necesito un momento para reponerme.

Henry parece dispuesto a insistir, pero al final asiente.

—Ve con cuidado —dice con expresión preocupada.

Y pensar que hace apenas unos meses deseaba verme muerta…

—Tú también —contesto haciéndole un saludo militar—. Me consta que estas aguas están plagadas de sanguijuelas.

Henry se ríe por la nariz y le revuelve el pelo a Albert. Cuando se dan la vuelta y empiezan el camino de regreso por los jardines, también me hace un gesto grosero por la espalda, lo que me arranca una carcajada medio histérica.

Desaparecen de mi vista al tomar la primera curva. Me quedo sola entre los rosales, donde los ruidos lejanos de la música y las conversaciones sucumben al viento que agita los arbustos, un viento que trae un leve aroma a sal…

— Aster…

El corazón casi se me sale por la boca.

—¿Owen? —susurro inspeccionando el jardín con frenesí.

No tardo mucho en encontrar lo que buscaba: un mechón de cabello rubio trigueño se escabulle por la curva que hay más adelante.

Owen está aquí.

Me lanzo a perseguirlo, sin que me importe que las espinas me arañen los brazos mientras recorro el estrecho sendero. Doblo la esquina; estoy tan acelerada que me noto el pulso en las sienes.

—¡Owen! —grito con voz ahogada antes de detenerme en seco.

No hay ni rastro de mi hermano.

Se me encoge el estómago.

¿He terminado de perder la cordura? Porque sé perfectamente que no puede ser Owen: él está muerto. Vi con mis propios ojos cómo lo asesinaban.

Pero también es cierto que el cambiante adoptó su aspecto en aquella colina, hace ya semanas…

A mi espalda, el sonido de unos pasos interrumpe el silencio retumbante que me había invadido los oídos.

Tenso todos los músculos del cuerpo y me acuerdo del alfiler que está esperando encima de mi nuca.

Les ruego a las Estrellas que me concedan la rapidez que necesito.

En un abrir y cerrar de ojos, me giro sobre los talones con el alfiler en alto. Me preparo para clavarlo, pero una mano fuerte y callosa me frena la muñeca.

—No conozco a ese tal Owen —dice el príncipe con ligereza, sin quitarle ojo al alfiler que le roza la yugular—, pero tienes una forma muy peculiar de saludarlo.