Cruzanoches Capítulo veintiséis
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Capítulo veintiséis

Capítulo Veintiséis

N o sé qué esperaba oír, pero desde luego no era eso.

—¿Disculpa? —replico despegándome de él, con las cejas enarcadas.

—¿Esto ha sido idea de Henry? —insiste Will entre dientes, observando todo lo que hay en la sala con tal de no mirarme a mí.

Se me escapa un resoplido.

—Después de tres meses sin hablar, ¿esto es lo primero que me sueltas?

—No deberías estar aquí —contesta Will con la mirada ensombrecida, lo que resalta aún más sus ojeras.

Esas palabras se me clavan en el corazón como un puñal. Intento separarme de él, pero Will me aterra la mano y la cadera con una fuerza desesperada.

—¿Por qué? —inquiero con voz ronca, tratando de contener las lágrimas de furia que me forman un nudo en la garganta—. ¿Porque no soy como vosotros?

La expresión de Will se ablanda. Sacude la cabeza y parpadea varias veces, como si quisiera aclararse la mente.

—Aster, no me refería a…

—Para que lo sepas —estallo—. Henry me invitó porque somos…

amigos. —Se me hace raro pronunciar esa palabra, pero es la verdad pura y dura—.

Al contrario que tú y yo. Además, no he venido para hacerte la vida imposible.

Ni siquiera entiendo por qué me has pedido que bailara contigo, teniendo a mano tantas opciones más apropiadas.

Sinceramente, preferiría que no habláramos en absoluto.

Solamente estoy aquí porque la Orden nos pidió a Henry y a mí que vigiláramos al príncipe esta noche.

—Pues lo estás haciendo de lujo —bufa él.

El desdén de esa respuesta me saca de quicio.

—O sea, que ya lo sabes —susurro entre temblores, sin apenas disimular mi ira—. Estás al tanto de que me he unido a la Orden.

—Por supuesto —gruñe con tono casi gutural—. Gracias a alguien que sí se molestó en contestar a mis cartas.

Fija esos ojos verdes y dolidos en su hermano, que baila a unos pasos de nosotros.

Trudy Birtwistle se aferra a Henry como puede, mientras que él intenta dejar todo el espacio posible entre sus cuerpos.

Siento una punzada de culpabilidad por no intervenir, pero, después de tirarme tres meses cabreada con Will por marcharse y conmigo misma por extrañarlo, la rabia me ciega por completo.

—Mírame —exijo con la voz rota—. He dicho que me mires, Will.

Esta vez sí que posa los ojos en mi cara, y se me olvida todo lo que pretendía espetarle.

—¿Qué pasa? —pregunta secamente.

—¿Cómo que «qué pasa»? —repito con más dureza de la debida—. Me mentiste. Me ocultaste cosas. ¿Para cuándo pensabas hablarme de la Orden y todo lo demás?

Vuelve a apartar la mirada y traga saliva.

—No lo entiendes.

—Exacto, no lo entiendo —remacho débilmente.

Él ladea la cabeza y me examina el rostro, como si esperara encontrar una herida que explique mi dolor.

—Creía que… —prosigo entre suspiros, ahora que mi rabia se ha transformado en una apatía mucho más gélida—.

Bueno, da igual lo que creyera. En estos tres meses no ha habido día que no haya temido recibir noticias de tu muerte.

Y esta noche he cometido la estupidez de pensar que vendrías a verme, que me habías echado de menos como yo a ti.

—¿Me has echado de menos? —murmura él, lo que me empuja a contemplarlo; tiene los ojos como platos, henchidos de una emoción que no sabría describir.

—Eso ya no importa —me apresuro a decir, coloradísima e incómoda—. Ahora comprendo que no fueras a buscarme nada más llegar porque estabas ocupado con otras… cuestiones. Pero encima me mandaste aquel ramo de flores y…

—¿Qué ramo de flores? —me interrumpe con el ceño fruncido y los ojos entornados—. Yo no te he enviado nada.

Esas palabras son como un jarro de agua fría que me encoge el corazón.

—Entonces, ¿quién…?

La música cesa, por lo que mi voz se proyecta a causa del silencio repentino.

Unos cuantos cruzanoches me observan con odio, pero Henry aparece al instante y me tapa al resto de los invitados.

Tras despegarse a Trudy del brazo como si de una sanguijuela se tratase, me lanza una mirada cómplice y dice:

—Toca cambiar de pareja.

Le doy la espalda a Will y acepto la mano que me tiende su hermano. Mientras Henry me guía en una danza más desenfadada, aprovecho para ojear a Trudy y Will, pero ella se encuentra sola y no hay ni rastro de él.

—No sé tú, pero yo ya me estoy hartando de bailar —comenta Henry. Me conduce hacia el otro extremo del salón—. ¿Te apetece tomar el aire un poco?

—¿De verdad necesitas preguntarlo?

—Lo hacía por educación.

—Creía que ese tema había quedado zanjado —replico, exasperada.

—¿Y a qué conclusión habíamos llegado? —dice con una sonrisilla.

—A la de que te prefiero maleducado.

Henry rompe a reír, me toma de la mano y me saca prácticamente a rastras por las puertas abiertas, directo al patio. No me suelta hasta que nos refugiamos entre los rosales del jardín oriental, lo bastante lejos de los invitados que deambulan por el exterior.

—¿Y? ¿Se puede saber qué ha pasado ahí dentro? —pregunta mientras se alisa las solapas del esmoquin.

—¿A qué te refieres?

—¿Con cuántos príncipes has bailado esta noche? —contesta con expresión hosca.

—Ah, eso —murmuro.

—Sí, eso —remacha él, esbozando de nuevo una sonrisita de suficiencia.

—Explícamelo tú a mí —respondo encogiéndome de hombros—. No esperaba que… eh… se fijara en mí.

Henry suelta una carcajada.

—¿Cómo que no? —Se ríe otra vez y me ofrece el brazo—. No deberías subestimarte tanto.

—¡No me subestimo! —insisto.

Me agarro a él y dejo que me lleve por el jardín a un paso tranquilo y cómodo.

—Si tú lo dices… —masculla con una ceja enarcada.

A lo lejos, las luces doradas de Paraíso de Tinta centellean como si estuvieran envueltas en un manto de manán. El aire agradable de la noche no trae el aroma salado del océano, sino el dulzor de las flores y los pastelillos.

—Mi hermano… —empieza Henry, pero luego sacude la cabeza—. Siempre que regresa del campo de batalla parece alguien diferente, pero esta vez… —Suspira hondo—. Nunca lo había visto así.

—Es un capullo —declaro asqueada, haciendo caso omiso de las emociones que me taponan la garganta.

—Acaba de volver de la guerra.

—Sé perfectamente lo que es estar en guerra toda tu vida —estallo—. No justifica que seas un capullo.

—Pues tú lo eres.

—¡Habló el que intentó matarme! —exclamo pegándole un codazo en las costillas.

Él profiere un ruido a medio camino entre una risa y un quejido de dolor.

—Quizá porque también soy un capullo.

Ni siquiera intento reprimir la sonrisa que se me dibuja en el rostro. Sin embargo, desaparece cuando pasamos al lado de unos lirios blancos.

—Oye, Henry.

—Dime.

Me paro en seco y me giro hacia él.

—¿Alguna vez piensas en ello?

La pregunta me descoloca tanto como a él, a pesar de que la he hecho yo.

—¿En qué? —susurra con el ceño fruncido.

—En… —vacilo un instante y me muerdo el labio inferior— el Aullido.

Henry retrocede a trompicones para alejarse de mí; ni siquiera me había dado cuenta de lo cerca que estábamos.

—¿Cómo puedes sacarme ese tema? —contesta con una mueca de furia.

Me quito la tira de raso amarillo que ocultaba la cicatriz de mi cuello. Nada más verla, la comprensión inunda los ojos de Henry y su expresión se suaviza de nuevo.

—Ah, cierto. Antes de partir a Barbarie, Will me mencionó que tú también habías estado… —Deja la frase sin terminar, inseguro—. Si te soy sincero, no me lo creí. No había reparado en tu cicatriz… —Me mira de nuevo y traga saliva con dificultad—. ¿Cuánto tiempo estuviste?

—Dos meses —respondo con un hilito de voz, apenas audible—. Y a veces siento que sigo atrapada allí. Sobre todo, cuando estoy…

—A solas —concluye él por mí. Salva la distancia que había creado entre nosotros y estira la mano.

Me roza la cicatriz con una cautela titubeante, y yo no me aparto—.

Pienso en ello todos y cada uno de los días.

—Tras retirar los dedos, tensa los labios y confiesa—: Dorothy me ayudó a sobrellevar la peor época.

Solía colarse en mi habitación de madrugada, al menos hasta que mi tío estableció las barreras contra las pesadillas, y…

me daba la mano, simplemente. Nunca decía nada.

Se limitaba a… —Añade con el rostro compungido— estar ahí conmigo.

—La amas, ¿verdad? —susurro.

—Una de esas noches, comprendí que podría sobrevivir a cualquier cosa mientras la tuviera conmigo —prosigue él con los ojos vidriosos y anegados de lágrimas.

Se vuelve hacia Paraíso de Tinta y contempla las alejadas luces con la mandíbula apretada y el ceño fruncido—.

Ahora es ella quien está sola en alguna parte, y lo único que deseo es poder abrazarla.

Sus palabras colman el ambiente de anhelo y sufrimiento. No le ha hecho falta decir «sí, la amo» para hacérmelo entender.

El chico esboza una mueca de incomodidad y se aclara la garganta.

—Dos meses… —murmura sacudiendo la cabeza. No puedo culparlo por aparcar a un lado el tema de Dorothy, aunque eso conlleve hablar sobre lo que viví yo en el Aullido—. Por todas las Estrellas, Aster. Nadie sobrevive más de un par de días en esas celdas.

—Tú lo hiciste —comento.

No sé por qué, pero extiendo el brazo y toco con absoluta delicadeza la cicatriz que le traza una línea irregular por la sien y la mejilla. Aparto la mano justo cuando llego al cuello de la camisa.

Él traga saliva con tanta fuerza que puedo oírlo. La mirada que me dedica encierra la verdadera magnitud de su dolor; no es una cicatriz física de la que enorgullecerse, sino algo más profundo, el tipo de herida invisible que nunca termina de cerrarse del todo.

—A veces… —Hace una pausa para carraspear—. A veces creo que habría sido mejor no aguantar doce días.

Me mira con esos ojos de color carbón. De no ser por la luz de la luna, probablemente no vería las lágrimas relucientes que se derraman por su cicatriz.

—Me lo robaron todo. —Aparta la vista de mí, con el rostro salpicado de furibundos trazos de rubor—. Pensaba que nunca conocería a nadie capaz de entenderlo. Pero tú estuviste dos meses… ¿Cómo diablos sobreviviste, Aster?

—Algunos días siento que una parte de mí murió allí —contesto rozándome la franja de piel áspera del cuello—. Me tenían miedo. Ni siquiera se atrevían a tocarme. Temían que… —Se me escapa una carcajada amarga—. Temían que mi presencia los maldijera, así que trataron de ahorcarme.

—¿Y?

—Y la primera vez no funcionó.

—¿La primera vez? —repite él, ojiplático.

Me limito a asentir, y se me rompe el corazón al recordar cómo me cuidó Owen después de que el capitán Sombra me liberara de aquella soga. Las primeras noches posteriores a mi rescate, no se apartó de mí ni un segundo, ni siquiera cuando Margaret le ordenó que me dejara tranquila.

—Supusieron que habían atado mal la cuerda, por lo que la soltaron y lo intentaron de nuevo.

—Por todas las Estrellas… —masculla Henry con la mirada colmada de dolor, pero sin un ápice de lástima—. ¿Cómo es posible que sigas viva?

Me encojo de hombros. Pasé seis minutos colgada del palo mayor del Aullido, hasta que Sombra derrotó a los tripulantes y rompió la soga.

—No lo sé, pero… —respondo con voz ronca y estrangulada, luchando contra el nudo de mi garganta— consiguieron que yo misma me sintiera maldita.

Me viene a la cabeza lo que dijo Will en el tren sobre mi capacidad de ver a los sylkes : «Se cree que tu habilidad es el resultado de una maldición». Tengo claro que no soy una cambiante, pero… ¿podría ser cierto que estoy maldita?

Henry toma mis manos entre las suyas.

—Pues yo me alegro de que sobrevivieras —murmura sin la más mínima burla.

—Nunca pensé que diría esto, pero… —Le devuelvo el apretón de manos— doy gracias por haberte conocido, Henry Cástor.

—¿Aunque intentara matarte? —pregunta esbozando una sonrisita.

—Precisamente por eso.

Las risas que se han ido acumulando en mi interior brotan con total libertad.

A pesar de la seriedad de la conversación, ni me siento capaz de controlar las carcajadas ni me apetece hacerlo.

Por un instante, mi reacción parece descolocar a Henry, pero enseguida rompe a reír como yo.

No sé cuánto tiempo transcurre, pero me río hasta que me duele la barriga.

No había compartido un momento así con nadie desde… Owen.

Nada más acordarme de él, mis carcajadas cesan de golpe. Me quedo callada y me agarro la muñeca, la zona de la manga donde se notan los bultitos de la pulsera de cuero trenzado que hay debajo.

Henry se para en seco.

—Aster, ¿te encuentras…?

De repente, se oye el crujido de una rama pisada, y me quedo petrificada al detectar el sonido amortiguado de una respiración.

Escruto los huecos de los arbustos, convencida de que la máscara escarlata del capitán Sombra aparecerá en cualquiera de ellos.

¿Habrá venido a matar al príncipe, como decían los rumores?

Dudo que se atreva a atacarlo en la mansión de la familia de Will, su supuesto confidente, pero a estas alturas ya no me sorprendería nada.

Y, si fuera verdad que está aquí, Henry y yo habríamos incumplido la única petición que nos ha hecho la Orden.

—¿Quién anda ahí? —inquiere Henry observando los frondosos rosales.

Me llevo la mano al alfiler del recogido, preparada para pasar a la acción, hasta que…

—¡Te pillé! —exclama Albert saltando sobre mí desde detrás de un arbusto.

En el mismo instante en que Albert hace su aparición, Henry estira un brazo y una corriente eléctrica surca el aire. Un rayo de luz golpea por la espalda a mi hermano, que cae al suelo con el cuerpo petrificado y los ojos como platos.

No vuelve a parpadear.