Cruzanoches Capítulo veinticinco
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Capítulo veinticinco

Capítulo Veinticinco

« Q ué está pasando», pienso con el corazón desbocado cuando el príncipe me ofrece un brazo.

Anhelo regresar a la soledad silenciosa de la cocina del Crealuz, donde podía pasarme las horas muertas sin interactuar con nadie, centrada en mis tareas y mis quejas personales, sin tener que preocuparme por los pensamientos y opiniones de unos desconocidos.

Para ser más exactos, de unos desconocidos que solo saben contemplarme con los ojos como platos mientras yo me planteo rechazar la petición del príncipe.

Henry se aclara la garganta, lo que me empuja a dar un paso adelante y aferrarme al brazo del príncipe como si fuera un bote salvavidas.

Tengo la mente tan alborotada que me dejo guiar hacia el salón principal del ala este, donde se encuentra la pista de baile.

Una parte de mí agradece que esto me salve de las miradas inquisitivas del vestíbulo, sin percatarse de que al otro lado de estas altas puertas de roble me espera algo aún peor.

—Desde que tengo memoria —susurra el príncipe, cuyo cálido aliento me acaricia la oreja—, nunca había visto a nadie que llamara la atención como tú. Ni siquiera la reina.

Su voz transmite cierta diversión, una emoción que ahora mismo se me antoja incomprensible. Tengo el estómago tan encogido que temo acabar vomitando.

Oigo la voz que anuncia nuestra entrada, pero el ritmo atronador de mi pulso me impide discernir las palabras.

Estudio el lujoso salón de baile que tanto se ha esmerado en decorar lady Isabelle.

Según ella, es mucho más pequeño y anticuado que el del Castillo Sombrío, pero se propuso organizar un evento digno de la asistencia del príncipe, y por eso contrató a más mozos del pueblo para que ayudaran a Sybil y Lewis con los preparativos.

Henry no exageró al decir que su madre no repararía en gastos: lo demuestran los lazos rojos que cuelgan de las lámparas de araña, los enormes ramos de claveles rojos que adornan el espacio y los manteles negros con grabados del emblema de Enigma, un sol de color escarlata.

No hay ni un solo trozo de la sala que no subraye la elegancia —y la riqueza— de lady Isabelle.

En la otra punta de la habitación, entre las pesadas cortinas de terciopelo con largas cuerdas doradas en las que también brilla algún hilo de plata, espera una hilera de puertas abiertas que invitan a los asistentes a entrar y salir según les plazca.

Dejan pasar una brisa suave, que trae consigo el aroma de las rosas y la hierba mojada.

Intento luchar contra el impulso de cruzarlas corriendo y surcar el jardín en dirección al túnel de manzanos.

Justo en ese instante, el príncipe baja una mano a mi cintura y me estrecha los dedos con un gesto firme pero delicado.

Cuando vuelve a posar en mí esos ojos tan azules, siento que mi cuerpo estalla en llamas.

Me acuerdo del alfiler que me ha regalado Margaret y considero clavárselo en un ojo, pero, por desgracia, esta noche no hay cabida para el derramamiento de sangre.

Los músicos comienzan a tocar cuando el príncipe me lleva al centro de la pista, deslizándose por el suelo como si flotara.

Imagino que estoy bailando con Jack en el establo y enumero mentalmente los pasos como si me fuera la vida en ello, pero me cuesta seguirle el ritmo por culpa del engorroso vestido.

«Tómatelo como un duelo con espadas, pero sin el peligro de que te corten un brazo», me dijo Killian ayer, mientras me indicaba una y otra vez la postura o el movimiento correctos.

Sinceramente, preferiría perder un brazo antes que seguir con esto. Cuando el joven se inclina como si fuera a susurrarme algo, recuerdo las historias que me contaba Owen sobre el temible príncipe de Enigma. Intento con todas mis fuerzas no encogerme, pero no lo consigo.

—Tienes miedo de mí —comenta el príncipe con la cabeza ladeada, frunciendo el ceño levemente.

Esas palabras avivan el fuego que consume mis entrañas desde hace meses, o incluso años.

—¿Miedo? ¿De usted? —resoplo, sintiendo que me hierve la sangre.

—Te has encogido —señala con una sonrisita de suficiencia.

—Ha sido un espasmo.

—¿Sueles sufrir muchos espasmos?

—Sí, desde siempre.

El suelta una carcajada exquisita, tan inesperada que me encojo de nuevo, muy a mi pesar.

—Quizá deberías pedirle consejo a un médico —sugiere con ligereza.

Casi me tropiezo al oír eso.

—Seguro que un reconocimiento físico sería más divertido que esto —murmuro.

El pulgar del príncipe me traza un circulito en la cadera, y el estómago me da un vuelco. Su sonrisa deja al descubierto una dentadura reluciente, esos dientes con los que yo temía que me devorara.

—Bueno, podemos organizar uno —replica él.

En ese momento le piso el pie. Por accidente, claro… Me embarga la satisfacción al ver que esboza una mueca de dolor.

—Es usted justo como pensaba —le digo, aunque en realidad no esperaba que fuera tan… normal. Ni guapo.

—¿Y qué pensabas, exactamente? —pregunta con los ojos colmados de diversión, arrimándose a mí más de lo que es apropiado para un baile, según me explicó Jack.

Abro la boca, pero no llego a producir ningún sonido. Percibo un cambio en la brisa, que ahora trae un toque a sal marina. El aroma impregna el uniforme del príncipe, como un perfume luminoso y refrescante que me recuerda a casa.

De repente, me noto una vibración en el pecho, tan tenue que casi la paso por alto.

Por alguna razón, me fijo en la arteria que recorre el cuello del chico, en el ritmo regular de los latidos que hacen circular la sangre por su cuerpo.

Es como si pudiera ver la red de venas que se extiende debajo de su piel, como si la voz de su flujo sanguíneo me estuviera llamando, igual de cautivadora y relajante que la del mar…

—¿Te encuentras bien?

El aliento con olor a vino afresado del príncipe me hace cosquillas en la nariz. Estamos aún más pegados que antes, pero… no tiene sentido. ¿He sido yo quien ha salvado la distancia?

—¿Aster? —dice él inspeccionándome el rostro; no puedo evitar preguntarme si la preocupación de su mirada es sincera.

El hecho de que pronuncie mi nombre de pila con tal naturalidad me devuelve a la realidad de golpe.

Casi me había olvidado de dónde estoy y quién me acompaña.

Es un milagro de las Estrellas que no me haya frenado en plena danza, aunque el príncipe me esté arrastrando por la pista como si fuera un mero saco de patatas, más que una pareja de baile.

Y, por extraño que suene, mientras hablábamos no he reparado ni una vez en las ciento y pico personas que observan hasta el último de nuestros movimientos.

Ahora sí percibo su atención con total claridad, lo que me provoca otra subida de bilis.

El barón Rencourt se encuentra al lado de lord Bludgrave, junto con lady Isabelle y George Birtwistle.

Los cuatro nos contemplan con una indiferencia muy medida, poco creíble para alguien que está mirando cómo una criada de su hogar baila con el heredero al trono de Enigma.

De hecho, noto algo… raro en la expresión de lord Bludgrave: examina la habitación con cierta culpabilidad, como si presintiera que se avecina un desastre.

Comprendo al instante que podría estar preocupado por las consecuencias inevitables de mi presencia en esta velada.

En cualquier caso, verlo así hace que se me asiente en el estómago un peso asfixiante e incómodo.

Por el contrario, Killian sí que me lanza una sonrisa y brinda por mí con la copa, un gesto que imita Henry, situado a su izquierda. El nudo de mis entrañas se suelta, pero ni siquiera eso disipa mi inquietud.

Además, no hay ni rastro de Will.

—Su nombre… —murmuro con tal de centrarme en algo que no sea la multitud de cruzanoches, o el inquietante comportamiento de lord Bludgrave, o la ausencia de Will—. Usted ya me conoce, pero yo no sé cómo se llama.

¿En qué momento se me ocurre preguntarle eso? Lewis siempre dice que cuesta mucho más apuñalar a alguien si sabes cómo se llama. Aun así, dudo que un detalle tan insignificante como un nombre pueda contrarrestar el odio de toda una vida.

—¿En serio? ¿No sabes cuál es mi nombre? —susurra el príncipe con las cejas enarcadas, mirándome como si acabara de hacer un truco de magia que requiere explicaciones.

—¿Debería?

—Soy el príncipe.

—Eso es un título, no un nombre.

—Ciertamente —replica con un atisbo de sonrisa—. Pero, puesto que soy el príncipe, es un tanto insólito que una de mis súbditos no conozca el nombre asociado a dicho título.

—Es que yo no soy una de sus súbditos.

Me arrepiento de esas palabras nada más pronunciarlas, más por el bien de mi familia que el mío. No tengo miedo de que el príncipe me castigue, pero esta falta de respeto podría costarle a mi familia el futuro que tanto se ha esforzado en construir estos meses, o incluso la vida.

El corazón se me detiene un instante cuando el príncipe vuelve a reírse.

—Ahí llevas razón, Aster Oberon.

Abro la boca en un intento de respirar, pero siento que el aire no me llega a los pulmones.

—¿No está… enfadado?

—¿Te extraña? —pregunta él con expresión curiosa.

—Lo que he dicho ha estado fuera de lugar.

—Pues yo me alegro de que lo hayas hecho.

—Pero… —insisto sacudiendo la cabeza; ahora mismo debo de parecer incluso más ignorante de lo que creo— usted es el príncipe.

—Tito —murmura—. Me llamo Tito.

Ese nombre me roba el poco aliento que me quedaba.

—¿Como la constelación? —Logro graznar.

—Exacto —responde con la cara gacha, tenso pero igual de sonriente.

No termino de asimilarlo. El príncipe de Enigma toma su nombre del que con toda probabilidad es el héroe más venerado de entre los inmortalizados en las estrellas, de un pirata humano.

Para ser más exactos, el primer pirata de todos.

Owen siempre solía contarme el mito de Tito y las Doce Llaves.

Cómo él doblegó los mares como si le hubieran concedido el dominio de todas las aguas del planeta.

Para nuestro pueblo es mucho más que una mera leyenda: es el mismísimo autor del Credo pirata.

Cabría imaginar que los cruzanoches lo odian, que jamás osarían mentar su nombre.

—Sé lo que estás pensando —dice el príncipe secamente, curvando una comisura de los labios—. Por qué me pusieron mis padres el nombre del héroe de tu gente, ¿no?

Estudio el rostro del chico, esos ojos azules tan turbulentos como un mar embravecido. Ya no oigo la música, ni percibo las miradas de los cruzanoches que juzgan todo lo que hago y me detestan con toda su alma. En este momento, el príncipe y yo somos lo único que existe en este mundo.

—¿Por qué fue? —susurro.

El borra la sonrisa, lo que le deja el semblante extrañamente serio. De repente, se acerca hasta tal punto que noto el tacto de su aliento en los labios, cálido y dulce.

—El odio es un fenómeno muy curioso —contesta.

Luego se aparta de mí con un movimiento tan súbito queme tambaleo, como si la suave brisa me estuviera empujando. No me había dado cuenta de que la música había cesado, ni de que habíamos dejado de bailar.

El príncipe me hace una reverencia, colmada de una elegancia que no encaja en absoluto con la brutalidad de su infame reputación, y casi se me olvida devolvérsela, pero me repongo justo a tiempo.

Encima de que el gesto me sale rígido y antinatural, me quedo al borde de perder el equilibrio.

Por suerte, el príncipe —o Tito— se apresura a tomarme la mano cuando empiezo a enderezarme.

Me observa como un niño que acaba de encontrar una mariposa, con la mirada fascinada.

—¿Lo has notado? —pregunta, aunque apenas lo oigo por encima de la siguiente canción, que arranca a un tempo más animado.

—¿El qué? —respondo, igual de acallada por la orquesta.

El chico contempla nuestras manos entrelazadas con la boca entreabierta. En ese instante, los cruzanoches invaden la pista de baile y convierten el espacio en un lugar excesivamente caluroso, donde el sofocante hedor a sudor y perfume nos rodea como un manto de niebla.

Tito adopta de inmediato una nueva máscara, que en un santiamén cambia la curiosidad y la diversión de su rostro por una indiferencia más fría.

Mira por encima de mi hombro con los labios levemente retorcidos, pero esa mueca debe tratarse de otra mala pasada por parte de mi imaginación, pues cuando lo miro de nuevo ya vuelve a sonreír como un niño que ha descubierto un secreto.

En el mismo momento que Tito me suelta la mano, percibo una presencia a mi espalda.

—¿Me concederíais este baile? —pregunta la grave voz de Will, que me provoca escalofríos por toda la espalda.

Tito asiente bruscamente, pero seguimos mirándonos a los ojos, como si ninguno de los dos fuéramos capaces de apartar la vista.

No paro de pensar en la última pregunta que me ha hecho: «¿Lo has notado?».

—La dejo en tus manos, lord Cástor —dice Tito.

A continuación, pasa por mi lado para salir de la pista y desaparece entre el tumulto de cruzanoches. Una ráfaga de liberación me golpea en el pecho, tan fuerte que casi me corta la respiración. Menos mal que ya se ha ido.

Me giro hacia Will y la mano que me tiende. Está igual que el día en que nos conocimos, meses atrás. Solo detecto un sutil cambio: lo que danza en esos ojos verdes ya no es diversión, sino tormento.

¿Cómo es posible que solo hayan transcurrido tres meses?

Al tomar su mano, siento que saltan chispas entre nuestras palmas, cálidas y electrificantes; ni siquiera los guantes impiden que me transfiera una de esas familiares oleadas de consuelo.

Pego un respingo y abro los ojos como platos, al tiempo que él baja la mirada de mi cara a las nueve estrellas de plata que me adornan el escote.

El corazón me da un vuelco al ver la sonrisilla que se dibuja en su rostro.

Un segundo después, me contempla directamente con esos ojos rodeados de pestañas frondosas, en los que brilla la picardía y el orgullo. Por un momento, el chico que tengo delante es el verdadero Will, mi Will de siempre.

No obstante, se esfuma tan rápido como aparece, y vuelve a ocupar su lugar el soldado insensible que ha acudido a esta velada.

Desliza la otra mano a mi cintura con gran cautela, y nos dejamos llevar por la música.

Esta melodía pide un baile más sosegado, pensado para parejas de amantes y no… lo que seamos nosotros.

Will se arrima a mí hasta que sus labios me rozan la oreja, un gesto tan íntimo y cercano que me veo obligada a reprimir un suspiro de alivio. Sin embargo, justo cuando empiezo a relajarme y olvidarme de la tensión, él me susurra algo al oído con un tono que me hiela hasta los huesos:

—¿Cómo diablos se te ocurre hacer semejante disparate?